
Epai
Fandom: Fedri
Creado: 30/8/2026
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Promesas de Sangre y Ceniza
El salón del trono del Reino de Oro siempre le había parecido a Ferran un lugar de una opulencia asfixiante. Las columnas de mármol, las lámparas de cristal que tintineaban con la más mínima corriente de aire y el olor a incienso caro solían ser el escenario de su orgullo como Capitán de la Guardia Real. Sin embargo, hoy, cada detalle del palacio le quemaba las entrañas.
A pocos metros de él, Pedri, el príncipe heredero y la razón de cada uno de sus suspiros robados, permanecía de pie con los hombros tensos. El traje de gala, bordado con hilos de oro y seda azul, le sentaba como una armadura que lo separaba del mundo, y especialmente de Ferran.
Hacía apenas unos días, el ambiente entre ellos era muy distinto. Ferran recordaba con una sonrisa amarga la tarde en los jardines traseros, cuando se había entretenido hablando más de la cuenta con la princesa Sira de un reino vecino. Pedri, incapaz de ocultar sus emociones a pesar de su timidez natural, había pasado toda la cena lanzándole miradas de fuego y apretando los cubiertos hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
— Parecía que tenías mucho de qué hablar con ella —le había soltado Pedri esa misma noche, tras escabullirse a los aposentos del capitán—. ¿Acaso sus historias son más interesantes que las mías, Ferran?
Ferran, con esa mezcla de caballerosidad y sarcasmo que tanto desarmaba al príncipe, se había acercado a él con una lentitud deliberada.
— Majestad, ¿estamos celosos de una simple alianza diplomática? —había preguntado Ferran, rodeando la cintura del príncipe—. Sabe perfectamente que mi espada, mi lealtad y... otras cosas menos públicas, le pertenecen solo a usted.
El encuentro que siguió a esas palabras había sido urgente, cargado de una posesividad que solo el miedo a perderse podía generar. Pero ahora, bajo la mirada severa del Rey, todo aquello parecía un sueño lejano y prohibido.
— El compromiso está sellado —anunció el Rey, su voz resonando contra las paredes de piedra—. La boda entre el Príncipe Pedro y la Princesa Elena se celebrará al atardecer. Es la unión que nuestro reino necesita para asegurar la paz en las fronteras.
Ferran sintió un nudo en la garganta. Miró a Pedri, buscando algún rastro de rebelión en sus ojos castaños, pero solo encontró una tristeza profunda y resignada. Pedri sabía, tanto como Ferran, que su padre jamás aceptaría un romance con un guerrero, por muy capitán que fuera. La corona exigía sangre real y linaje.
— Capitán Torres —llamó el Rey, sacando a Ferran de sus pensamientos.
— Sí, Majestad —respondió Ferran, cuadrándose y haciendo el saludo militar con una perfección mecánica.
— Usted encabezará la escolta de la ceremonia. Nada debe perturbar la unión de mi hijo.
— Como ordene, señor —dijo Ferran. Sus ojos se cruzaron con los de Pedri por un segundo. El príncipe apartó la vista, con los labios temblando ligeramente.
Las horas previas a la boda fueron un torbellino de preparativos. Ferran revisó las defensas del palacio tres veces, no porque fuera necesario, sino porque necesitaba mantener sus manos ocupadas para no desenvainar su espada y huir con el príncipe hacia las montañas.
El sol comenzó a teñir el cielo de un rojo sangre cuando la ceremonia inició en la gran catedral de la ciudadela. El pueblo se agolpaba en las calles, vitoreando a la pareja real. Pedri caminaba hacia el altar con la elegancia de un cisne, pero sus ojos estaban fijos en el suelo. Ferran estaba apostado a la derecha del altar, con la mano sobre el pomo de su espada, sintiendo que cada palabra del sacerdote era una puñalada en su pecho.
— Si alguien tiene algún impedimento para esta unión... —comenzó el clérigo.
Ferran apretó los dientes. "Yo", pensó. "Yo lo amo. Él me ama". Pero el silencio reinó en la catedral.
Sin embargo, el silencio no duró mucho.
Un grito desgarrador, proveniente de las puertas principales, interrumpió la ceremonia. Ferran reaccionó al instante, girándose hacia el origen del ruido. Los guardias apostados en la entrada habían caído, pero no ante un ejército enemigo con estandartes y armaduras.
Eran personas. O lo que solían serlo.
Figuras con ropas desgarradas y piel cenicienta entraron a trompicones en el recinto sagrado. Sus movimientos eran erráticos, pero su velocidad era aterradora. El primero de ellos se lanzó sobre una de las damas de honor, hundiéndole los dientes en el cuello con una ferocidad animal.
El caos estalló en un latido.
— ¡A las armas! —rugió Ferran, desenvainando su acero con un sonido metálico que cortó el aire—. ¡Protejan al Rey! ¡Protejan al Príncipe!
La gente comenzó a correr en todas direcciones, pisoteándose unos a otros. Los "muertos" —pues no había otra forma de llamar a esos seres de ojos vacíos y hambre infinita— se multiplicaban. Por cada persona que caía, una nueva amenaza se levantaba en cuestión de minutos.
Ferran se abrió paso entre la multitud, derribando a una de esas criaturas que intentaba alcanzar el altar. Con un movimiento fluido, le atravesó el cráneo. La criatura dejó de moverse al instante.
— ¡Pedri! —gritó Ferran, olvidando los protocolos y los títulos.
El príncipe estaba paralizado, viendo cómo la Princesa Elena era arrastrada por dos de esos seres hacia las sombras de las naves laterales. El Rey intentaba desenvainar su espada decorativa, pero su mano temblaba demasiado.
— ¡Ferran! —exclamó Pedri, su voz llena de puro terror.
El capitán llegó al lado del príncipe en tres zancadas, colocándose frente a él como un escudo humano. Cortó el brazo de un atacante que se acercaba por la izquierda y empujó a Pedri hacia atrás.
— No te separes de mí —le ordenó Ferran, su tono no admitía réplicas—. Majestad, tenemos que salir de aquí ahora. La ciudadela ha caído.
— ¿Qué es esto? —preguntó el Rey, con la voz quebrada por el miedo—. ¿Qué clase de brujería es esta?
— No es momento para preguntas, señor —dijo Ferran, mientras pateaba a un muerto que intentaba morderle la bota—. ¡Corran hacia la salida de la sacristía!
El grupo, reducido al Rey, Pedri y un par de guardias supervivientes, comenzó a correr por los pasillos laterales de la catedral. El olor a incienso había sido reemplazado por el hedor metálico de la sangre y el aroma a putrefacción.
— Ferran, cuidado —advirtió Pedri, agarrando la capa del capitán cuando una de las criaturas saltó desde un confesionario.
Ferran lo recibió con la punta de su espada en el aire, girando sobre sus talones para proteger el flanco del príncipe.
— Estoy bien, cariño —susurró Ferran, un lapsus de afecto en medio del horror que hizo que Pedri apretara más fuerte su mano—. Quédate cerca.
Llegaron a los establos reales, que eran un nido de pesadillas. Los caballos relinchaban de pánico, pateando sus boxes mientras los muertos intentaban entrar. Ferran soltó a dos de los corceles más fuertes y ayudó al Rey a montar en uno.
— Lleve a los guardias y salga por la puerta norte —ordenó Ferran al monarca—. Yo llevaré al príncipe por el paso del bosque. Es más estrecho, pero más fácil de defender si nos siguen.
— Ferran, no puedes... —empezó el Rey, pero al mirar a los ojos del capitán, vio una determinación que no aceptaba órdenes.
— Es su hijo, Majestad. Y es mi vida. Lo sacaré de aquí —sentenció Ferran.
El Rey asintió, espoleando a su caballo y saliendo al galope, seguido por los guardias restantes. Ferran subió a su propio caballo y extendió una mano hacia Pedri.
— Sube, rápido.
Pedri se montó detrás de él, rodeando la cintura de Ferran con una fuerza desesperada. El capitán espoleó al animal, saliendo de la ciudadela justo cuando las murallas empezaban a ser desbordadas por una marea de cuerpos hambrientos.
Cabalgaron durante horas bajo la luz de la luna, alejándose del humo que comenzaba a cubrir el reino. Solo cuando estuvieron lo suficientemente lejos, en un claro protegido por rocas altas, Ferran detuvo el caballo.
El silencio del bosque era casi tan aterrador como los gritos de la ciudad. Ferran ayudó a Pedri a bajar. El príncipe estaba temblando, su traje de boda estaba manchado de sangre ajena y sus ojos reflejaban el trauma de lo vivido.
— ¿Estás herido? —preguntó Ferran, tomándole el rostro con ambas manos, inspeccionándolo con una urgencia que rozaba la desesperación.
— No... no lo creo —respondió Pedri con voz trémula—. Ferran, ¿qué ha pasado? Todo el mundo... Elena...
— No lo sé, Pedri. Pero el mundo que conocíamos se ha acabado esta noche.
Pedri sollozó y se hundió en el pecho de Ferran. El capitán lo estrechó contra sí, ocultando su rostro en el cuello del príncipe. Por un momento, olvidó que era un soldado y Pedri un heredero. Eran solo dos personas tratando de sobrevivir al fin de los tiempos.
— Ferran —dijo Pedri después de un momento, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. Mi padre... el compromiso... ya nada de eso importa, ¿verdad?
Ferran soltó una risa seca, sin pizca de humor.
— Supongo que un apocalipsis es una forma bastante drástica de cancelar una boda.
Pedri esbozó una sonrisa débil, la primera en días.
— Siempre tienes que ser un sarcástico, incluso cuando el mundo se va al infierno.
— Es mi encanto natural —dijo Ferran, volviendo a ponerse serio—. Escúchame, Pedri. No sé qué son esas cosas ni cuántas hay, pero te prometo una cosa: mientras me quede aliento en el cuerpo y fuerza para sostener una espada, nadie te tocará. No me importa el reino, no me importa la corona. Solo me importas tú.
Pedri se puso de puntillas y unió sus labios con los de Ferran en un beso que sabía a sal y a miedo, pero también a una libertad que nunca habían tenido en palacio. Ferran respondió con la misma intensidad, sellando una promesa que no necesitaba de sacerdotes ni de testigos.
— Te amo —susurró Pedri contra sus labios.
— Y yo a ti —respondió Ferran, acariciándole el pelo—. Pero ahora, tenemos que movernos. El fuego en la ciudad atraerá a más de esas cosas.
Se prepararon para seguir camino, pero un crujido de ramas secas los puso en alerta. Ferran desenvainó su espada en un segundo, colocándose delante de Pedri. De entre las sombras, tres figuras emergieron con la piel colgando en jirones y las mandíbulas desencajadas.
Ferran giró el cuello, haciendo crujir sus huesos, y una sonrisa feroz apareció en su rostro.
— Quédate detrás de mí, príncipe —dijo, ajustando el agarre de su arma—. Parece que el entrenamiento de esta mañana no fue suficiente.
— Ten cuidado, por favor —pidió Pedri, buscando una rama pesada en el suelo para ayudar, su timidez siendo reemplazada por la necesidad de proteger al hombre que amaba.
— Siempre lo tengo —mintió Ferran con un guiño divertido antes de lanzarse hacia la primera criatura.
En la oscuridad del bosque, bajo las estrellas indiferentes, el capitán y el príncipe comenzaron su verdadera lucha. Ya no luchaban por un reino, ni por una corona, ni por el honor de una familia. Luchaban por el derecho a seguir amándose en un mundo que se caía a pedazos, y Ferran Torres no pensaba dejar que la muerte, por muy persistente que fuera, se interpusiera en su camino.
