
Nya
Fandom: Ninguno
Creado: 6/9/2026
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Alquimia de la Sangre y el Deseo
La noche siempre había sido el dominio de Kou Arahara. Para un vampiro de su linaje, la oscuridad no era una ausencia de luz, sino un lienzo lleno de matices, sonidos y, sobre todo, aromas. El aire nocturno de la ciudad solía ser una mezcla caótica de smog y humanidad, pero el aire que rodeaba la casa de Masato era diferente. Olía a hierbas secas, a azufre residual y a ese aroma dulce y terroso que solo un brujo dedicado a la alquimia podía desprender.
Kou no necesitó llaves. Sus dedos, largos y de uñas impecables, manipularon la cerradura con una destreza sobrenatural. Un leve click fue el único testamento de su entrada ilegal. Eran la 1:30 de la mañana. Sabía perfectamente que los niños estaban en el internado para criaturas nocturnas; había vigilado la casa desde las sombras, observando cómo las luces se apagaban una a una, esperando el momento exacto en que el silencio se volviera absoluto.
Cerró la puerta tras de sí con una delicadeza casi poética. El interior de la casa era un laberinto de frascos, libros antiguos y muebles de madera oscura que Masato se negaba a cambiar. Kou avanzó por el pasillo, sus sentidos agudizados detectando cada mota de polvo en el aire. Se dirigía a la habitación principal con la intención de molestar, de ser sarcástico, de recordarle a su exmarido que, aunque estuvieran divorciados, él todavía podía entrar en su espacio cuando quisiera.
Sin embargo, a medida que se acercaba a la puerta de madera, un sonido lo detuvo en seco.
No era el sonido de un intruso. Era algo mucho más íntimo. El chirrido rítmico de los resortes de la cama se mezclaba con una respiración entrecortada. Kou se quedó estático, sus ojos volviéndose de un carmesí brillante en la penumbra. Un puño se cerró con fuerza a su costado, las uñas clavándose en su palma pálida. ¿Quién demonios estaba allí? Había vigilado la entrada. Nadie había entrado después de que los niños se marcharan.
Entonces, lo escuchó.
—Kou... —El nombre salió de los labios de Masato como un suspiro, un tartamudeo ahogado por el placer.
El vampiro sintió un calor repentino subir por su cuello. Masato no era un hombre dado a las exhibiciones vocales; siempre había sido reservado, incluso en sus momentos más cercanos. Escuchar su propio nombre pronunciado en ese tono, en medio de la soledad de la madrugada, hizo que el orgullo de Kou flaqueara, reemplazado por una curiosidad voraz y un deseo punzante.
Empujó la puerta con una lentitud milimétrica.
La escena que encontró fue mejor que cualquier cosa que hubiera imaginado. Masato estaba sobre la cama, de espaldas a la entrada. Aún conservaba la parte superior de su vestimenta: una camisa blanca impecable bajo un corsé negro que acentuaba su cintura, una prenda que Kou sabía que usaba para mantener la postura durante sus largas horas en el laboratorio. Sus pantalones estaban por los suelos. Estaba montando un dildo con movimientos lentos y erráticos, su cabeza echada hacia atrás mientras sus manos se aferraban a las sábanas revueltas.
Kou no pudo evitarlo. Se movió como una sombra, cruzando la habitación sin hacer ruido hasta quedar justo detrás de él. Se inclinó, permitiendo que el frío de su cuerpo contrastara con el calor que emanaba de la piel del brujo.
—¿Te diviertes, brujito? —susurró Kou cerca de su oído, su voz ronca y cargada de una malicia seductora.
Masato dio un respingo violento, sus hombros se tensaron y soltó un grito ahogado mientras trataba desesperadamente de cubrirse con las sábanas, girándose para enfrentar al intruso. Sus ojos, normalmente cansados, estaban dilatados por la sorpresa y la vergüenza.
—¡¿Qué demonios haces aquí?! —exclamó Masato, su voz recuperando parte de su autoridad a pesar del rubor que cubría sus mejillas—. ¡Te he dicho mil veces que no entres así!
Kou soltó una risa seca, elegante, mientras observaba cómo el brujo intentaba mantener la dignidad en una situación imposible. Con un movimiento rápido, Kou apartó el juguete de la cama, lanzándolo al suelo como si fuera basura, y comenzó a rodear a Masato con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.
—Vine buscando un poco de conversación tranquila —mintió Kou, sus ojos fijos en la piel clara de Masato—, pero parece que encontré algo mucho más... valioso.
—Eres un imbécil, Arahara —gruñó Masato, aunque su respiración seguía siendo errática.
Lo que Kou no esperaba era la velocidad de reacción del brujo. Antes de que pudiera burlarse de nuevo, Masato realizó un movimiento fluido con las manos. Un destello de luz violeta cegó al vampiro por una fracción de segundo. Cuando Kou recuperó la visión, se encontró de espaldas a la cama, con las muñecas atadas firmemente al respaldo de madera mediante una soga de seda roja, encantada para resistir su fuerza sobrenatural.
Masato estaba ahora sobre él, con una sonrisa triunfal que no encajaba con su usual calma. En su mano derecha sostenía un pequeño frasco de cristal con un líquido rosado que parecía brillar con luz propia.
—¿Qué es eso? —preguntó Kou, forzando una sonrisa a pesar de su posición—. ¿Vas a envenenarme por fin?
—Es una poción afrodisíaca de alta concentración —respondió Masato, descorchando el frasco con los dientes—. Estaba experimentando con ella antes de que decidieras irrumpir. Ya que me interrumpiste, ahora me servirás de sujeto de pruebas. La usaremos como lubricante.
Masato no perdió el tiempo. Con una eficiencia casi clínica, desnudó a Kou. El vampiro, a pesar de su terquedad, no pudo ocultar su excitación; su cuerpo reaccionaba a la cercanía del brujo con una intensidad que odiaba admitir. Masato vertió apenas unas gotas del brebaje sobre el miembro de Kou y comenzó a distribuirlo con movimientos lentos y expertos.
Kou soltó un quejido bajo, cerrando los ojos. La sensación era abrumadora. No era solo el contacto físico; era la magia filtrándose por sus poros, amplificando cada terminación nerviosa.
—Masato... —gruñó Kou, tirando de las sogas.
—Silencio —ordenó el brujo.
Masato se posicionó y se dejó caer sobre él. El contacto inicial les arrancó un suspiro a ambos. El brujo comenzó a moverse, dando pequeños saltos rítmicos. Sus gemidos ahora eran más fuertes, más deliberados, una burla deliciosa dirigida al ego del vampiro. Kou sentía que su mente se nublaba; la poción estaba haciendo efecto, borrando su control, dejando solo la necesidad de poseer y ser poseído.
El clímax llegó rápido, una explosión de sensaciones amplificadas por la alquimia. Ambos terminaron al mismo tiempo, jadeando, con el sudor pegando sus cuerpos en el silencio de la habitación.
Masato se dejó caer a un lado, pasando un dedo por el abdomen de Kou con una chispa de diversión en los ojos.
—Parece que la poción funciona —dijo Masato, recuperando el aliento—. Debería anotar los efectos secundarios en mi diario.
Kou, sin embargo, no había terminado. Su orgullo herido y su deseo despertado por la magia exigían una retribución. Con un gruñido gutural, tensó sus músculos. Las sogas rojas, a pesar del encantamiento, cedieron ante la fuerza bruta de un vampiro enfurecido y excitado. En un parpadeo, las posiciones se invirtieron. Masato se encontró atrapado bajo el peso de Kou.
—¿Sujeto de pruebas, eh? —dijo Kou, arrebatándole el frasco de la mano.
—Kou, espera, eso es demasiado... —empezó a decir Masato, sus ojos abriéndose con auténtico temor al ver las intenciones del vampiro.
—Si vamos a experimentar, hagámoslo bien —sentenció Kou.
Sin escuchar las protestas, Kou vertió el resto del frasco —una cantidad peligrosa y exagerada— sobre el cuerpo de Masato y las sábanas. El efecto fue instantáneo. La piel del brujo se volvió extremadamente sensible; incluso el roce del aire parecía quemarlo de placer.
Kou no fue gentil en esta segunda ronda. La poción había eliminado cualquier rastro de reserva. Era un encuentro bruto, primario, donde la elegancia del vampiro se perdió en embestidas feroces que hacían que Masato gritara, arqueando la espalda, perdido en una vorágine de sensaciones que rozaban la tortura y el éxtasis.
—¡Kou! ¡Para... no, no pares! —gritaba Masato, sus manos buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse.
En medio del frenesí, la mente de Masato, nublada por el afrodisíaco pero aún conectada a sus instintos de brujo, buscó una forma de anclarse a la realidad. Sus dedos tantearon debajo de la almohada hasta encontrar un pequeño cuchillo ritual que siempre guardaba allí por seguridad.
Con un movimiento rápido y preciso, se hizo un corte en la clavícula. La sangre, roja y cargada de la energía mágica de un alquimista, brotó de inmediato. El olor inundó la habitación, golpeando los sentidos de Kou como un mazo.
Masato extendió sus manos hacia el rostro del vampiro, sus ojos brillando con una intensidad salvaje que Kou nunca había visto en los años que estuvieron casados.
—¡Muérdeme! —exigió el brujo, su voz era una orden y una súplica al mismo tiempo.
Kou se quedó estupefacto por un segundo. Sabía lo que significaba morder a un brujo en ese estado; la sangre de Masato, combinada con la poción y el acto mismo, sería como beber fuego líquido. Pero sus instintos de depredador ganaron la batalla.
Sus colmillos se extendieron por completo, brillando bajo la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Se hundió en el cuello de Masato con una necesidad voraz, bebiendo la esencia de su exmarido mientras continuaba moviéndose dentro de él. El grito de Masato fue ahogado por el pecho de Kou, una mezcla de dolor puro y placer absoluto.
El intercambio de fluidos y magia creó un vínculo momentáneo, una explosión de colores y recuerdos que los dejó a ambos exhaustos. Cuando Kou finalmente se retiró, sus labios estaban manchados de carmesí y sus ojos habían recuperado su color oscuro habitual, aunque con un brillo de satisfacción innegable.
Se desplomaron sobre la cama, que ahora era un desastre de fluidos, pociones y sábanas rasgadas. El silencio regresó a la casa, pero ya no era un silencio vacío. Era el silencio pesado y cómodo de dos personas que, a pesar de sus errores y su pasado, seguían encontrando la forma de encajar, aunque fuera de la manera más caótica posible.
—La próxima vez —logró decir Masato, con la voz completamente rota—, toca la maldita puerta.
Kou soltó una risita, acomodándose al lado del brujo y pasando un brazo protector sobre sus hombros, ignorando el hecho de que hace diez minutos estaban intentando dominarse el uno al otro.
—Sabes que no lo haré —respondió Kou, cerrando los ojos—. Pero quizás traiga yo la próxima poción.
Masato no respondió, simplemente se acurrucó contra el frío pecho del vampiro, dejando que el sueño lo reclamara mientras el aroma a sangre y magia se desvanecía lentamente en la noche.
