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Resignación

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 30/8/2026

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El eco de la resignación

El neón azul del bar "Roppongi Nights" parpadeaba con una insistencia rítmica que a Kiyotaka Ijichi le resultaba casi hipnótica. Sentado en un taburete de cuero desgastado, con la espalda rígida y las manos apretando un vaso de whisky que apenas había probado, Ijichi se sentía como un error de impresión en una fotografía perfecta. A su izquierda, el mundo parecía vibrar en una frecuencia distinta, una más brillante, más ruidosa y, definitivamente, más inalcanzable.

Shoko Ieiri dejó escapar una risa suave, un sonido que Ijichi atesoraba porque era poco común en la morgue de la academia. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, y un mechón de su cabello castaño se había escapado de su lugar habitual, rozando el hombro de la chaqueta negra de Satoru Gojo.

—Te lo digo en serio, Shoko —decía Gojo, gesticulando con una exageración dramática mientras sostenía una enorme copa de parfait de fresa que desentonaba completamente con la estética del bar—. El director Yaga casi escupe su té cuando le dije que el informe se lo había comido un espíritu maldito de clase especial.

—Eres un idiota, Satoru —respondió ella, pero no había rastro de molestia en su voz. Al contrario, sus ojos castaños, siempre marcados por las ojeras del cansancio crónico, brillaban con una calidez que Ijichi rara vez veía dirigida hacia él—. Yaga-san sabe perfectamente que ni siquiera te tomaste la molestia de escribirlo.

Ijichi ajustó sus anteojos, sintiendo que el puente de la nariz le sudaba.

—E-en realidad —intervino Ijichi, su voz saliendo un octavo más aguda de lo que pretendía—, el informe lo terminé yo ayer por la tarde. El director ya lo tiene en su escritorio.

Gojo se giró hacia él, bajándose las gafas oscuras solo lo suficiente para que sus ojos azul infinito brillaran bajo la tenue luz del local. Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro.

—¡Ah, Ijichi! ¡Mi salvador! ¿Ves, Shoko? Por eso lo trajimos. Sin él, la academia colapsaría en menos de veinticuatro horas.

Shoko giró la cabeza hacia Ijichi y le dedicó una sonrisa pequeña, casi maternal.

—Gracias por el trabajo duro, Ijichi. De verdad necesitabas este descanso. Te veías tan tenso esta mañana que pensé que te daría un aneurisma antes del almuerzo.

Ijichi sintió un calor punzante en las mejillas y bajó la mirada hacia su vaso.

—No es nada, Ieiri-san. Es mi deber.

Cuando Shoko lo llamó esa tarde para invitarlo a tomar algo, el corazón de Ijichi había dado un vuelco que no sentía desde sus días de estudiante. Había pasado horas frente al espejo del baño de la academia, asegurándose de que su corbata estuviera perfectamente recta y que su traje no tuviera una sola arruga. Se había permitido, en un momento de debilidad y esperanza irracional, imaginar que quizás, solo quizás, ella quería su compañía. Que tal vez ella había notado sus silenciosas atenciones, la forma en que siempre le llevaba café caliente sin que ella lo pidiera o cómo se quedaba despierto hasta tarde para asegurarse de que tuviera los informes médicos listos.

Pero la ilusión se había desvanecido en el momento en que llegó al bar y vio la figura altiva de Gojo Satoru ocupando el espacio junto a ella.

No era una cita. Era una intervención.

—¿Estás bien, Ijichi? —preguntó Shoko, apoyando la barbilla en su mano mientras lo observaba—. Estás muy callado. Ni siquiera has terminado tu primer trago.

—Estoy bien, de verdad —mintió él, forzando una sonrisa que se sentía más como una mueca—. Solo... disfrutando del ambiente.

—¡El ambiente es genial! —exclamó Gojo, dándole una palmada en la espalda que casi lo hace caer del taburete—. ¡Deberías relajarte más! Mira a Shoko, ella sabe cómo hacerlo.

Ijichi los observó de nuevo. Shoko se había inclinado más hacia Gojo, su hombro chocando con el de él con una naturalidad que solo dan los años de una intimidad compartida. No era solo amistad; era un lenguaje silencioso, una sincronía que él nunca podría emular. Gojo, a pesar de su actitud juguetona y a veces irritante, bajaba el tono de su voz cuando hablaba directamente con ella, y Shoko, la mujer que parecía indiferente ante la muerte y el caos, se relajaba de una manera que solo ocurría cuando el "más fuerte" estaba a su lado.

La comprensión lo golpeó con la frialdad de un balde de agua helada. No había una competencia. Nunca la hubo. Ijichi no era un rival para Gojo, ni siquiera era un jugador en ese tablero. Era el espectador que ayudaba a montar el escenario.

—¿Recuerdas aquella vez en Kioto? —preguntó Shoko, su voz bajando a un susurro nostálgico.

—¿Cuando Geto intentó convencernos de que los dulces de matcha eran mejores que los de vainilla? —Gojo soltó una carcajada corta, pero había una sombra de melancolía en sus ojos que solo Shoko parecía capaz de detectar—. Sí, lo recuerdo.

Shoko estiró la mano y, por un breve segundo, rozó el antebrazo de Gojo. Fue un gesto minúsculo, casi imperceptible, pero para Ijichi fue una declaración absoluta. Ella no estaba allí por el alcohol, y Gojo no estaba allí por los dulces. Estaban allí el uno para el otro, usando a Ijichi como el puente necesario para que la reunión no pareciera algo demasiado pesado o demasiado serio.

—Creo que... —comenzó Ijichi, levantándose del taburete con movimientos torpes— creo que ya es hora de que me retire. Mañana tengo que recoger a los de primer año temprano para una misión.

Shoko lo miró con sorpresa.

—¿Tan pronto? Aún es temprano, Ijichi.

—Sí, bueno... ya saben cómo es la gestión de horarios —dijo él, evitando encontrar su mirada mientras sacaba su billetera—. Yo me encargo de la cuenta de los tragos.

—¡Ni hablar! —Gojo agitó una mano en el aire—. Esto corre por cuenta del profesor más guapo de la academia. Tú vete a descansar, Ijichi. Te ves como si hubieras visto un fantasma, y en nuestro trabajo, eso es decir mucho.

Shoko se levantó también, solo para darle una palmadita suave en el brazo.

—Gracias por venir, Kiyotaka. De verdad. Espero que te sientas menos presionado mañana.

El uso de su nombre de pila lo desarmó por un instante, pero luego vio cómo ella regresaba su atención a Gojo, quien ya estaba sugiriendo ir a otro lugar, un bar de jazz que Shoko mencionaba a menudo.

—Buenas noches, Ieiri-san. Gojo-san —dijo Ijichi con una reverencia formal.

Salió del bar y el aire fresco de la noche de Tokio lo golpeó en el rostro. Caminó unos metros y luego se detuvo, ocultándose en la penumbra de un callejón cercano, solo para mirar hacia atrás una última vez.

Vio a Gojo y Shoko salir del establecimiento. Gojo tenía las manos en los bolsillos, caminando con ese contoneo despreocupado, mientras Shoko caminaba a su lado, riendo de algo que él acababa de decir. En un momento dado, Gojo pasó un brazo por encima de los hombros de ella, atrayéndola hacia sí, y Shoko no se apartó. Al contrario, se acomodó contra su costado, buscando su calor.

Eran un mundo aparte. Un círculo cerrado donde el dolor del pasado y la carga del presente se compartían sin necesidad de palabras.

Ijichi suspiró, y el vapor de su aliento se disipó rápidamente en la oscuridad. Sus dedos temblaron un poco mientras se ajustaba los anteojos. No sentía rabia. No sentía celos, al menos no del tipo que quema. Lo que sentía era una tristeza profunda y lúcida, la aceptación de que hay corazones que ya tienen dueño incluso antes de que uno intente reclamarlos.

—Ella es feliz —susurró para sí mismo, su voz apenas un hilo—. Ella es realmente feliz con él.

Sacó las llaves del coche oficial de su bolsillo. Tenía informes que redactar, rutas que planificar y una vida que seguir viviendo en las sombras de los grandes chamanes. Él no era el héroe de la historia, ni el interés romántico. Era el hombre que conducía el coche, el que pedía disculpas, el que se aseguraba de que el mundo de ellos siguiera girando mientras el suyo se sentía un poco más vacío.

—Que así sea —concluyó, subiendo al vehículo.

Mientras encendía el motor, vio por el retrovisor cómo las dos figuras desaparecían al final de la calle, fundiéndose con las luces de la ciudad. Ijichi puso primera y se alejó en dirección opuesta, rezando en silencio para que esa sonrisa que Shoko solo le daba a Gojo nunca se apagara. Porque si ella era feliz, entonces su propio sacrificio de silencio valía la pena.

El camino de regreso a la academia nunca le había parecido tan largo, pero por primera vez en mucho tiempo, su mente estaba en calma. La verdad, aunque dolorosa, siempre era preferible a la falsa esperanza. Y Kiyotaka Ijichi, el hombre responsable y diligente, sabía que su responsabilidad ahora era simplemente ser el amigo que ella necesitaba, aunque su corazón anhelara ser algo más.

Condujo a través de la noche, un hombre solo en un traje negro, aceptando que algunas batallas se pierden antes de empezar, y que a veces, amar significa saber retirarse a tiempo.

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