
Quien eres
Fandom: Fedri
Creado: 4/9/2026
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El eco del colapso
La tiza golpeaba el pizarrón con un ritmo monótono que, en cualquier otro día, habría arrullado a Pedri hasta dejarlo dormido sobre sus apuntes de historia. A sus diecisiete años, el mundo del canario solía reducirse a los exámenes finales, sus sueños de viajar por el mundo y las risas compartidas en el patio. Tenía esa luz en la mirada, una mezcla de bondad y alegría que lo hacía el alma de la clase, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara.
—Pedri, deja de dibujar balones en el margen y presta atención —susurró Alex, su mejor amigo, dándole un codazo amistoso.
Pedri sonrió, mostrando esos hoyuelos que lo hacían ver aún más joven de lo que era.
—Es que la Revolución Francesa me parece muy lejana hoy, Alex. Prefiero soñar con el verano —respondió con voz suave, acomodándose los rizos rebeldes.
Pero el verano nunca llegaría. No como él lo esperaba.
Un grito desgarrador, agudo y cargado de una agonía inhumana, rasgó el aire matutino. No venía de los pasillos, sino del patio central. El sonido fue tan potente que la profesora soltó el marcador y todos los estudiantes se pusieron en pie como impulsados por un resorte.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó una de las chicas de la primera fila, con la voz temblorosa.
Pedri sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se acercó a la ventana junto a Alex, esperando ver una pelea escolar o quizás una broma pesada que se había ido de las manos. Lo que vio, sin embargo, le heló la sangre.
En el centro del patio, un estudiante de último año estaba encima de otro. Pero no se estaban peleando. El de arriba tenía los dientes hundidos en el cuello del otro, arrancando jirones de carne con una ferocidad animal. La sangre salpicaba el cemento gris, brillante y aterradora bajo el sol de la mañana. Otros estudiantes corrían en todas direcciones, pero figuras errantes, con movimientos espasmódicos y ropas manchadas, los interceptaban, derribándolos al suelo para comenzar el mismo festín macabro.
—¡Dios mío! —exclamó la profesora, retrocediendo hacia la pizarra—. ¡Aléjense de las ventanas! ¡Ahora!
El caos estalló. Los gritos en el aula se mezclaron con los que subían desde el patio. Pedri se quedó pasmado, con los ojos muy abiertos y las manos apoyadas en el cristal frío. Sus piernas no respondían; el miedo, ese miedo primario que nunca había sentido, lo había anclado al suelo.
—¡Pedri, muévete! —Alex lo agarró del brazo, tirando de él hacia el centro del salón.
De pronto, los megáfonos del instituto crujieron. La voz del director, usualmente firme y autoritaria, sonaba rota, al borde del colapso nervioso.
—Atención a todos... por favor... manténganse en sus aulas. Cierren las puertas con llave. No salgan por ningún motivo. Repito, mantengan las puertas cerr... —Un ruido sordo, como algo golpeando el micrófono, cortó la transmisión, seguido de un gruñido gutural que hizo que Pedri se tapara los oídos.
La docente, con las manos temblando de forma incontrolable, corrió hacia la puerta delantera y giró la llave. Luego atravesó el salón y aseguró la puerta trasera. Los estudiantes estaban en shock. Algunos intentaban llamar por sus celulares, pero las caras de desesperación confirmaban lo peor.
—No hay señal —sollozó una chica—. Mi madre no contesta, nadie contesta.
Pedri se aferró al brazo de Alex como si fuera su único ancla en un mar que se hundía. Sus ojos grandes y castaños estaban empañados en lágrimas. Él era amable, cariñoso, alguien que siempre buscaba el lado bueno de las personas, y su mente se negaba a procesar que lo que veía fuera real.
—Alex... tengo miedo —susurró Pedri, con la voz quebrada—. ¿Qué son esas cosas?
—No lo sé, pequeño, no lo sé —respondió Alex, poniéndose frente a él y tomándolo por los hombros para obligarlo a mirarlo—. Pero no te voy a dejar solo. Mírame, vamos a estar bien.
La profesora, buscando alguna fuente de información, encendió el televisor del aula. La imagen saltó tras unos segundos de estática. Era una transmisión desde un helicóptero. La ciudad, su ciudad, estaba en llamas. Columnas de humo negro se elevaban desde el centro. Se veían choques múltiples en las autopistas, explosiones en edificios gubernamentales y, lo más aterrador, hordas de personas corriendo tras otras.
En una esquina de la pantalla, se veía a un grupo de militares intentando contener una barricada, disparando frenéticamente, pero la marea de cuerpos parecía infinita. Uno a uno, los soldados fueron superados. La cámara tembló, el helicóptero pareció recibir un impacto o perder el control, y de repente, la imagen se cortó. Las barras de colores aparecieron con el letrero de "NO SIGNAL".
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por los sollozos ahogados de las chicas en el fondo del salón.
—¡Cállense! —susurró la profesora con urgencia—. Esas cosas... podrían oírnos. Si están en los pasillos, tenemos que estar en silencio absoluto.
Pedri se encogió, escondiendo el rostro en el hombro de Alex. El mundo que conocía, el mundo donde soñaba con ser alguien, se había desvanecido en menos de veinte minutos.
A varios kilómetros de allí, en el centro financiero, el ambiente no era menos tenso. Ferran se encontraba en su oficina, rodeado de ventanales que ofrecían una vista panorámica que en ese momento parecía una postal del infierno.
A sus veinticuatro años, Ferran era un hombre de carácter fuerte. Había sido arquero en sus años de juventud, lo que le había dado una agilidad y unos reflejos envidiables, además de una constitución física robusta. Era solitario por elección, alguien que prefería la eficiencia al sentimentalismo, pero ver a sus compañeras de trabajo llorar desconsoladamente y a los hombres mayores temblar de miedo le revolvía el estómago.
—No podemos quedarnos aquí sentados esperando a que suban —dijo Ferran, su voz profunda y firme cortando el murmullo de pánico—. La red eléctrica va a caer pronto y nos quedaremos atrapados en un piso veinte sin salida.
—¿Y qué sugieres, Torres? —preguntó un compañero, sudando frío—. Afuera es una carnicería.
—Voy a bajar a ver cómo está la entrada principal y el estacionamiento —declaró Ferran, ajustándose la chaqueta y tomando un abrecartas de metal pesado que tenía sobre su escritorio. No era mucho, pero era algo—. Si hay una ruta despejada, tenemos que salir de la ciudad.
—¡Estás loco! —gritó una de las secretarias—. ¡Te van a matar!
—Quedarse aquí es morir de hambre o esperar a que derriben la puerta —respondió Ferran con frialdad—. Yo no voy a morir sentado.
A pesar de las protestas, Ferran salió de la oficina. El pasillo estaba en penumbra, las luces de emergencia parpadeaban con un tono anaranjado siniestro. Ferran avanzó con la cautela de un depredador, sus sentidos de arquero en alerta máxima. Cada sombra le parecía una amenaza, cada crujido del edificio una señal de peligro.
Al llegar a las escaleras de emergencia, descendió en silencio. Cuando alcanzó el vestíbulo, se ocultó tras una columna de mármol. Lo que vio a través de las grandes puertas de cristal lo dejó sin aliento, a pesar de su valentía.
La calle estaba peor de lo que mostraba la televisión. El aire olía a gasolina quemada y a algo metálico, dulce y nauseabundo: sangre. Vio a un hombre con traje, similar al suyo, corriendo desesperado antes de ser interceptado por una mujer cuya mandíbula colgaba de un hilo de piel. Ferran apretó los dientes, sintiendo una furia helada recorrerle las venas.
Era un superviviente por naturaleza. No le gustaba la gente, prefería su soledad, pero en ese momento, una imagen cruzó su mente. No sabía por qué, pero recordó a su primo pequeño, o a cualquier chico joven atrapado en este caos. La vulnerabilidad de los demás solía irritarlo, pero ahora sentía una necesidad imperiosa de moverse, de luchar.
De repente, su teléfono vibró en el bolsillo. Era un mensaje de texto rezagado que acababa de entrar. Era de su hermana, que trabajaba en el hospital cerca del instituto de la zona norte.
"Ferran, no vengas al centro. Ve al instituto. Hay refugios allí... o eso dicen. Por favor, ten cuidado".
Ferran guardó el teléfono. Sabía que los refugios en estos casos solían ser trampas mortales, pero el instituto estaba en las afueras, cerca de las rutas de montaña que él conocía bien. Si lograba llegar allí, tendría una oportunidad de salir de la zona urbana.
—Maldita sea —gruñó para sí mismo.
Regresó a la oficina a paso rápido.
—¡Escuchen! —gritó al entrar—. El que quiera venir, que venga ahora. Voy a bajar al estacionamiento. No voy a esperar a nadie.
Solo dos personas se atrevieron a seguirlo. Ferran lideró el camino con una determinación feroz. En el estacionamiento, tuvo que enfrentarse a su primer "encuentro". Un guardia de seguridad, o lo que quedaba de él, se abalanzó sobre ellos desde la oscuridad.
Ferran no dudó. Esquivó el primer ataque con la agilidad que lo había hecho famoso bajo los tres palos y, usando su fuerza, empujó a la criatura contra una columna de concreto, golpeándola con el extintor que había arrancado de la pared. El sonido del cráneo rompiéndose fue seco. Sus acompañantes ahogaron un grito, pero Ferran ni siquiera parpadeó.
—Suban al coche —ordenó, subiéndose a su todoterreno negro.
Mientras arrancaba y salía a toda velocidad, esquivando cadáveres y vehículos abandonados, Ferran no podía dejar de pensar en el caos. Su carácter solitario y celoso de su propia seguridad se enfrentaba a un instinto nuevo.
En el instituto, la situación se volvía insostenible. Los golpes en la puerta del aula habían comenzado hacía diez minutos. Eran golpes erráticos, pesados, acompañados de rasguños constantes que hacían que a Pedri se le erizara la piel.
—¡Váyanse! ¡Por favor, váyanse! —gritaba una de las alumnas, fuera de sí.
—¡Cállate, nos van a oír más! —le recriminó Alex, aunque él también estaba pálido.
Pedri estaba sentado en el suelo, abrazando sus rodillas, balanceándose ligeramente. Su mente soñadora intentaba imaginar que esto era una película, que en cualquier momento el director diría "corten" y Ferran, su vecino mayor al que siempre había admirado en secreto por su fuerza y esa aura de misterio, aparecería para decirle que todo estaba bien. Ferran siempre le había parecido alguien inalcanzable, alguien valiente que no le temía a nada, todo lo contrario a él, que se asustaba con una película de terror.
—Alex... —susurró Pedri—. Si no salimos de aquí... dile a mi madre que...
—No digas eso, Pedri —lo interrumpió Alex con firmeza—. Vamos a salir. Escucha, la ventana que da al jardín trasero no es tan alta. Si saltamos al techo del primer piso, podemos llegar al gimnasio. Allí hay suministros y las puertas son de metal.
—¿Y la profesora? —preguntó Pedri, mirando a la mujer que ahora rezaba en un rincón.
—Tendremos que convencerla. Pero no podemos quedarnos aquí. La puerta no va a aguantar mucho más.
Como si sus palabras fueran una profecía, la madera de la puerta delantera crujió. Una mano pálida y ensangrentada rompió el panel superior. Los gritos en el salón se volvieron ensordecedores.
Pedri se puso en pie, el miedo transformándose en una descarga de adrenalina pura. Miró a su alrededor. Vio a sus compañeros, a sus amigos, y sintió una punzada de dolor. Él era bueno, era amable, y no podía soportar ver a la gente que quería en ese estado.
—¡Por aquí! —gritó Pedri, señalando la ventana trasera—. ¡Todos, ayuden a mover los pupitres para subir!
Por primera vez en su vida, el chico miedoso estaba tomando una iniciativa, impulsado por el puro deseo de que nadie más sufriera. Alex lo miró sorprendido, pero asintió rápidamente.
Mientras ayudaban a los demás a subir, Pedri echó una última mirada a la puerta. La madera cedía. Vio los ojos vacíos de los que alguna vez fueron sus compañeros de otros cursos. Sintió un nudo en la garganta.
—Vamos, Pedri, ¡salta! —le urgió Alex desde el techo de abajo.
Pedri saltó, sintiendo el aire frío en la cara. Al caer, se golpeó las rodillas, pero no le importó. Se levantó y miró hacia el horizonte. La ciudad ardía, y el mundo que conocía había muerto.
Lo que no sabía era que, en algún lugar entre el humo y el caos, un todoterreno negro avanzaba hacia ellos, conducido por un hombre que no sabía que estaba a punto de encontrar la única razón por la que valdría la pena luchar en este nuevo y cruel mundo.
Ferran Torres no era de los que salvaban a la gente, pero el destino tenía otros planes. Y Pedri, con su corazón lleno de bondad y sus ojos llenos de lágrimas, estaba a punto de descubrir que a veces, los sueños más hermosos nacen de las pesadillas más oscuras.
—Resiste, Pedri —se dijo a sí mismo el joven, apretando los puños mientras corría hacia el gimnasio—. Solo tienes que resistir.
