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Nya 2

Fandom: Ninguno

Creado: 10/9/2026

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Fórmulas mal calculadas

Kou se quedó petrificado en medio del pasillo, con la mano suspendida a escasos centímetros del pomo de roble gastado. El silencio de la casa, que hasta hacía unos segundos se antojaba sepulcral, ahora estaba roto por una cadencia de respiraciones agitadas y un jadeo entrecortado que el vampiro reconoció al instante. Sin embargo, lo que terminó de paralizar sus sentidos sobrehumanos no fue la intimidad involuntaria de la escena, sino la mención furiosa, trémula y desesperada de su propio nombre brotando de los labios de su exmarido.

—¡Maldita sea, Kou!

El sonido de un frasco de vidrio rodando sobre una alfombra gruesa fue seguido por el chirrido impaciente de madera contra madera. Masato estaba revolviendo cajones con una urgencia casi violenta, soltando maldiciones entre dientes mientras su respiración se negaba a estabilizarse.

Kou frunció el ceño. Sus ojos de un verde pálido destellaron en la penumbra del pasillo, agudizando su visión mientras ladeaba la cabeza. Había vigilado los alrededores desde el tejado vecino antes de deslizarse al interior; sabía con absoluta certeza que los tres niños habían partido hacia la academia nocturna dos horas antes y que nadie más había cruzado el umbral. No había intrusos. No había amantes furtivos. Solo estaba Masato, a la una y media de la madrugada, gimiendo su nombre y desmantelando su propia habitación.

La curiosidad, mezclada con un retorcido y característico orgullo vampírico, venció a cualquier noción de privacidad. Kou apoyó dos dedos en el pestillo, aplicó la presión exacta para vencer el mecanismo sin producir un solo chasquido y abrió la puerta despacio.

El panorama en el interior distaba mucho de ser una fantasía lasciva, aunque el ambiente estaba cargado de un calor asfixiante y un aroma denso que a Kou le picó la nariz de inmediato. En el aire flotaban pequeñas partículas luminiscentes de color carmesí, restos de un polvo alquímico mal disuelto que titilaba con una suave pulsación mágica.

En el centro del desastre, arrodillado frente a una cómoda repleta de frascos y papeles desordenados, estaba Masato.

El brujo llevaba una camisa oscura desabotonada casi hasta el ombligo, empapada en un sudor fino que hacía relucir su piel pálida bajo la tenue luz de las velas encantadas. Su cabello corto, de ese inconfundible tono menta, estaba alborotado y húmedo, pegándose en mechones desordenados a su frente. Sus ojos rojos, habitualmente cargados de un cansancio sereno y paciente, brillaban con una fiebre intensa y descontrolada. Tenía una mano apoyada sobre la madera para no caer de bruces, mientras la otra escarbaba desesperadamente entre viales, raíces secas y pergaminos.

—¿Buscabas algo, Masato? —preguntó Kou desde el marco de la puerta, con una voz suave, arrastrada y teñida de un sarcasmo impecable—. ¿O es que pronunciar mi nombre en la oscuridad es tu nuevo método para organizar el inventario?

Masato se sobresaltó tanto que golpeó el borde del cajón con la frente. Un quejido sordo escapó de su garganta y, al girar el rostro hacia la entrada, la sorpresa se transformó rápidamente en pura indignación. Intentó ponerse de pie, pero sus piernas parecieron fallarle a mitad de camino, obligándolo a sostenerse de la esquina del mueble con nudillos blancos.

—¡¿Qué demonios haces aquí?! —espetó Masato. Su voz salió más ronca de lo que pretendía, quebrándose peligrosamente al final—. ¡Te dije… te dije mil veces que no entraras a mi casa sin avisar!

—Y yo te he dicho mil veces que tus cerraduras son un insulto para cualquiera que tenga más de dos siglos de experiencia —replicó Kou con elegancia. Dio un par de pasos hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas con el talón. Sus ojos recorrieron la estancia con fría precisión—. Además, si hubiera avisado, me habría perdido este espectáculo tan pintoresco. ¿Vas a explicarme por qué hueles como si te hubieras bañado en extracto concentrado de lirio de fuego y por qué sonaba como si estuvieras al borde de un colapso?

—No es… —Masato cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes mientras una nueva ola de calor recorría su cuerpo. Soltó un jadeo tembloroso que intentó disimular mordiéndose el labio inferior, pero el sonido traicionero no pasó desapercibido para el oído del vampiro—. No es lirio de fuego, idiota. Es una decocción de raíz de luna roja combinada con… ¡agh, al diablo! ¿Dónde metí el neutralizador de sales?

—En el tercer cajón de la izquierda, detrás de las escamas de basilisco seco —respondió Kou de inmediato, cruzándose de brazos—. Es donde siempre lo guardabas cuando vivíamos juntos. A menos que tu desorden habitual haya empeorado desde el divorcio.

Masato metió la mano a ciegas en el lugar indicado y, efectivamente, sus dedos rozaron un frasco de vidrio azul cobalto. Sin embargo, el temblor en sus manos era tan severo que, al intentar sacarlo, el frasco se le resbaló y cayó sobre la madera con un golpe seco. Masato dejó escapar un gruñido gutural de frustración, inclinándose hacia adelante con la frente apoyada en el borde del mueble, respirando como si el aire le quemara los pulmones.

—Maldita sea… no puedo concentrar el maná ni para abrir un tapón —murmuró el brujo, con la voz apagada por la desesperación.

Kou suspiró. Se deslizó por la habitación con esa velocidad fantasmal e ingrávida que solo los de su especie poseían. En un parpadeo, la temperatura alrededor de Masato descendió drásticamente; la presencia gélida del vampiro contrastaba de forma brutal con el aire recalentado por la magia. Kou se arrodilló a su lado, recogió el frasco azul y quitó el sello de cera con una uña afilada con pasmosa facilidad.

—Bebe —ordenó Kou, sosteniendo el vial frente a los labios de su exesposo.

Masato no estaba en condiciones de discutir. Se inclinó hacia adelante y tragó el líquido amargo de un solo golpe. El brebaje quemaba la garganta como hielo picado, pero casi de inmediato, las chispas carmesí que flotaban en el aire comenzaron a disiparse y el rubor abrasador de su piel empezó a ceder terreno a su palidez habitual.

Aun así, la reacción tardaría varios minutos en revertirse por completo. Masato se dejó caer hacia atrás, sentándose en el suelo alfombrado con la espalda apoyada contra la cómoda, respirando profundamente mientras trataba de recuperar el control de su cuerpo.

Kou permaneció en cuclillas frente a él, observándolo con una intensidad casi analítica. Sus ojos verde claro captaban cada detalle: el sudor enfriándose en el cuello de Masato, el pulso desbocado que aún resonaba contra su arteria carótida —un sonido que a cualquier vampiro hambriento le resultaría tentador, pero que a Kou simplemente le generaba una familiaridad agridulce— y la molestia evidente en sus ojos carmesí.

—Bien —dijo Kou, dejando el frasco vacío a un lado—. El paciente vivirá. Ahora, ¿me dirás por qué estabas gritando mi nombre como si fuera el culpable de que seas incapaz de medir una dosis de alquimia básica?

Masato lo miró con resentimiento, apartando los mechones menta de sus ojos con una mano que aún temblaba ligeramente.

—¡Porque sí fue tu culpa! —reclamó, señalándolo con un dedo acusador—. ¿Recuerdas la chaqueta que dejaste aquí el mes pasado? ¿La que te negaste a venir a buscar a pesar de mis notas?

Kou arqueó una ceja perfectamente delineada.

—¿La de terciopelo negro? Claro que la recuerdo. Asumí que la estabas cuidando.

—¡Estaba impregnada de tu magia residual y de sangre seca de algún animal nocturno que cazaste sin limpiar tus puños! —exclamó Masato, exasperado—. Estaba intentando destilar un catalizador para un ungüento estabilizador… uno que, por cierto, pretendía enviarte para el colegio de los chicos, para que no tengan problemas con los cambios térmicos del invierno. Necesitaba un rastro de tu firma mágica para que fuera compatible con ellos. Moví tu estúpida chaqueta, una gota de reactivo cayó sobre el cuello de la prenda y provocó una reacción en cadena. El vapor se expandió antes de que pudiera colocar la barrera protectora.

Kou procesó las palabras del brujo en silencio. La soberbia de su porte se suavizó apenas un milímetro. Desvió la mirada hacia un rincón de la habitación antes de volver a fijarla en Masato, esbozando una sonrisa afilada pero carente de verdadera malicia.

—De modo que estabas preparando algo para protegerme a mí y a los niños… inhalaste una mezcla de mi esencia y flores de lujuria lunar, y tu cuerpo reaccionó en consecuencia.

—¡No eran flores de lujuria! —se defendió Masato, sintiendo que el calor amenazaba con subirle a las mejillas de nuevo, esta vez por pura vergüenza—. Eran raíces de luna roja. Solo… tienen efectos secundarios de hipersensibilidad sensorial y elevación de temperatura si entran en contacto con magia vampírica no canalizada.

—Llámalo como quieras —murmuró Kou, inclinándose un poco más hacia él. Su tono bajó a un registro más íntimo, vibrante y bajo—. El resultado fue que estabas en el suelo, retorciéndote y maldiciéndome con una voz que no te escuchaba desde hace un par de años.

—Cállate —gruñó Masato, cubriéndose la cara con ambas manos—. Eres insoportable. Siempre lo has sido. ¿Para qué viniste, Kou? Y sé honesto por una vez en tu condenada y prolongada existencia.

Kou no respondió de inmediato. Se puso de pie con la elegancia fluida que le era innata, sacudió el dobladillo de su abrigo oscuro y caminó hacia la pequeña ventana que daba a los jardines traseros. La luna menguante bañaba su cabello blanco con un brillo plateado, acentuando los ángulos afilados de su rostro.

—Los chicos están en la academia —dijo finalmente, con la vista fija en la oscuridad exterior—. La casa grande está demasiado silenciosa cuando ellos no están. Y hacía semanas que no discutía con alguien que tuviera un coeficiente intelectual superior al de un murciélago recién transformado.

Masato bajó las manos, observando la espalda del vampiro. A pesar de los años de separación, conocía a Kou mejor que nadie. Sabía leer los silencios entre sus palabras altaneras. El vampiro jamás admitiría que se sentía solo, jamás confesaría que extrañaba el bullicio de su antigua vida ni que, en el fondo, buscaba cualquier pretexto —como una chaqueta olvidada o un horario sin niños— para aparecerse en esa pequeña y desordenada casa.

El brujo suspiró largamente. El dolor de cabeza que le había dejado la poción empezaba a remitir, dejando tras de sí un cansancio abrumador. Con esfuerzo, se incorporó del suelo y comenzó a abotonarse la camisa, aunque sus dedos aún estaban algo torpes.

—Podrías haber enviado un mensaje —dijo Masato, con un tono mucho más suave, desprovisto de la agresividad inicial—. Una nota. Un cuervo. Cualquier cosa que no implicara forzar mi cerradura a la mitad de la noche.

—Las notas son impersonales —replicó Kou sin girarse—. Y sabes que detesto a los cuervos. Sueltan demasiadas plumas.

—Eres incorregible.

Masato se acercó a la mesa de trabajo, apartó con cuidado un par de frascos intactos y tomó un paño para limpiar los restos de la decocción derramada. Sintió la presencia de Kou aproximarse a su espalda, deteniéndose justo a una distancia prudente, respetando ese límite invisible que ambos habían trazado tras la firma de los papeles de divorcio, pero que ninguno de los dos parecía tener el valor de mantener del todo intacto.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó Kou. La burla había desaparecido por completo de su voz, reemplazada por una genuina, aunque contenida, preocupación.

Masato dejó el trapo sobre la mesa y se apoyó contra el borde, girándose para mirarlo de frente. Kou estaba muy cerca; el aire frío que desprendía era un alivio reconfortante contra el calor residual que aún persistía en la piel del brujo.

—Estaré bien —respondió Masato con una pequeña sonrisa cansada—. Solo necesito descansar. Y tal vez preparar un té que no intente prender fuego a mis vías respiratorias.

—Puedo prepararlo yo —ofreció Kou, casi en un susurro—. Aún recuerdo cómo te gusta el té de hierbaluisa. Y me aseguraré de no ponerle nada que te haga jadear en vano.

Masato soltó una risa seca, negando con la cabeza, aunque sus ojos rojos se suavizaron visiblemente.

—Si tocas mis hierbas sin supervisión, Kou, te juro que la próxima poción que prepare será para hacer que tus colmillos se vuelvan fosforescentes.

—Sería una mejora estética interesante —contraatacó el vampiro, mostrando la comisura de sus labios en una media sonrisa que dejó entrever la punta de uno de sus colmillos.

Ambos se quedaron en silencio por un momento. La tensión caótica del inicio se había transformado en esa calma familiar y compartida que solían disfrutar durante las madrugadas, cuando el resto del mundo dormía y solo quedaban ellos dos, sus naturalezas opuestas y la historia que aún los ataba de maneras que ninguno de los dos se atrevía a romper del todo.

—La cocina está abajo —dijo Masato finalmente, rompiendo el silencio mientras caminaba hacia la puerta—. Si vas a quedarte a tomar té, al menos ayúdame a revisar los informes escolares de los chicos mientras el agua hierve. La profesora de botánica nocturna dice que Ren sigue usando raíces explosivas en clase.

Kou soltó una suave carcajada que resonó con calidez en la habitación.

—Claramente sacó tu talento para los experimentos destructivos, Masato.

—Y tu absoluta falta de respeto por las figuras de autoridad —añadió el brujo, saliendo al pasillo con una leve sonrisa que no se molestó en ocultar—. Vamos, antes de que me arrepienta de no haberte echado a patadas en cuanto cruzaste la puerta.

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