
Your lack of memory
Fandom: Bungo Stray dogs, My hero academia
Creado: 17/9/2026
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Gravedad Cero y el Peso del Destino
El traqueteo del tren era un ritmo constante que, en cualquier otra circunstancia, Chuuya Nakahara habría encontrado relajante. Sin embargo, ese día el metal crujiente de las vías se sentía como una cuenta regresiva. Ajustó la visera de su gorra negra, bajándola un poco más para ocultar sus ojos. La heterocromía —un ojo azul como el cielo de la mañana y el otro café como la tierra profunda— siempre atraía miradas innecesarias. Y Chuuya odiaba las miradas.
A sus dieciséis años, su cuerpo era un mapa de cicatrices invisibles y lealtades forzadas. Mori Ougai le había dado "permiso" para asistir al examen de admisión de la U.A., pero Chuuya sabía que nada era gratis. El alivio de salir de esa mansión asfixiante se mezclaba con el pavor de fallar. Si no lograba entrar en la mejor escuela de héroes, las consecuencias en casa serían... complicadas.
Suspiró, intentando ocupar el menor espacio posible en el asiento. A pesar de su estatura de 1.60, sus piernas eran fuertes, resultado de años de entrenamiento físico brutal. Llevaba una sudadera holgada, pero no podía evitar sentirse expuesto.
A su lado, un chico de cabello verde alborotado murmuraba para sí mismo a una velocidad alarmante.
—Si el examen práctico sigue el patrón de los últimos cinco años, es probable que se centren en la movilidad urbana o en el rescate de puntos... aunque con los cambios en el currículo de Nezu... —El peliverde consultaba una libreta desgastada, sus dedos temblando ligeramente por el nerviosismo.
Chuuya lo observó de reojo. El chico parecía una bomba de ansiedad a punto de estallar. Tenía pecas, ojos grandes y una constitución que gritaba "acabo de ganar músculo y aún no sé cómo usarlo". Era inofensivo. O eso parecía.
De repente, el mundo se inclinó.
Un chirrido metálico ensordecedor desgarró el aire. Los frenos de emergencia del tren se activaron con una violencia brutal, lanzando a los pasajeros hacia adelante. La inercia no tuvo piedad.
—¡Cuidado! —exclamó Chuuya, activando por instinto una fracción mínima de su control gravitatorio para anclarse al asiento.
Pero el chico a su lado no tuvo tanta suerte. Izuku Midoriya, que estaba medio levantado para ajustar su mochila, salió disparado lateralmente cuando el tren dio un bandazo final antes de detenerse en seco.
El impacto no fue contra el suelo frío, sino contra algo sorprendentemente firme y, a la vez, suave.
Izuku sintió que su rostro se hundía en una superficie cálida. El olor a jabón neutro y algo parecido al ozono inundó sus sentidos. Tardó dos segundos en procesar que no estaba tocando el asiento, sino que su cabeza estaba firmemente encajada entre las piernas del chico de la gorra. Específicamente, su rostro estaba presionado contra los muslos de Chuuya, que habían amortiguado su caída como si fueran almohadas de gimnasio.
El silencio que siguió al accidente fue sepulcral, solo roto por el siseo del vapor del tren.
Chuuya se quedó congelado. Su rostro, usualmente pálido, se encendió en un rojo carmesí que rivalizaba con su propio cabello. Podía sentir la respiración agitada del desconocido contra su piel a través de la tela del pantalón.
—Eh... yo... —La voz de Izuku salió amortiguada, sonando como un chillido ahogado.
El peliverde se impulsó hacia atrás con la rapidez de un resorte, golpeándose la nuca contra la ventana en el proceso. Se llevó las manos a la cara, cubriéndose hasta las orejas, que estaban tan rojas como las de Chuuya.
—¡Lo siento mucho! ¡Lo siento, lo siento, lo siento! —Izuku empezó a hacer reverencias frenéticas, aún sentado—. ¡La inercia... el tren... no fue mi intención aterrizar en tus... en ti! ¡Perdón!
Chuuya se acomodó la gorra con manos temblorosas, tratando de recuperar su fachada de indiferencia. Sin embargo, su corazón latía con una fuerza que no recordaba haber sentido ni en los entrenamientos más duros con Mori.
—Está bien —logró decir Chuuya, su voz un poco más aguda de lo normal—. Fue el tren. No podías evitarlo.
Izuku se atrevió a mirar por entre sus dedos. Vio al chico de la gorra: era pequeño, pero emanaba una presencia extrañamente poderosa. Y aunque intentaba ocultarse, Izuku notó el brillo de sus ojos. Un azul eléctrico y un café cálido.
—Eres... eres muy amable —balbuceó Izuku, tratando de calmar sus nervios—. Soy Izuku Midoriya. También vas al examen de la U.A., ¿verdad?
Chuuya asintió lentamente, observando la sinceridad en los ojos verdes del otro. Era una mirada que no conocía; no había malicia, ni segundas intenciones, solo una honestidad casi dolorosa.
—Chuuya. Solo Chuuya —respondió, omitiendo el apellido Nakahara por puro hábito de supervivencia—. Y sí, voy a la U.A. Aunque si el tren no se mueve, llegaremos tarde.
—¡Es verdad! —Izuku entró en pánico de nuevo, mirando su reloj—. ¡Si no llegamos a tiempo, todo el entrenamiento con All Mi... quiero decir, todo mi esfuerzo será en vano!
Chuuya observó al chico peliverde con curiosidad. Había algo en él que le recordaba a un cachorro asustado pero decidido. Observó los daños en el vagón; parecía que un objeto en las vías había forzado el frenado, pero no había peligro inminente.
—Cálmate, Midoriya —dijo Chuuya, y por primera vez en años, una pequeña y genuina sonrisa curvó sus labios—. Si nos descalifican por un accidente ferroviario, entonces esa escuela no es tan buena como dicen. Además... —hizo una pausa, entrecerrando los ojos mientras analizaba la situación del vagón—, parece que el conductor ya está reiniciando los sistemas. Estaremos allí en diez minutos.
Izuku se quedó embobado por un momento. La voz de Chuuya era tranquila, melódica, y su capacidad para analizar la situación en medio del caos era impresionante.
—Eres muy observador, Chuuya-kun —dijo Izuku, sus ojos brillando con esa curiosidad analítica que lo caracterizaba—. ¿Tu quirk tiene algo que ver con la percepción?
Chuuya se tensó ligeramente. La palabra "quirk" o "don" siempre era un terreno pantanoso. Lo que él tenía era una maldición refinada en un laboratorio, una manipulación de la gravedad que Mori usaba como herramienta.
—Algo así —respondió con evasivas—. Manipulo la gravedad de lo que toco. Por eso no salí volando como tú.
Izuku ensanchó los ojos, emocionado.
—¡Eso es increíble! ¡El control gravitatorio es una de las habilidades más versátiles para el rescate y el combate urbano! Podrías anular la caída de escombros o inmovilizar a los villanos simplemente aumentando su peso...
Chuuya escuchó, atónito, cómo el chico a su lado desglosaba las aplicaciones de su poder con una precisión táctica que él mismo había tardado años en dominar. Nadie, excepto quizás Mori para fines destructivos, se había detenido a alabar su habilidad de esa manera tan... pura.
—Hablas mucho, ¿sabes? —interrumpió Chuuya, aunque no había veneno en sus palabras.
Izuku se tapó la boca, avergonzado.
—Perdón, es un hábito.
—No te disculpes —dijo Chuuya, bajándose un poco más la gorra, aunque esta vez para ocultar que se estaba sonrojando de nuevo—. Fue... interesante. Nadie me había dicho que mi poder fuera útil para rescatar gente. Siempre dicen que es para... otras cosas.
El tren volvió a ponerse en marcha con un suave tirón. El resto del viaje transcurrió en una conversación inusualmente cómoda para Chuuya. Midoriya era un libro abierto, y Chuuya, acostumbrado a leer entre líneas y detectar mentiras, se encontró bajando la guardia.
Cuando finalmente llegaron a la estación de la U.A., el imponente edificio de cristal se alzaba ante ellos.
—Bueno, aquí estamos —dijo Izuku, ajustándose las correas de su mochila—. Supongo que nos separarán para las pruebas prácticas.
Chuuya lo miró. Por un momento, sintió el peso de la mansión de Mori sobre sus hombros, el recuerdo de los castigos por no ser "perfecto". Pero luego miró a Izuku, que le sonreía con una determinación contagiosa a pesar de que sus piernas todavía temblaban un poco.
—Midoriya —llamó Chuuya antes de que el peliverde se alejara.
—¿Sí?
—No te mueras ahí fuera. Si entramos, te debo una revancha por haber usado mis piernas como almohada.
Izuku se puso rojo instantáneamente, recordando el incidente del tren.
—¡S-sí! ¡Dalo por hecho!
Las pruebas fueron un borrón de adrenalina. Chuuya se movió por el campo de batalla como un vendaval oscuro, aplastando robots con un solo toque y saltando entre edificios con la ligereza de una pluma. Su mente táctica, forjada en el abuso y la necesidad de sobrevivir, le permitió acumular puntos de villano sin sudar demasiado. Pero lo que realmente le llamó la atención fueron los puntos de rescate. Recordó las palabras de Midoriya y, por primera vez, se detuvo a ayudar a un chico con gafas que estaba a punto de ser aplastado por un bloque de hormigón.
Al final del día, Chuuya estaba agotado, pero no solo físicamente. Su mente estaba en otro lugar.
Unas semanas después, el sobre de la U.A. llegó a la residencia de Mori. Chuuya lo abrió en la privacidad de su habitación, con las manos temblando.
Aceptado. Primer lugar en el examen práctico.
Pero lo que más le importaba, aunque le costara admitirlo, era saber si el chico peliverde lo había logrado.
El primer día de clases, Chuuya caminó por los pasillos de la U.A. sintiéndose como un impostor. Llevaba el uniforme perfectamente puesto, aunque su gorra seguía siendo parte de su atuendo, desafiando las normas escolares desde el primer minuto.
Al entrar al aula 1-A, el ruido era ensordecedor. Un chico alto de cabello azul estaba regañando a alguien por poner los pies sobre la mesa. Chuuya buscó un lugar al fondo, queriendo pasar desapercibido, pero una voz familiar lo detuvo.
—¡Chuuya-kun! ¡Viniste!
Izuku Midoriya estaba allí, rodeado de una luz de alegría que Chuuya encontró casi cegadora. A su lado, un chico de cabello bicolor, mitad blanco y mitad rojo, observaba la escena con una mirada intensa y melancólica.
Chuuya se acercó, tratando de mantener su aire de chico duro.
—Te dije que no te murieras, Midoriya —dijo Chuuya, cruzándose de brazos—. Parece que eres más resistente de lo que pareces.
—¡Apenas lo logré! —rio Izuku, rascándose la nuca—. Por cierto, él es Todoroki Shoto. Todoroki-kun, él es Chuuya, el chico del que te hablé.
Todoroki asintió levemente, evaluando a Chuuya. El pelirrojo sintió una punzada de reconocimiento al mirar los ojos del chico bicolor. Había una sombra allí, una rigidez en su postura que Chuuya conocía muy bien. Era la marca de alguien que ha crecido en una jaula de oro, bajo las expectativas de un padre que no conoce la palabra "amor".
—Hola —dijo Todoroki con voz monótona—. Midoriya dice que tu control de la gravedad es impresionante.
—Y él dice que tú eres el hijo de Endeavor —respondió Chuuya, sin filtros—. Condolencias.
El silencio que siguió fue tenso. Izuku miró a ambos, preocupado por haber causado un conflicto, pero para su sorpresa, Todoroki soltó un pequeño suspiro que casi parecía una risa seca.
—Entiendo —dijo Todoroki—. Así que tú también lo sabes.
Chuuya no necesitó más palabras. En ese momento, se forjó un vínculo silencioso entre los dos. Midoriya, el corazón del grupo, no entendía del todo la profundidad de ese intercambio, pero sabía que algo bueno estaba naciendo.
—¡Vayan a sus asientos si van a jugar a ser amigos! —Una voz rasposa y cansada surgió desde el suelo.
Un hombre envuelto en un saco de dormir amarillo, con el cabello negro y desaliñado, los observaba con ojos inyectados en sangre. Era Shota Aizawa, su profesor tutor.
Aizawa se levantó, su mirada recorriendo a los estudiantes hasta detenerse en Chuuya. El profesor, un experto en observar lo que otros preferían ignorar, notó la forma en que el chico de la gorra evitaba el contacto visual directo y cómo su cuerpo se tensaba defensivamente cuando alguien se acercaba demasiado por detrás.
"Otro niño con una historia pesada", pensó Aizawa, suspirando.
La clase comenzó con una prueba de aprehensión de quirks. Chuuya brilló, lanzando una pelota a una distancia infinita simplemente eliminando su gravedad. Pero mientras los demás celebraban, él se mantuvo al margen, observando a Midoriya.
Vio cómo el peliverde se rompía un dedo para lanzar la pelota, una muestra de sacrificio que hizo que a Chuuya le doliera el pecho. ¿Por qué alguien se esforzaría tanto por un sueño?
Al terminar las clases, los tres —Izuku, Chuuya y Todoroki— caminaron hacia la salida.
—Chuuya-kun —dijo Izuku, deteniéndose frente a las puertas de la escuela—, me alegra mucho que estemos en la misma clase. Sé que... bueno, pareces alguien que prefiere estar solo, pero si alguna vez necesitas hablar de algo, o practicar, o simplemente comer algo... aquí estoy.
Chuuya miró a Izuku. La luz del atardecer hacía que las pecas del chico brillaran. Por un momento, el peso de Mori, del laboratorio y de su pasado se sintió un poco más ligero.
—No te pongas sentimental, Midoriya —gruñó Chuuya, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara—. Pero... supongo que no me vendría mal un poco de compañía.
Todoroki, que caminaba a su lado, asintió.
—Yo también iré. La cafetería tiene buen soba frío.
Chuuya Nakahara, el chico que había sido una herramienta durante toda su vida, caminó por primera vez hacia el tren no como un prisionero que regresa a su celda, sino como un estudiante que ha encontrado algo que Mori nunca pudo darle: una elección.
Y mientras el tren avanzaba, Chuuya recordó el momento en que Izuku cayó en su regazo. Tal vez, pensó, la gravedad no solo servía para aplastar cosas. Tal vez, a veces, servía para atraer a las personas adecuadas en el momento justo.
—Oye, Midoriya —dijo Chuuya mientras subían al vagón.
—¿Sí?
—La próxima vez que te caigas sobre mí, asegúrate de que no haya tanta gente mirando. Es vergonzoso.
Izuku se puso rojo como un tomate, mientras Todoroki los miraba con genuina confusión.
—¿Se cayeron? ¿Cuándo?
—¡Es una larga historia, Todoroki-kun! —exclamó Izuku, agitando las manos.
Chuuya se ajustó la gorra, ocultando su risa. Por primera vez en dieciséis años, el camino a casa no se sentía tan oscuro.
