
Ecos de una Diferencia Inevitable
La memoria de Pedri no alcanzaba a registrar un mundo donde Ferran no estuviera presente. En las fotografías del álbum familiar, Ferran siempre era el adolescente de diecisiete años con una sonrisa brillante que sostenía a un Pedri recién nacido en brazos, mirándolo con una mezcla de asombro y ternura. Sus padres siempre decían que, desde que tuvo uso de razón, Pedri no buscaba el consuelo de su madre ni la protección de su padre cuando se caía y se raspaba las rodillas; buscaba a Ferran.
Diecisiete años. Esa era la cifra que marcaba la distancia entre sus mundos, un abismo cronológico que, a medida que Pedri crecía, se sentía más como una barrera de cristal: invisible pero infranqueable.
A sus dieciocho años recién cumplidos, Pedri observaba a Ferran desde el umbral de la cocina. Ferran, ahora un hombre de treinta y cinco años en la plenitud de su vida, reía mientras ayudaba al padre de Pedri con la barbacoa en el jardín. Tenía esa forma de moverse, segura y tranquila, que siempre lograba que el corazón de Pedri diera un vuelco incómodo.
—¿Vas a quedarte ahí parado toda la tarde o vas a venir a ayudar a tu tío favorito? —gritó Ferran, notando su presencia.
Pedri arrugó la nariz, ocultando el estremecimiento que le provocaba esa palabra.
—No eres mi tío, Ferran. Solo eres un amigo de mis padres que viene a comer gratis —respondió Pedri, caminando hacia él con las manos en los bolsillos de su pantalón corto.
Ferran soltó una carcajada y pasó un brazo por los hombros de Pedri, atrayéndolo hacia sí en un gesto afectuoso. Pedri se tensó, el olor a perfume caro y a carbón inundando sus sentidos.
—Qué carácter. Cuando tenías cinco años, llorabas si no te dejaba dormir en mi regazo —recordó Ferran con nostalgia, dándole un apretón en el hombro antes de soltarlo.
—La gente cambia —murmuró Pedri, desviando la mirada hacia las brasas.
—Sí, bueno, algunos más que otros. Estás enorme, Pepi. Casi me alcanzas.
El apodo infantil, que antes le encantaba, ahora le escocía. Quería que Ferran lo viera como un hombre, no como el niño que solía cargar a caballito. Pero el problema era que Ferran seguía trayendo "amigas" a las reuniones familiares.
Esa tarde no fue la excepción. Media hora después, una mujer llamada Claudia, de unos treinta años, llegó a la casa. Era elegante, hablaba de inversiones y reía de una manera que a Pedri le parecía irritante.
Durante la comida, Pedri apenas probó bocado. Observaba cómo Ferran le servía vino a Claudia, cómo le tocaba el antebrazo mientras contaban una anécdota. Los celos, un monstruo verde que vivía en el pecho de Pedri desde los doce años, empezaron a arañar con fuerza.
—¿Y tú, Pedri? —preguntó Claudia, tratando de ser amable—. Tu madre dice que estás en el equipo de fútbol de la universidad. Debes tener a muchas chicas detrás de ti.
Pedri sintió la mirada de Ferran sobre él. Una mirada curiosa, casi expectante.
—Tengo a alguien, sí —mintió Pedri con una frialdad que sorprendió incluso a sus padres—. Se llama Gavi. Es... especial. Salimos casi todas las noches.
Ferran arqueó una ceja, dejando su copa sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Ah, sí? No habías mencionado nada, Pepi. ¿Es de tu clase?
—Es un poco mayor que yo —continuó Pedri, disfrutando del ligero cambio en la expresión de Ferran—. Tiene mucha experiencia. Me gusta la gente que sabe lo que quiere, no los que pierden el tiempo con relaciones pasajeras.
El ambiente en la mesa se volvió extrañamente tenso. Ferran no volvió a sonreír con la misma soltura el resto de la tarde.
Las semanas pasaron y el juego de los celos se convirtió en una guerra fría silenciosa. Pedri se esforzaba por mencionar constantemente sus supuestas citas, mientras que Ferran, de manera casi inconsciente, empezó a frecuentar la casa de los padres de Pedri con más asiduidad, pero curiosamente, sin Claudia.
Una noche de viernes, Ferran pasó por la casa para dejar unos documentos al padre de Pedri, pero se encontró con que el joven estaba solo, sentado en el porche delantero, mirando su teléfono con expresión sombría. Pedri acababa de terminar una relación real de tres meses con un chico de su facultad que, a pesar de sus esfuerzos, no lograba hacerle olvidar el vacío que sentía.
—¿No tienes una cita con el tal Gavi? —preguntó Ferran, apoyándose en la barandilla de madera.
Pedri levantó la vista. La luz de la luna bañaba el rostro de Ferran, marcando las líneas de expresión alrededor de sus ojos que solo lo hacían ver más atractivo.
—Hemos cortado —dijo Pedri con sencillez—. No funcionaba.
Ferran bajó los escalones y se sentó a su lado, dejando una distancia prudencial que a Pedri le pareció un océano.
—Lo siento, Pepi. Parecías muy ilusionado.
—No lo sentís —espetó Pedri, girándose hacia él—. Sé que no te gustaba. Cada vez que hablaba de él, ponías esa cara de asco.
Ferran suspiró, frotándose la nuca.
—No era asco, Pedri. Es solo que... eres joven. Me preocupa que te hagan daño. Que te apresures a vivir cosas para las que todavía tienes tiempo.
—¡Tengo dieciocho años, Ferran! —exclamó Pedri, poniéndose de pie—. No soy un bebé. Tú a mi edad ya estabas saliendo con chicas, ya estabas viviendo tu vida. ¿Por qué me tratas como si fuera de cristal?
Ferran también se levantó. La diferencia de altura ya no era tanta, y por primera vez en mucho tiempo, se miraron directamente a los ojos, sin jerarquías de edad de por medio.
—Porque para mí siempre serás el niño que juró que se casaría conmigo cuando tuviera diez años —confesó Ferran en un susurro cargado de algo que Pedri no supo identificar.
Pedri sintió un nudo en la garganta.
—Eso no fue una broma de niños, Ferran. Yo nunca lo dije en broma.
El silencio que siguió fue denso, pesado. Se oía el croar de las ranas a lo lejos y el sonido del viento entre los pinos. Ferran dio un paso hacia atrás, como si las palabras de Pedri lo hubieran quemado.
—Pedri, no digas tonterías. Soy diecisiete años mayor que tú. Soy el mejor amigo de tu padre. Te he visto crecer, te he cambiado los pañales...
—¡Deja de repetir eso! —gritó Pedri, con lágrimas de frustración asomando a sus ojos—. ¡No me importa quién seas para mi padre! Me importa quién eres para mí. Y para mí, eres la única persona que he querido desde que tengo memoria.
Ferran se quedó petrificado. Sus manos temblaron levemente antes de esconderlas en los bolsillos de su chaqueta.
—Estás confundido. Es una fase. Has crecido teniéndome cerca y has confundido el cariño con... con otra cosa.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué terminaste con Claudia? —desafió Pedri, acercándose a él hasta que sus pechos casi se tocaban—. ¿Y por qué terminaste con Elena el año pasado? ¿Y con Marta? Ninguna te dura más de tres meses desde que cumplí los quince. ¿Vas a decirme que eso también es una coincidencia?
Ferran desvió la mirada, pero Pedri lo tomó de la barbilla, obligándolo a verlo. La piel de Ferran estaba caliente bajo sus dedos.
—Dímelo a la cara, Ferran. Dime que no sientes nada cuando me ves. Dime que no te mueres de rabia cuando imagino que estoy con otro.
—No puedo hacer esto, Pedri —dijo Ferran, aunque no se apartó—. Tus padres me matarían. Yo mismo me mataría. Eres un niño...
—Ya no lo soy.
Pedri se puso de puntillas y, antes de que Ferran pudiera reaccionar, presionó sus labios contra los del hombre mayor. Fue un beso torpe, cargado de desesperación y de años de anhelo contenido.
Por un segundo, Ferran se quedó inmóvil, como si estuviera procesando un cortocircuito. Pero entonces, con un gemido que sonó a rendición, sus manos salieron de sus bolsillos y se enterraron en el cabello de Pedri, devolviendo el beso con una intensidad que casi deja al joven sin aliento.
Era un beso que sabía a prohibido, a años de espera y a una verdad que ambos habían intentado enterrar bajo capas de lógica y decoro. Ferran lo atrajo más hacia sí, rompiendo esa distancia que tanto había intentado mantener, y por un momento, el mundo exterior desapareció.
Sin embargo, fue Ferran quien rompió el contacto, jadeando, sus manos aún sujetando el rostro de Pedri.
—Esto está mal —dijo Ferran, aunque sus ojos brillaban con una devoción que contradecía sus palabras.
—Si estuviera mal, no habrías respondido así —replicó Pedri, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Pedri, tienes toda una vida por delante. Yo ya he vivido la mitad de la mía. No quiero ser el que te detenga, el que te haga perderte cosas por estar atado a alguien mayor.
—No me estás deteniendo, Ferran. Me estás completando. Siempre has sido tú. ¿No lo entiendes? No quiero a nadie de mi edad. No quiero a alguien que esté aprendiendo a vivir. Te quiero a ti, con tus manías, con tus historias y con esos diecisiete años de ventaja que tienes sobre mí.
Ferran cerró los ojos, apoyando su frente contra la de Pedri.
—Tus padres nos van a odiar.
—Nos querrán —corrigió Pedri, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Les costará entenderlo, pero nos querrán. Además, siempre dijeron que querían que me quedara con alguien que me cuidara. ¿Quién mejor que tú?
Ferran soltó una risa seca, una mezcla de alivio y terror.
—Eres un manipulador, Pepi.
—Aprendí del mejor.
Ferran lo miró seriamente, sus pulgares acariciando los pómulos del chico.
—Si hacemos esto... si de verdad intentamos esto, no habrá vuelta atrás. No podré volver a ser solo el "amigo de la familia". Si te rompo el corazón, o si tú me lo rompes a mí, lo perderemos todo.
Pedri tomó las manos de Ferran y las besó, una por una.
—Llevo amándote dieciocho años, Ferran. Creo que es un historial bastante sólido, ¿no crees?
Ferran suspiró, dejando que la última de sus defensas cayera al suelo. La diferencia de edad seguía ahí, los diecisiete años no iban a desaparecer, y los problemas que vendrían serían muchos. Pero mientras miraba a Pedri, a ese chico que había pasado de ser su sombra a ser su luz, supo que ya no podía seguir fingiendo.
—Está bien —susurró Ferran—. Pero iremos despacio. Muy despacio.
Pedri sonrió, una sonrisa radiante que iluminó la oscuridad del porche.
—He esperado toda mi vida, Ferran. Puedo esperar un poco más.
Esa noche, cuando los padres de Pedri regresaron, encontraron a Ferran y a Pedri sentados en el porche, hablando tranquilamente sobre fútbol. A simple vista, nada había cambiado. Pero bajo la mesa, donde nadie podía verlos, las manos de ambos estaban entrelazadas con una fuerza que prometía no soltarse nunca, desafiando al tiempo y a la lógica que tanto habían intentado separarlos.
El camino no sería fácil. Habría explicaciones incómodas, juicios externos y momentos de duda. Pero mientras Pedri sentía el pulso firme de Ferran contra el suyo, supo que los celos y las mentiras habían quedado atrás. Ahora empezaba la verdadera historia, una donde los diecisiete años de diferencia no eran un muro, sino el puente que finalmente los había unido.
—¿En qué piensas? —le preguntó Ferran en voz baja, aprovechando que los padres de Pedri habían entrado a buscar algo.
—En que la próxima vez que traigas a una "amiga", tendré que decirle que su novio está muy ocupado conmigo —bromeó Pedri.
Ferran le dio un suave apretón en la mano.
—No habrá próxima vez, Pepi. Ya he encontrado lo que buscaba.
Y por primera vez en dieciocho años, Pedri sintió que el monstruo de los celos en su pecho finalmente se quedaba dormido, reemplazado por una paz que solo el amor correspondido podía brindar. La diferencia de edad seguía siendo un hecho, pero en el lenguaje de sus corazones, ambos hablaban exactamente el mismo idioma.
