
Visitas Nocturnas
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 30/8/2026
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El Silencio de las Mariposas y el Frío del Mar
La luna colgaba en el firmamento como una guadaña de plata, bañando los terrenos de la Finca Mariposa con una luz espectral que convertía el rocío de la hierba en diamantes líquidos. El silencio en la propiedad era absoluto, interrumpido únicamente por el canto rítmico de los grillos y el susurro del viento entre los árboles de glicinias.
Giyu Tomioka caminaba con pasos tan ligeros que ni siquiera las hojas secas crujían bajo sus pies. Su expresión, como siempre, era una máscara de mármol: impasible, severa, con esos ojos azul lapislázuli que parecían contener la profundidad insondable de un océano en calma. Su haori, dividido entre el rojo sólido y el patrón geométrico que honraba a los caídos, ondeaba suavemente tras él.
Para el resto de los Pilares, Giyu era un enigma solitario, un hombre que prefería la compañía de las sombras a la de sus iguales. Shinobu Kocho solía burlarse de él diciendo que nadie lo quería, y él, con su habitual laconismo, insistía en que no era odiado. Pero allí, bajo el amparo de la noche, la verdad era mucho más compleja.
Giyu no buscaba la soledad por elección, sino por protección. Sin embargo, había una excepción a su aislamiento.
Se detuvo frente a la ventana de la oficina privada de la Pilar del Insecto. La luz de una vela parpadeaba débilmente en el interior. Sin llamar, sin pedir permiso, Giyu deslizó la puerta con una familiaridad que habría escandalizado a cualquier subordinado.
Shinobu estaba sentada tras su escritorio, rodeada de pergaminos y frascos de veneno. Al notar la presencia del hombre, no se tensó ni buscó su nichirin. En su lugar, una sonrisa lenta y genuina, despojada de la falsedad que solía mostrar ante los demonios, iluminó su rostro.
—Vaya, Tomioka-san —dijo ella, dejando la pluma a un lado—. Otra vez entrando sin invitación. ¿Es que el Pilar del Agua no conoce los modales básicos o es que simplemente no puede pasar una noche sin mi compañía?
Giyu cerró la puerta tras de sí, asegurando el pestillo. Se acercó al escritorio, manteniendo esa mirada penetrante que parecía leer el alma de la mujer frente a él.
—Había informes sobre demonios en la zona sur —respondió él con su voz monótona—. Vine a asegurarme de que la Finca estuviera a salvo.
Shinobu soltó una risita cristalina, levantándose de su silla. Se acercó a él, reduciendo la distancia hasta que el aroma a flores de saúco y desinfectante que siempre la rodeaba envolvió los sentidos de Giyu.
—Esa excusa se está volviendo vieja, incluso para ti —susurró ella, alzando la mano para tocar el borde del haori de Giyu—. Admitir que querías verme no te matará, ¿sabes? Aunque, con lo frío que eres, quizás te derritas.
—No soy frío —replicó él, aunque sus dedos buscaron instintivamente la mano de ella.
—Lo eres. Pero supongo que por eso me gusta tanto quemarme contigo.
El juego de palabras y las burlas eran el preludio necesario, el puente entre sus deberes públicos y su intimidad privada. Shinobu rodeó el cuello de Giyu con sus brazos, obligándolo a inclinarse. Sus ojos púrpuras, similares a los de un insecto pero llenos de una calidez humana que solo él conocía, buscaron los de él.
—Dilo, Giyu —instó ella en un susurro—. Di por qué estás aquí realmente.
Giyu guardó silencio por un momento, dejando que la tensión creciera. Finalmente, su mano se posó en la cintura menuda de Shinobu, atrayéndola hacia su cuerpo musculoso.
—Te extrañé —confesó él, las palabras apenas audibles.
Shinobu no respondió con palabras. Se puso de puntillas y unió sus labios con los de él. Fue un beso que comenzó con la suavidad de un pétalo cayendo al agua, pero que rápidamente se transformó en una danza de pasión desesperada. Era el choque de dos mundos: el mar implacable y el veneno dulce.
Se separaron solo lo suficiente para recuperar el aliento, pero sus frentes permanecieron unidas. Giyu comenzó a desatar los nudos del haori de Shinobu, esa prenda que cargaba con el peso de la memoria de su hermana. Con una reverencia silenciosa por el dolor que ambos compartían, dejó que la tela cayera al suelo.
Shinobu, por su parte, desabrochó los botones del uniforme oscuro de Giyu. Sus manos pequeñas pero firmes recorrieron el torso del hombre, trazando las cicatrices que contaban historias de batallas ganadas y amigos perdidos. Giyu exhaló un suspiro trémulo cuando la piel de ella entró en contacto directo con la suya.
A la luz de la luna que se filtraba por las rendijas, Shinobu se despojó de sus vestiduras, quedando en una desnudez que Giyu siempre contemplaba con una mezcla de adoración y tristeza. Era tan pequeña, tan frágil en apariencia, y sin embargo, cargaba con un odio tan vasto que a veces temía que la consumiera.
—Solo por esta noche —murmuró Shinobu, guiándolo hacia el pequeño futón que descansaba en el rincón de la oficina—. Solo por esta noche, no somos pilares.
—Solo Giyu y Shinobu —concordó él, su voz rompiéndose ligeramente.
Se hundieron en el abrazo del otro, sucumbiendo al deseo que durante el día debían reprimir bajo capas de deber y disciplina. Giyu la reclamó con una urgencia contenida, sus manos recorriendo cada curva de su cuerpo como si intentara memorizarla por si el destino decidía que esta fuera la última vez. Shinobu clavó sus uñas en la espalda de él, dejando marcas rojas que eran testimonios de su existencia, de su derecho a sentir algo más que rabia.
En el clímax de su unión, entre jadeos y susurros ahogados, el mundo exterior dejó de existir. No había demonios, no había Muzan Kibutsuji, no había una guerra milenaria que amenazaba con devorarlos. Solo existía el calor de sus cuerpos, el latido frenético de sus corazones y la blancura cegadora de un placer que los hacía sentir, por fin, vivos.
Después, mientras el sudor se enfriaba en sus pieles y la respiración volvía a la normalidad, se quedaron entrelazados. Giyu mantenía una mano sobre el pecho de Shinobu, sintiendo el ritmo constante de su corazón, asegurándose de que seguía allí.
—Si las cosas fueran diferentes... —comenzó Shinobu, su voz teñida de una melancolía que rara vez permitía que aflorara.
—Viviríamos en una casa pequeña cerca de la costa —completó Giyu, cerrando los ojos—. Tú tendrías tu laboratorio y yo... yo simplemente estaría allí.
—Tendríamos hijos —añadió ella con una sonrisa triste—. Niños que no tendrían que aprender a sostener una espada antes que un juguete.
Giyu la apretó más fuerte contra sí. El dolor de lo que no podía ser era casi más insoportable que las heridas de combate. En su mundo, el amor era una debilidad que los demonios podían usar, y la longevidad era un lujo que los cazadores rara vez alcanzaban. Su relación era un secreto a voces que nadie se atrevía a confirmar, un refugio construido con materiales robados al tiempo.
—No pienses en eso ahora —dijo Giyu—. Ahora estamos aquí.
—Tienes razón —respondió ella, acomodándose en el hueco de su hombro—. Siempre tan pragmático, Tomioka-san. Por eso nadie te invita a las fiestas.
—Tú me invitas a estas visitas —replicó él con una pizca de humor seco.
—Porque soy la única con la paciencia suficiente para soportarte.
Se quedaron en silencio, disfrutando de la paz efímera. Sabían que, en unas horas, el sol comenzaría a teñir el horizonte de naranja y rosa, y con la luz volverían las máscaras. Ella volvería a ser la mujer de sonrisa perpetua y veneno letal, y él volvería a ser el hombre de hielo que caminaba solo.
El ritual estaba llegando a su fin.
Cuando los primeros rayos del alba empezaron a disipar las sombras de la oficina, Giyu se levantó con renuencia. Se vistió en silencio, ajustando su uniforme y su haori bicolor con la precisión de un soldado. Shinobu, envuelta en una sábana, lo observaba desde el futón, con el cabello desordenado y los ojos aún nublados por el sueño y la satisfacción.
Giyu se acercó a ella y depositó un último beso en su frente.
—Debo irme antes de que los gemelos o Aoi se despierten —dijo él.
—Ve con cuidado, Giyu —respondió ella, su tono volviendo a ser suave y juguetón—. No querría que un demonio de bajo nivel te atrapara porque estás demasiado cansado después de tu "patrulla nocturna".
Giyu se detuvo en la puerta y la miró una última vez. Su expresión era severa, pero sus ojos brillaban con una promesa silenciosa.
—Volveré —dijo simplemente.
—Lo sé. Siempre vuelves.
Giyu salió de la Finca Mariposa de la misma forma en que había entrado: como una sombra. Mientras caminaba hacia su propia sede, el frío del aire matutino golpeó su rostro, recordándole su realidad. Pero en su espalda, el leve ardor de los rasguños de Shinobu era un recordatorio físico de que, por unas horas, había sido humano.
Las visitas nocturnas continuarían. Eran su medicina, su pecado y su única esperanza en un mundo oscuro. Y mientras el sol se alzaba, el Pilar del Agua ya estaba contando las horas para que la luna volviera a reinar, permitiéndole regresar al único lugar donde el mar y el insecto podían ser uno solo.
