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Matrimonio Zenin

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 30/8/2026

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Cicatrices y Azahares

La luz del sol se filtraba a través de los vitrales del antiguo santuario, bañando el recinto con una calidez que, hasta hacía apenas unos meses, parecía un sueño inalcanzable. El aire no olía a sangre, ni a ozono, ni al hedor rancio de las maldiciones. Olía a incienso, a flores frescas y a esa extraña y embriagadora sensación llamada paz.

Yuta Okkotsu ajustó el cuello de su chaqueta blanca. Aunque era una versión formal del uniforme que solía usar, se sentía más pesado que de costumbre. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba alisar las arrugas inexistentes de su ropa. Sus ojeras, esas sombras perennes bajo sus ojos azul oscuro, seguían allí, pero por primera vez en años no eran producto del miedo o del insomnio por las pesadillas de los que no pudo salvar. Eran el resultado de la anticipación, de las noches en vela planeando un futuro que finalmente se le permitía tener.

—Relájate, Yuta. Si sigues temblando así, vas a invocar una maldición de nerviosismo —dijo una voz burlona detrás de él.

Yuta se giró y vio a Gojo Satoru, quien lucía impecable en un traje oscuro que resaltaba su figura. El hechicero más fuerte del mundo le dedicó una sonrisa radiante, una que ya no cargaba el peso de la soledad absoluta. A su lado, Megumi y Yuji asentían, ambos luciendo inusualmente elegantes.

—Es verdad, Yuta-san —añadió Yuji con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Hoy es el mejor día de todos! ¡Mírate, te vas a casar!

—Okkotsu, respira —intervino Megumi, aunque él mismo parecía un poco incómodo con la corbata—. Todo está listo. Panda e Inumaki ya están en sus posiciones.

—Atún, atún —confirmó Toge desde la entrada, levantando un pulgar hacia arriba.

Yuta exhaló un suspiro tembloroso y asintió, tratando de enderezar su postura encorvada.

—Gracias, chicos. Es solo que... todavía me cuesta creer que estemos aquí. Después de todo lo que pasó con Sukuna y Kenjaku... pensé que nunca vería un día así.

Gojo le puso una mano en el hombro, un gesto cargado de un afecto que rara vez mostraba de forma tan directa antes de la guerra.

—Te lo ganaste, Yuta. Todos se lo ganaron. Ahora, prepárate, porque ahí viene.

La música comenzó a sonar, una melodía suave que contrastaba con el silencio solemne del santuario. Las puertas se abrieron y el corazón de Yuta se detuvo por un instante.

Maki Zenin caminaba hacia él.

No era la Maki que el mundo esperaba ver en una boda. No ocultaba las cicatrices que las llamas de Jogo habían grabado en su piel como un mapa de su supervivencia. Las marcas subían por sus brazos atléticos y delineaban el costado de su rostro, pero en lugar de restarle belleza, le otorgaban una majestuosidad feroz. Su cabello corto, apenas rozando sus orejas, estaba adornado con una pequeña peineta de plata.

El vestido era sencillo, de una seda blanca que contrastaba con su tez y sus ojos ámbar, que brillaban tras sus gafas redondas. Caminaba con la espalda recta, con esa determinación que siempre la había definido, pero había una suavidad en su expresión que Yuta solo había visto en la intimidad de sus entrenamientos nocturnos.

Mientras avanzaba, Maki apretó el ramo de flores entre sus manos. En su mente, una voz susurraba. Mai. Podía sentir el peso de la espada de alma liberada, convertida ahora en un recuerdo latente en su espíritu. Sabía que su hermana no estaba allí físicamente para burlarse de su vestido o para quejarse del calor, pero cada paso que daba sobre el suelo del santuario era un tributo al sacrificio de Mai. Si el clan Zenin hubiera ganado, ella nunca habría sido más que una herramienta. Hoy, era una mujer libre, amada y dispuesta a unir su vida a la única persona que siempre vio su alma antes que su fuerza.

Cuando llegó al altar, Yuta le tendió la mano. Al tocarla, el temblor de sus dedos desapareció.

—Estás increíble, Maki —susurró él, con la voz quebrada por la emoción.

—Tú tampoco te ves tan mal, idiota —respondió ella, aunque sus ojos delataban que estaba a punto de llorar—. No te desmayes ahora, que todavía no hemos terminado.

La ceremonia fue un borrón de palabras sagradas y promesas susurradas. Cuando llegó el momento de los votos, el silencio en el santuario era absoluto.

—Yo, Yuta Okkotsu, prometo estar a tu lado, no para protegerte porque sé que eres más fuerte que nadie, sino para caminar junto a ti. Prometo ser tu descanso cuando el mundo sea demasiado pesado y tu alegría cuando las sombras intenten volver. Te amo, Maki, hoy y en cada vida que nos toque vivir.

Maki tragó saliva, tratando de mantener su fachada de mujer dura, pero una lágrima solitaria rodó por su mejilla, cruzando una de sus cicatrices.

—Yo, Maki Zenin... —Hizo una pausa, corrigiéndose con una sonrisa desafiante—. Solo Maki. Prometo no dejar que te hundas en tus pensamientos. Prometo seguir luchando a tu lado y recordarte todos los días que eres suficiente. Me diste una razón para creer en algo más que en la venganza. Gracias por no rendirte conmigo.

—¡Ya bésense de una vez! —gritó Nobara desde los asientos delanteros, rompiendo la tensión del momento.

Todos rieron, y Yuta, olvidando por fin su timidez, atrajo a Maki hacia él. El beso fue el sello de una promesa escrita con sangre y redimida con amor.

El estallido de aplausos fue ensordecedor. Nobara lloraba a moco tendido, aferrada al brazo de un Yuji que intentaba consolarla mientras él mismo se limpiaba las lágrimas con la manga.

—¡Yo también quiero esto! —exclamó Nobara, sacudiendo a Yuji por los hombros—. ¡Quiero un vestido, una fiesta y que tú dejes de ser tan lento, Itadori!

—¡Pero Nobara, estamos en medio de la boda de Yuta! —respondió el pelirosa, con el rostro rojo como un tomate, mientras los invitados a su alrededor se reían.

A unos metros, Hana Kurusu miraba la escena con ojos soñadores y se aferraba al brazo de Megumi con una fuerza que hizo que el joven Fushiguro soltara un quejido.

—Megumi... ¿viste qué romántico? —susurró Hana con un tono que no dejaba lugar a dudas.

—Sí, Hana, lo vi —respondió Megumi, mirando hacia otro lado para ocultar su sonrisa, aunque no hizo ningún intento por soltarse—. Algún día, supongo.

Gojo, observando a sus alumnos, soltó una carcajada sonora, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo como un maestro orgulloso cuya única preocupación era el futuro brillante de sus chicos. Sin embargo, su risa se cortó cuando sintió una mano pequeña y firme entrelazarse con la suya.

Miró hacia abajo y encontró a Shoko Ieiri. La doctora tenía una expresión cansada, como siempre, pero había un brillo juguetón en sus ojos. Apoyó la cabeza en el hombro de Gojo y soltó un suspiro largo.

—No digas nada, Satoru —dijo ella en voz baja—. Solo... no te acostumbres a estar solo.

Gojo sonrió, una sonrisa auténtica y privada, y le devolvió el apretón de manos, guiñándole un ojo mientras Shoko desviaba la mirada con un leve sonrojo.

La recepción fue un caos de alegría. Panda intentaba bailar con Utahime, quien estaba lo suficientemente alegre gracias al sake como para no rechazarlo, mientras Inumaki y Miwa compartían una conversación extrañamente fluida basada en ingredientes de onigiri y cortesía.

Llegó el momento de lanzar el ramo. Maki, con una sonrisa maliciosa, se colocó de espaldas a la multitud de mujeres solteras. Nobara y Hana estaban en posición de ataque, casi listas para usar sus técnicas rituales con tal de atrapar las flores. Sorprendentemente, Shoko y una muy indignada Utahime también se habían unido al grupo, empujadas por la euforia del momento.

Maki lanzó el ramo con una parábola perfecta. Nobara saltó, Hana se estiró, pero una mano rápida y precisa interceptó las flores en el aire.

Shoko Ieiri sostenía el ramo con una expresión de sorpresa absoluta, mientras el cigarrillo (apagado, por respeto a la novia) colgaba de sus labios.

—Vaya —murmuró Shoko, mirando las flores.

Gojo, desde la mesa de bebidas, levantó su copa y le dedicó un guiño que hizo que Utahime soltara un grito de indignación y Nobara se quejara dramáticamente de su mala suerte.

Finalmente, cuando la luna ya reinaba en el cielo estrellado, Yuta y Maki se alejaron de la fiesta. Caminaron hacia un coche decorado por las manos entusiastas de Yuji y Panda, pero antes de subir, se detuvieron un momento a mirar hacia el santuario, donde las luces y la música seguían celebrando la vida.

—Lo logramos —dijo Yuta, entrelazando sus dedos con los de su esposa.

Maki apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos y disfrutando de la brisa nocturna.

—Sí. Y esto es solo el principio, Yuta.

—¿A dónde quieres ir primero? —preguntó él, abriéndole la puerta del auto con una galantería que la hizo sonreír.

—Lejos de las maldiciones, lejos de los clanes y de las reglas —respondió ella, entrando al vehículo—. Solo tú y yo.

El motor rugió y el coche se alejó por el camino arbolado, dejando atrás los años de dolor y sacrificio. En el espejo retrovisor, Yuta pudo ver a sus amigos despidiéndolos con la mano, figuras llenas de luz en medio de la noche. Por primera vez en su vida, Yuta Okkotsu no tenía miedo del mañana, porque sabía que, sin importar lo que viniera, ya no tendría que enfrentarlo solo.

La paz no era solo la ausencia de guerra; era ese momento, ese viaje, y la mano de Maki apretando la suya mientras el horizonte se abría ante ellos, vasto y lleno de posibilidades.

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