
Te Odio y Te Amo
Fandom: Resident Evil
Creado: 30/8/2026
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Entre el Carmín y el Acero
El cristal chocó contra la madera de caoba con un sonido seco, casi violento, que reverberó en las paredes de aquel departamento excesivamente lujoso. Leon S. Kennedy observó cómo el whisky se agitaba dentro del vaso, atrapando los reflejos ámbar de las luces de la ciudad que se filtraban por el ventanal.
No era su casa. Nunca lo era. Como agente de élite del gobierno estadounidense, su vida se medía en maletas a medio hacer y habitaciones de hotel o departamentos de seguridad que olían a limpieza industrial y soledad. Un día era Washington, otro día era una base perdida en Europa del Este, y hoy era este refugio de techos altos y silencio sepulcral.
Leon suspiró, pasando una mano por su cabello rubio ceniza, ahora un poco más largo y descuidado de lo habitual. Sus ojos azules, que alguna vez habían brillado con la ingenuidad de un policía novato en Raccoon City, ahora reflejaban una fatiga que ninguna cantidad de sueño podría curar. Había sobrevivido al infierno de las calles infestadas de zombis, al acoso implacable del Tyrant, a la locura religiosa de los Iluminados en España y a la obsesión enfermiza de Derek C. Simmons.
Simmons. Ese nombre le dejó un sabor amargo en la boca. Un hombre que había desatado el caos global solo porque no podía poseer a Ada Wong.
Ada.
El nombre flotaba en su mente como una advertencia y una promesa. Era la mujer que le había salvado la vida tantas veces como se la había complicado. La espía que jugaba en las sombras, la mujer que siempre parecía estar tres pasos por delante de todos, incluido él. La odiaba por su ambigüedad, por su frialdad, por cómo lo utilizaba para sus propios fines. Y, sin embargo, la amaba con una intensidad que lo asustaba. Era una contradicción que lo desgarraba por dentro: un amor forjado en el terror y la supervivencia.
Un ligero cambio en la presión del aire, casi imperceptible para alguien que no hubiera pasado media vida esperando una emboscada, lo puso en alerta. Leon no se movió. No buscó su arma, que descansaba sobre la mesa auxiliar. Sabía quién era. Ese perfume, una mezcla sutil de jazmín y algo metálico, era inconfundible.
—Llegas tarde —dijo Leon, su voz era un susurro ronco que rompió el silencio del salón.
—Un mago nunca llega tarde, Leon. Llega exactamente cuando se lo propone —respondió una voz femenina, aterciopelada y cargada de una confianza que bordeaba la arrogancia.
Leon giró la cabeza lentamente. Allí estaba ella, apoyada contra el marco del balcón, con el viento nocturno agitando su corto cabello negro. Llevaba un vestido rojo que se ceñía a su figura delgada y atlética como una segunda piel, y esos tacones altos que, a pesar de parecer poco prácticos para su profesión, ella manejaba con una gracia letal.
—Este departamento tiene una seguridad de nivel cinco —comentó Leon, volviendo a mirar su vaso—. Supongo que para ti eso es solo una sugerencia de "no pasar".
Ada se acercó con pasos lentos y rítmicos. La luz de la luna bañaba su piel pálida, dándole un aspecto casi etéreo, si no fuera por la mirada calculadora en sus ojos marrones claros.
—Sabes que las cerraduras solo existen para mantener fuera a la gente sin imaginación —dijo ella, deteniéndose a pocos centímetros de él.
Leon finalmente se levantó. Su estatura superaba a la de ella, obligándola a inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El contraste entre ambos era evidente: él, un soldado endurecido, con los hombros cargados por el peso de sus responsabilidades; ella, una sombra elegante que no le rendía cuentas a nadie.
—¿Qué quieres esta vez, Ada? —preguntó él, aunque una parte de su corazón ya conocía la respuesta—. ¿Información? ¿Un pase de seguridad? ¿O simplemente te aburrías?
Ada alargó una mano y, con una delicadeza que desarmaba cualquier defensa, rozó la mandíbula de Leon con la punta de sus dedos.
—¿Tan difícil es creer que solo quería ver cómo estaba mi agente favorito? —preguntó ella con una sonrisa enigmática.
—Nada contigo es sencillo —replicó Leon, atrapando su muñeca. No la apretó, pero su agarre era firme—. Debería entregarte. Eres una amenaza para la seguridad nacional, una mercenaria que vende bioterrorismo al mejor postor.
Ada soltó una risa suave, un sonido que a Leon le dolió en el pecho por lo mucho que le gustaba escucharlo.
—Podrías intentarlo —dijo ella, acercándose más, hasta que el calor de su cuerpo fue perceptible a través de la camisa de Leon—. Pero ambos sabemos que no lo harás. No hoy.
—Te odio —susurró él, aunque sus ojos decían lo contrario.
—Lo sé —respondió ella, cerrando la distancia que los separaba—. Es parte de tu encanto.
El beso fue inevitable. Fue un choque de desesperación y anhelo, un encuentro que sabía a whisky y a peligro. Leon la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia él como si quisiera fusionar sus mundos opuestos. En ese momento, no importaba el C-Virus, ni las conspiraciones globales, ni el hecho de que mañana podrían estar apuntándose con un arma en algún laboratorio subterráneo.
Ada correspondió con una pasión contenida, sus manos enredándose en el cabello de Leon. Por un breve instante, la máscara de la espía infalible se agrietó, dejando ver a la mujer que, a pesar de todo, buscaba refugio en el único hombre que realmente la conocía.
Se separaron jadeando, pero no se soltaron. Leon apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos.
—Esto es una locura —dijo él—. Algún día esto va a terminar mal para los dos.
—El mundo ya terminó mal hace mucho tiempo, Leon —respondió Ada, recuperando su tono sereno, aunque su respiración aún era errática—. Nosotros solo estamos sobreviviendo a las ruinas.
—Podrías dejarlo todo —insistió él, sabiendo que era una batalla perdida—. Podrías dejar de correr. El gobierno podría...
Ada puso un dedo sobre sus labios, silenciándolo.
—No me pidas que sea algo que no soy —dijo ella con una pizca de tristeza en sus ojos marrones—. No soy la chica que necesita ser rescatada, y tú no eres el hombre que puede vivir una vida normal. Eres un héroe, Leon. Y los héroes necesitan sombras que perseguir.
Leon soltó un suspiro amargo y se alejó un paso, sintiendo el frío del departamento regresar de golpe.
—¿A dónde vas ahora? —preguntó, sabiendo que ella no le daría una dirección exacta.
Ada caminó hacia el ventanal, su silueta recortada contra el horizonte de luces eléctricas. Se giró una última vez, dedicándole esa mirada que siempre lo dejaba cuestionándose todo.
—Tengo un asunto pendiente en Singapur —dijo ella, ajustándose un comunicador casi invisible en el oído—. Pero no te preocupes. Estoy segura de que nuestros caminos volverán a cruzarse. Siempre lo hacen.
—Ada —la llamó él antes de que ella saltara hacia la oscuridad.
Ella se detuvo, esperando.
—Ten cuidado —dijo Leon simplemente.
Ada sonrió, una sonrisa real, desprovista de sarcasmo.
—Siempre lo tengo, Leon. Deberías preocuparte más por ti mismo. Ese sentido de la justicia te va a matar un día de estos.
Con un movimiento fluido, Ada Wong desapareció por el balcón, perdiéndose en la noche como si nunca hubiera estado allí.
Leon se quedó solo en el centro del salón. El silencio regresó, más pesado que antes. Caminó hacia la mesa, tomó su vaso de whisky y bebió el resto del contenido de un solo trago. El líquido le quemó la garganta, pero no pudo apagar el fuego que sentía en el pecho.
Miró hacia el balcón vacío y luego a su reflejo en el cristal. Era un agente del gobierno, un superviviente, un hombre que había visto lo peor de la humanidad. Y, sin embargo, seguía siendo el mismo idiota que se había enamorado de una mujer de rojo en una ciudad condenada.
—Maldita sea, Ada —susurró al vacío.
Sabía que ella tenía razón. El mundo era un lugar oscuro y caótico, y su relación era el reflejo perfecto de ese desorden. Era un amor imposible, un ciclo de persecución y escape, de lealtades divididas y besos robados. Pero mientras el mundo siguiera girando entre epidemias y monstruos, ellos seguirían encontrándose en las sombras, unidos por un hilo invisible que ni el tiempo ni la traición habían logrado romper.
Leon dejó el vaso en la mesa y se dirigió a su habitación. Mañana habría una nueva misión, un nuevo informe, una nueva amenaza que detener. Pero esta noche, por unos breves minutos, el infierno se había sentido un poco más como el cielo. Y eso, en un mundo como el suyo, era lo más parecido a la felicidad que podía permitirse tener.
Se acostó en la cama, mirando al techo, escuchando el lejano sonido del tráfico y las sirenas. Cerró los ojos y, por un instante, pudo jurar que aún sentía el aroma a jazmín en su almohada. Sonrió para sí mismo, una expresión cansada pero honesta, antes de que el agotamiento finalmente lo reclamara.
Mañana volvería a ser el Agente Kennedy. Mañana volvería a ser el hombre de acero. Pero esta noche, en la soledad de aquel departamento lujoso, solo era un hombre que amaba a la mujer equivocada en el momento equivocado. Y, a pesar de todo el dolor y la incertidumbre, no lo cambiaría por nada.
