
Epaaa
Fandom: Fedri
Creado: 14/9/2026
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Mareas de sal y terciopelo
El sol del sur de Tenerife no perdonaba, pero a través de las cortinas traslúcidas de lino blanco entraba convertido en una caricia dorada y mansa. La casa olía a café recién colado, a fruta fresca cortada y al inconfundible rastro del aire salino que subía desde los acantilados de Los Cristianos. Era una paz densa, casi irreal, construida sobre los escombros de una tormenta que ambos habían decidido no volver a nombrar en voz alta.
Pedri despertó despacio, estirando las piernas entre las sábanas de hilo egipcio. Ya no le dolían las costillas al tomar aire profundamente. Las marcas violáceas de su cuello y sus muñecas habían palidecido hasta transformarse en sombras apenas perceptibles, tenues recuerdos bajo una piel que recobraba poco a poco su tono canela habitual.
A su lado, el colchón estaba vacío, pero la almohada aún conservaba el calor y el perfume amaderado de Ferran.
Con pasos perezosos y descalzos, Pedri se deslizó fuera de la cama. Vestía unos pantalones cortos de lino y una camiseta blanca de Ferran que le resbalaba por un hombro, dejándole al descubierto la clavícula limpia. Cruzó el pasillo de mármol pulido hacia la cocina americana, guiado por el rumor de los platos y el sonido apagado de la radio local que murmuraba canciones suaves para no romper el silencio de la mañana.
Ferran estaba de espaldas, inclinado sobre la encimera. Llevaba únicamente unos pantalones cortos oscuros y el torso descubierto, dorado por las horas que pasaba cuidando el jardín amurallado. Había algo casi conmovedor en la forma en que sus hombros anchos, antes tan tensos y amenazantes, se movían ahora con una delicadeza extrema mientras pelaba un mango maduro, asegurándose de cortar las rodajas finas y uniformes.
Pedri se detuvo en el umbral, observándolo con esa timidez innata que jamás lograba abandonar del todo, pero que ahora se mezclaba con una calidez profunda, un fuego tibio que le llenaba el pecho. Ferran había cambiado. No de la noche a la mañana, sino a través de un esfuerzo diario, agónico y silencioso. El hombre fiero que había roto puertas y reventado nudillos se había desarmado pieza por pieza para convertirse en el custodio más paciente del mundo.
Como si presintiera su presencia, Ferran giró la cabeza. En cuanto sus ojos oscuros encontraron la figura menuda de Pedri, su rostro entero se transformó; la rigidez de su mandíbula se desvaneció, sustituida por una mirada tan desbordante de devoción que a Pedri le provocó un cosquilleo en el estómago.
—Buenos días, mi niño —saludó Ferran en un susurro grave, dejando el cuchillo sobre la tabla con un cuidado casi reverencial—. Te despertaste temprano. ¿Dormiste bien? ¿Te molesta la espalda?
Pedri sonrió con suavidad, negando con la cabeza mientras avanzaba hacia él.
—Dormí muy bien —respondió, y su voz sonó dulce, limpia de los espasmos de llanto de semanas atrás—. Ya no me duele nada, Ferran. Te lo he dicho tres veces esta semana.
Ferran se limpió las manos con un paño y esperó a que el menor acortara la distancia. Nunca forzaba el contacto; siempre esperaba a que fuera Pedri quien diera el último paso, como si aún temiera que un movimiento brusco pudiera romper el frágil pacto de cristal que los sostenía.
Pedri no dudó. Se acercó hasta apoyar la frente contra el pecho desnudo del mayor, pasando sus brazos delgados alrededor de la cintura de Ferran. Sintió el latido firme y constante de su corazón, y un segundo después, los brazos fuertes de Ferran lo rodearon con una lentitud exquisita, apretándolo contra sí con una ternura infinita, hundiendo la nariz en su cabello revuelto.
—Hueles a sábanas limpias —murmuró Ferran contra su coronilla, cerrando los ojos con fuerza, como si en ese abrazo se jugara la redención de su alma entera—. Te preparé fruta y tostadas con miel. Tienes que comer más, Pedri. Aún te siento muy ligero entre mis brazos.
—Estoy comiendo mucho —protestó el chico con un mohín infantil, alzando la vista sin deshacer el abrazo—. Es que tú eres demasiado grande.
Ferran soltó una risa baja, un sonido cálido y ronco que vibró directamente contra el pecho de Pedri. Llevó una mano a su barbilla, rozando con la yema del pulgar el labio inferior del menor. La piel estaba completamente cerrada, aunque quedaba una línea milimétrica, una pequeña cicatriz casi invisible donde la piel se había partido. Cada vez que Ferran la miraba, una sombra fugaz de pesadumbre le oscurecía las pupilas, un recordatorio silencioso de la bestia que luchaba por mantener encadenada.
Pedri conocía esa mirada. No le gustaba ver la culpa atormentando los ojos de Ferran; ya no. Con una valentía serena que contrastaba con su timidez habitual, Pedri se puso de puntillas y rozó sus labios contra los de él. Fue un beso casto, tibio, cargado de un amor tan puro que desarmó cualquier rastro de duda.
—Estoy bien, Ferran —susurró Pedri sobre su boca, mirándolo fijamente a los ojos—. Estoy aquí porque quiero. Mírame.
Ferran contuvo el aire, conmovido hasta las lágrimas, y volvió a besarlo, esta vez con una pasión contenida y paciente, saboreando la dulzura de la boca del chico como si fuera el aire que le permitía seguir respirando.
—Te amo —dijo Ferran con voz rota, separándose apenas un milímetro—. Te amo más que a mi propia vida, chiquillo. No hay nada en este mundo que me importe más que tú. Nada.
—Lo sé —respondió Pedri, con las mejillas ligeramente encendidas por el sonrojo, sonriendo antes de señalar la encimera—. Ahora dame ese mango, que tengo hambre de verdad.
Desayunaron juntos en la pequeña mesa de teca de la cocina, compartiendo silencios cómodos y miradas cómplices. La casa se había convertido en su propio universo hermético. Afuera, el mundo podía seguir buscando, las noticias podían seguir especulando sobre la extraña desaparición del hijo de los González, pero entre aquellos cuatro muros blancos, la realidad se reducía al sonido de sus respiraciones y al vaivén constante de las olas a lo lejos.
Sin embargo, el aislamiento absoluto exigía concesiones prácticas. Hacía dos semanas que no salían de la finca amurallada más que para comprar provisiones en tiendas de conveniencia durante las horas muertas de la madrugada. La despensa estaba casi vacía de productos frescos y Ferran necesitaba retirar medicamentos cicatrizantes y unas herramientas para reparar la celosía de la terraza superior.
—Tengo que bajar al muelle viejo —anunció Ferran a media mañana, mientras recogía los platos—. Hay una cooperativa de pescadores y una ferretería pequeña donde no piden identificaciones ni hay cámaras. Iré y volveré en menos de cuarenta minutos.
Pedri, que estaba doblando una toalla en el salón, levantó la cabeza de golpe. Sus ojos castaños se abrieron con una mezcla de sorpresa e incomodidad.
—¿Vas solo?
Ferran lo miró con cautela, midiendo cada una de sus palabras.
—Es más seguro para ti, mi niño. La policía en el sur no tiene tu foto en cada esquina, pero no quiero arriesgarme a que alguien te reconozca. Si te quedas aquí con el portón cerrado, sé que estás a salvo.
Pedri dejó la toalla sobre el respaldo del sofá. Se cruzó de brazos, y una chispa de terquedad ardiente brilló en su mirada. No era el chico asustado que se encogía en el suelo de Tegueste; era el joven que había tomado la decisión consciente de entregar su destino a aquel hombre, y no pensaba quedarse encerrado como un secreto avergonzado.
—Voy contigo —dijo con firmeza.
Ferran frunció el ceño, dejando el trapo sobre el fregadero.
—Pedri, por favor. No es prudente.
—Me pongo una gorra y las gafas de sol que compraste —insistió el menor, dando un paso hacia él, alzando la barbilla con esa valentía obstinada que siempre descolocaba a Ferran—. No me gusta quedarme solo aquí adentro. Además... no quiero que andes solo por ahí.
Ferran enarcó una ceja, sorprendido por el matiz posesivo que asomó en la voz del chico. Una chispa de diversión tierna cruzó sus facciones cansadas.
—¿Y eso por qué? ¿Tienes miedo de que me escape?
Pedri desvió la vista hacia el suelo, sintiendo el calor subiéndole por el cuello hasta las orejas, pero no retrocedió.
—No te hagas el tonto —murmuró con timidez—. Eres muy confiado con la gente. Y la gente aquí mira demasiado.
La confesión fue un dardo directo al ego de Ferran, que sintió un estremecimiento de puro placer recorrerle las venas. Saber que Pedri —su dulce, reservado y tímido Pedri— guardaba en el pecho una llamarada de celos territoriales era una droga que lo embriagaba. Ferran caminó hacia él, envolvió sus mejillas con ambas manos y le plantó un beso sonoro en la coronilla.
—Está bien —cedió el mayor, incapaz de negarle nada cuando lo miraba de esa manera—. Pero no te apartas de mi lado ni un solo centímetro. Vas pegado a mí todo el tiempo.
—Trato hecho —respondió Pedri, esbozando una sonrisa triunfal que iluminó toda la estancia.
Diez minutos después, salían por el portón trasero que daba a una callejuela empedrada. Pedri llevaba una sudadera amplia de color beige con la capucha subida, una gorra oscura calada hasta las cejas y gafas de sol que cubrían la mitad de su rostro. Ferran vestía con sencillez: camiseta negra ajustada, vaqueros gastados y el paso seguro de quien domina su entorno, aunque sus ojos escaneaban cada esquina con una agudeza felina, protegiendo al muchacho que caminaba aferrado a su brazo.
El muelle viejo era una zona tranquila a esa hora de la mañana. Los turistas se concentraban en las playas grandes del este, dejando los pequeños muelles pesqueros a los vecinos de toda la vida y a un puñado de comerciantes locales. El olor a brea, a pescado fresco y a algas secándose bajo el sol llenaba el ambiente con una pesadez agradable.
Ferran no soltó la mano de Pedri en ningún momento. Sus dedos largos y callosos se entrelazaban con los del menor con una fuerza constante, un recordatorio tangible de que estaban juntos. Pedri caminaba a su lado, pegando el hombro al brazo fornido del mayor, respirando
