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Sonrisa

Fandom: Chainsaw Man

Creado: 30/8/2026

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La Flor que Floreció en el Agua

El sol de la tarde caía sobre los tejados de Tokio con una suavidad que resultaba casi extraña. Para Denji, acostumbrado a que el cielo se tiñera de rojo sangre o del gris opresivo de las tripas de algún demonio, la paz era un concepto que todavía le quedaba grande, como una camisa tres tallas mayor. Pero allí estaba él, con su uniforme de Seguridad Pública desaliñado, la corbata floja y las mangas arremangadas, observando a la chica que caminaba a su lado.

Reze se veía diferente bajo la luz natural. Ya no había uniformes escolares robados ni la presión de la Unión Soviética respirándole en la nuca. Llevaba su característica gargantilla con el alfiler de granada, un recordatorio constante de lo que era, y ese delantal con textura de munición que, extrañamente, le sentaba bien. Su pelo corto y oscuro destellaba con matices morados cuando giraba la cabeza.

Ella sonreía, sí. Sonreía cuando veía un gato callejero, o cuando Denji decía alguna estupidez sobre el sabor de las tostadas. Pero Denji, que había aprendido a leer el dolor porque había vivido en él toda su vida, sabía que esa no era la sonrisa que buscaba. Era una mueca de alivio, el gesto de alguien que finalmente ha dejado de correr pero cuyos pies aún sangran por el camino.

—Oye, Reze —dijo Denji, deteniéndose en seco frente a una vieja cabina telefónica que olía a óxido y a ciudad vieja.

—¿Pasa algo, Denji? —preguntó ella, ladeando la cabeza. Sus mejillas se tiñeron de ese rosa suave que siempre aparecía cuando él la miraba demasiado tiempo.

—¡Carrera! —gritó él de repente, echando a correr hacia la cabina como si le fuera la vida en ello.

Reze parpadeó, confundida, pero sus instintos de asesina entrenada se activaron por pura inercia y lo siguió, alcanzándolo en segundos. Denji entró en la cabina tropezando con sus propios pies y, tras un forcejeo torpe con algo que tenía escondido detrás de un contenedor cercano, emergió con un ramo de flores.

No eran flores perfectas. Eran las mismas que aquella vez; pequeñas, algo silvestres, y aunque esta vez no estaban cubiertas de baba de demonio, Denji se las entregó con la misma urgencia desesperada.

—Para ti. Como la primera vez, pero sin que intentes matarme después —dijo él, rascándose la nuca con una risa nerviosa.

Reze tomó el ramo. Sus dedos rozaron los pétalos y una pequeña risa escapó de sus labios. Fue un sonido dulce, pero Denji notó que sus ojos seguían cargados de una nostalgia pesada, como si estuviera recordando a la niña que nunca pudo ser.

—Gracias, Denji. Son hermosas —murmuró ella.

—¡Aún no hemos terminado! —exclamó él, tomándola de la mano—. Tengo hambre. Y sé que tú también.

La llevó a la misma cafetería donde solían sentarse. El olor a grano tostado y dulce inundaba el lugar. Denji pidió el café más negro y fuerte de la carta, solo porque quería parecer maduro, alguien que podía manejar la amargura de la vida.

—¿Seguro que quieres ese? —preguntó Reze, observando el vapor que salía de la taza blanca.

—¡Claro! Soy un hombre nuevo, Reze. La amargura es... es mi segundo nombre —presumió él, dándole un trago largo y valiente.

Dos segundos después, el café voló por los aires en una fina lluvia marrón. Denji se dobló sobre sí mismo, tosiendo y sacando la lengua con una expresión de absoluto asco.

—¡Puaj! ¡Sabe a calcetín de demonio! —gritó, limpiándose la boca con la manga.

Reze estalló en una carcajada. No fue una sonrisa forzada, fue una risa breve y genuina que iluminó su rostro. Denji, a pesar del sabor a quemado en su garganta, se sintió triunfante.

—Eres un idiota, Denji —dijo ella, ofreciéndole un poco de su batido dulce—. Pero eres un idiota tierno.

La tarde avanzó y el plan de Denji continuó con una precisión que nadie hubiera esperado de él. Se dirigieron a un festival local que se celebraba en un templo cercano. El aire estaba lleno del aroma de los yakisobas y el sonido de las flautas. Caminaron entre la multitud, hombro con hombro. Las luces de los farolillos se reflejaban en los ojos de Reze, dándoles un brillo místico.

Se detuvieron en un rincón apartado, bajo la sombra de un gran árbol de cerezo que ya no tenía flores, pero cuyas hojas susurraban secretos al viento. Denji la miró. Recordó el festival anterior, el sabor metálico de la sangre y el dolor de su lengua siendo arrancada.

—Esta vez... —empezó Denji, acercándose a ella—, esta vez quiero que sea diferente.

Reze no se movió. No buscó el alfiler de su garganta. Simplemente cerró los ojos y esperó. Cuando sus labios se encontraron, no hubo explosiones, ni engaños, ni el sabor del hierro. Fue un beso torpe, con el ligero sabor al batido de vainilla que ella había tomado, y lleno de una desesperación juvenil por ser amados.

Cuando se separaron, Reze lo miró con una expresión de asombro.

—Aún tienes la lengua —bromeó ella, aunque su voz temblaba un poco.

—Y pienso quedármela —respondió él con una sonrisa de oreja a oreja.

La siguiente parada fue una escuela cercana, que a esa hora ya estaba cerrada. Saltaron la valla con la agilidad que solo dos personas que habían luchado contra horrores cósmicos poseían. Caminaron por los pasillos silenciosos, sus pasos resonando en el linóleo.

—¿Recuerdas? —preguntó Denji, entrando en un aula vacía—. Tú eras la maestra y yo el alumno tonto que no sabía leer.

—No eras tonto, Denji. Solo nadie te había enseñado —corrigió ella, acariciando la superficie de un pupitre.

—Bueno, ahora sé leer un poco mejor. Pero sigo prefiriendo que me enseñes tú —dijo él, haciendo una pose exagerada de estudiante rebelde.

Reze sonrió de nuevo, una sonrisa de calma, de esas que Denji quería transformar en algo más. La nostalgia era buena, pero él quería felicidad pura, de esa que te hace olvidar que el mundo es un lugar podrido.

Finalmente, cuando la luna ya reinaba en el cielo y las estrellas luchaban contra la contaminación lumínica de Tokio, llegaron al destino final: la piscina municipal.

Estaba cerrada, por supuesto, pero eso nunca había detenido a Denji. Se colaron por la puerta lateral y el olor a cloro los recibió como un viejo amigo. El agua estaba en calma, una superficie de cristal oscuro que reflejaba la luna plateada.

—Aquí fue donde me enseñaste a nadar —dijo Denji, quitándose los zapatos y los calcetines—. Bueno, donde lo intentaste mientras yo me hundía como una piedra.

Reze se sentó en el borde, dejando que sus piernas colgaran sobre el agua. Sus botas negras hasta el muslo quedaron a un lado.

—Aprendiste rápido —dijo ella en voz baja—. Tienes instinto de supervivencia.

Denji se sentó a su lado, observando el perfil de la chica. Reze parecía procesar todo el día. El ramo, el café, el festival, la escuela... el hilo conductor de sus recuerdos compartidos, pero esta vez despojados de la tragedia.

—¿Por qué has hecho todo esto, Denji? —preguntó ella, sin mirarlo. Sus manos jugaban con el dobladillo de su delantal—. Podríamos haber ido a comer hamburguesas y ya está.

Denji se rascó la mejilla, sintiendo el calor subir a su cara.

—Porque... porque siempre sonríes como si estuvieras pidiendo perdón por estar viva —soltó él, con esa honestidad brutal que lo caracterizaba—. Y eso me molesta. Makima ya no está. Los rusos no están. Yo estoy aquí, y tú estás aquí.

Reze se tensó ligeramente.

—Quería que sonrieras de verdad —continuó Denji, bajando la voz—. No una sonrisa de "estoy aliviada porque no me han matado hoy". Quería una sonrisa de las que duelen en las mejillas porque eres feliz. Como cuando yo como pan con mermelada, ¿sabes? Pero en versión chica bonita.

Reze se llevó las manos a la boca. Sus hombros empezaron a temblar. Denji entró en pánico instantáneo.

—¡Ah! ¡Mierda, la he cagado! —exclamó, agitando las manos—. ¡Lo siento, Reze! Soy un idiota, no debería haber dicho eso del pan, o de la mermelada, o...

—Denji... —susurró ella.

Él se detuvo, esperando un golpe o que ella se marchara corriendo. Pero cuando Reze apartó las manos de su cara, sus ojos estaban húmedos, las lágrimas resbalando por sus mejillas, pero sus labios estaban curvados en la sonrisa más amplia, radiante y genuina que Denji jamás había visto.

Era una sonrisa que nacía desde el pecho, una que borraba los años de entrenamiento como niña bomba, los asesinatos y el miedo.

—Es... es lo más dulce que alguien ha hecho por mí —dijo ella, con la voz entrecortada por un sollozo de alegría—. Nadie... nadie se había esforzado tanto solo por verme sonreír.

Sin previo aviso, Reze se lanzó hacia él, rodeando su cuello con los brazos y derribándolo sobre las baldosas húmedas del borde de la piscina. Denji sintió el cuerpo menudo de la chica contra el suyo y el calor de su aliento.

—Gracias, Denji —dijo ella, mirándolo a los ojos desde arriba.

—Entonces... ¿te ha gustado? —preguntó él, todavía un poco aturdido.

—Me ha encantado —respondió ella, y volvió a besarlo.

Esta vez, el beso fue largo y pausado. Denji sintió que el corazón le latía con la fuerza de un motor de motosierra, pero no por el poder del demonio, sino por algo mucho más humano. Reze se separó apenas unos milímetros, manteniendo su frente apoyada contra la de él.

—¿Sabes qué falta? —preguntó ella con una chispa de travesura en los ojos.

—¿Qué? —Denji no tuvo tiempo de reaccionar.

Reze lo empujó con fuerza y ambos cayeron al agua con un estruendo que rompió el silencio de la noche. El agua fría los envolvió, pero ninguno de los dos pareció importarle. Emergieron a la superficie, empapados, con la ropa pegada al cuerpo y el pelo chorreando.

Denji escupió un chorro de agua y se apartó el pelo de los ojos. Reze estaba frente a él, flotando, riendo a carcajadas mientras le salpicaba agua.

—¡Oye! ¡Mi uniforme! —se quejó Denji, aunque no podía dejar de reír él también—. ¡Aki me va a matar si ve que lo he arruinado!

—Aki no está aquí —dijo Reze, acercándose a él en el agua—. Solo estamos nosotros.

En medio de la noche, rodeados por el azul profundo de la piscina y el silencio de una ciudad que nunca dormía, Denji finalmente lo consiguió. Reze no era una soldado, no era un demonio, no era una misión. Era simplemente una chica que, por primera vez en su vida, era inmensamente feliz.

Y mientras la veía reír bajo la luz de la luna, Denji decidió que, si ese era el precio de la paz, valía la pena cada segundo de su extraña y caótica vida.

—Denji —dijo ella, calmándose un poco pero sin soltar su mano bajo el agua.

—¿Qué pasa?

—Enséñame a nadar otra vez. Pero esta vez, no me dejes ir.

Denji sonrió, mostrando sus dientes afilados, y la atrajo hacia él.

—Nunca, Reze. Ni aunque me arranquen el corazón.

El agua de la piscina se agitó suavemente mientras los dos permanecían allí, disfrutando de una libertad que sabía a cloro, a flores y a la promesa de un mañana donde las sonrisas ya no serían de alivio, sino de pura y simple felicidad.

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