
Deseo y amor
Fandom: Ferran torres
Creado: 29/8/2026
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Entre pulsaciones y el azar de Ibiza
El sol de Ibiza caía con una fuerza implacable sobre el puerto, pero la brisa marina suavizaba el calor justo lo suficiente para que el ambiente fuera eléctrico. Ana se ajustó las gafas de sol, sintiendo el peso de su bolso de playa sobre el hombro. A sus treinta años, sentía que finalmente estaba aprendiendo a respirar fuera de las paredes blancas del hospital. Después de meses encadenando turnos dobles entre la UCI del hospital público y las urgencias de la clínica privada, aquel viaje era su salvación. Sus piernas, tonificadas por las sesiones de CrossFit con Tiago y sus amigas, se sentían fuertes mientras caminaba por el muelle, pero su mente aún arrastraba el cansancio de una vida dedicada a cuidar a los demás, a menudo olvidándose de cuidarse a sí misma.
Había viajado mucho ese año: desde el frío de Cerler hasta el calor tropical de Puerto Rico, pasando por el caos vibrante de las Fallas. Pero Ibiza tenía un aura distinta. Buscaba algo que no sabía si existía: ser la prioridad de alguien, ser elegida sin condiciones.
Fue entonces cuando ocurrió. Un choque tonto. Un despiste mientras buscaba su teléfono en el bolso.
—¡Cuidado! —una voz joven, firme pero amable, la sacó de sus pensamientos justo cuando impactaba contra un pecho sólido como una roca.
Ana tambaleó, pero unas manos fuertes la sujetaron por los codos, estabilizándola. Al levantar la vista, el mundo pareció detenerse. Frente a ella, con una sonrisa a medio camino entre la disculpa y la curiosidad, estaba Ferran Torres. El Ferran Torres. El hombre que había hecho vibrar a todo un país con el gol de la victoria en el Mundial, el chico que aparecía en todas las portadas, el ídolo del momento.
—Lo siento muchísimo, iba distraído —dijo él, sin soltarla de inmediato. Sus ojos recorrieron el rostro de Ana, deteniéndose en sus ojos castaños y en los reflejos rubios de su melena que brillaban bajo el sol balear.
Ana sintió un vuelco en el estómago. Sabía perfectamente quién era, pero en ese momento, rodeados de gente y barcos, no parecía una estrella inalcanzable. Parecía... un chico. Uno muy guapo y con una presencia que la dejó sin aliento.
—No, la culpa es mía —logró decir ella, recuperando la compostura—. A veces olvido que el suelo no es una cinta de correr.
Ferran soltó una carcajada genuina, dejando ver una hilera de dientes perfectos.
—¿Eres de aquí? —preguntó él, mostrando un interés que Ana no esperaba.
—Vivo en Mallorca, pero soy de Almería. He venido a pasar unos días de... desconexión total —respondió ella, sonriendo tímidamente.
—Mallorca y Almería. Buena mezcla —comentó Ferran, aún sin apartar la mirada—. Yo soy Ferran.
—Lo sé —admitió ella con una pequeña sonrisa—. Soy Ana.
—Encantado, Ana. Si este choque no ha sido una señal del destino para que te invite a algo frío, no sé qué puede serlo.
Ana se quedó helada por un segundo. ¿Ferran Torres la estaba invitando a algo? ¿A ella, una enfermera que venía de una racha amorosa desastrosa, incluyendo aquel fiasco en el concierto de Bad Bunny? Era absurdo. Pero había algo en la forma en que él la miraba, con una intensidad que no tenía nada que ver con la fama, que la hizo decir que sí.
—Tengo poco tiempo antes de encontrarme con mis amigas, pero... acepto.
Se sentaron en una terraza cercana, frente al mar. Hablaron durante media hora que pareció durar cinco minutos. Ana no mencionó su trabajo al principio; no quería hablar de catéteres, monitores de UCI o guardias de doce horas. Quería ser Ana, la mujer que amaba viajar y que estaba a punto de hacer el Camino de Santiago con su mejor amigo David. Ferran, por su parte, parecía aliviado de hablar con alguien que no le pedía un autógrafo ni le preguntaba por su contrato.
Sin embargo, el encuentro fue breve. El teléfono de Ferran vibró y el de Ana también. La realidad llamaba.
—Tengo que irme, mis amigos me esperan en el barco —dijo él, levantándose con evidente desgana—. Pero no quiero que esto se quede en un café accidental.
—Ferran, eres... bueno, ya sabes quién eres —dijo ella, con una inseguridad que rara vez mostraba—. Yo soy una enfermera que vive entre turnos de noche y el gimnasio.
Ferran se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal de una manera que hizo que a Ana se le erizara la piel.
—Eso es exactamente lo que me gusta —susurró él—. Dame tu número, Ana. Y no me digas que no.
Ella se lo dio, convencida de que sería uno de esos contactos que se quedan perdidos en la agenda. Pero se equivocaba.
Durante las siguientes tres semanas, Ferran se lo curró. No fueron solo mensajes de "hola, ¿cómo estás?". Eran llamadas nocturnas cuando ella salía del turno de la UCI a las ocho de la mañana, cansada y con las marcas de la mascarilla aún en la cara. Eran flores que llegaban a la clínica privada en sus tardes de urgencias. Era un interés genuino por su vida, por sus miedos, por su necesidad de sentirse elegida.
Finalmente, Ferran voló a Mallorca solo para verla. Sin cámaras, sin prensa.
Se citaron en una pequeña cala escondida al atardecer. Ana llegó con un vestido ligero, sintiéndose nerviosa como una adolescente. Cuando lo vio allí, apoyado en una roca, esperándola, supo que algo irreversible estaba a punto de suceder.
—Has venido —dijo ella, acercándose.
—Te dije que no me rendiría —respondió él, acortando la distancia entre ambos—. He pensado en ese café en Ibiza todos los días desde que nos vimos.
—Ferran, mi vida es complicada. Trabajo demasiado, apenas tengo tiempo para mí...
—Shhh —la interrumpió él, poniendo un dedo sobre sus labios—. No me importa tu trabajo, Ana. Me importa cómo me haces sentir cuando hablo contigo. Me importa que seas real.
Él la tomó de la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. Ana pudo sentir el calor que emanaba de él, la fuerza de sus brazos que la rodeaban con una mezcla de posesividad y ternura. La química que había latido entre ellos desde el primer segundo en el puerto de Ibiza estalló finalmente.
—¿Estás segura de que quieres esto? —preguntó él en voz baja, con los ojos fijos en los suyos.
—Nunca he estado más segura de nada —respondió ella, rodeando su cuello con los brazos.
El beso fue lento al principio, una exploración de labios que se buscaban con hambre contenida. Pero pronto se volvió intenso, cargado de una pasión que Ana jamás había experimentado. Era una conexión eléctrica, una fusión de sentimientos y deseo puro. Ferran la besaba como si fuera lo más valioso del mundo, como si en ese momento no existieran los estadios llenos ni los goles históricos. Solo existía ella.
—Eres increíble —susurró él contra su cuello, provocándole un escalofrío—. No tienes ni idea de las ganas que tenía de hacer esto.
—Yo también —admitió ella, jadeando—. Pero Ferran... esto es una locura.
—La mejor locura de mi vida —dijo él, volviendo a sellar sus labios con los de ella.
Pasaron la noche caminando por la orilla, hablando de todo y de nada. Ana le contó sobre David y su plan para el Camino de Santiago en septiembre, y Ferran le prometió que, si el calendario se lo permitía, la llamaría cada noche para asegurarse de que sus pies estuvieran bien. Por primera vez en mucho tiempo, Ana no se sintió como "la enfermera que siempre está cansada" o "la chica que no tiene suerte en el amor". Se sintió la mujer elegida por el hombre que todo el mundo admiraba, pero que solo ella conocía de verdad.
Días después, mientras Ana estaba en medio de un turno de noche especialmente duro en la UCI, recibió un mensaje de él. Era una foto de una puesta de sol desde un avión.
"Cuento los minutos para volver a verte. Prepárate, porque ese fin de semana en Ibiza que querías... lo vamos a vivir de verdad. Tú y yo. Sin interrupciones."
Ana sonrió frente al monitor de constantes vitales, sintiendo que su propio corazón latía con una fuerza nueva. Por fin, alguien la miraba no por lo que hacía, sino por quién era. Y ese alguien era Ferran Torres, el hombre que le había devuelto la fe en los finales felices, o mejor dicho, en los comienzos intensos.
La química sexual era innegable, cada vez que sus manos se rozaban o sus miradas se cruzaban, el aire parecía quemar. Pero era la conexión sentimental lo que realmente la estaba desarmando. Ferran no buscaba una aventura más; buscaba a Ana. Y ella, después de tantos viajes y tantas decepciones, finalmente había encontrado su destino.
—¿Todo bien, Ana? —le preguntó una compañera al ver su sonrisa.
—Sí —respondió ella, guardando el teléfono—. Mejor que nunca.
La próxima parada era Ibiza, y esta vez, el encuentro no sería casual. Sería el inicio de algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar escapar. Ferran se lo había currado, y Ana estaba lista para darlo todo. El amor, al igual que un buen partido, a veces se decidía en el último minuto, y ella estaba dispuesta a jugar la prórroga que hiciera falta.
