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Fedri

Fandom: Fedri

Creado: 13/9/2026

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Líneas cruzadas en el jardín de al lado

El zumbido del aire acondicionado era el único sonido que rompía la pesadez de la tarde en la casa de los González. Pedri estaba acurrucado en la esquina del sofá, mirando fijamente la pantalla apagada del televisor mientras abrazaba sus rodillas contra el pecho. Tenía los ojos hinchados, enrojecidos por las horas de llanto silencioso que habían drenado hasta la última gota de su energía habitual.

Había sido una tontería. Una ilusión infantil, se repetía una y otra vez con una punzada amarga en la garganta.

Hacía casi diez años que Ferran vivía en la casa contigua. Una década viéndolo crecer, pasar de ser un adolescente desgarbado a un hombre imponente de veintiséis años, con hombros anchos, mandíbula marcada y esa mirada que oscilaba constantemente entre el desdén y una ternura feroz. Para Ferran, Pedri siempre había sido el chiquillo menudo que perdía el balón entre los rosales, el vecino dulce y tímido al que despeinaba con una mano pesada antes de soltarle un despreocupado: «Cuídate, hermanito».

Esa palabra. «Hermanito».

Le quemaba en la piel cada vez que la recordaba. Porque para Pedri, Ferran nunca había sido un hermano. Había sido el motivo de sus sonrojos torpes, de sus manos sudorosas y de los latidos desbocados que apenas podía disimular cuando el mayor se acercaba a pedirle herramientas a su padre o a compartir una cerveza en el porche. Pedri había guardado ese secreto bajo llave, esperando ingenuamente a cumplir los dieciocho, convenciéndose de que la distancia de años se acortaría con el tiempo.

Hasta ayer. Ayer por la tarde, cuando vio detenerse un coche desconocido frente a la entrada de Ferran. Una chica alta, de cabello castaño y risa fácil, había bajado del asiento del copiloto. Ferran la había recibido con una sonrisa abierta —una de esas que rara vez regalaba al resto del mundo—, la había tomado por la cintura y la había besado en los labios con una naturalidad demoledora.

Pedri, que en ese momento regaba las plantas del patio, se había quedado paralizado, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Se sintió traicionado, estúpido y ridículamente roto. Ferran tenía novia. El hombre que ocupaba todos y cada uno de sus pensamientos desde que tenía uso de razón pertenecía a otra persona. Y lo peor de todo era la certeza aplastante de que Ferran jamás, ni en un millón de años, lo miraría como a algo más que un crío indefenso.

Esa misma noche, con sus padres recién salidos de viaje hacia la costa por dos semanas enteras, Pedri tomó una decisión. No iba a quedarse encerrado a pudrirse en autocompasión.

Si Ferran lo veía como a un niño, él se encargaría de demostrar que no lo era. Empezó a salir. Aceptó invitaciones a fiestas a las que nunca antes se había atrevido a ir, bebió tragos que le raspaban la garganta y se dejó envolver por la música atronadora y las luces de neón. En esos clubes abarrotados conoció gente nueva, chicos y chicas que no sabían nada de su timidez de toda la vida y que lo miraban con un interés genuino que alimentaba su despecho. Si quería arrancarse a Ferran del pecho, tendría que llenarse el vacío con quien fuera.

Y así, durante tres días seguidos, la tranquila casa de los González se convirtió en un desfile intermitente de risas nocturnas, música a bajo volumen hasta el amanecer y visitas inesperadas.


Ferran estaba en la cocina de su propia casa, bebiendo agua directamente del grifo, cuando vio las luces encendidas a través de la ventana. Frunció el ceño. Sabía perfectamente que los padres de Pedri estaban fuera; Fernando se lo había comentado antes de marcharse, pidiéndole de paso que «le echara un ojo al chico» por si necesitaba algo.

Era casi medianoche. Un sedán oscuro, con la música retumbando en los bajos, acababa de estacionar frente a la casa contigua. Ferran apretó la mandíbula al ver descender a un tipo corpulento, de unos veintitantos años, con chaqueta de cuero y paso confiado, que subió las escaleras del porche de Pedri sin molestarse en tocar el timbre; simplemente empujó la puerta, que estaba sin seguro, y entró.

Un arrebato de cólera pura y visceral le subió por el cuello.

¿Qué coño creía que estaba haciendo ese crío? Ferran llevaba observando el comportamiento errático de su vecino desde hacía días. Aquella mañana lo había visto llegar con ojeras profundas y el paso vacilante, sin siquiera mirarlo cuando Ferran le había gritado un saludo desde el césped. Pedri, que siempre le dedicaba una sonrisa radiante y tímida, lo había ignorado por completo.

Dejó el vaso sobre la encimera con un golpe seco que resonó en la casa vacía. La sangre le hervía con una mezcla peligrosa de instinto protector y una furia territorial que no se molestaba en justificar. Nadie entraba a la casa de Pedri a esas horas. Y menos un tipo al que nunca en su vida había visto.

Cruzó el césped húmedo a zancadas largas, devorando la distancia entre ambas propiedades en cuestión de segundos. Subió los tres escalones del porche y aporreó la madera de la puerta con el puño cerrado, una, dos, tres veces, haciendo vibrar los cristales laterales.

—¡Pedri! —bramó con voz ronca—. ¡Abre la maldita puerta!

Unos segundos de silencio angustioso siguieron a sus golpes. Ferran ya estaba levantando la mano para volver a golpear cuando la cerradura chasqueó.

La puerta se abrió despacio. Pero no fue Pedri quien apareció.

El hombre que estaba frente a él debía de tener veinticinco o veintiséis años, casi su misma edad. No llevaba camisa, dejando al descubierto un torso marcado con tatuajes difusos, y lo único que cubría su parte inferior era una toalla blanca enrollada con descuido a la cadera, goteando agua sobre el parquet del recibidor. El tipo enarcó una ceja, mirándolo con una mezcla de fastidio y superioridad.

—¿Se te perdió algo, amigo? —preguntó el desconocido, apoyando un hombro en el marco—. Estamos ocupados.

La vista del hombre semidesnudo en la casa de Pedri, con ese aire de suficiencia, detonó algo oscuro y descontrolado en el pecho de Ferran. No hubo advertencia, no hubo preguntas.

Ferran dio un paso al frente y descargó un puñetazo brutal y certero directo a la mandíbula del tipo.

El impacto sonó seco, violento. El hombre trastabilló hacia atrás soltando un quejido ahogado, perdiendo el equilibrio hasta caer sobre la pequeña mesa del recibidor, derribando un jarrón que se hizo añicos contra el suelo. Ferran entró tras él, con los nudillos encendidos y la respiración agitada, dispuesto a arrastrarlo por el cuello hacia la calle.

—¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó una voz aguda desde el final del pasillo.

Pedri apareció corriendo. Llevaba una bata de baño de seda azul demasiado holgada que apenas le cubría los muslos, con el cinturón mal anudado y el cabello castaño aún húmedo pegado a la frente. Tenía las mejillas encendidas y los ojos abiertos por el pánico. Al ver al desconocido en el suelo sosteniéndose la boca ensangrentada y a Ferran de pie con los puños temblando, se interpuso entre ambos de golpe.

—¡Basta! ¡Déjalo! —Pedri empujó el pecho de Ferran con ambas manos, utilizando toda su fuerza—. ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Por qué lo golpeas?!

Ferran se quedó inmóvil, sorprendido por el contacto, pero la sorpresa se disipó al instante al procesar la escena: la bata, el cabello mojado, el hombre en toalla. Una náusea ácida se le instaló en el estómago, transformándose en una ira corrosiva.

—¿Qué hago yo aquí? —Ferran señaló con un dedo acusador al tipo que se levantaba maldiciendo entre dientes—. ¡¿Qué cojones hace este imbécil en tu casa, Pedri?! ¡Tus padres no están!

—¡Eso a ti no te importa! —le gritó el menor, temblando pero sin dar un paso atrás—. ¡Es mi novio! ¡Estás golpeando a mi novio en mi propia casa!

Ferran se congeló. La palabra cayó sobre él como un balde de agua helada, pero en lugar de apagar el fuego, lo avivó hasta volverlo insoportable. Miró al hombre en el suelo y luego a Pedri, con una expresión de desconcierto absoluto, teñida de un desprecio visceral.

—¿Tu novio? —repitió Ferran, con una risa amarga y carente de humor—. ¿Este tipo? ¡Tiene mi maldita edad, Pedri! ¡Míralo! ¿Qué coño te pasa por la cabeza? ¡Tienes diecisiete años! ¡No puedes meter a un desconocido de casi treinta a acostarse en tu cama mientras tus padres están de viaje! ¡¿Te has vuelto completamente loco?!

El rostro de Pedri se endureció. La timidez que siempre lo había caracterizado se desvaneció, reemplazada por un orgullo herido y una desesperación ardiente. Le dolía que Ferran le hablara así, le dolía verlo actuar como si tuviera derecho sobre su vida cuando hacía apenas unas horas lo había visto besando a otra mujer. Los celos, el rencor acumulado y el amor no correspondido colisionaron en su garganta.

—¡Me da igual su edad! —escupió Pedri, alzando la barbilla con una valentía que jamás creyó poseer—. ¡A mí me gustan mayores, Ferran! ¿Y qué? ¿Tienes algún problema con eso?

Ferran abrió los ojos, estupefacto. La frase se le clavó en el pecho como una espina venenosa.

—¡No tienes ni idea de lo que dices! —rugió Ferran, intentando dar un paso hacia él, pero Pedri no se dejó intimidar.

—¡No es tu problema! —gritó el chico, colocando las manos con fuerza sobre el pecho de Ferran y empujándolo hacia el umbral—. ¡Tú no eres nadie para decirme con quién me acuesto o a quién meto en mi casa! ¡No eres mi padre y ciertamente no eres mi hermano!

—¡Pedri, escúchame bien...!

—¡Vete a tu casa, Ferran! —Pedri lo empujó con desesperación, haciéndolo retroceder hasta sacarlo al porche—. ¡Vete con tu maldita novia y déjame en paz!

Antes de que Ferran pudiera reaccionar o formular otra palabra, la puerta de madera se cerró de golpe contra su rostro, levantando una ráfaga de aire que le agitó el pelo. El sonido del cerrojo pasando con fuerza resonó como un disparo en la noche tranquila.

Ferran se quedó allí de pie, inmóvil sobre el felpudo, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Los nudillos le palpitaban de dolor, manchados con un rastro diminuto de sangre que no era suya. La imagen de Pedri en esa bata ligera, con los labios temblorosos y gritándole que le gustaban los hombres mayores, le martilleaba las sienes con una insistencia enloquecedora. ¿Cómo que mayores? ¿Desde cuándo? Pedri era un crío. Su crío. El chico al que había prometido cuidar.

Un ruido de tacones sobre el pavimento lo arrancó bruscamente de sus pensamientos.

Al girar la cabeza, vio a su novia caminando por el sendero que unía ambas entradas. Se había bajado del coche que acababa de aparcar en su propio garaje, y ahora lo miraba con curiosidad, envuelta en un abrigo elegante.

—¿Ferran? —preguntó ella, deteniéndose al pie de los escalones de la casa de Pedri—. ¿Qué estás haciendo ahí? Escuché un golpe desde el coche. ¿Qué pasó?

Ferran bajó las escaleras de dos en dos, pasando junto a ella como un torbellino, con la mandíbula tan apretada que le crujían los dientes. Se pasó una mano por el cabello corto, jalando los mechones con frustración contenida.

—Ese crío... —soltó Ferran, con la voz cargada de una ira desbordada—. Es Pedri. Está metiendo a un tipo en su casa. Un tipo de veintiséis años, sin camiseta, en toalla. ¡Un maldito viejo para él! Se está acostando con él mientras sus padres no están.

La chica parpadeó, sorprendida por el tono exaltado de su novio, y luego miró hacia la puerta cerrada de la casa de al lado. Se encogió ligeramente de hombros, adoptando una expresión serena que a Ferran le pareció un insulto.

—Bueno... ¿y? —dijo ella en voz baja, cruzándose de brazos—. Pedri está a punto de cumplir dieciocho, Ferran. Ya es prácticamente un adulto.

—¡No es un adulto! —estalló Ferran, girándose hacia ella con los ojos encendidos—. ¡Tiene diecisiete! ¡Va al instituto!

—Tiene diecisiete años y medio, Ferran. Los chicos a esa edad experimentan, tienen citas, hacen tonterías. Es su vida. Ya sabe lo que hace, no es asunto tuyo meterte a golpear a sus invitados.

Ferran la miró con absoluta incredulidad, como si ella acabara de hablarle en un idioma alienígena. ¿Cómo podía decir semejante barbaridad con tanta tranquilidad? ¿Acaso no entendía la gravedad de la situación? No se trataba de una fiesta inocente; se trataba de Pedri, de su piel suave, de su timidez innata, entregándose a un imbécil cualquiera que apenas conocía. Una posesividad oscura y asfixiante se le instaló en los pulmones, negándole el aire.

—No —dijo Ferran con voz sorda, dando un paso atrás—. No, no lo entiendes. No tiene ni puta idea de lo que hace.

—Ferran, por favor, cálmate. Vamos adentro —le pidió ella, tendiéndole una mano para intentar aplacarlo—. Deja que sus padres se encarguen cuando vuelvan. No es tu responsabilidad.

Ferran apartó la mirada de la mano extendida de su novia. Sentía una distancia abismal entre ellos en ese instante, un rechazo visceral que no supo cómo explicar. No quería entrar con ella. No quería tomar su mano. Lo único en lo que podía pensar era en el sonido de la puerta cerrándose en sus narices y en las palabras de Pedri quemándole la memoria: «A mí me gustan mayores».

—Vete entrando tú —murmuró Ferran con frialdad, dándole la espalda sin esperar respuesta—. Tengo cosas que pensar.

Ignorando el suspiro molesto de la chica a sus espaldas, Ferran caminó con paso firme hacia su porche, subió los escalones y se detuvo en la penumbra antes de abrir su propia puerta. Desde allí, lanzó una última mirada hacia la ventana del piso superior de la casa de los González.

La luz de la habitación de Pedri acababa de encenderse. Una sombra se proyectó contra la cortina fina: la silueta del chico, seguida un segundo después por la del hombre que lo alcanzaba por detrás.

A Ferran se le cerró la garganta y apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.

Pedri era un niño. No podía tener novio. No podía dejarse tocar por ese tipo. No con él viviendo a diez metros de distancia. Y Ferran, por mucho que intentara convencerse de que era solo preocupación de vecino, sabía que la llama oscura que le devoraba las entrañas no tenía absolutamente nada de fraternal.

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