
Your lack of memory
Fandom: Bungo Stray dogs, My hero academia
Creado: 17/9/2026
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Gravedad y colisiones imprevistas
El traqueteo metálico del tren sobre los rieles era un compás monótono que, lejos de calmar a Chuuya Nakahara, mantenía sus nervios en un estado de perpetua alerta. Iba encogido sobre sí mismo, ocupando el menor espacio físico posible en aquel asiento acolchado. Con su metro sesenta de estatura y una contextura esbelta, pasar desapercibido no solía ser una tarea difícil, pero él prefería asegurarse. Llevaba una gorra negra bien calada, cuya visera proyectaba una sombra espesa sobre la mitad superior de su rostro, ocultando el rasgo más delator de su anomalía: unos ojos intensos y heterocromáticos, el izquierdo de un azul zafiro tan profundo como el mar en tempestad y el derecho de un marrón cálido, terroso, casi melancólico.
Bajo la gorra, varios mechones de su cabello largo hasta los hombros, de un tono rojizo pálido y suave, caían desordenados sobre el cuello alto de su chaqueta negra. Chuuya prefería llevar capas de ropa holgadas. Era una costumbre grabada a fuego; una necesidad instintiva de mantener ocultas las cicatrices antiguas de los laboratorios donde pasó su infancia temprana, y las marcas mucho más recientes, más sucias y degradantes, que Mori Ougai dejaba en su piel.
Hacía nueve años que Mori lo había recogido de las calles tras escapar de dos años de agonía experimental a los siete. Para Chuuya, ese hombre representaba una paradoja asfixiante: era su salvador, la única figura paterna que conocía, y a la vez su verdugo constante. Aceptaba los golpes, el abuso psicológico y las sombras de un abuso aún más aberrante como una penitencia justa por existir. Que Mori le hubiera permitido presentarse al examen de ingreso de la academia U.A. era un milagro cargado de sospechas. Sabía que su tutor tenía planes ocultos, que su poder de manipular la gravedad era un arma demasiado tentadora para no usarla en el tablero. Pero hoy, por primera vez en años, Chuuya respiraba un aire que no olía a desinfectante ni a la colonia pesada de Mori.
A su derecha, rompiendo el relativo silencio del vagón semivacío, un constante y rítmico murmullo atrajo su atención.
Chuuya inclinó apenas la cabeza, sin levantar la visera de la gorra, activando esa capacidad analítica y deductiva que había perfeccionado para sobrevivir. El chico sentado a su lado era un torbellino de ansiedad visible. Medía fácilmente unos diez centímetros más que él, vestía el uniforme gastado de secundaria y tenía una cabellera verde oscura tan alborotada que parecía desafiar cualquier ley física. Tenía pecas salpicadas bajo los ojos y una expresión de angustia casi cómica mientras murmuraba sin descanso, mirando fijamente sus propios puños vendados. Chuuya notó de inmediato la contextura atlética del peliverde: los músculos del cuello y los hombros estaban densos, fruto de un entrenamiento brutal y reciente, pero sus manos tenían callosidades nuevas, sin cicatrizar del todo.
«Un recién llegado al esfuerzo físico —dedujo Chuuya en silencio, observando de reojo—. Pero hay determinación en cómo aprieta la mandíbula. Va al mismo sitio que yo».
Izuku Midoriya, ajeno a que estaba siendo analizado con precisión quirúrgica, sentía que el corazón se le saldría por la boca. Llevaba meses preparándose, limpiando la playa bajo las órdenes de All Might, devorando comida, heredando un poder legendario que todavía no comprendía del todo. Ese día definiría el resto de su vida. El examen de ingreso de la U.A. estaba a solo un par de estaciones de distancia y sus nervios estaban a punto de provocarle un síncope.
Apretó las piernas, tragó saliva y continuó murmurando teorías sobre los posibles robots del examen práctico, subiendo involuntariamente el tono de voz.
—Si el examen consta de puntos por rescate además de villanos simulados, la distribución estratégica de energía será vital... aunque si no puedo regular el porcentaje, romperé mis propios huesos y...
Chuuya chasqueó la lengua entre dientes. Su fachada habitual era fría, reservada y silenciosa, una máscara impenetrable para no llamar la atención de nadie. Sin embargo, en el fondo, su paciencia era sumamente corta.
—Oye —soltó Chuuya en un susurro áspero, sin mirarlo directamente—. Si sigues hablando solo, vas a hiperventilar antes de llegar a la estación.
Izuku se sobresaltó tanto que casi saltó del asiento.
—¡A-ah! ¡Lo siento tanto! —exclamó en un chillido ahogado, agitando las manos frenéticamente frente a su pecho, con el rostro teñido de un carmesí instantáneo—. No me di cuenta... ¡Tengo la mala costumbre de murmurar cuando estoy nervioso! Perdón por molestarte, de verdad, no era mi intención, es solo que hoy es un día muy importante y...
—Cállate, está bien —lo cortó el pelirrojo, encogiéndose ligeramente bajo su chaqueta ante tanto alboroto ajeno.
Chuuya no estaba acostumbrado a que la gente se disculpara con tanta sinceridad. En su mundo, las disculpas venían acompañadas de golpes o sarcasmo. La genuina inocencia en la mirada verde de aquel extraño desarmó por completo su incipiente mal humor, provocándole una punzada extraña de timidez.
Iba a decir algo más para apaciguar el ambiente, pero el destino tenía otros planes.
Un chirrido ensordecedor perforó el vagón. Las chispas saltaron bajo los rieles cuando el sistema de frenos de emergencia se activó de golpe, deteniendo el convoy en una fracción de segundo debido a una falla técnica en la vía. La física hizo lo suyo: la violenta inercia arrojó a todos los pasajeros hacia adelante sin compasión.
Izuku, que estaba sentado de lado e inclinado hacia Chuuya para disculparse, perdió cualquier atisbo de equilibrio. Sus pies se deslizaron y su cuerpo de metro setenta se precipitó en una caída descontrolada y torpe hacia el pelirrojo.
Chuuya, por mero reflejo de supervivencia, tensó cada músculo para activar su don y anclarse al suelo, pero la cercanía y la rapidez del impacto no le dieron margen de maniobra.
El impacto no fue violento, pero sí devastadoramente vergonzoso.
Izuku no solo cayó sobre él; cayó literalmente de cabeza en el regazo de Chuuya. Su rostro quedó completamente sepultado entre los muslos gruesos, firmes y bien definidos del chico de la gorra, amortiguado por la tela oscura de sus pantalones. Las manos de Izuku aterrizaron en los costados del asiento, atrapando a Chuuya entre sus brazos, mientras el peliverde inhalaba sin querer el aroma ajeno: una mezcla tenue de jabón neutro, cuero y un rastro casi imperceptible de humo.
Durante tres segundos eternos, el tiempo pareció congelarse en el vagón del tren.
Chuuya se paralizó. Cada fibra de su cuerpo se puso rígida. Durante años, cualquier contacto físico que no fuera un golpe significaba algo oscuro, sucio y aberrante en los aposentos privados de Mori. Por una fracción de segundo, el pánico helado le atenazó la garganta, convenciéndolo de que debía destruir a quien lo estaba tocando. Pero el peso sobre sus piernas no era violento ni invasivo de esa manera; era simplemente... torpe. Y muy, muy cálido.
Un calor abrasador subió desde su pecho hasta la punta de sus orejas, tiñéndole las mejillas de un rojo que competía con su propio cabello.
—¿Q-qué demonios...? —murmuró Chuuya con la voz quebrada, incapaz de procesar la situación.
Izuku, por su parte, tardó un par de latidos en comprender dónde estaba su cara. Cuando sintió la calidez firme y la textura de las piernas del otro rodeando su cabeza, abrió los ojos desmesuradamente. El aire abandonó sus pulmones en un chillido mudo.
—¡¡¡MMMPH!!! —balbuceó el pecoso, aún enterrado en el regazo ajeno.
—¡Quítate de encima! —exclamó Chuuya, con la paciencia hecha pedazos y la vergüenza desbordándolo por completo.
Izuku se impulsó hacia atrás con la torpeza de un ciervo recién nacido, golpeándose la espalda contra el respaldo de su propio asiento y cayendo de rodillas en el pasillo. Su cara estaba tan encendida que parecía a punto de estallar, con vapor figurado saliendo de sus orejas.
—¡L-l-l-lo siento muchísimo! ¡Fue el freno! ¡Tropecé! ¡No fue a propósito, te lo juro por mi vida! ¡Perdón, perdón, perdón! —gritaba Izuku, haciendo reverencias tan bajas y rápidas que su frente casi rozaba el suelo del vagón.
Chuuya se acomodó la gorra con un tirón brusco, bajándola todavía más para tapar el rubor violento que dominaba sus facciones. Sus muslos aún conservaban la sensación del peso ajeno y el calor de la respiración del chico, una sensación desconcertante que le aceleraba el pulso de una forma que nada tenía que ver con el miedo.
—¡Ya cállate y levántate del suelo, imbécil! —espetó Chuuya, desviando la mirada hacia la ventana, tratando de recomponer su fachada de indiferencia—. La gente se nos está quedando viendo.
Izuku levantó la cabeza poco a poco, con los ojos verdes muy abiertos y cargados de culpa. Se incorporó torpemente, sacudiéndose los pantalones, sin dejar de mirarlo con una mezcla de fascinación y timidez. Fue entonces cuando, a través del espacio entre la visera de la gorra y el cuello alzado, Izuku vio por un breve segundo los ojos de Chuuya.
La heterocromía le impactó de inmediato: el azul eléctrico y el marrón suave. Pero lo que realmente atrapó la mente empática y observadora de Izuku fue la postura del pelirrojo. A pesar de su tono cortante, el chico temblaba imperceptiblemente. No de rabia, sino como si el contacto físico hubiera disparado una alarma interna demasiado pesada. Los hombros encogidos, las manos cerradas en puños defensivos... Izuku había visto esa actitud antes en el espejo, durante sus años de víctima de acoso escolar.
—¿Estás bien? —preguntó Izuku, bajando la voz a un tono increíblemente suave y amable, olvidando por un momento su propia vergüenza—. No quise lastimarte. De verdad.
Chuuya se tensó de nuevo ante la amabilidad desinteresada. Desconcertado, chasqueó la lengua y apartó la vista.
—No me lastimaste. Tienes la cabeza dura, eso es todo.
El tren dio una sacudida y volvió a ponerse en marcha, anunciando por el altavoz que la siguiente parada era el distrito donde se ubicaba la prestigiosa academia. Ambos chicos permanecieron en un silencio tenso pero extrañamente cómodo durante los últimos minutos del trayecto. Chuuya, con su mente deductiva trabajando a marchas forzadas, no pudo evitar mirar de soslayo las manos de su compañero de asiento. «Pecas, músculos tensos, empático hasta la estupidez... Este tipo es un libro abierto», pensó con una leve sonrisa que nadie pudo ver.
Al llegar a la estación de la U.A., ambos se levantaron al mismo tiempo.
—Eh... supongo que tú también vas al examen —dijo Izuku, rascándose la nuca con timidez mientras caminaban hacia las puertas del tren.
—Sí —respondió Chuuya, manteniendo las manos en los bolsillos de su chaqueta para ocultar los vendajes en sus muñecas—. Al curso de héroes.
Los ojos de Izuku brillaron con genuina admiración.
—¡Yo también! Me llamo Midoriya Izuku, por cierto.
Chuuya dudó un instante. Dar su nombre a un extraño iba en contra de todas las reglas de cautela que había aprendido bajo el techo de Mori. Pero algo en la torpe calidez de ese chico peliverde le transmitía una seguridad inexplicable.
—Nakahara. Chuuya Nakahara.
—Es un placer, Nakahara-kun. Y... lamento de nuevo el accidente de hace un momento.
Chuuya sintió una ligera calidez en las mejillas otra vez, pero logró mantener la compostura.
—Olvídalo ya, Midoriya. O haré que la gravedad te aplaste la próxima vez.
Izuku tragó saliva con una risa nerviosa, sin saber si era una amenaza real o una broma, pero sonrió de todos modos al notar que el tono del pelirrojo no guardaba rencor.
Caminaron juntos hacia las imponentes instalaciones de la U.A., dos figuras contrastantes: el sol radiante reflejado en la timidez entusiasta de Izuku y las sombras cautelosas que envolvían el caminar elegante pero contenido de Chuuya. Al entrar por las puertas principales, la marea de aspirantes era abrumadora.
Chuuya no tardó en escanear a la multitud con frialdad analítica. Su mirada se detuvo brevemente en un chico apartado de los demás, de cabello dividido con precisión simétrica entre blanco y rojo, con una quemadura en el rostro y una mirada glacial que gritaba soledad y resentimiento. Había un aura pesada a su alrededor que a Chuuya le resultó dolorosamente familiar: el olor inconfundible del abuso doméstico, de las expectativas aplastantes de un tutor. Todoroki Shoto no miraba a nadie, encerrado en su propio infierno personal, exactamente igual a cómo Chuuya se sentía la mayor parte del tiempo.
«Ese tipo carga cadenas pesadas», dedujo Chuuya en silencio antes de seguir adelante.
En el auditorio principal, durante la caótica y ruidosa explicación del héroe Present Mic, los aspirantes se acomodaron en sus asientos. Chuuya se mantuvo al fondo, observando el mapa holográfico y calculando mentalmente las mejores rutas para neutralizar a los villanos mecanizados. Con su habilidad de controlar la gravedad al tacto, destrozar robots gigantes sería un juego de niños, pero debía moderarse para no llamar una atención peligrosa.
Lo que Chuuya no sabía era que, desde las sombras de la cabina de observación superior, unos ojos cansados y oscuros ya se habían fijado en él.
Aizawa Shota, conocido como el héroe clandestino Eraserhead, observaba a los aspirantes a través de los monitores con su habitual desgana, hasta que su vista se detuvo en el muchacho de la gorra negra. Aizawa era un profesional en el subterfugio y la psicología criminal; reconocía a una víctima cuando la veía. Notó la forma en que el chico pelirrojo protegía instintivamente su flanco izquierdo, cómo se encogía levemente ante los gritos estridentes de Present Mic, y la tensión constante en su cuello, como si esperara un golpe que nunca llegaba.
—Ese chico... —murmuró Aizawa para sí mismo, entrecerrando los ojos mientras leía la ficha técnica en su tableta—. Nakahara Chuuya. Recomendado por un tutor privado. Hay algo turbio en su postura. Nadie a los dieciséis años debería tener los reflejos de un soldado maltratado.
El héroe borrador tomó nota mental de su número de registro. Si ese chico sobrevivía al examen práctico, se aseguraría de tenerlo en su clase para vigilarlo de cerca.
Afuera, frente a las colosales puertas del campo de batalla simulado, los aspirantes se preparaban para la prueba práctica. Izuku y Chuuya habían sido asignados a áreas diferentes, una pequeña decepción que ninguno de los dos se atrevió a expresar en voz alta.
Antes de separarse, Izuku se detuvo y miró a Chuuya a los ojos, notando por fin con total claridad el zafiro y la tierra que componían su mirada heterocromática bajo la visera.
—¡Nakahara-kun! —llamó Izuku, apretando los puños frente a su pecho con esa sonrisa temblorosa pero infinitamente valiente que lo caracterizaba—. ¡Demos lo mejor de nosotros! ¡Espero verte en la ceremonia de ingreso!
Chuuya se quedó inmóvil por un segundo. Nueve años bajo el yugo de Mori le habían enseñado que las palabras siempre ocultaban veneno. Sin embargo, en el rostro pecoso de Midoriya Izuku no había veneno; solo una fe ciega y luminosa que de algún modo logró atravesar la gruesa coraza que protegía su corazón.
Una sonrisa genuina, pequeña, afilada y hermosa, curvó los labios del pelirrojo.
—Más te vale no romperte nada allá adentro, Midoriya —respondió Chuuya, dándose la media vuelta con paso firme y ajustándose la gorra—. Te cobraré lo del tren cuando seamos compañeros.
Izuku se sonrojó intensamente una vez más, pero asintió con fervor, sintiendo que un nuevo vínculo, extraño e indestructible, acababa de nacer entre el desastre del tren y el umbral de su futuro como héroes.
