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Zombies?

Fandom: Fedri

Creado: 1/9/2026

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Entre coronas de oro y sangre de ceniza

El sol se filtraba a través de los vitrales de la Gran Sala, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de mármol. Pedri, el príncipe heredero de las Tierras de Esmalte, observaba desde el balcón interior cómo su capitán del ejército, Ferran, instruía a los nuevos reclutas en el patio de armas. El tintineo de las espadas y los gritos de mando llegaban hasta él como un eco lejano, pero sus ojos estaban fijos únicamente en la figura imponente del guerrero.

Ferran era la definición misma del honor. Su armadura, pulida hasta brillar, reflejaba no solo el sol, sino la rectitud de su carácter. Sin embargo, para Pedri, Ferran era mucho más que un guardia real. Era el refugio donde su timidez desaparecía, el hombre que conocía sus miedos más profundos y el único que lo hacía sentir como algo más que una pieza en el tablero de ajedrez de su padre.

Hacía apenas unos días, el pecho de Pedri se había apretado con un nudo de amargura al ver a Ferran escoltar a la princesa de un reino vecino durante una visita diplomática. Los vio reír, vio cómo Ferran inclinaba la cabeza con esa cortesía tan suya, y los celos, un sentimiento que Pedri intentaba reprimir, florecieron como una hiedra venenosa. Esa misma noche, el príncipe había buscado al capitán en sus aposentos privados, exigiendo una explicación que terminó en confesiones susurradas y besos robados tras las puertas cerradas.

Pero la felicidad era un lujo que los príncipes rara vez podían costear.

—Padre, no puedes pedirme esto —dijo Pedri, su voz temblando ligeramente mientras se enfrentaba al Rey en el salón del trono.

El monarca, un hombre cuya calidez se había secado con los años de gobierno, ni siquiera levantó la vista de sus mapas.

—Es una alianza necesaria, Pedro. La princesa Sira de los Reinos del Norte traerá la paz que nuestras fronteras necesitan. La boda se celebrará en tres días. No es una petición, es un mandato.

Pedri salió de la sala con el corazón pesado. Encontró a Ferran en el pasillo de las antorchas, montando guardia como siempre, una estatua de lealtad inquebrantable. Al ver la expresión del príncipe, Ferran supo que las noticias no eran buenas.

—¿Es cierto entonces? —preguntó Ferran en voz baja, asegurándose de que no hubiera oídos indiscretos.

—Mi padre no cederá —respondió Pedri, acercándose más de lo que el protocolo permitía—. Ferran, no puedo hacerlo. No si eso significa perderte.

Ferran suspiró, una sombra de dolor cruzando sus ojos claros. Dio un paso atrás, manteniendo esa distancia profesional que tanto le dolía imponer.

—Soy tu guardia, mi príncipe. Mi deber es protegerte, incluso de tus propios deseos. Tu padre nunca nos aceptaría. Soy un soldado, tú eres el futuro de este reino.

—¡No me hables de deber! —susurró Pedri con desesperación—. Te amo a ti.

—Y yo a ti, con cada fibra de mi ser —dijo Ferran, y por un momento, la calidez de su voz rompió la fachada de guerrero—. Pero no insistiré. No puedo pedirte que renuncies a tu corona por un amor que nos costaría la vida a ambos. Si el Rey ordena que te cases, yo estaré allí, al pie del altar, asegurándome de que nada te ocurra.

Los días siguientes fueron una tortura de preparativos. Telas de seda, banquetes extravagantes y el murmullo constante de la corte. Ferran se mantuvo distante, cumpliendo sus funciones con una eficiencia gélida que hería a Pedri más que cualquier espada. El príncipe se sentía atrapado en una jaula de oro, mirando a su capitán desde lejos, deseando que el mundo se detuviera para poder escapar con él.

El día de la boda amaneció gris, con una extraña bruma que descendía de las montañas. El ambiente en la ciudad era inusualmente silencioso. Pedri, vestido con sus galas nupciales, se miraba al espejo con ojos vacíos.

—Pareces un rey —dijo una voz desde la puerta.

Era Ferran. Había entrado para escoltarlo a la catedral. Sus ojos se encontraron en el reflejo, y durante un segundo, el tiempo se detuvo.

—Sácame de aquí, Ferran —suplicó Pedri en un susurro—. Vámonos ahora.

—Sabes que no puedo, Pedri. —Ferran se acercó y puso una mano sobre el hombro del príncipe, apretando con ternura—. Pero te prometo que, pase lo que pase hoy, no te dejaré solo.

La ceremonia comenzó con toda la pompa esperada. La catedral estaba llena de nobles y dignatarios. Pedri estaba de pie en el altar, frente a la princesa Sira, quien parecía tan nerviosa como él. Ferran estaba a pocos metros, con la mano en el pomo de su espada, vigilando cada rincón.

Fue entonces cuando el primer grito desgarró el aire.

No vino de dentro de la catedral, sino de las pesadas puertas de roble que daban a la plaza principal. Un guardia entró tambaleándose, cubierto de sangre, pero no era una herida de batalla normal. Tenía la mirada perdida y la piel de un gris ceniciento. Antes de que alguien pudiera reaccionar, el hombre se abalanzó sobre un noble cercano, hundiéndole los dientes en el cuello con una ferocidad animal.

El pánico estalló instantáneamente.

—¡Cierren las puertas! —rugió el Rey, pero ya era tarde.

Decenas de figuras andrajosas, seres que alguna vez fueron ciudadanos del reino pero que ahora caminaban con movimientos erráticos y sed de carne, comenzaron a inundar el recinto. No gritaban, solo emitían un gruñido gutural que helaba la sangre.

Ferran reaccionó antes que nadie. Desenvainó su espada, el acero brillando con una luz letal.

—¡Al altar! —gritó, abriéndose paso entre la multitud aterrorizada hasta llegar al lado de Pedri—. ¡Príncipe, quédate detrás de mí!

Pedri, a pesar del miedo que atenazaba sus extremidades, sacó la pequeña daga ceremonial que llevaba al cinto. Su timidez se evaporó, reemplazada por la valentía que Ferran siempre había visto en él.

—¡Ferran, mi padre! —exclamó Pedri, señalando al Rey, que estaba rodeado por tres de esas criaturas.

Ferran no dudó. Con una agilidad asombrosa, se lanzó hacia el monarca. Decapitó a uno de los monstruos de un solo tajo y empujó a los otros dos con su escudo.

—¡Capitán, saque a mi hijo de aquí! —ordenó el Rey, comprendiendo en un instante que el reino que tanto había intentado proteger estaba cayendo ante una pesadilla inexplicable—. ¡Es una orden!

—Majestad, debo proteger a la familia real al completo —respondió Ferran, golpeando a otro atacante que intentaba morderle el brazo.

—¡Llévatelo! —gritó el Rey mientras más criaturas entraban por las ventanas—. ¡Asegura el linaje!

Ferran agarró a Pedri por la muñeca. El príncipe estaba pálido, mirando cómo su mundo se desmoronaba en cuestión de minutos. La catedral, antes un símbolo de fe y poder, era ahora un matadero.

—Tenemos que irnos, Pedri. ¡Ahora! —dijo Ferran con urgencia.

—¡No podemos dejarlos! —protestó Pedri, aunque sus pies ya se movían siguiendo el ritmo del guerrero.

—Mi única misión es que tú vivas —sentenció Ferran, derribando a un antiguo sirviente que se cruzó en su camino—. El resto no importa si tú no estás a salvo.

Corrieron por los pasadizos secretos que solo la guardia real y la familia real conocían. El sonido de los gritos y el caos se desvanecía a medida que se internaban en las profundidades del castillo, pero el olor a muerte parecía seguirlos.

Llegaron a las caballerizas traseras, donde el aire aún se sentía extrañamente limpio. Ferran preparó dos caballos con movimientos rápidos y precisos, sus manos expertas no temblaban a pesar de la carnicería que acababan de presenciar.

—¿Qué está pasando, Ferran? —preguntó Pedri, su voz quebrada—. Esos hombres... no estaban muertos, pero tampoco estaban vivos.

—No lo sé, mi príncipe —respondió Ferran, deteniéndose un segundo para mirar a Pedri a los ojos. Se acercó y le tomó la cara con ambas manos, manchando involuntariamente la mejilla del príncipe con una gota de sangre ajena—. Pero te prometo esto: mientras yo respire, nada te tocará. No hay corona, no hay boda y no hay ley que me impida protegerte ahora.

Pedri buscó consuelo en el calor de las manos de Ferran. Los celos de la semana anterior, el miedo a la boda impuesta, todo parecía insignificante ante el fin del mundo que se desataba afuera.

—Ya no soy un príncipe si no hay reino —susurró Pedri.

—Para mí siempre serás el hombre que amo —dijo Ferran, depositando un beso rápido y casto en su frente antes de ayudarlo a montar—. Ahora, cabalga. Tenemos que llegar a la fortaleza del este. Es la más segura.

Mientras salían al galope de los muros del castillo, Pedri miró hacia atrás. El humo negro comenzaba a elevarse sobre la ciudad que debía gobernar algún día. Vio a las criaturas vagando por las calles, una marea imparable de horror.

Ferran cabalgaba a su lado, con la espada aún en la mano y la mirada fija en el horizonte. Ya no era solo el capitán del ejército; era el único muro que separaba a Pedri de la extinción. El príncipe sintió un escalofrío, pero al ver la espalda ancha y firme de Ferran, una extraña calma lo invadió.

El mundo se estaba acabando, pero por primera vez en su vida, Pedri se sentía libre.

—¡Ferran! —gritó sobre el ruido de los cascos de los caballos.

El guerrero giró la cabeza ligeramente.

—¡Dime!

—¡Gracias por no dejarme en ese altar!

Ferran esbozó una sonrisa amarga, una chispa de su antiguo yo brillando a través de la armadura manchada.

—¡Ni en esta vida ni en la siguiente, Pedri! ¡Mantente cerca!

Cabalgaron hacia el bosque, dejando atrás las ruinas de una civilización. El apocalipsis había llegado para reclamar la tierra, pero en medio de la sangre y el caos, el vínculo entre el príncipe y su guardia se había vuelto inquebrantable. Ya no había protocolos que seguir, ni padres a los que obedecer. Solo quedaba la supervivencia, y el amor que, contra todo pronóstico, había encontrado su momento más puro en el fin de los tiempos.

Horas más tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de un naranja sangriento que imitaba la carnicería del valle, se detuvieron en un claro oculto. Ferran desmontó primero, inspeccionando el perímetro con la cautela de un lobo.

Pedri bajó del caballo con las piernas temblorosas. Sus ropas de boda estaban desgarradas y sucias, un recordatorio irónico de la vida que acababa de perder.

—Descansa aquí —dijo Ferran, extendiendo una manta sobre la hierba—. Haré la primera guardia.

—Ferran, ven aquí —pidió Pedri, sentándose y señalando el espacio a su lado.

El guerrero dudó, su instinto de protección aún en alerta máxima.

—Debo vigilar...

—Por favor. Solo un momento.

Ferran suspiró y se sentó, dejando su espada al alcance de la mano. Pedri se apoyó en su hombro, cerrando los ojos y dejando que el calor del cuerpo de Ferran lo reconfortara.

—¿Crees que alguien más sobrevivió? —preguntó Pedri en voz baja.

—Somos fuertes, Pedri. El ejército luchará. Pero ahora mismo, mi única prioridad eres tú. Si el mundo se va al infierno, nos aseguraremos de que el infierno tenga miedo de nosotros.

Pedri sonrió débilmente y buscó la mano de Ferran, entrelazando sus dedos. El contacto era firme, real, una ancla en medio de la tormenta.

—Siempre fuiste el mejor de nosotros, Ferran. Mi padre tenía razón en confiarte mi vida, aunque no por las razones que él creía.

—Tu padre quería un guardaespaldas —dijo Ferran, apretando la mano del príncipe—, y terminó dándote a alguien que daría su alma por verte sonreír una vez más.

El silencio del bosque era sepulcral, roto solo por el crujido de las ramas y el lejano eco de gemidos que el viento traía desde el valle. Pero allí, en la penumbra, Pedri no sintió miedo. Tenía a su guerrero, a su amor, y mientras estuvieran juntos, el apocalipsis no era más que otro campo de batalla que conquistarían.

—Mañana seguiremos —susurró Ferran, velando el sueño del príncipe mientras la oscuridad total se cernía sobre ellos—. Mañana empezaremos de nuevo.

Y mientras Pedri se quedaba dormido, Ferran se mantuvo erguido, una silueta de acero y lealtad contra la noche, dispuesto a matar a cualquier monstruo, vivo o muerto, que se atreviera a acercarse a su tesoro más preciado. La corona había caído, pero el reino de Ferran acababa de empezar, y su único súbdito era el hombre que dormía tranquilo bajo su protección.

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