
Fedri
Fandom: Fedri
Creado: 4/9/2026
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El eco de las cenizas y el hilo de seda
El salón de baile del Reino de Tegueste era un hervidero de hipocresía dorada. La música de los violines flotaba en el aire, mezclándose con el aroma a vino caro y el perfume pesado de los cortesanos. Pedri, el príncipe anfitrión, sentía que las paredes se le venían encima. Sus dedos jugueteaban nerviosos con el bordado de oro de su túnica, mientras sus ojos, grandes y cálidos, buscaban desesperadamente una figura entre la multitud.
Lo encontró cerca de las columnas de mármol. Ferran, el príncipe de Foios, lucía una armadura ceremonial que resaltaba su porte fuerte y valiente. Sus miradas se cruzaron por apenas un segundo, una chispa eléctrica que amenazaba con incendiar el delicado tratado de paz que sus padres fingían sostener.
Pedri hizo una leve inclinación de cabeza y se escabulló hacia el ala oeste del castillo. Sabía que Ferran lo seguiría. Siempre lo hacía.
Minutos después, la pesada puerta de roble de la biblioteca real se cerró con un clic sordo. El silencio del recinto, cargado con el olor a papel viejo y pergamino, los envolvió como un manto protector.
—Casi te tardas una eternidad —susurró Pedri, dándose la vuelta. Su timidez habitual desapareció en cuanto sintió los brazos de Ferran rodearle la cintura.
—Había tres guardias de tu padre vigilando el pasillo, pequeño caprichoso —respondió Ferran con una sonrisa ladina, antes de hundir el rostro en el cuello de Pedri, aspirando su aroma a lavanda y hogar—. No podía arriesgarme a que nos cortaran la cabeza antes de darte las buenas noches.
Pedri soltó una risita suave, esa que solo Ferran lograba sacarle, y se aferró a los hombros del guerrero. Era un contraste fascinante: la delicadeza de Pedri contra la solidez de Ferran; el príncipe que prefería los libros y el sol, contra el heredero que había sido forjado en el campo de batalla.
—¿Recuerdas cómo empezó todo esto? —preguntó Pedri, separándose un poco para mirar a Ferran a los ojos. Esos ojos que, aunque solían ser duros con el mundo, con él siempre eran pura ternura.
—¿Cómo olvidarlo? —Ferran acarició la mejilla de Pedri con el pulgar—. Querías golpearme. Bueno, lo intentaste. Tus puños eran como caricias de algodón.
—¡Mentira! —protestó Pedri, inflando las mejillas—. Estaba furioso. Me llamaste ignorante en mi propio bosque.
Sus mentes volaron hacia aquella noche, años atrás, cuando el odio era la única moneda que intercambiaban. Eran adolescentes, herederos de una enemistad sangrienta. Se habían perdido tras escapar de una fiesta similar, internándose en las profundidades del Bosque de los Lamentos, un lugar prohibido para Pedri por orden de su padre.
—"Eres el príncipe heredero y no conoces ni tu propio reino, ridículo" —imitó Pedri con voz grave, burlándose de las palabras que Ferran le había escupido aquella vez.
—Y lo mantengo —dijo Ferran, aunque ahora su tono era dulce—. Estabas aterrorizado por una sombra.
—¡Era un espectro, Ferran! —exclamó Pedri, estremeciéndose al recordar la figura sin rostro que emergió de la niebla.
Aquella aparición había cambiado sus vidas. La mujer sin rostro, una entidad que parecía hecha de humo y estrellas, los había paralizado. Ferran, a pesar de su propio miedo, se había colocado frente a Pedri, protegiéndolo con su cuerpo, desenvainando una espada que temblaba en su mano. La mujer se había reído, un sonido como cristal roto, antes de dictar su sentencia.
—"Destinados a amarse y a destruirse" —susurró Ferran, su expresión ensombreciéndose—. Eso fue lo que dijo. Vio belleza, pero también vio muerte.
—Al principio nos burlamos —recordó Pedri, bajando la mirada—. Pero luego... luego te miré y algo se rompió dentro de mí. El odio que mi padre me había enseñado se sintió como una carga demasiado pesada.
—Esa noche no pude dormir —confesó Ferran, pegando su frente a la de Pedri—. Solo podía pensar en que, si el mundo se acababa y nos destruíamos, quería que fuera a tu lado.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando del calor del otro. La profecía del espectro siempre colgaba sobre ellos como una espada de Damocles, pero en lugar de alejarlos, los había empujado a un romance clandestino y desesperado.
—A veces tengo miedo, Ferran —dijo Pedri, su voz apenas un hilo—. Mi padre habla de guerra cada mañana en el desayuno. Dice que tu reino es una plaga que debe ser erradicada.
Ferran apretó el agarre, sus celos posesivos aflorando ante la mención de cualquier amenaza contra lo que consideraba suyo.
—Nadie te va a tocar, Pedri. Antes de que un solo soldado de Foios cruce tu frontera con malas intenciones, tendrán que pasar sobre mi cadáver.
—No digas eso —pidió Pedri, ocultando el rostro en el pecho de Ferran—. No quiero que mueras por mí.
—Moriría mil veces si eso significa que tú vives en un mundo en paz —respondió Ferran con una valentía que rayaba en la terquedad—. Pero no moriremos. Engañaremos al destino. El espectro vio destrucción, pero no dijo que no pudiéramos reconstruir algo nuevo sobre las cenizas.
Pedri levantó la vista, sus ojos brillantes por las lágrimas contenidas.
—Eres tan valiente que a veces me asustas.
—Y tú eres tan tierno que haces que mi armadura se sienta de papel —sonrió Ferran, inclinándose para besarlo.
El beso fue lento, una mezcla de la urgencia del secreto y la suavidad del afecto real. Pedri se perdió en la sensación, en la forma en que Ferran lo sostenía como si fuera el tesoro más preciado de su corona.
De repente, un ruido en el pasillo los hizo separarse. Pasos pesados y el tintineo de armaduras.
—Tengo que irme —susurró Pedri, su timidez regresando al pensar en ser descubiertos—. Si nos encuentran aquí, la guerra empezará esta misma noche.
—Espera —Ferran lo detuvo, tomándolo de la mano—. Ven conmigo. No a Foios, no a Tegueste. Huyamos.
Pedri lo miró con sorpresa.
—¿Hablas en serio? Ferran, somos príncipes. Tenemos responsabilidades, gente que depende de nosotros.
—La gente que depende de nosotros nos enviará a matarnos los unos a los otros en cuanto tengan oportunidad —dijo Ferran con amargura—. Pedri, te amo. No quiero ser el rey que destruya tu hogar, y no quiero que tú seas el premio de una guerra que ninguno de los dos pidió.
Pedri dudó. Su lado caprichoso quería decir que sí, quería correr hacia el bosque y no mirar atrás. Pero su corazón cálido pensaba en su pueblo, en los niños que jugaban en las plazas de Tegueste.
—Todavía no —dijo Pedri, acariciando el rostro de Ferran—. Pero prometo que, si llega el día en que la profecía empiece a cumplirse, buscaré el hilo de seda que nos une y no lo soltaré.
—¿El hilo de seda? —preguntó Ferran, confundido.
—Lo que nos mantiene unidos a pesar del odio de nuestros padres —explicó Pedri con una sonrisa dulce—. Es fino, parece frágil, pero es más fuerte que el acero de tu espada.
Ferran asintió, aceptando la respuesta. Sabía que Pedri era más fuerte de lo que aparentaba; su valentía no residía en los músculos, sino en la capacidad de amar en medio del caos.
—Entonces, hasta la próxima fiesta, mi príncipe enemigo —dijo Ferran, dándole un último beso en la frente.
—Hasta la próxima, mi valiente guardián —respondió Pedri.
Pedri salió primero, recomponiendo su túnica y adoptando esa expresión risueña y un tanto distraída que usaba como máscara ante la corte. Ferran esperó unos minutos más, observando el lugar donde Pedri había estado.
Mientras caminaba de regreso al salón, Ferran se cruzó con el embajador de su propio reino, un hombre de mirada fría y cicatrices de guerra.
—Príncipe Ferran —dijo el hombre con una reverencia tensa—, su padre pregunta por usted. Dice que los planes para la invasión de otoño están casi listos. Solo falta su firma en los mapas tácticos.
Ferran sintió un nudo en el estómago. La destrucción que el espectro había predicho estaba llamando a la puerta. Miró hacia el otro lado del salón, donde Pedri reía tímidamente ante el chiste de una duquesa, ajeno a la conversación que acababa de ocurrir.
—Dígale a mi padre que revisaré los mapas —respondió Ferran, su voz volviéndose fría como el hielo—. Pero dígale también que un mapa solo muestra tierra, no el alma de lo que intentamos conquistar.
El embajador frunció el ceño, pero no dijo nada. Ferran se alejó, sintiendo el peso de su corona más que nunca.
Por su parte, Pedri sentía el calor del beso de Ferran aún quemando en sus labios. Sabía que el tiempo se les agotaba. La profecía decía que su destino los condenaba a amarse y a destruirse, pero mientras caminaba entre los nobles de su reino, Pedri tomó una decisión. Si la destrucción era inevitable, él se aseguraría de que el amor fuera lo último que quedara en pie.
—¿Príncipe Pedri? —le llamó su padre, el Rey de Tegueste, desde el trono—. Te ves radiante esta noche. ¿Has encontrado algo interesante en la biblioteca?
Pedri sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos pero que convenció al rey.
—Solo viejas historias, padre. Historias sobre reinos que cayeron por orgullo y otros que se salvaron por algo mucho más simple.
—¿Y qué era eso tan simple? —preguntó el rey con curiosidad.
Pedri miró hacia la puerta por donde Ferran acababa de salir, su corazón latiendo con una fuerza renovada.
—La valentía de elegir a quién amar, incluso cuando el mundo entero te dice que debes odiar —respondió Pedri en voz baja.
El rey soltó una carcajada, pensando que su hijo era simplemente un soñador romántico. No sabía que, en ese mismo momento, los dos príncipes habían comenzado una guerra propia: una guerra contra el destino, contra sus linajes y contra la oscuridad que amenazaba con devorarlos.
La noche continuó, los violines siguieron sonando y las copas se llenaron de nuevo. Pero en la penumbra de la biblioteca, un pequeño hilo de seda invisible seguía tendido, conectando dos corazones que se negaban a ser enemigos, esperando el momento en que las cenizas finalmente cayeran para demostrar que, a veces, incluso las profecías más oscuras pueden ser reescritas con un poco de ternura y mucha valentía.
