
La regression de Haley
Fandom: Stardew valley
Creado: 30/8/2026
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Pétalos de Algodón y Balbuceos de Lluvia
El cielo sobre Pueblo Pelícano nunca había mostrado un tono tan inquietante. No era el gris plomizo de las tormentas de otoño, ni el azul eléctrico de los rayos de verano. Era un rosa vibrante, casi fosforescente, que teñía las nubes como si alguien hubiera derramado un frasco de pintura mágica en la atmósfera.
Tomas, con las botas llenas de barro y el sombrero de paja ligeramente ladeado, observaba el horizonte desde el porche de su granja. A su lado, Haley fruncía el ceño, cruzando los brazos sobre su impecable blusa de seda.
—Esto va a arruinar mi cabello, Tomas —se quejó ella, golpeando el suelo con la punta de su zapato—. Habíamos quedado en ir a la playa para que pudieras tomarme fotos con la luz del atardecer. ¡Mira ese color! Es ridículo.
—Es extraño, eso desde luego —respondió Tomas, extendiendo una mano—. El mago mencionó algo sobre una convergencia de esporas de melón y energía estelar, pero no pensé que...
Antes de que pudiera terminar, las nubes se abrieron. Pero no cayó agua común. Eran gotas densas, tibias y de un color rosáceo que desprendían un aroma dulce, casi como azúcar quemada y flores silvestres.
—¡Puaj! ¡Está pegajosa! —gritó Haley cuando una ráfaga de viento empujó la lluvia directamente hacia ella.
A pesar de sus quejas, no corrió a refugiarse de inmediato. Se quedó allí, paralizada por la sorpresa, mientras el líquido rosa empapaba su ropa y se filtraba por su piel. Tomas la tomó del brazo y la arrastró hacia el interior de la casa, pero para cuando estuvieron a salvo, Haley parecía una estatua de algodón de azúcar derretido.
—Oh, genial. Simplemente genial —murmuró ella. Pero su voz no sonó tan afilada como de costumbre. De hecho, sonó un poco... suave.
—Ve a darte un baño, Haley. Te traeré una toalla limpia —dijo Tomas, preocupado por el brillo extraño que emanaba de la humedad en su piel.
—Quiero... quiero leche con chocolate —soltó ella de repente.
Tomas se detuvo en seco. Haley odiaba los lácteos antes de las seis de la tarde por "la hinchazón".
—¿Leche con chocolate? —preguntó él, arqueando una ceja.
—Sí. Y que esté calentita —respondió ella, con un leve puchero que Tomas atribuyó al mal humor.
Sin embargo, ese fue solo el comienzo.
Pasaron tres días. La lluvia rosa había cesado, dejando el pueblo cubierto de un polvillo brillante, pero el cambio en Haley era cada vez más evidente. Al cuarto día, Tomas la encontró en el salón de la granja sentada en el suelo, rodeada de sus cámaras fotográficas. No estaba tomando fotos; estaba intentando apilar los objetivos uno encima de otro como si fueran bloques de construcción.
—Haley, cariño, ¿qué haces? —preguntó Tomas, dejando la cesta de huevos sobre la mesa—. Esas lentes son carísimas.
Haley levantó la vista. Sus ojos azules parecían más grandes, más redondos. Se llevó un dedo a la boca y ladeó la cabeza.
—Hacen "clic" —dijo ella con una risita tonta—. Mira, Tomas. ¡Torre!
—¿Torre? —Tomas se acercó y se arrodilló a su lado—. Haley, ¿te sientes bien? Has estado actuando... diferente. Ayer te negaste a usar tus zapatos de tacón porque decías que "lastimaban tus deditos".
—No quiero zapatos feos —respondió ella, frunciendo los labios en un gesto que antes habría sido de orgullo, pero que ahora resultaba extrañamente infantil—. Quiero mis calcetines de patitos. ¿Dónde están?
Tomas sintió un nudo en el estómago. La personalidad de Haley, siempre tan preocupada por la moda, el estatus y su imagen sofisticada, se estaba desmoronando para dar paso a algo primario y tierno. Pero lo más inquietante no era solo su actitud. Al tocarle la mejilla, Tomas notó que su piel estaba tan suave como la de un recién nacido, y juraría que su estatura había disminuido un par de centímetros.
Para el sexto día, la regresión era innegable. Haley ya no usaba su cámara. Pasaba las horas sentada en la alfombra, jugando con los peluches que Tomas le había ganado en la feria del pueblo. Su vocabulario se había reducido a frases cortas y su orgullo se había transformado en una dependencia absoluta hacia él.
—Tomas, tengo hambre —dijo ella, tirando de la manga de la camisa del granjero mientras él intentaba cocinar—. ¿Haces puré?
—¿Puré de qué, Haley? ¿Quieres que vayamos al Saloon de Gus a cenar algo rico? —intentó él, buscando una chispa de la mujer que amaba.
—No, no quiero gente —respondió ella, escondiendo la cara tras su espalda—. Mucho ruido. Puré de manzana, por favor.
Esa noche, Tomas apenas pudo dormir. Haley se había quedado dormida en la cama, acurrucada en posición fetal, abrazando una manta vieja. Mientras la observaba bajo la luz de la luna, notó con horror que su pijama le quedaba cada vez más grande. Sus manos eran diminutas, y sus rasgos, aunque seguían siendo hermosos, habían perdido las líneas definidas de la madurez.
—¿Qué te está pasando? —susurró él, acariciando su cabello rubio, que ahora olía intensamente a esa lluvia rosa.
Se quedó dormido por el agotamiento, pero un sonido extraño lo despertó antes del amanecer. No era el despertador, ni el canto del gallo. Era un llanto. Un llanto agudo, rítmico y desesperado.
Tomas se incorporó de golpe, buscando a Haley a su lado. La cama estaba vacía, o eso pensó al principio. Pero luego vio un bulto moviéndose bajo las sábanas, justo en el centro del colchón.
Con manos temblorosas, retiró la manta.
Su corazón se detuvo. Allí, en medio de un mar de sábanas que ahora parecían gigantescas, yacía una bebé de no más de seis meses. Tenía los mismos ojos azules cristalinos de Haley y unos pocos mechones de cabello rubio muy fino sobre la cabeza. Sus pequeñas manos se agitaban en el aire, buscando algo a lo que aferrarse.
—¿Haley? —preguntó Tomas en un susurro quebrado.
La bebé dejó de llorar por un segundo al oír la voz. Miró a Tomas con una curiosidad pura, vacía de cualquier recuerdo de cámaras, de moda o de su vida en el pueblo. No había rastro de la joven orgullosa que se quejaba del barro. Solo había una pequeña vida que dependía enteramente de él.
—¡Bwaaa! —exclamó la pequeña, estirando sus bracitos hacia él.
Tomas la tomó en brazos con una delicadeza extrema. Pesaba tan poco que le daba miedo romperla. La ropa de adulta de Haley estaba esparcida por la cama, como si ella simplemente se hubiera evaporado de su interior.
—Oh, cielos... Esto es real. Realmente te has convertido en un bebé —dijo Tomas, sintiendo una mezcla de pánico y una ternura abrumadora.
Caminó por la casa, buscando algo que pudiera servir. Obviamente, no tenía suministros para bebés. Improvisó un pañal con una de las camisetas viejas de Haley y un par de imperdibles que encontró en su costurero, pidiendo perdón mentalmente a la "antigua" Haley por destrozar su ropa de marca.
—Muy bien, pequeña. Tenemos que solucionar esto —dijo él, mientras la bebé balbuceaba y tiraba de su nariz con fuerza—. El mago... sí, el mago tiene que saber qué hacer.
Pero al mirar por la ventana, vio que otra vez empezaba a caer esa lluvia rosa. El camino hacia la torre del mago era largo y el bosque era peligroso bajo esa lluvia extraña. No podía arriesgarse a sacar a la pequeña Haley.
—Supongo que hoy solo somos tú y yo —murmuró Tomas, sentándose en el mecedora con la bebé en brazos.
La pequeña Haley soltó una risita burbujeante y se acurrucó contra su pecho, buscando calor. Tomas suspiró, sintiendo cómo el instinto de protección se apoderaba de él. Ella no recordaba quién era. No recordaba que eran novios, ni sus sueños de ser fotógrafa profesional en la ciudad. Para ella, Tomas era su mundo entero, su único refugio.
—Te cuidaré —prometió él, besando su frente—. Aunque tenga que aprender a hacer papilla de chirivía y a cambiar pañales cada dos horas.
La bebé cerró los ojos, quedándose dormida con una paz que la Haley adulta nunca parecía alcanzar del todo, siempre tan preocupada por la opinión de los demás. En ese momento, Tomas se dio cuenta de que, aunque extrañaba a su novia, esta pequeña versión de ella necesitaba todo el amor que él pudiera darle.
—Mañana será otro día —dijo Tomas para sí mismo, mientras la lluvia rosa golpeaba suavemente el cristal de la ventana, transformando el mundo en un lugar extraño y dulce, donde el tiempo parecía haber decidido dar marcha atrás solo para ellos dos.
—¿Abu? —balbuceó la bebé entre sueños, apretando el dedo índice de Tomas con su manita.
—No, pequeña. Soy Tomas. Y no me voy a ir a ninguna parte.
El granjero se quedó allí, meciéndose en la penumbra, mientras el sol comenzaba a salir sobre un valle que, al igual que su vida, había cambiado para siempre por un capricho del cielo. La tarea de ser padre de su propia novia era algo para lo que ningún manual de agricultura lo había preparado, pero mientras escuchaba la respiración acompasada de la pequeña Haley, supo que, pasara lo que pasara, ella siempre sería su prioridad más preciada.
