
Factor Gojo
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 30/8/2026
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El Velo de los Seis Ojos y la Distancia de un Beso
El humo del cigarrillo se elevaba en espirales perezosas, perdiéndose en el aire viciado de la morgue de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio. Shoko Ieiri dejó escapar un suspiro cansado, ajustándose las mangas de su bata blanca. Sus ojos, enmarcados por esas ojeras crónicas que ya eran parte de su identidad, observaban con indiferencia el frasco de formaldehído sobre su mesa.
A pesar de su aspecto eternamente agotado y su actitud cínica, Shoko poseía una belleza que no pasaba desapercibida. Era una elegancia natural, despojada de artificios, que atraía a los hombres como polillas a una llama que no pretendía quemarlos, pero que lo hacía de todos modos.
Esa tarde, Shoko había decidido salir a caminar por las calles de Shinjuku para comprar algunos suministros médicos y, de paso, despejar la mente del olor a muerte que impregnaba su lugar de trabajo. No pasó mucho tiempo antes de que el primer inconveniente apareciera.
—Disculpe, señorita —dijo un hombre de traje impecable, bloqueándole el paso con una sonrisa que pretendía ser encantadora pero que a ella le resultó simplemente molesta—. No he podido evitar notar que camina sola. ¿Me permitiría invitarla a un café?
Shoko ni siquiera detuvo su paso por completo. Sus ojos castaños se posaron en él con la misma emoción con la que examinaría un hígado dañado.
—No, gracias —respondió ella, con una voz monótona y cortante.
—Vamos, solo será un momento. Una mujer tan hermosa no debería estar tan seria —insistió el hombre, dando un paso más hacia su espacio personal.
Shoko frunció levemente el ceño. Normalmente, su rechazo inicial bastaba. La mayoría de los hombres captaban la frialdad en su tono y se retiraban heridos en su orgullo. Pero este espécimen parecía carecer de instinto de preservación.
—He dicho que no —repitió ella, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón azul marino.
—Insisto, le aseguro que soy un caballero de buena posición...
El hombre extendió una mano para tocarle el hombro, un gesto que hizo que los músculos de Shoko se tensaran. Estaba a punto de decir algo mucho más hiriente cuando, a unos metros de distancia, divisó una cabellera blanca que sobresalía por encima de la multitud como un faro en la noche.
Satoru Gojo caminaba despreocupadamente, balanceando una bolsa de papel llena de dulces tradicionales. Llevaba su uniforme oscuro y la venda característica cubriendo sus ojos, pero incluso así, su presencia era abrumadora. El aire a su alrededor parecía vibrar con una energía que solo los iniciados podían percibir.
Shoko no lo pensó dos veces. Aceleró el paso y, antes de que el pretendiente insistente pudiera reaccionar, se aferró con fuerza al brazo derecho de Gojo.
Satoru se detuvo en seco, ladeando la cabeza con curiosidad.
—¿Eh? ¿Shoko? —preguntó él, bajando ligeramente la bolsa de dulces—. ¿Qué pasa? ¿Quieres un mochi?
Shoko no respondió de inmediato. Simplemente se pegó más a él, usando su cuerpo como un escudo humano. El hombre del traje, que venía pisándole los talones, se detuvo bruscamente al encontrarse cara a cara con el Hechicero más Fuerte.
Aunque Gojo no estaba haciendo nada en particular, la simple diferencia de altura —esos imponentes 190 centímetros— y el aura de poder absoluto que emanaba de él, incluso en su estado más relajado, fueron suficientes. Satoru bajó un poco la cabeza, y aunque sus ojos estaban cubiertos, el hombre sintió como si una mirada gélida atravesara su alma.
—¿Pasa algo con mi amiga? —preguntó Gojo con una sonrisa juguetona, pero con un tono que no admitía réplicas.
El pretendiente palideció, tartamudeó una disculpa incoherente y desapareció entre la multitud a una velocidad impresionante.
Shoko soltó el brazo de Gojo y dejó escapar un suspiro de alivio, aunque su rostro recuperó rápidamente su máscara de indiferencia.
—Gracias, Satoru —dijo ella, retomando su camino.
—¡Vaya! —Gojo la siguió, caminando a zancadas para mantenerse a su lado—. Eso ha sido intenso. ¿Es el quinto esta semana?
—El sexto —corrigió ella sin mirarlo—. La gente no sabe cuándo rendirse.
A partir de ese día, el "Factor Gojo" se convirtió en una herramienta recurrente. Cada vez que un chamán de otra facción, un asistente administrativo o un civil demasiado valiente intentaba cortejar a Shoko de forma agresiva, ella simplemente buscaba a Satoru. A veces era un brazo, otras veces se escondía detrás de su espalda, y en ocasiones más raras, simplemente caminaba a su lado en silencio hasta que el pretendiente se sentía lo suficientemente intimidado para huir.
Para Gojo, esto se convirtió en un juego divertido. Le gustaba la idea de ser el "guardaespaldas" de su antigua compañera de clase, aunque la lógica detrás de esto empezaba a causarle una curiosidad genuina.
Semanas después, ambos se encontraban en la azotea de uno de los edificios de la escuela. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. Shoko estaba apoyada en la barandilla, fumando, mientras Gojo terminaba una caja de dulces caros que había traído de Kioto.
—Oye, Shoko —dijo Satoru, rompiendo el silencio—. He estado pensando.
—Eso suena peligroso —replicó ella, exhalando el humo.
—Hablo en serio. —Gojo se sentó en el borde de la barandilla, balanceando las piernas con despreocupación—. Ese tipo de hoy, el del clan menor... no era feo. Y tenía bastante dinero, ¿no? Incluso parecía respetuoso, al menos al principio.
—Supongo —respondió ella con desdén.
—Y el de la semana pasada —continuó Gojo, contando con los dedos—. Era un hechicero de grado uno, muy prometedor. ¿Por qué siempre los rechazas a todos? Algunos tienen un estándar bastante alto. Podrías tener a quien quisieras, pero eliges usarme a mí para espantarlos como si fueran moscas.
Shoko giró la cabeza para mirarlo. La luz del atardecer hacía que el cabello blanco de Satoru brillara y resaltaba la línea de su mandíbula. Ella dejó caer la colilla del cigarrillo y la aplastó con la punta de su zapato de tacón crema.
—Simplemente no me interesan, Satoru.
—¿Ninguno? —Gojo se echó hacia atrás, apoyándose en sus manos—. Es estadísticamente imposible que ni uno solo te haya llamado la atención. A menos que...
—A menos que qué —dijo ella, desafiante.
—A menos que ya haya alguien —dijo Gojo, con una sonrisa pícara—. ¿Es eso? ¿La gran Shoko Ieiri tiene el corazón ocupado? ¿Quién es? ¿Lo conozco? ¿Es Nanami? ¡Dime que no es Nanami, se volvería loco con tu desorden!
Shoko soltó una risa seca, una que rara vez se escuchaba. Se acercó a Gojo, quedando a escasos centímetros de él. La diferencia de altura la obligaba a mirar hacia arriba, pero no parecía intimidada en absoluto.
—Sí, Satoru. Hay alguien —dijo ella en voz baja.
Gojo ladeó la cabeza, su curiosidad alcanzando el punto máximo.
—¿Y bien? ¿Quién es el afortunado? Si me lo dices, puedo dejar de actuar como tu escudo y dejar que él se encargue. Sería mucho más lógico, ¿no crees?
Shoko sonrió. Fue una sonrisa diferente a las habituales; no era cínica ni cansada, sino algo más suave, casi compasiva.
—El problema —dijo ella, dando un paso más hacia él— es que es demasiado tonto para darse cuenta. Es el hombre más fuerte del mundo, puede ver a través de los átomos y las maldiciones, pero es incapaz de ver lo que tiene justo delante de sus narices.
Gojo se quedó congelado. Sus Seis Ojos procesaban millones de fragmentos de información por segundo, pero en ese momento, su cerebro pareció sufrir un cortocircuito.
—¿Eh? ¿De qué hablas? Si es tan tonto, deberías decírselo claramente. O mejor aún, haz ese movimiento de agarrarle el brazo a él en lugar de a mí.
Shoko soltó una carcajada leve, una que vibró en el aire fresco de la tarde.
—Eres increíble, Satoru —susurró ella.
Antes de que Gojo pudiera formular otra pregunta o hacer una de sus bromas habituales, Shoko se puso de puntillas. Sus manos encontraron los hombros del hechicero para estabilizarse y, con una suavidad que contrastaba con su habitual aspereza, presionó sus labios contra los de él.
Fue un beso breve, apenas un roce de calidez y el ligero sabor a tabaco y menta, pero fue suficiente para que el Infinito que siempre rodeaba a Gojo —esa barrera que nadie podía cruzar— se sintiera inexistente por voluntad propia.
Shoko se separó y retrocedió un paso, observando la expresión de absoluto shock en el rostro de Satoru. El hechicero más fuerte del mundo estaba ahí sentado, con la boca ligeramente abierta y la venda de sus ojos un poco torcida, pareciendo por primera vez en su vida alguien completamente vulnerable.
—Ya tienes tu respuesta —dijo ella, dándose la vuelta para caminar hacia la puerta de la azotea.
—¡Espera! —exclamó Gojo, saliendo de su estupor—. ¡Shoko! ¿Eso significa que...? ¿Yo? ¿Desde cuándo?
Shoko se detuvo ante la puerta, pero no se giró.
—Descúbrelo tú mismo, "Seis Ojos" —dijo ella con un tono burlón—. Si eres tan listo como dices, no te costará mucho.
La puerta se cerró tras ella con un chasquido metálico, dejando a Satoru Gojo solo en la azotea, bajo las primeras estrellas de la noche. Se llevó una mano a los labios, sintiendo aún el fantasma de la presión de Shoko.
—¿Yo? —se preguntó en voz alta, una sonrisa lenta y genuinamente confundida extendiéndose por su rostro—. ¿Se refería a mí?
Por primera vez en más de una década, el hombre que lo sabía todo no tenía la menor idea de qué hacer a continuación. Pero, mientras miraba hacia la puerta por donde ella se había ido, Satoru decidió que este era un misterio que no le importaría resolver muy, muy lentamente.
