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Fandom: Fedri
Creado: 6/9/2026
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El peso del silencio
Diez años es mucho tiempo para amar a alguien en silencio, o al menos, para intentarlo. Pedri lo sabía mejor que nadie. Desde que eran unos niños en la secundaria, su mundo había orbitado alrededor de Ferran Torres. Había sido una devoción casi religiosa: notas anónimas en su taquilla, botellas de agua fría después de cada entrenamiento, miradas robadas desde la grada y esa timidez crónica que le impedía confesar lo que sentía cara a cara. Pedri era luz, era calidez y, sobre todo, era una persistencia inquebrantable.
Pero incluso el sol se cansa de brillar si nadie aprovecha su calor.
Ahora, en su último año de universidad, algo dentro de Pedri simplemente se rompió. No fue un evento traumático, sino un cansancio lento y pesado que se le instaló en los huesos. Se miró al espejo una mañana y se dio cuenta de que ya no quería ser la sombra de alguien que solo lo miraba como a un mueble más del paisaje.
—Se acabó, Gavi —le dijo a su mejor amigo mientras caminaban hacia la facultad—. Ya no más Ferran. No más notas, no más partidos, no más esperas.
Gavi lo miró con escepticismo, ajustándose la mochila.
—Llevas diciendo eso desde los quince, Pedri.
—Esta vez es verdad —sentenció el canario con una chispa de rebeldía en sus ojos—. Me merezco vivir mi propia vida, no la suya.
Y lo cumplió. Durante las semanas siguientes, Pedri se transformó. Ya no pasaba por el pasillo de ingeniería para "ver si de casualidad" se cruzaba con Ferran. Ya no se sentaba en la cafetería en el ángulo exacto donde podía vigilar su mesa. Empezó a salir con chicos de su propia sección, a reír a carcajadas sin preocuparse por si Ferran lo escuchaba, y a ignorar olímpicamente la presencia del valenciano.
Ferran, por su parte, al principio no le dio importancia. Era un chico minucioso, inteligente y extremadamente tranquilo, acostumbrado a que Pedri estuviera allí, como una constante matemática. Pensó que quizás el tinerfeño estaba enfermo o agobiado con los exámenes finales. Pero cuando pasaron diez días y lo vio en el campus, rodeado de gente nueva, riendo de una forma que nunca le había visto, algo crujió en su pecho.
Ferran estaba apoyado en una columna, observándolo. Esperaba que Pedri, al sentir su mirada, se girara con esa timidez adorable y le dedicara una sonrisa nerviosa. Pero Pedri lo vio, sus ojos se cruzaron por un segundo, y el canario simplemente desvió la vista como si Ferran fuera un completo desconocido, continuando su conversación con un chico alto que le pasaba el brazo por los hombros.
Ferran apretó los puños, sintiendo una punzada de algo que se negaba a llamar celos. "Es solo la costumbre", se mintió a sí mismo mientras caminaba hacia su aula, incapaz de concentrarse en sus planos de arquitectura.
La tensión alcanzó su punto máximo el viernes por la tarde, durante el torneo interfacultades de fútbol. Pedri solía ir a todos los partidos de Ferran, animándolo con una pancarta discreta o simplemente con su presencia constante. Esta vez, Pedri estaba en la grada, sí, pero en el lado opuesto. Estaba allí para apoyar a Robert, el novio de Gavi, que jugaba en el equipo rival al de Ferran.
Desde el centro del campo, Ferran observaba la escena. Pedri gritaba el nombre de Robert, reía con Gavi y parecía estar pasándoselo mejor que nunca. La rabia, un sentimiento ajeno a su naturaleza paciente, empezó a hervirle en la sangre.
—¿Qué te pasa, Torres? —le gritó un compañero—. ¡Céntrate!
Pero Ferran no podía. Cada vez que tenía el balón, buscaba la portería de Robert con una agresividad inusual. Quería marcar, quería demostrar algo, quería que Pedri lo mirara a él. Pero fallaba. Una, dos, tres veces. El balón salía desviado o Robert lo atajaba con una sonrisa de suficiencia que solo lograba enfurecer más al valenciano.
En una jugada dividida, el choque fue inevitable. Ferran y Robert fueron a por un balón dividido con demasiada fuerza. Terminaron en el suelo, pero se levantaron de inmediato, pechándose, con los rostros a pocos centímetros.
—¡Aprende a jugar, animal! —le gritó Robert, empujándolo.
—¡Cierra la boca y juega, que solo sabes lucirte porque él te mira! —escupió Ferran, refiriéndose a Pedri, aunque no se atrevió a decir su nombre.
Los insultos volaron. El árbitro tuvo que intervenir antes de que llegaran a las manos, pitando el final del tiempo reglamentario para que ambos equipos se enfriaran. Ferran se fue a la banda, pero no a la suya. Se sentó deliberadamente cerca de donde Pedri, Gavi y Robert se estaban reuniendo.
—Ese tío está loco —decía Robert, todavía con la adrenalina a mil, mientras se limpiaba el sudor—. Casi me rompe el tobillo en esa última entrada.
—Tranquilo, Robert, solo es un partido —trató de calmarlo Gavi, poniéndole una mano en el pecho.
—¡No me digas que me calme! —Robert estaba fuera de sí—. Y todo por culpa de tu amigo y su estúpido crush.
Pedri, que estaba sentado en el césped bebiendo agua, levantó la vista, confundido.
—¿Qué tengo que ver yo? —preguntó con voz suave.
—¡Que el imbécil de Torres no deja de mirarte! —gritó Robert, señalando hacia donde Ferran fingía no escuchar—. Está jugando como un desquiciado porque estás aquí y no le haces ni caso. ¡Me ha arruinado el partido porque no sabe gestionar sus celos de mierda!
Pedri se quedó mudo. Sus ojos grandes y cálidos se llenaron de una mezcla de sorpresa y dolor. Miró a Ferran por un instante, pero volvió a bajar la vista.
—Eso no es verdad —susurró Pedri—. Él ni siquiera sabe que existo.
—¡No me jodas, Pedri! —Robert dio un paso hacia él, descargando su frustración con la persona equivocada—. Por tu culpa casi me lesiono. ¡Eres un estorbo!
Gavi reaccionó de inmediato, empujando a su propio novio con fuerza.
—¡Eh! ¡A él no le hables así! ¡Cálmate o te juro que te dejo aquí mismo!
Pero Robert, cegado por el enfado y el agotamiento, no se detuvo. En un arrebato de ira, se giró hacia Pedri y lo empujó con fuerza. Pedri, que no se lo esperaba y estaba mal apoyado, cayó de espaldas contra el suelo duro de la banda, soltando un pequeño quejido de dolor al golpearse los codos.
No pasó ni un segundo antes de que una sombra cruzara el espacio.
Ferran, que había estado escuchando cada palabra con los músculos en tensión, se lanzó sobre Robert. No fue un empujón cualquiera; fue una descarga de furia contenida durante diez años. Empujó a Robert con tanta fuerza que el otro chico retrocedió varios metros antes de caer al suelo.
—¡No vuelvas a ponerle la mano encima! —rugió Ferran, con una voz que nadie le había escuchado nunca. Su calma habitual había desaparecido, reemplazada por una protección feroz.
Pedri, desde el suelo, miraba la escena con el corazón en la garganta. Gavi estaba en shock, mirando alternativamente a su novio y a Ferran.
—¿Qué te pasa a ti ahora? —gritó Robert, levantándose con rapidez, dispuesto a pelear de verdad—. ¡Si tanto te gusta, haberlo cuidado antes, que lo has tenido detrás como un perro diez años y no le has dado ni la hora!
Ese comentario fue el detonante. Ferran se lanzó de nuevo, y esta vez los puños empezaron a volar. Gavi intentaba meterse en medio, gritando que pararan, mientras otros jugadores corrían desde el campo para separarlos.
Pedri se puso de pie lentamente, sintiendo el escozor en sus codos y un nudo amargo en la garganta. Ver a Ferran pelear por él debería haber sido el sueño de su vida, pero en ese momento solo sentía una profunda tristeza. Se acercó a la maraña de gente, ignorando los gritos.
—¡Basta! —gritó Pedri. Su voz no era fuerte, pero tenía un tono que hizo que Ferran se detuviera en seco, con el puño en el aire y el labio partido.
Ferran miró a Pedri. El canario tenía los ojos empañados y la ropa sucia de tierra. La culpabilidad golpeó al valenciano con la fuerza de un camión. Soltó la camiseta de Robert, quien fue apartado rápidamente por Gavi hacia el otro lado de la cancha.
Se quedaron solos en un pequeño círculo de silencio en medio del caos del torneo. Ferran respiraba con dificultad, su pecho subiendo y bajando, mientras la sangre le manchaba la barbilla.
—Pedri... —empezó Ferran, dando un paso hacia él, intentando recuperar su tono minucioso y tranquilo, pero su voz temblaba—. Déjame ver tus codos, te has hecho daño.
Pedri dio un paso atrás, ocultando sus brazos tras la espalda. Sus ojos, antes llenos de una adoración infinita, ahora solo mostraban cansancio.
—¿Ahora te importa, Ferran? —preguntó Pedri con una voz quebrada—. ¿Después de diez años, hoy es el día en que decides que te importa si me caigo?
—No es así —dijo Ferran, desesperado por explicar algo que él mismo apenas estaba comprendiendo—. Siempre me ha importado, es solo que... no sabía cómo...
—Sabías perfectamente cómo —lo interrumpió Pedri, sintiendo una chispa de su antigua rebeldía—. Sabías que estaba ahí. Sabías que te dejaba notas. Sabías que iba a cada partido. Y no hiciste nada hasta que dejé de hacerlo. No te gusto yo, Ferran. Te gusta que yo esté pendiente de ti. Y eso no es lo mismo.
Ferran sintió como si le hubieran vaciado un balde de agua helada. Él, que se jactaba de ser inteligente y meticuloso, se dio cuenta de que había cometido el error de cálculo más grande de su vida. Había dado por sentado el amor de Pedri como si fuera una ley física, algo que siempre estaría ahí sin necesidad de mantenimiento.
—Te equivocas —dijo Ferran, su voz ahora baja y cargada de una honestidad cruda—. Me di cuenta de que te quería el primer día que no encontré una nota en mi taquilla. Me pasé toda la mañana buscándote por los pasillos. Y cuando te vi con esos chicos... sentí que me moría. Soy un idiota, Pedri. Un idiota celoso que no supo valorar lo que tenía hasta que te vio caminar hacia otro lado.
Pedri guardó silencio, procesando las palabras. El viento soplaba suavemente, alborotando su cabello castaño. Por un momento, la vieja chispa de esperanza brilló en sus ojos, pero la apagó rápidamente. No podía ser tan fácil.
—Me dolió mucho, Ferran —susurró Pedri—. Esperar tanto tiempo duele.
—Lo sé —Ferran se acercó de nuevo, esta vez con más cautela, extendiendo una mano pero sin llegar a tocarlo—. Y no espero que me perdones ahora. Pero no me pidas que me quede quieto mientras alguien te hace daño o mientras te alejas. He sido un cobarde durante diez años, pero ya no quiero serlo.
Pedri miró la mano de Ferran. Era una mano fuerte, la mano de alguien que acababa de meterse en una pelea por él, algo totalmente impropio del Ferran Torres que todos conocían.
—Tu labio está sangrando —dijo Pedri finalmente, rompiendo la tensión.
Ferran sonrió con amargura, llevándose los dedos a la herida.
—Me lo merezco. Por Robert y por ser un estúpido contigo.
Pedri suspiró, su naturaleza cariñosa ganándole la batalla al rencor. Sacó un pañuelo limpio de su mochila y se acercó un paso. Ferran se quedó inmóvil, casi conteniendo el aliento, mientras Pedri presionaba con suavidad la tela contra su labio.
La cercanía era embriagadora. Ferran podía oler el perfume suave de Pedri, el mismo que lo había perseguido en sueños durante años. Sus ojos se encontraron y, por primera vez en una década, no hubo timidez de un lado ni indiferencia del otro. Hubo una verdad desnuda y compartida.
—Esto no significa que todo esté bien —advirtió Pedri, aunque no se alejó—. Todavía estoy enfadado. Y todavía voy a seguir saliendo con mis amigos.
Ferran asintió, aceptando las condiciones.
—Lo entiendo. Pero ahora soy yo el que va a ir a tus partidos de debate. Y el que te va a dejar notas en la mochila. Y el que va a tener que ganarse que me mires de nuevo.
Pedri sintió un calorcito familiar en el pecho, ese que solo Ferran lograba provocar.
—Va a ser difícil, Torres —dijo con una pequeña sonrisa rebelde—. Soy muy exigente.
Ferran se permitió una pequeña risa, a pesar del dolor en el labio. Agarró con suavidad la muñeca de Pedri, la que sostenía el pañuelo, y depositó un beso casto en la palma de su mano.
—Tengo todo el tiempo del mundo, Pedri. Otros diez años si hace falta. Pero esta vez, no voy a dejar que te canses de mí.
Pedri lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba persiguiendo una sombra. Sintió que, finalmente, alguien lo estaba esperando a él. La universidad estaba llegando a su fin, pero quizás, solo quizás, su verdadera historia apenas estaba comenzando.
—Empecemos por limpiar esa herida en la enfermería —dijo Pedri, empezando a caminar—. Y ni se te ocurra volver a pelearte con Robert, Gavi me matará.
—Solo si él no vuelve a tocarte —murmuró Ferran, siguiéndolo de cerca, recuperando ese instinto protector y celoso que ahora sabía que no podía ocultar más.
Caminaron juntos por el campus, bajo la luz dorada del atardecer. Ya no había notas anónimas ni miradas escondidas. Solo dos chicos que, tras una década de desencuentros, finalmente habían aprendido a hablar el mismo idioma.
