
Celos en el invernadero
Fandom: Propio
Creado: 30/8/2026
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Raíces, Espinas y un Poco de Clorofila
El aire en el invernadero principal del sector 4 era pesado, cargado de una humedad dulce que olía a tierra fresca y a la savia exótica de las orquídeas de cristal. La luz solar se filtraba a través de los paneles translúcidos del techo, bañando todo en un tono verdoso que hacía juego con la piel de los dos adolescentes que trabajaban en silencio cerca de la sección de botánica experimental.
Kasuto, con su figura atlética resaltando bajo una camiseta negra extremadamente ajustada, sostenía un escáner de mano sobre una planta de hojas bioluminiscentes. Sus antenas, de un verde claro idéntico al de su piel, vibraban ligeramente cada vez que el dispositivo emitía un pitido. A su lado, casi enterrado bajo una sudadera tres tallas más grande, Kazuke observaba un pequeño cactus de espinas rojas con una intensidad casi religiosa. El pelo verde menta de Kazuke caía sobre sus ojos, ocultándolos, pero Kasuto sabía perfectamente que su novio estaba en su elemento.
—¿Crees que esta especie sobreviva a una helada de nivel tres? —preguntó Kazuke en voz baja, sin apartar la vista del cactus.
Kasuto giró la cabeza, observando el perfil de su novio. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Si no lo hace, siempre puedes llevártela a la cama —respondió Kasuto con su tono sarcástico habitual—. Ya sabes que tu habitación está a la temperatura de un volcán activo.
Kazuke soltó un pequeño resoplido que pretendía ser una risa.
—Sabes que odio el frío, Kasuto. No es gracioso.
—Para mí lo es —dijo Kasuto, volviendo a su cuaderno de notas.
Abrió el cuaderno y, con trazos rápidos y precisos, comenzó a dibujar la estructura de la raíz de la planta, añadiendo una pequeña nota al margen sobre cómo la luz afectaba el humor de Kazuke. Le encantaba analizar a la gente, pero con Kazuke era diferente; era como estudiar una galaxia entera que solo él tenía el privilegio de explorar.
La paz, sin embargo, duró poco. El sonido metálico de una bota contra el suelo, seguido del rítmico clac-clac de un yeso golpeando el pavimento, anunció la llegada de problemas.
—¡Eh, chicos! ¡No me digan que siguen aquí encerrados con las lechugas! —La voz de Akairo retumbó en las paredes de cristal, llena de una energía que Kasuto siempre encontraba agotadora.
Akairo entró cojeando con una destreza sorprendente, con su piel rojiza brillando bajo el sol y sus largas antenas moviéndose con entusiasmo. A su espalda, casi tratando de volverse invisible, caminaba Kaede. La pequeña Arken de trece años iba envuelta en una bufanda gruesa a pesar del calor del invernadero, con sus ojos grandes y curiosos escaneando la habitación.
—Hola, Kazuke —dijo Akairo, ignorando completamente la presencia de Kasuto.
Sin pedir permiso ni medir distancias, Akairo se deslizó al lado de Kazuke. Con un movimiento fluido y demasiado familiar para el gusto de Kasuto, pasó su brazo por la cintura de Kazuke, atrayéndolo hacia él en un medio abrazo que pretendía parecer casual.
—Estaba pensando —continuó Akairo, inclinándose hacia el oído de Kazuke mientras le dedicaba una sonrisa radiante— que este lugar es demasiado aburrido para alguien tan brillante como tú. ¿Sabes que acaban de traer una remesa de bebidas calientes al comedor? Tienen esa de canela que tanto te gusta. Podríamos ir, ya sabes, para que no te congeles aquí con... —echó una mirada rápida a Kasuto— ...el equipo de investigación.
Kasuto sintió que la sangre le hervía, pero su rostro permaneció impasible. Solo la forma en que apretó su bolígrafo delató su tensión.
—Akairo —dijo Kasuto, su voz cargada de un sarcasmo gélido—, qué sorpresa. No sabía que hoy te tocaba patrullar el invernadero con tu pie de cristal.
—Es un yeso, Kasuto. Y me queda genial, ¿no crees, Kazuke? —Akairo apretó un poco más el agarre sobre la cintura del chico de pelo menta, quien parecía estar entrando en un estado de parálisis social.
Kazuke, sintiéndose atrapado entre la calidez física de Akairo (que secretamente agradecía por su odio al frío) y la mirada gélida de su novio, solo pudo balbucear.
—Yo... estábamos terminando de analizar la fotosíntesis inducida...
—¡Bah! Eso puede esperar —insistió Akairo, dándole un toquecito juguetón en la nariz—. Un chico tan lindo no debería pasar tanto tiempo mirando plantas. Te vas a poner verde... oh, espera, ya eres verde. ¡Qué suerte tengo!
Kaede, que se había mantenido al margen observando una planta carnívora, desvió la mirada hacia el trío. Sus antenas se movieron con curiosidad. Vio la mano de Kasuto cerrarse en un puño y luego relajarse mientras el chico daba un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Akairo.
—En realidad —dijo Kasuto, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos marrones oscuros—, Kazuke me estaba ayudando con algo muy específico. Algo que requiere... concentración. Y manos libres.
Kasuto extendió la mano y, con una suavidad que ocultaba una firmeza absoluta, tomó la mano de Akairo que rodeaba la cintura de Kazuke y la apartó. Luego, se colocó justo en medio de los dos, rodeando a Kazuke con sus propios brazos desde atrás, apoyando la barbilla en el hombro de su novio.
—¿Verdad, cariño? —soltó Kasuto, enfatizando la última palabra con una dulzura venenosa.
Akairo parpadeó, confundido. Sus antenas se agitaron.
—¿Cariño? —repitió Akairo, soltando una carcajada—. Vaya, no sabía que se llevaban tan bien. Es genial que seas tan afectuoso con tus amigos, Kasuto. Pero no seas acaparador, deja que Kazuke respire.
Kaede soltó un pequeño suspiro y se acercó un poco más, observando la escena con una mezcla de lástima y diversión. Su hermano podía ser muy bueno cuidando plantas, pero era absolutamente ciego para los sentimientos ajenos, especialmente cuando se trataba de romance.
—Hermano —susurró Kaede, tirando de la manga de la camisa sucia de Akairo—, creo que deberíamos irnos a ver los helechos.
—¿Ahora? Ni hablar, Kaede. Estoy intentando convencer a Kazuke de que salga a divertirse —Akairo volvió a la carga, intentando rodear el hombro de Kazuke por encima del brazo de Kasuto—. Vamos, Kazuke, no dejes que el gruñón te retenga aquí.
—No me está reteniendo —logró decir Kazuke, cuya cara empezaba a adquirir un tono de verde más brillante por la vergüenza—. Akairo, yo...
—Está bien, no tienes que agradecerlo —lo interrumpió Akairo con un guiño—. Sé que te intimida un poco mi energía, pero te acostumbrarás.
Kasuto sintió que una vena le latía en la sien. Soltó a Kazuke solo para ponerse frente a Akairo, aprovechando sus pocos centímetros de ventaja en altura y su complexión atlética para intentar intimidarlo.
—Escúchame bien, Arken despistado —dijo Kasuto, recuperando su tono sarcástico pero con un filo peligroso—. Hay muchas plantas en este invernadero. Algunas son bonitas, otras son útiles y otras, como tú, son simplemente invasoras.
Akairo frunció el ceño, aunque no perdió su sonrisa.
—¿Invasora? ¡Oye! Yo solo intento ser amable. A diferencia de algunos, yo sí sé cómo tratar a alguien tan especial como Kazuke.
—¿Ah, sí? —Kasuto dio un paso más, quedando a escasos centímetros del rostro de Akairo—. ¿Y qué crees que necesita "alguien tan especial"?
—Alguien que lo haga reír, que lo saque de este agujero húmedo y que aprecie lo tierno que se ve cuando se esconde en esa ropa gigante —respondió Akairo con total sinceridad, sus ojos oscuros brillando con lo que él creía que era un romance heroico.
Kasuto soltó una risa seca y amarga.
—Bueno, resulta que "alguien" ya hace todo eso. Y además, sabe qué tipo de abono prefiere para sus cactus y por qué odia que le toquen las antenas si no es con permiso.
—¿Y quién es ese genio? ¿Tú? —preguntó Akairo, riendo como si fuera el mejor chiste del año—. No me hagas reír, Kasuto. Tú eres demasiado... tú.
La tensión en el aire era tan espesa que Kaede decidió que era el momento de intervenir, aunque fuera solo para disfrutar del espectáculo desde una posición más segura. Se acercó a Kazuke, que estaba observando la disputa con los ojos muy abiertos detrás de su flequillo verde menta.
—Se van a pelear, ¿verdad? —preguntó Kaede en voz baja.
Kazuke miró a la niña y luego a los dos chicos que empezaban a empujarse ligeramente con los hombros.
—Creo que sí —susurró Kazuke—. Akairo no entiende que Kasuto es mi novio.
Kaede soltó una risita suave, cubriéndose la boca con la mano.
—Mi hermano es un idiota, Kazuke. Cree que está en una película de héroes y que tú eres la persona que necesita ser rescatada de la biblioteca.
Kazuke procesó las palabras y, de repente, la situación le pareció absurdamente cómica. Miró a Kasuto, que estaba intentando usar su cuaderno como escudo para alejar a Akairo, y luego a Akairo, que intentaba hacer un truco de magia fallido con una flor para impresionar a Kazuke mientras evitaba que Kasuto lo empujara.
—¡Es que no lo entiendes! —exclamó Kasuto, perdiendo finalmente la compostura—. ¡Deja de tocarlo!
—¡Oblígame, cara de planta! —desafió Akairo, haciendo un gesto dramático que casi lo hace perder el equilibrio debido al yeso.
Kazuke no pudo evitarlo más. Una pequeña risa escapó de sus labios, una que pronto se convirtió en una carcajada limpia y sonora. Kasuto y Akairo se detuvieron en seco, girándose para mirarlo.
—¿De qué te ríes? —preguntaron ambos al unísono.
Kazuke se acercó a ellos, aún riendo, y tomó la mano de Kasuto, entrelazando sus dedos con firmeza. Luego miró a Akairo, que seguía con una expresión de confusión absoluta.
—Akairo —dijo Kazuke, tratando de recuperar el aliento—, aprecio mucho que quieras llevarme a tomar algo caliente. De verdad. Odio el frío y la canela es genial. Pero... Kasuto no es solo mi compañero de investigación.
Akairo parpadeó, mirando las manos entrelazadas de los dos chicos. Sus antenas cayeron ligeramente hacia los lados.
—¿Entonces...? —empezó a decir, su cerebro procesando la información a la velocidad de un caracol espacial.
—Es mi novio —concluyó Kazuke con una sonrisa tímida pero segura—. Desde hace seis meses.
El silencio que siguió fue épico. Akairo abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y finalmente miró a Kaede, que asentía con la cabeza mientras se encogía de hombros.
—Ah —dijo Akairo finalmente, rascándose la nuca con torpeza—. Eso... eso explica por qué me mirabas como si quisieras convertirme en abono orgánico, Kasuto.
Kasuto recuperó su expresión de superioridad sarcástica, aunque no soltó la mano de Kazuke.
—Vaya, el detective Arken ha resuelto el caso. Felicidades. ¿Quieres una medalla o prefieres que te preste mi cuaderno para que anotes lo que es el espacio personal?
Akairo, lejos de desanimarse o enfadarse, soltó una carcajada estrepitosa que hizo eco en todo el invernadero.
—¡Vaya! ¡Qué despistado soy! —se burló de sí mismo, dándole una palmada en la espalda a un Kasuto que casi se cae hacia adelante—. ¡Con razón no parabas de gruñir! ¡Eres como un perro guardián verde!
—No me toques —masculló Kasuto, aunque ya no había veneno en su voz, solo irritación.
—Bueno, esto es incómodo —dijo Akairo, volviendo a sonreír con esa energía inagotable—. Pero oye, la oferta de la bebida de canela sigue en pie. ¡Podemos ir los cuatro! Yo pago, para compensar que intenté robarle el novio al chico más sarcástico del sector.
Kaede se acercó a Kazuke y le dio un pequeño tirón de la sudadera.
—¿Podemos ir? —preguntó con sus ojos grandes—. Mi hermano es pesado, pero la bebida de canela de verdad es buena.
Kazuke miró a Kasuto. El chico de pelo castaño claro suspiró, cerró su cuaderno y lo guardó en el bolsillo de su pantalón ajustado. Miró a Akairo, que ya estaba intentando hacer equilibrio sobre su pie sano mientras le contaba a Kaede una historia exagerada sobre cómo casi derrota a Kasuto en un duelo de miradas.
—Está bien —cedió Kasuto—. Pero si vuelves a ponerle una mano encima, Akairo, te juro que analizaré tu ADN después de convertirte en puré.
—¡Ese es el espíritu! —exclamó Akairo, comenzando a caminar (o más bien a saltar) hacia la salida—. ¡Vamos, tortolitos! ¡El calor nos espera!
Mientras caminaban hacia la salida del invernadero, Kazuke se pegó al costado de Kasuto, buscando su calor. Kasuto pasó un brazo sobre sus hombros, atrayéndolo hacia sí en un gesto posesivo pero lleno de ternura.
—Escribiré sobre esto en el cuaderno —susurró Kasuto al oído de Kazuke—. "Sujeto Akairo: carece de percepción social básica. Recomendación: mantener alejado de objetos punzantes y de mi novio".
Kazuke volvió a reír, apoyando la cabeza en el hombro de Kasuto.
—Eres un idiota, Kasuto.
—Pero soy tu idiota —respondió él, y por primera vez en toda la tarde, su sonrisa fue real y carente de cualquier rastro de sarcasmo.
Detrás de ellos, Kaede observaba cómo las antenas de su hermano vibraban de emoción mientras hablaba solo, y luego miraba a la pareja que caminaba delante. Sonrió para sí misma. A veces, las plantas no eran lo único que necesitaba luz y cuidado para crecer; a veces, un poco de caos y una bebida caliente eran el fertilizante perfecto para un día extraño en el sector 4.
