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Fed

Fandom: Fedri

Creado: 14/9/2026

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Donde el mar no alcanza

El silencio de las medianías de Tegueste era denso, casi claustrofóbico, interrumpido únicamente por el roce constante de las ramas de los laureles contra las tejas y el ladrido lejano de un perro en las fincas colindantes. Afuera, la bruma espesa que bajaba de Anaga —esa masa de nubes bajas que los lugareños llamaban panza de burro— lo cubría todo con un sudario húmedo y frío, borrando las luces del valle y reduciendo el mundo a los muros de piedra volcánica de la vieja casona familiar.

Pedri no se había movido del suelo de su habitación en más de dos horas.

El teléfono prepagado descansaba a un metro de sus rodillas, con la pantalla agrietada tras la caída, mudo como una lápida. En el interior de su cabeza, sin embargo, la voz de Ferran seguía repitiéndose en un eco metálico, implacable: «Tres minutos y cuarenta y un segundos en el baño, Pedri... Nos vemos pronto, mi niño».

Se abrazó las piernas con fuerza, enterrando el rostro entre los muslos. El cuerpo entero le dolía. Le latía el corte del labio, le quemaban las marcas moradas en la clavícula y un temblor espasmódico se le instalaba en el diafragma cada vez que intentaba respirar hondo. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Cómo pudo creer que una llamada desde el móvil personal de Ferran no dejaría una huella indeleble? Ferran era calculador, meticuloso hasta la demencia cuando sentía que perdía el control.

Un par de golpes suaves en la madera de la puerta lo hicieron dar un brinco tan violento que se golpeó la espalda contra el zócalo.

—¿Pedri? —la voz de María llegó amortiguada desde el pasillo—. Mi amor, la cena está lista. Tu padre preparó un poco de caldo caliente. Tienes que comer algo antes de acostarte.

Pedri tragó saliva con dificultad, intentando destrabar el nudo que le cerraba la garganta.

—No... no tengo mucha hambre, mamá —respondió, esforzándose desesperadamente por que su voz sonara estable—. Me duele un poco la cabeza por el avión. Prefiero dormir.

Hubo una pausa al otro lado de la puerta. Se escuchó el suspiro pesado y cargado de culpa de su madre, seguido del roce vacilante de sus zapatillas sobre las tablas viejas.

—De acuerdo, mi vida. Dejaremos una bandeja tapada sobre la encimera por si te desvelas. Intenta descansar. Mañana todo se verá mejor. Papá ya cambió los cerrojos de la entrada principal.

—Gracias, mamá. Buenas noches.

Los pasos de María se alejaron lentamente escaleras abajo.

Pedri dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la pared encalada. «Mañana todo se verá mejor». La ingenuidad de sus padres le desgarraba el alma. Creían que estaban a salvo porque habían puesto miles de kilómetros de océano de por medio; creían que un cerrojo nuevo en una puerta de madera de tea detendría a un hombre que acababa de destrozarle la cara a golpes a un desconocido en mitad de un parque a plena luz del día.

No conocían a Ferran. No como él lo conocía ahora.

Se puso en pie a duras penas, sintiendo las piernas de trapo. Caminó hacia la ventana del dormitorio, cuyas hojas de madera con pestillo de hierro daban a un pequeño balcón techado que asomaba a los viñedos traseros. Afuera no se veía nada; la niebla era tan espesa que las copas de los árboles apenas eran sombras fantasmales recortadas contra la negrura.

Comprobó el pasador de hierro de la ventana. Estaba puesto, oxidado pero firme. Aún así, la sensación de estar expuesto, de tener una diana invisible marcada en la nuca, no disminuía.

Se quitó los vaqueros y se metió en la cama con la sudadera puesta, subiéndose la capucha hasta la frente. La cama de su infancia olía a humedad y a sábanas guardadas en arcones de cedro durante años. Se tapó hasta la barbilla, mirando fijamente la rendija de luz que se colaba bajo la puerta del pasillo, contando mentalmente los minutos, esperando que el cansancio venciera al pánico.

Hacia la una de la madrugada, las luces del piso inferior se apagaron. La casa quedó sumida en una penumbra total. Solo el crujido de las maderas centenarias dilatándose por el frío rompía la monotonía de la noche.

Pedri no supo en qué momento el agotamiento logró cerrar sus párpados, pero el sueño no le trajo paz. Soñó con el olor a óxido y sangre, con unos dedos ásperos que le restregaban la boca hasta arrancarle la piel, con la mirada desorbitada de Ferran sobre él, repitiéndole que le pertenecía, que no había rincón en la tierra donde pudiera esconderse.

Un sonido seco, metálico, lo arrancó de la pesadilla de golpe.

Pedri abrió los ojos de par en par. La habitación estaba completamente a oscuras. Se quedó inmóvil bajo las mantas, con la respiración suspendida, escuchando.

Clack.

El sonido provino del balcón exterior. Fue el chasquido inconfundible de un metal haciendo palanca con cuidado contra una madera vieja.

El corazón de Pedri dio un vuelco salvaje, comenzando a golpear sus costillas con tanta fuerza que temió que se escuchara en toda la casa. El aire se le congeló en los pulmones. Quiso gritar, quiso llamar a su padre, pero la garganta se le cerró por completo, agarrotada por un terror puramente físico que lo paralizó sobre el colchón.

Un chirrido leve, apenas un suspiro de goznes sin engrasar, resonó cuando la hoja izquierda de la ventana cedió hacia adentro.

La bruma helada de la noche se coló de golpe en la estancia, trayendo consigo el aroma a tierra mojada, a eucalipto y a lluvia reciente. Y con la niebla, una silueta alta y ancha se recortó contra el vano abierto.

La figura se deslizó al interior sin hacer crujir una sola tabla del suelo, cerrando la madera tras de sí con una calma metódica y deslizando el pestillo roto a su posición original.

Pedri tiró de la manta hacia arriba, cubriéndose hasta la nariz, temblando de forma incontrolable.

La sombra avanzó con paso firme a través de la penumbra hasta detenerse al pie de la cama. Llevaba una chaqueta impermeable oscura aún salpicada de diminutas gotas de agua que brillaban débilmente con el reflejo de la luna oculta tras las nubes. Desprendía un calor sofocante, mezclado con el olor inconfundible a combustible de avión, a tabaco ajeno y a esa colonia amaderada que durante diez años había sido el hogar y la perdición de Pedri.

—Tres horas de vuelo —dijo una voz baja, rota por la fatiga y densa de una posesividad oscura—. Y una más buscando la carretera vieja entre los viñedos.

La luz de la pantalla de un mechero se encendió por una fracción de segundo, iluminando las facciones afiladas de Ferran. Tenía el cabello empapado pegado a la frente, ojeras profundas manchando sus cuencas y los labios agrietados en una mueca tensa. Al extinguirse la llama, la silueta se inclinó hacia adelante, apoyando una rodilla sobre el colchón.

La cama se hundió bajo su peso.

—Ferran... —el nombre escapó de los labios de Pedri como una súplica rota, apenas un gemido ahogado contra la tela de la sábana—. Por favor... vete...

En lugar de responder, Ferran estiró un brazo y arrancó las mantas de un solo tirón violento, arrojándolas a los pies de la cama. Antes de que el chico pudiera rodar hacia el otro lado para huir, Ferran se abalanzó sobre él.

El mayor montó a horcajadas sobre las caderas de Pedri, inmovilizándole los muslos con el peso muerto de su cuerpo. Con una mano grande y helada por el relente de la noche, le atrapó ambas muñecas, estampándolas contra el colchón por encima de su cabeza, mientras con la otra le sujetaba la garganta con una fuerza que no llegaba a asfixiarlo, pero que le impedía cualquier movimiento de fuga.

—¿Que me vaya? —susurró Ferran contra su rostro, con la respiración caliente y agitada golpeándole las mejillas—. ¿Después de cruzar el maldito país por ti? ¿Después de escuchar cómo le llorabas a tu padre para que viniera a salvarte de mí?

Pedri intentó forcejear, arqueando la espalda, empujando con las piernas inútilmente contra la masa muscular que lo aplastaba.

—¡Suéltame! —gimió en un susurro desgarrado, aterrado de levantar la voz y despertar a sus padres en la planta baja—. ¡Mis padres están abajo! ¡Si grito, mi padre subirá con una escopeta, Ferran!

Ferran soltó una risa seca, un bufido ronco cargado de desprecio que rozó la oreja del muchacho.

—Que suba —murmuró, inclinando la cabeza hasta que su nariz rozó el cuello expuesto de Pedri, aspirando su piel con una avidez salvaje—. Que suba tu viejo y vea cómo tiemblas debajo de mí. Que vea si prefieres que te dispare a ti o a mí. Porque tú no vas a gritar, Pedri. Tú no quieres que lo mate.

Los dedos de Ferran se aflojaron apenas en la garganta del menor, solo para deslizarse con lentitud por la tela de la sudadera, levantándola con un movimiento brusco hasta dejar al descubierto el vientre plano y el pecho pálido del chico.

—Mírate —siseó Ferran, clavando sus ojos brillantes en la oscuridad sobre los de Pedri—. Te escapaste como un conejo asustado, pero estás temblando de deseo tanto como de miedo. ¿Creíste que borrar la llamada del teléfono me iba a engañar? ¿Tan poco me conoces, chiquillo?

Pedri cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas calientes comenzaban a desbordarse por sus sienes, empapándole los cabellos. La vergüenza y el terror colisionaban en su pecho de una forma tan violenta que apenas podía sostener la cordura.

—Tenía miedo... —sollozó Pedri, rindiéndose a la confesión, con el pecho subiendo y bajando en jadeos erráticos—. Casi matas a ese hombre en el parque. Estabas fuera de ti... y luego en el baño, me lastimaste la boca... Me dio miedo lo que pudieras hacerme.

La confesión pareció calar en Ferran como una gota de ácido. La mano que le sujetaba las muñecas aflojó la tensión de los dedos, aunque sin soltarlo por completo. La furia en el rostro del mayor no desapareció, pero se tiñó de una angustia oscura, una desesperación torcida que le agriaba las facciones.

—Casi lo mato porque puso sus manos sucias sobre ti —dijo Ferran, y su tono bajó hasta volverse una súplica envenenada, una caricia en forma de amenaza—. Y te limpié la boca porque no podía soportar que llevaras su rastro. No lo entiendes, Pedri. Tú me hiciste esto. Me tuviste diez años viéndote crecer, siendo el vecino bueno, el que te cuidaba las espaldas... y de repente te metes en la cama de un desconocido solo para joderme. Me arrancaste el juicio de cuajo.

Ferran soltó finalmente las muñecas de Pedri. Sin embargo, en lugar de apartarse, apoyó ambas palmas a los lados de la cabeza del chico, inclinándose hasta apoyar la frente contra la suya. Su peso seguía aprisionándolo contra el colchón, caliente y dominante.

—No vuelvas a traicionarme —susurró Ferran, con la voz quebrándose levemente en un ruego desesperado—. No vuelvas a correr. Si me dejas, me vuelvo un monstruo, Pedri. Te juro que me vuelvo un monstruo y no respondo de lo que haga.

Pedri abrió los ojos despacio a través de la neblina de su llanto. A escasos centímetros, las facciones endurecidas de Ferran mostraban una vulnerabilidad patética y aterradora a la vez. Era el hombre que lo había dominado, el que lo había marcado, pero también era el chico de la casa de al lado que ahora temblaba de rabia y necesidad sobre su cuerpo, incapaz de vivir sin su órbita.

El corazón de Pedri, masoquista y fiel a una década de adoración silenciosa, dio un vuelco doloroso. Con movimientos lentos, casi mecánicos, alzó sus manos temblorosas y las apoyó sobre los hombros mojados por la lluvia de Ferran.

Sintió la tensión brutal de los músculos del mayor ceder una fracción bajo su toque.

—¿Por qué viniste? —preguntó Pedri en un hilo de voz—. Mis padres nunca van a dejar que me acerque a ti. Me van a vigilar día y noche.

Ferran levantó la cabeza, mirándolo fijamente con una determinación que rayaba en el delirio.

—Tus padres no importan. Este pueblo no importa. Alquilé una casa en la costa sur, en Los Cristianos, a nombre de una empresa ficticia. Tengo un coche aparcado a doscientos metros de aquí, al final del camino de tierra. Nos vamos esta misma noche.

A Pedri se le cortó el aliento. El pánico volvió a encenderse en su mirada.

—¿Estás loco? ¡No puedo hacerles eso! ¡Se van a morir si desaparezco!

Ferran le puso una mano firme sobre la boca, acallando la protesta con una presión tajante.

—Les dejarás una nota —ordenó Ferran con frialdad—. Les dirás que no soportabas la presión familiar, que necesitabas tiempo a solas y que no te busquen. Y si no lo haces... si decides quedarte aquí y fingir que esta noche no ha pasado...

Ferran retiró la mano despacio de sus labios y deslizó los dedos hacia el cuello del menor, rozando la herida donde días antes le había clavado los dientes.

—...mañana por la mañana bajaré a la cocina de tus padres. Les diré exactamente qué hicimos en mi cama. Les enseñaré cada marca de tu cuerpo. Destruiré a tu familia con la verdad, Pedri. Y cuando todo esté roto, te quedarás solo de todas formas. Conmigo.

Las lágrimas de Pedri volvieron a brotar, calientes y amargas. Estaba atrapado. La telaraña que Ferran había tejido a su alrededor era perfecta: no había salida honrosa, no había rescate posible. O destruía a sus padres con el escándalo y la vergüenza, o se entregaba por completo a la jaula de su captor.

Ferran leyó la derrota en el brillo derrotado de sus pupilas castañas.

Una sombra de ternura enfermiza suavizó los ojos del mayor. Se inclinó despacio y comenzó a besarle las lágrimas de las mejillas, con una delicadeza reverente que contrastaba brutalmente con las amenazas que acababa de escupir. Sus labios calientes descendieron por su mandíbula, acariciando la piel hasta llegar a la comisura lastimada de su boca.

—Sé que me quieres, chiquillo —murmuró Ferran contra sus labios hinchados—. Sé que llevas diez años soñando con esto. Deja de pelear. Yo te voy a cuidar mejor que nadie. Nadie te va a mirar como yo. Nadie te va a tocar nunca más.

Pedri cerró los ojos, sintiendo cómo la última barrera de su resistencia se desmoronaba en pedazos en su interior. La mezcla de terror, devoción ciega y amor contaminado terminó por asfixiar cualquier vestigio de sensatez.

—Ferran... —susurró el chico, y sus manos en los hombros del mayor se cerraron, arrugando la tela húmeda de la chaqueta impermeable, atrayéndolo hacia sí.

El beso que siguió no fue violento como los anteriores. Fue hondo, oscuro y posesivo, un sello definitivo que cerraba el pacto entre el depredador y su presa consentida. Pedri abrió la boca al contacto invasivo de la lengua de Ferran, gimiendo débilmente contra su garganta, entregándose al calor abrasador que lo devoraba por completo.

Ferran rompió el beso apenas para tomar aire, con la respiración entrecortada y las pupilas dilatadas hasta el borde del iris. Con una mano ágil, metió la mano bajo el colchón y sacó la mochila de Pedri, la misma que el chico había dejado sobre la silla de mimbre horas antes. La arrojó sobre la cama.

—Vístete —ordenó Ferran en un susurro ronco, poniéndose de pie con movimientos seguros, limpiándose el labio con el dorso de la mano magullada—. Tienes diez minutos para escribir esa nota. El mar ya no te separa de mí, Pedri. Nos vamos a casa.

Pedri se incorporó despacio sobre las sábanas revueltas, con la mirada perdida en la ventana abierta de par en par hacia la noche de niebla.

El aire frío del exterior le golpeó el rostro desnudo, pero ya no sentía escalofríos. Se levantó con pasos vacilantes, tomó el bolígrafo que descansaba sobre la cómoda y comenzó a escribir sobre un trozo de papel arrugado, sabiendo que con cada trazo estaba quemando el único puente que le quedaba hacia el mundo exterior, entregando su libertad a cambio de las cadenas del único hombre al que jamás había sabido dejar de amar.

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