
El amorrrrrr
Fandom: Fedri
Creado: 4/9/2026
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Escudos y Suspiros de Oro
El sol de la tarde se filtraba a través de los vitrales del gran salón, bañando el mármol en tonos amatista y ámbar. Pedri, el segundo príncipe del reino, permanecía de pie junto a un gran ventanal, jugueteando con el borde de su capa de seda. A pesar de su título, siempre se había sentido más cómodo en la biblioteca que bajo la mirada escrutadora de la corte. Era un joven de alma cálida, cuyos ojos oscuros reflejaban una timidez que muchos confundían con arrogancia real, pero que en realidad escondía un corazón valiente y profundamente sensible.
A unos pasos de él, firme como una estatua de hierro y honor, se encontraba Ferran. El caballero no era solo el guardia real más capaz del reino; era la sombra de Pedri, su protector y, en secreto, el dueño de sus suspiros. Ferran era la definición de la virilidad: hombros anchos, mandíbula marcada y una fuerza que parecía capaz de mover montañas. Poseía ese complejo de macho protector que lo obligaba a estar siempre alerta, siempre un paso por delante de cualquier peligro que pudiera acechar al príncipe.
—Parecéis inquieto, mi señor —dijo Ferran. Su voz era grave, un barítono que siempre lograba calmar los nervios de Pedri.
Pedri se giró levemente, dedicándole una sonrisa pequeña y adorable que hizo que el corazón del caballero diera un vuelco bajo su armadura.
—Es la visita del Oeste, Ferran. Sabes que no me gustan estas negociaciones —admitió Pedri en un susurro—. Mi hermana está sufriendo por su compromiso con el príncipe del Este, y ahora yo debo enfrentarme a los invitados de hoy.
Ferran apretó el pomo de su espada. Sabía bien que la princesa estaba enamorada de él, un amor prohibido y no correspondido que solo le traía complicaciones. Lo que nadie sabía, excepto quizás las estrellas en las noches de guardia, era que los ojos de Ferran solo buscaban al joven príncipe que ahora tenía delante. Pero era imposible. Un caballero y un príncipe... un hombre y otro hombre en una corte que exigía herederos y alianzas de sangre.
—Nada os pasará mientras yo esté aquí —afirmó Ferran con una determinación feroz—. Soy vuestro escudo, Pedri. En todos los sentidos.
El sonido de las trompetas anunció la llegada de la delegación del Oeste. El Rey entró en el salón, seguido por sus consejeros. El monarca, un hombre severo que sospechaba de las miradas persistentes entre su guardia y su hijo pero que prefería ignorarlas por el bien de la corona, tomó asiento en su trono.
Los invitados del Oeste no tardaron en aparecer. El Príncipe Eric, un hombre de mirada afilada y ambiciosa, caminaba junto a su hermana, la Princesa Sira. Sira era hermosa, pero desde el momento en que entró, sus ojos se clavaron en Pedri con una intensidad depredadora.
Tras los saludos formales y el inicio de las charlas sobre rutas comerciales y tratados de paz, el ambiente se volvió denso. Eric, buscando asegurar una alianza aún más fuerte, comenzó a presionar.
—Mi padre cree que nuestras naciones no solo deberían compartir oro, sino también sangre —dijo Eric, mirando directamente a Pedri—. Mi hermana Sira ha hablado mucho de vos, Príncipe Pedri. Cree que vuestra... suavidad, sería el complemento perfecto para su carácter.
Pedri sintió un escalofrío. La timidez lo invadió, y bajó la mirada hacia sus manos.
—Es un honor, Príncipe Eric, pero temo que mis intereses están más centrados en el bienestar del pueblo que en... asuntos del corazón —respondió Pedri con elegancia, tratando de disimular su incomodidad.
Sira se acercó a él, ignorando el protocolo, y le tomó una mano. Pedri se tensó visiblemente.
—El corazón se puede educar, príncipe —dijo ella con una sonrisa ensayada—. Una caminata por los jardines nos ayudaría a conocernos mejor. A solas.
Ferran dio un paso al frente, su presencia física llenando el espacio entre Pedri y la princesa. Su expresión era de una neutralidad profesional, pero sus ojos ardían.
—Mis disculpas, Alteza —intervino Ferran, su voz resonando con autoridad—. El Rey ha ordenado que el Príncipe Pedri revise los mapas de la frontera antes de la cena. Mi deber es escoltarlo de inmediato.
Eric frunció el ceño, molesto por la interrupción de un simple soldado.
—¿Acaso un guardia dicta la agenda de un príncipe? —espetó Eric, dando un paso hacia Ferran.
Ferran no retrocedió ni un milímetro. A pesar de la diferencia de rango, su porte era el de un hombre que no temía a nada ni a nadie cuando se trataba de proteger lo que amaba. Su instinto de proveedor y protector estaba en su punto máximo.
—Un guardia cumple las órdenes que garantizan la seguridad y el deber del príncipe —replicó Ferran con frialdad—. Si deseáis discutir las prioridades del Reino, podéis hacerlo con Su Majestad.
El Rey, observando la escena desde el trono, tosió ligeramente.
—Ferran tiene razón, Eric. Pedri tiene obligaciones que atender. Sira, querida, habrá tiempo para paseos más tarde.
Pedri sintió un alivio inmenso. Miró a Ferran con gratitud, una mirada que el caballero capturó y guardó en lo más profundo de su pecho. Salieron del salón bajo la mirada furiosa de Eric y la decepción de Sira.
Una vez en el pasillo desierto que conducía a la biblioteca, Pedri dejó escapar un largo suspiro y se apoyó contra una columna.
—Gracias, Ferran. Otra vez me has salvado de una situación imposible.
Ferran se acercó, rompiendo la distancia de seguridad que el protocolo dictaba. Se situó frente a Pedri, actuando como una barrera física contra el resto del mundo.
—Ese príncipe no tiene derecho a presionaros de esa manera —gruñó Ferran, su complejo de macho aflorando en la forma en que cerraba los puños—. Y la princesa... no me gusta cómo os mira. Como si fuerais un trofeo.
Pedri soltó una risa suave y algo triste.
—¿Y cómo deberías mirarme tú, Ferran?
La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de una electricidad que ambos habían intentado ignorar durante años. Ferran sintió que su armadura pesaba más que nunca. Se acercó un poco más, hasta que pudo oler el aroma a sándalo y papel viejo que siempre desprendía Pedri.
—Yo no debería miraros en absoluto, mi señor —susurró Ferran, bajando la voz hasta convertirla en una caricia—. Porque si os miro como realmente quiero, no habría vuelta atrás. Olvidaría mi juramento, olvidaría mi rango y solo querría llevaros lejos de aquí, donde nadie pueda obligaros a ser algo que no sois.
Pedri, valiente a su manera, extendió una mano y rozó el guantelete de metal de Ferran.
—A veces, el caballero es más príncipe que el que lleva la corona —dijo Pedri con dulzura—. No necesito que me lleves lejos, Ferran. Solo necesito que sigas aquí.
—Siempre estaré aquí —prometió Ferran, poniendo su mano sobre la de Pedri, apretándola con una fuerza contenida—. Pero Eric no se rendirá. He visto cómo os miraba. Es un hombre que toma lo que quiere, y cree que vos sois una pieza de negociación.
—No dejaré que me obliguen —afirmó Pedri, enderezando la espalda. Su timidez desaparecía cuando Ferran estaba cerca; el caballero le daba la fuerza que le faltaba—. Pero mi padre... él quiere la paz con el Oeste a toda costa.
—Entonces tendremos que ser más astutos que ellos —dijo Ferran, recuperando su compostura de guardia real—. Por ahora, id a la biblioteca. Yo vigilaré la puerta. Nadie entrará sin mi permiso. Nadie os tocará.
Pedri asintió y entró en la estancia, pero antes de cerrar la puerta, se volvió hacia él.
—Ferran... ten cuidado. Eric es peligroso.
—Que lo intente —respondió el caballero con una sonrisa lobuna—. Se encontrará con el acero de mi espada antes de acercarse a un solo cabello de vuestra cabeza.
Sin embargo, la paz duró poco. Apenas una hora después, mientras Pedri fingía leer un tratado sobre agricultura, la puerta se abrió bruscamente. No era Ferran quien entraba, sino Eric, que parecía haber encontrado una ruta alternativa a través de los pasadizos de los sirvientes.
Pedri se puso en pie de inmediato, su corazón latiendo con fuerza.
—Príncipe Eric, este no es lugar para visitas informales.
—He venido a terminar nuestra conversación, Pedri —dijo Eric, cerrando la puerta tras de sí. Su tono era arrogante y posesivo—. Mi hermana es una excelente opción para vos. Y si no aceptáis de buena gana, me encargaré de que vuestro padre entienda que la alternativa es una guerra que vuestro pequeño reino no puede ganar.
—¿Me estáis amenazando? —preguntó Pedri, tratando de mantener la voz firme a pesar del miedo.
—Os estoy dando una realidad —Eric se acercó, invadiendo el espacio personal de Pedri—. Sois demasiado delicado para este mundo, príncipe. Necesitáis una mano fuerte que os guíe. Y si no es la de Sira, será la mía a través de la conquista.
Justo cuando Eric extendía una mano para sujetar el brazo de Pedri, la puerta principal de la biblioteca se abrió de par en par. Ferran entró como un torbellino de metal y furia. En un abrir y cerrar de ojos, se interpuso entre los dos nobles, empujando a Eric hacia atrás con una fuerza que lo hizo tambalearse.
—Os advertí que el príncipe no debía ser molestado —dijo Ferran, su voz era un rugido contenido. Su mano estaba ya en la empuñadura de su espada, desenvainándola apenas unos centímetros, lo suficiente para que el brillo del acero intimidara al intruso.
—¡Cómo te atreves, soldado! —gritó Eric, rojo de ira—. ¡Soy un príncipe de sangre!
—Y yo soy el escudo de este reino —replicó Ferran, dando un paso amenazador hacia él—. En este momento, estáis acosando a un miembro de la familia real en sus aposentos privados. Salid ahora mismo, o tendré que informarle al Rey que el Príncipe del Oeste no conoce las leyes básicas de la hospitalidad. O peor aún... tendré que sacaros yo mismo.
La superioridad física de Ferran y su aura de guerrero experimentado hicieron que Eric retrocediera. El príncipe del Oeste sabía que, en un enfrentamiento físico, no tenía ninguna posibilidad contra el capitán de la guardia.
—Esto no se quedará así —amenazó Eric antes de salir a zancadas por donde había venido.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a la biblioteca. Ferran soltó un suspiro pesado y se giró hacia Pedri. Sus ojos, antes llenos de furia, se suavizaron al instante al ver la palidez en el rostro del joven.
—¿Estáis bien? ¿Os ha tocado? —preguntó Ferran, su tono cargado de una preocupación casi dolorosa.
—Estoy bien, Ferran. Llegaste justo a tiempo —dijo Pedri, dejándose caer en una silla. Sus manos temblaban ligeramente.
Ferran se arrodilló frente a él, una posición de total sumisión y devoción que solo le mostraba a Pedri. Tomó las manos del príncipe entre las suyas, grandes y callosas, tratando de transmitirle su calor y su fuerza.
—No permitiré que os obliguen a ese matrimonio, Pedri. Aunque tenga que enfrentarme a vuestro padre, al Rey del Oeste y a todo su ejército.
Pedri miró a Ferran, y en ese momento, la máscara de príncipe y guardia se desmoronó por completo. La calidez adorable de Pedri se mezcló con la valentía que Ferran siempre despertaba en él.
—Ferran... sabes que si lo haces, te considerarán un traidor.
—Prefiero ser un traidor a la corona que un traidor a mi corazón —confesó Ferran, su voz quebrándose por primera vez—. Os amo, Pedri. Más allá del deber, más allá de la vida.
Pedri sintió que el mundo se detenía. Las palabras que siempre había soñado escuchar finalmente habían sido pronunciadas. Con una valentía que sorprendió incluso al caballero, Pedri se inclinó hacia adelante y unió sus labios con los de Ferran en un beso breve, tímido pero cargado de una promesa eterna.
—Y yo a ti —susurró Pedri contra sus labios—. Mi caballero, mi protector.
Ferran lo abrazó, envolviéndolo en sus brazos fuertes, prometiéndose a sí mismo que no importaba cuántas negociaciones vinieran, cuántos príncipes del Oeste o del Este intentaran reclamar lo que no les pertenecía. Él sería el muro que nadie podría derribar.
—Tendremos que ser cuidadosos —dijo Ferran, separándose apenas unos centímetros, su instinto protector volviendo a tomar el mando—. Eric no se detendrá. Pero ahora no solo lucho por mi reino, lucho por nosotros.
Pedri asintió, sintiéndose por primera vez verdaderamente seguro.
—Juntos, Ferran.
El caballero se puso de pie, recuperando su postura de guardia, pero con un brillo nuevo en los ojos. La noche caía sobre el castillo, y aunque los peligros del Oeste acechaban en las sombras de los pasillos, dentro de la biblioteca, dos corazones habían encontrado su refugio. Ferran volvió a su puesto junto a la puerta, su mano firme sobre la espada, vigilando el sueño y la vida del príncipe que era, en secreto y para siempre, su único y verdadero soberano.
