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Fandom: Fedri
Creado: 6/9/2026
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Entre el orgullo y el latido
El pasillo de la institución educativa parecía más largo que de costumbre, o quizás era simplemente que el peso de la humillación hacía que cada paso de Pedri se sintiera como si arrastrara cadenas. Hacía dos semanas, el mundo se le había venido abajo en ese mismo lugar. Pedri, el chico de la sección F, el de la sonrisa cálida y los ojos brillantes, había reunido cada gramo de su valentía —esa que normalmente reservaba para cosas pequeñas— y se había plantado frente a Ferran Torres, el inalcanzable líder de la sección A.
El resultado fue un desastre que todavía ardía en sus mejillas cada vez que cerraba los ojos. Ferran, con esa mandíbula afilada y esa mirada inteligente que parecía analizarlo todo, ni siquiera se había molestado en procesar sus palabras. Lo había ignorado como si fuera un mosquito molesto, dejando que las risas de los demás estudiantes cayeran sobre Pedri como granizo frío.
Ahora, catorce días después, Pedri caminaba por el pasillo principal intentando ser invisible, pero con Gavi a su lado, la invisibilidad era una utopía.
—Te digo que no tienes que bajar la mirada, Pedri —masculló Gavi, ajustándose la mochila con agresividad—. El que debería tener vergüenza es él por ser un maleducado. Es guapo, sí, pero tiene el cerebro de un percebe si no sabe apreciar lo que tiene delante.
—Gavi, por favor, cállate —susurró Pedri, sintiendo que el nudo en su garganta volvía a apretarse—. Solo quiero llegar a clase sin que nadie me señale.
Pero el destino, o quizás el karma escolar, tenía otros planes. Al doblar la esquina que conectaba los pabellones, se toparon de frente con el dúo dinámico de la sección A: Ferran y Dani Olmo.
El aire pareció espesarse al instante. Ferran caminaba con esa seguridad que a Pedri le resultaba tan atractiva como irritante, y a su lado, Dani parecía llevar el peso del mundo sobre los hombros. Nadie se detuvo. Nadie cedió espacio. Como si fuera una coreografía de guerra fría, ambos grupos se detuvieron a escasos centímetros de chocar.
Pedri sintió que las rodillas le temblaban. La mirada de Ferran era gélida, profunda, como un océano en invierno. Quiso dar un paso atrás, huir hacia la seguridad de su aula, pero la mano de Gavi se cerró en su antebrazo como una tenaza.
—¿Se les ha perdido algo o es que el pasillo es propiedad privada de los de la A? —soltó Gavi, sin un ápice de miedo.
Dani Olmo, que normalmente era la voz de la razón, palideció al encontrarse con los ojos de Gavi. Hubo un intercambio de miradas que Pedri no alcanzó a comprender del todo: una mezcla de súplica por parte de Dani y una furia volcánica por parte de Gavi.
—Quítate del camino, niño —dijo Ferran con voz grave, dirigiendo sus palabras a Gavi, aunque sus ojos rozaron por un segundo a Pedri, provocándole un escalofrío.
—¿Niño? —Gavi dio un paso al frente, obligando a Pedri a mantenerse a su lado—. Mira, "Tiburón" de pacotilla, el pasillo es público. Si quieres espacio, vete a tu sección de privilegiados y déjanos en paz.
Pedri sentía que se iba a desmayar. La tensión era tan alta que podía cortarse con un cuchillo.
—Gavi, vámonos... —suplicó Pedri en voz baja, tirando de la sudadera de su amigo.
—No nos vamos a ningún lado —sentenció Gavi.
Dani Olmo dio un paso hacia adelante, tratando de intervenir antes de que la situación terminara en la oficina del director.
—Gavi, escucha, podemos hablar de esto luego... —dijo Dani, intentando suavizar el tono.
—No tengo nada que hablar contigo, Olmo —escupió Gavi, aunque sus ojos brillaron con una emoción que no era odio—. Ni contigo ni con tu amiguito el arrogante.
Pedri frunció el ceño. ¿Desde cuándo Gavi y Dani se hablaban con tanta familiaridad? La confusión se mezcló con su timidez, dejándolo mudo. Antes de que pudiera preguntar, Dani tomó a Gavi del brazo con firmeza.
—Tú y yo vamos a hablar ahora mismo —dijo Dani, arrastrando a un Gavi que protestaba a voz en grito, pero que extrañamente no se soltaba.
En cuestión de segundos, Pedri se quedó solo frente a Ferran. El silencio que quedó tras la partida de sus amigos fue incómodo y pesado. Pedri miró al suelo, contando las baldosas, deseando que la tierra se lo tragara. Ferran hizo ademán de caminar, pasando justo por su lado y chocando deliberadamente su hombro contra el de Pedri.
El impacto no fue fuerte, pero fue suficiente para que Pedri se tambaleara. Ferran se detuvo un par de pasos más allá, de espaldas a él.
—Dile a tu amigo que se aleje de Dani —soltó Ferran sin volverse—. No quiero que gente de tu clase cause problemas en nuestro círculo.
Algo dentro de Pedri, algo que había estado dormido bajo capas de timidez y admiración ciega, estalló. La calidez de su carácter se transformó en una llama de indignación. ¿Cómo se atrevía? No solo lo había humillado a él ignorando sus sentimientos, sino que ahora menospreciaba a Gavi, la única persona que siempre le había cubierto las espaldas.
—¿Gente de mi clase? —preguntó Pedri, su voz temblando, pero no de miedo, sino de rabia—. ¿A qué te refieres exactamente con eso, Ferran?
Ferran se giró lentamente, pareciendo sorprendido de que el chico que hace dos semanas casi llora frente a él ahora le estuviera respondiendo.
—Sabes perfectamente a qué me refiero —respondió Ferran, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus músculos se tensaran bajo la camisa del uniforme—. Dani tiene un futuro, tiene una reputación. No necesita andar con alguien tan... ruidoso y problemático.
—Gavi es mil veces mejor persona de lo que tú serás nunca —dijo Pedri, dando un paso hacia él, acortando la distancia que antes le aterraba—. Y si Dani se junta con él, será porque Gavi tiene algo que tú claramente no tienes: corazón.
Ferran arqueó una ceja, su expresión endureciéndose.
—Vaya, resulta que el gatito tiene garras —se burló, aunque en el fondo de su mirada hubo un destello de algo parecido al interés—. Escúchame bien, Pedri. Lo de hace dos semanas fue una cortesía. Te ignoré para no tener que decirte en la cara que no estoy interesado en perder el tiempo con alguien que ni siquiera puede mantener la mirada.
—¡No me conoces! —exclamó Pedri, sintiendo las lágrimas de frustración agolparse en sus ojos, pero negándose a dejarlas caer—. Me ignoraste porque eres un arrogante que cree que el mundo termina donde termina su sección. No me conoces, no conoces a Gavi y no tienes derecho a decirnos qué hacer.
—Tengo el derecho que me da la lógica —replicó Ferran, aunque dio un paso hacia Pedri, invadiendo su espacio personal—. Eres un distraído, siempre con esa sonrisa boba, pensando que la vida es un cuento. Y tu amigo es una bomba de tiempo.
—Mi "sonrisa boba" es porque soy feliz, Ferran —dijo Pedri, bajando la voz, pero manteniéndola firme—. Algo que tú no pareces ser, a pesar de ser tan "inteligente" y tan "perfecto". Eres tan frío que das pena.
Ferran guardó silencio por un momento. La cercanía era peligrosa. Podía oler el perfume suave de Pedri, algo que recordaba a vainilla y sol, un contraste absoluto con el aura de tensión que los rodeaba. Por un segundo, el orgullo de Ferran flaqueó. Había algo en la valentía desesperada de Pedri que lo desconcertaba.
—No vuelvas a hablarme así —dijo Ferran, aunque el tono ya no era tan cortante.
—Te hablaré como me dé la gana si sigues insultando a mis amigos —respondió Pedri, sintiéndose extrañamente empoderado—. Y no te preocupes, no volveré a cometer el error de declararme. Ya me quedó claro que no vales el esfuerzo.
Pedri dio media vuelta para marcharse, con el corazón martilleando contra sus costillas. Sin embargo, no había dado ni tres pasos cuando sintió una mano firme cerrándose sobre su muñeca.
—Espera —dijo Ferran.
Pedri se giró, confundido. Ferran parecía estar librando una batalla interna. Sus ojos, antes fríos, ahora mostraban una chispa de molestia, pero también de algo que Pedri no supo identificar.
—¿Qué quieres ahora? ¿Vas a burlarte más? —preguntó Pedri.
—No me estaba burlando —soltó Ferran, soltando su muñeca como si se hubiera quemado—. Solo... me sorprendió. Lo de aquel día. No sabía quién eras.
—Eso no te da derecho a ser un imbécil.
Ferran soltó un suspiro pesado, pasando una mano por su cabello perfectamente peinado.
—Mira, Pedri... las cosas en la sección A son diferentes. Hay mucha presión. Dani y yo... no podemos permitirnos distracciones.
—¿Distracciones? ¿Así es como llamas a los sentimientos? —Pedri soltó una risa amarga—. Definitivamente, Ferran, eres más inteligente en los libros que en la vida real.
—¡No soy frío! —estalló Ferran, dando un paso rápido hacia él, acorralando a Pedri contra la pared del pasillo—. Simplemente no sé qué hacer con alguien como tú. Eres... demasiado. Demasiado alegre, demasiado ruidoso en tu silencio, demasiado... cálido.
Pedri se quedó sin aliento. La proximidad de Ferran era abrumadora. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del otro chico, una fuerza que contradecía sus palabras anteriores. Los ojos de Ferran bajaron por un segundo a los labios de Pedri antes de volver a sus ojos.
—¿Demasiado cálido? —susurró Pedri, su timidez regresando al galope—. Hace un momento dijiste que era una distracción.
—Lo eres —admitió Ferran, su voz ahora era un murmullo ronco—. Llevo dos semanas sin poder concentrarme en las clases porque no dejo de ver tu cara cuando te fuiste corriendo. No me gusta no tener el control, Pedri. Y tú me haces perderlo.
Pedri parpadeó, procesando las palabras. ¿Acaso Ferran Torres estaba admitiendo que le afectaba?
—¿Estás diciendo que... te gusto? —preguntó Pedri con incredulidad.
Ferran apretó los dientes, su mandíbula marcándose con fuerza. Los celos que había sentido al ver a Pedri tan cerca de Gavi, la rabia que le provocaba que Pedri le gritara, todo cobraba sentido ahora.
—Digo que me molestas —respondió Ferran, aunque no se alejó—. Me molesta que me gustes. Me molesta que seas de la sección F y que seas tan diferente a todo lo que conozco.
Pedri sintió que su corazón daba un vuelco. La valentía volvió a él, esta vez mezclada con una pizca de travesura.
—Pues qué pena por ti, Ferran —dijo Pedri, apoyando sus manos en el pecho del chico más alto, sintiendo el latido acelerado bajo la tela—. Porque si quieres algo conmigo, vas a tener que esforzarte mucho más que simplemente acorralarme en un pasillo. Vas a tener que pedir perdón a Gavi, y vas a tener que aprender a sonreír de vez en cuando.
Ferran se quedó helado. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a ponerle condiciones. Pero, al mirar los ojos decididos de Pedri, se dio cuenta de que estaba perdido.
—¿Perdón a Gavi? Eso es pedir demasiado —gruñó Ferran, aunque no quitó las manos de Pedri.
—Tómalo o déjalo, Tiburón.
Antes de que Ferran pudiera responder, el sonido de unos pasos rápidos y risas ahogadas llegó desde el final del corredor. Gavi y Dani regresaban, y por la forma en que Gavi se arreglaba el cuello de la camisa y Dani evitaba mirar a cualquier lado que no fuera el suelo, estaba claro que su "charla" había sido muy productiva.
—¡Pedri! —exclamó Gavi, deteniéndose en seco al ver la escena—. ¿Qué está haciendo este ahora? Si te está molestando, le rompo la...
—Está bien, Gavi —lo interrumpió Pedri, alejándose suavemente de Ferran, aunque le lanzó una última mirada significativa—. Ferran solo estaba... disculpándose.
Dani miró a Ferran con una ceja levantada, conteniendo una sonrisa. Conocía a su amigo mejor que nadie y sabía que esa expresión de Ferran era de derrota absoluta.
—¿Ah, sí? —dijo Gavi, cruzándose de brazos y mirando a Ferran con sospecha—. Pues no lo he oído.
Ferran miró a Pedri, luego a Gavi, y finalmente a Dani, que le hizo un gesto de "hazlo por tu propio bien". Ferran suspiró, sintiendo que su reputación de chico duro se desmoronaba por segundos.
—Siento... —comenzó Ferran, las palabras pareciendo atascarse en su garganta—, siento haber dicho que eras un problema, Gavi. Dani parece... apreciar tu compañía.
Gavi parpadeó, sorprendido por la sinceridad forzada pero real en la voz de Ferran.
—Bueno... —refunfuñó Gavi, suavizando su postura—. Supongo que no eres tan imbécil como pareces. Solo un poco.
—Vámonos, Gavi —dijo Pedri, tomando a su amigo del brazo—. Tenemos clase de Historia y ya llegamos tarde.
Mientras se alejaban, Pedri sintió una mirada clavada en su espalda. Se giró por un segundo y vio a Ferran todavía allí, observándolo con una intensidad que le hizo arder la piel. Ferran le dedicó un asentimiento casi imperceptible, una promesa silenciosa de que esto no había terminado.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Gavi cuando estuvieron lo suficientemente lejos—. ¿De verdad se ha disculpado?
—Creo que sí —respondió Pedri, con una sonrisa que esta vez no tenía nada de tímida—. Creo que la sección A y la F van a tener que aprender a convivir, Gavi.
—Si eso significa que Dani deja de esconderse, por mí bien —murmuró Gavi, sonrojándose ligeramente.
Pedri rió, sintiendo que el aire era más ligero. Había entrado al pasillo como la víctima de una burla y salía de él con el corazón de Ferran Torres en un puño, aunque el Tiburón aún no lo supiera del todo. La batalla por el orgullo apenas comenzaba, pero Pedri sabía que, en el juego del amor, la calidez siempre terminaba por derretir el hielo más grueso.
