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Rey de las hadas

Fandom: Danmachi y los 7 pecados capitales

Creado: 18/9/2026

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Bajo las alas del Rey Hada

El viento soplaba con una reverencia casi tangible sobre las colinas vírgenes situadas a cientos de leguas al este del laberinto de Orario. Era una tierra que los mapas mortales señalaban como un vacío inhóspito, una frontera salvaje donde ni las expediciones del Imperio ni las caravanas comerciales se atrevían a adentrarse sin un batallón de vanguardia. Sin embargo, en el epicentro de aquel silencio terrenal, el suelo latía con un pulso antiguo, mucho más viejo que la llegada de los dioses desde los cielos.

Allí, en una meseta rodeada de brumas encantadas, se erguía el retoño del Gran Árbol Sagrado.

Aunque aún no alcanzaba las dimensiones titánicas del que una vez albergó su hogar original, el tronco ya poseía el grosor de una fortaleza y sus raíces perforaban las venas mágicas del planeta, purificando la tierra corrupta por los monstruos errantes. Sus hojas brillaban con un resplandor esmeralda que desafiaba a la noche, emitiendo un polen dorado que curaba la fatiga del alma con solo respirarlo.

Flotando a decenas de metros del suelo, inmóvil como una deidad esculpida en jade y oro, se encontraba Harlequin.

El Rey Hada ya no lucía la apariencia infantil de sus años de indolencia, ni la corpulencia cómica con la que solía esconder sus inseguridades ante los humanos. Su forma adulta era imponente y serena. De su espalda nacían cuatro alas gigantescas, translúcidas y luminosas, que despedían partículas de maná puro con cada suave ondulación. Vestía con la elegancia sobria de un soberano que no necesitaba coronas para demostrar su estatus; a su lado, descansando dócilmente en el aire como un felino domesticado, flotaba la Lanza Espiritual Chastiefol, adaptada en un cojín mullido de tela verde musgo.

King contemplaba el horizonte con ojos castaños cargados de una sabiduría que abarcaba siglos. Había caminado por este mundo antes de que los dioses decidieran sellar su Arcanum y descender para jugar a ser padres de los mortales. Conoció la gloria desmedida de las familias de Zeus y Hera; vio cómo sus campeones empuñaban habilidades que rozaban el milagro y observó, desde las sombras del bosque antiguo, el trágico declive de su hegemonía ante el Dragón Negro de un Solo Ojo. Conocía a los dioses. Comprendía su tedio milenario, su caprichosa generosidad y, por encima de todo, su insaciable codicia por lo extraordinario.

—Majestad —resonó una voz cantarína y suave detrás de él.

King giró levemente la cabeza sin descender. Ante el tronco del Árbol Sagrado se arrodillaba una procesión de al menos cincuenta figuras etéreas. A diferencia de las hadas de Britannia, que a menudo carecían de inclinaciones marciales y dependían casi en su totalidad de la protección de su rey, las hadas nacidas en este continente poseían una afinidad mágica asombrosa. Eran capaces de invocar cantos concurrentes sin entrenamiento previo, manipular los cuatro elementos con la destreza de un mago elfo de primer orden y proyectar barreras que habrían hecho palidecer a los conjuradores de la Familia Ganesha o Loki.

Esa fuerza innata, equivalente a la de aventureros de nivel intermedio y alto sin necesidad de portar el Falna en sus espaldas, las convertía en el tesoro más codiciado por las deidades de Orario. Durante décadas habían sido cazadas, engañadas con contratos devotos o forzadas a esconderse en los rincones más profundos del mundo.

Hasta que el Árbol Sagrado volvió a brotar.

—Levántense —ordenó King con voz calmada, pero envuelta en una autoridad natural que no admitía réplica. El cojín descendió lentamente, llevándolo hasta situarse a la altura de sus nuevos súbditos—. No hay necesidad de postrarse. En este bosque no somos amos y sirvientes; somos ramas del mismo tronco.

La que encabezaba la procesión, un hada de cabellos plateados llamada Cheryl, levantó el rostro bañado en lágrimas de alivio. Apretó contra su pecho un bastón de madera viva del que brotaban chispas de relámpago contenido.

—Mi señor… hemos viajado desde las cordilleras del norte —dijo con la voz entrecortada—. Los enviados de las familias mercenarias nos pisaban los talones. Prometían bautizarnos bajo el manto de sus dioses, diciendo que nuestra magia pertenecía a las deidades que gobiernan la superficie. Si no aceptábamos, nos encerrarían en jaulas de oricalco para vender nuestros dones en los mercados clandestinos.

King suspiró con pesadumbre. Una chispa de desdén brilló en su mirada.

—Los dioses bajan a la tierra buscando emociones que mitiguen su eternidad —murmuró, cruzándose de brazos mientras flotaba en posición de loto—. Y cuando encuentran algo hermoso y libre, su primer instinto es ponerle una correa y llamarlo devoción.

—¿Nos permitirá quedarnos, majestad? —preguntó Cheryl, mientras el resto de los suyos contenía la respiración—. Sabemos luchar. Podemos proteger los linderos del bosque si nos enseña. Nuestra magia responderá a su voluntad.

—Este bosque fue creado para ustedes —respondió Harlequin, permitiendo que una leve y cálida sonrisa asomara en sus labios—. No acepto su lealtad a cambio de servicio armado, sino a cambio de paz. Mientras respeten la vida del Árbol y de la tierra que pisan, ningún mal de este mundo volverá a tocarles un solo cabello.

Un murmullo de gratitud recorrió a la multitud. Varios de los más jóvenes rompieron a llorar mientras sentían cómo la barrera natural del árbol envolvía sus cuerpos, nutriendo sus reservas mágicas agotadas tras semanas de persecución.

Sin embargo, la paz duró poco.

Las enormes hojas del Árbol Sagrado vibraron con un zumbido agudo. A través de la habilidad innata de King, la conexión con las raíces le transmitió de inmediato una distorsión en la frontera exterior. Cerca de doscientos intrusos acababan de cruzar la línea limítrofe, quemando el sotobosque a su paso con antorchas empapadas en aceite de monstruo para despejar el camino.

King entrecerró los ojos.

—Parece que sus perseguidores no comprendieron la advertencia inscrita en el viento —dijo con frialdad.

—¡Majestad! —exclamó Cheryl, poniéndose de pie con el bastón encendido en llamas púrpuras—. ¡Son ellos! Traen consigo a un dios… un señor de la guerra menor que financia a cazadores clandestinos en los confines del Imperio.

—Un dios que cree que las leyes del cielo se aplican en mis dominios —respondió King. Su tono no denotaba furia, sino una absoluta falta de paciencia—. Quédense junto al tronco. No intervengan. No será necesario.

Con un pensamiento, la suave almohada flotante se descompuso en decenas de partículas doradas que se reagruparon al instante, transformándose en una imponente lanza de acero mítico con un diseño intrincado y hojas en forma de cruz. King no necesitó tocar el arma. Chastiefol se colocó horizontalmente frente a él, y con un suave impulso de sus cuatro alas, el Rey Hada surcó el cielo en un destello de luz, dirigiéndose hacia los límites de su reino.


En el linde exterior del bosque, el aire olía a ceniza y resina quemada.

Un contingente numeroso avanzaba talando los árboles centenarios con hachas imbuidas en magia de fuego. Al frente marchaba una figura ataviada con sedas escarlatas y armadura de plata pulida: un dios de mirada lasciva y sonrisa arrogante, flanqueado por dos capitanes de complexión hercúlea que portaban el emblema de una espada cruzada sobre un cráneo. Eran aventureros de Nivel 4 y 5, hombres curtidos en las guerras fronterizas que despreciaban a cualquiera que no portara la bendición divina.

—¡Continúen talando! —bramó el dios, cuyo nombre mortal solía ser susurrado con temor en los bajos fondos—. Esas pequeñas sabandijas mágicas se esconden en este matorral. Mi Familia necesita hechiceras innatas; con su poder en mis filas, los gremios menores de Orario tendrán que doblar la rodilla cuando decida reclamar una sede comercial. ¡Atrápenlas vivas a todas!

—Señor —intervino uno de los capitanes, escudriñando la densa arboleda con nerviosismo—. Este bosque… no parece normal. El maná en el ambiente es tan espeso que sofoca la piel. Ni siquiera en los pisos intermedios del Calabozo he sentido una presión semejante.

—Bah, tonterías de campesino supersticioso —escupió la deidad—. La magia de este mundo no es nada comparada con el favor de los cielos. No importa qué clase de espíritu habite aquí, se arrodillará cuando vea el símbolo de mi…

Las palabras del dios se extinguieron de golpe.

Una ráfaga de viento glacial descendió en picado desde las nubes, sofocando de inmediato los fuegos provocados por los mercenarios. La temperatura se desplomó drásticamente y el suelo vibró, no con un temblor destructivo, sino con la sacudida de una fuerza descomunal que exigía silencio.

Descendiendo con una lentitud humillante, King se detuvo a diez metros sobre las copas de los árboles calcinados. Sus cuatro alas desplegadas abarcaban una envergadura colosal, eclipsando la luz del sol crepuscular. Sus ojos dorados los contemplaban como si no fueran más que insectos cruzando el umbral equivocado.

—Han quemado vida que no les pertenece —dijo King. Su voz no era estridente, pero resonó en las mentes de los doscientos soldados con el peso de una campana de bronce—. Les di una oportunidad cuando cruzaron las colinas exteriores. El viento les pidió que se marcharan. ¿Por qué insisten en buscar su propia tumba?

El capitán de Nivel 5 retrocedió instintivamente, desenvainando un espadón pesado mientras el sudor frío empapaba su frente.

—¿Quién demonios eres? —gritó el mercenario—. ¡Identifícate! ¿A qué familia perteneces? ¡No veo el emblema de ningún dios en tu vestimenta!

—No pertenezco a nadie —respondió King con total serenidad—. Soy Harlequin, el Rey de las Hadas. Y esta tierra está bajo mi protección absoluta.

El dios estalló en una carcajada histérica, tratando de enmascarar el pavor primordial que la presencia del monarca le provocaba en el fondo de su ser divino.

—¿Un "Rey"? —se burló el dios, dando un paso al frente y extendiendo los brazos—. ¡Maldito engendro arrogante! ¡Ningún mortal ni monstruo tiene derecho a llamarse gobernante ante la presencia de un habitante del cielo! ¡Entrégame a las hadas que has acogido! Si me sirves, tal vez considere perdonarte la vida y otorgarte un lugar como bestia de carga en mi séquito. ¡Capitanes, descuarticen a ese bastardo alado!

Los dos guerreros de élite rugieron, impulsando sus cuerpos con la fuerza brutal que les concedía el Falna. Sus habilidades mágicas se encendieron, convirtiendo sus armas en estelas de fuego y relámpago mientras se catapultaban hacia King con la intención de cortarlo en dos.

King ni siquiera parpadeó.

Levantó dos dedos de la mano derecha con una apatía casi ofensiva.

—Lanza Espiritual Chastiefol, Forma Cinco: Increase.

En una fracción de segundo, la imponente lanza se fragmentó en una miríada de proyectiles pequeños con forma de cuchillas doradas. No eran docenas; eran miles. Brillando con un resplandor cegador, las armas flotantes cubrieron el firmamento como un enjambre de avispas divinas.

—¿Qué demonios es eso…? —susurró el capitán antes de que el ataque se desatara.

Con un simple movimiento del dedo índice de King, la tormenta de cuchillas cayó.

El bombardeo fue quirúrgico, aterrador y absoluto. Las cuchillas trazaron trayectorias imposibles en el aire, rasgando el viento con silbidos ensordecedores. Los capitanes apenas lograron alzar sus defensas antes de que sus armas fueran reducidas a virutas de metal. Las armaduras de grado superior se deshicieron como papel mojado. Las cuchillas no atravesaron órganos vitales únicamente porque King así lo decidió; en su lugar, se clavaron con precisión matemática en las articulaciones, hombros y extremidades de cada uno de los doscientos mercenarios.

En menos de tres segundos, el ejército entero estaba en el suelo, desarmado, inmovilizado y aullando de dolor sobre la hierba ensangrentada. Ni un solo hechizo pudo ser completado; ni un solo paso más fue dado.

El dios se quedó completamente solo, de pie entre sus tropas masacradas, con los ojos desorbitados y el rostro pálido como la tiza. Sus rodillas comenzaron a chocar entre sí.

—Im… imposible… —balbuceó el inmortal—. ¿Magia sin conjuro? ¿Sin círculos mágicos? ¿Sin la bendición del cielo? ¡Eso desafía el orden de las cosas! ¿Qué clase de monstruo eres?

King descendió hasta posar suavemente sus botas sobre la tierra húmeda. Las miles de cuchillas de Increase se reunieron a su espalda, fundiéndose de nuevo en la elegante forma original de la lanza, cuya punta apuntó directamente a la garganta de la divinidad a escasos milímetros de su piel.

El poder latente que emanaba del arma era tan monstruoso que la divinidad sintió cómo su propio ser espiritual se estremecía dentro del recipiente mortal.

—Conozco a los de tu clase —dijo King, dando un paso adelante con una mirada tan pesada como una montaña—. Vi a Zeus reír mientras sus héroes morían por su orgullo. Vi a Hera exigir perfección a costa de la cordura de sus hijos. Ninguno de ellos, con todo su poder y gloria, se atrevió jamás a desafiar la soberanía del Árbol Sagrado mientras yo estuve vigilando. ¿Y tú, un dios menor que ni siquiera puede mantener la dignidad ante un simple movimiento de mi mano, vienes a reclamar lo que me pertenece?

—¡Si me matas, el Arcanum se liberará! —gritó el dios, temblando de pánico—. ¡Seré devuelto al cielo, pero el Gremio y todos los dioses de Orario sabrán lo que has hecho! ¡Declararán a tu bosque como una zona de calamidad!

King dejó escapar una risa amarga.

—Liberar tu poder sellado te costaría el exilio eterno del mundo mortal, un destino que dioses vanidosos como tú temen más que a la muerte misma —sentenció King con calma glacial—. Pero no te preocupes. No voy a matarte. La sangre de un dios solo marchitaría mis flores.

El Rey Hada alzó la palma izquierda hacia el bosque quemado.

Disaster.

La habilidad innata que gobernaba sobre la vida y la muerte, el crecimiento y la descomposición, se desplegó en su totalidad. Con una simple emanación de su voluntad, la ceniza del suelo cobró vida de inmediato. Las ramas calcinadas florecieron en cuestión de microsegundos; las raíces brotaron del suelo aprisionando al dios por los tobillos y levantándolo en el aire con firmeza implacable. En un parpadeo, todo el daño causado por la incursión mercenaria fue completamente borrado, restaurando el bosque a un estado aún más exuberante que el original.

El dios miró a su alrededor, atónito, incapaz de comprender una magia capaz de ignorar las leyes naturales sin costo alguno de maná aparente.

—Lleva a tus heridos y regresa por donde viniste —ordenó King, y la lanza Chastiefol emitió un destello esmeralda que empujó al dios hacia atrás sin llegar a cortarlo—. Dile al resto de los dioses que el Rey Hada ha despertado. Díselo a Urano, díselo a Freya y díselo a cualquiera que codicie a mis súbditos: el Bosque del Rey Hada no es un tablero de juego para sus caprichos divinos. Quien cruce esta frontera con intenciones hostiles, no volverá a ver la luz del sol.

Las raíces soltaron al dios, dejándolo caer de rodillas sobre el fango. El ser inmortal, que hacía unos minutos se proclamaba dueño de la creación, no emitió una sola réplica. Con el terror grabado a fuego en el alma, ordenó a trompicones a los pocos soldados que aún podían arrastrarse que cargaran a los caídos. Huyeron despavoridos entre la niebla como una jauría de perros apaleados.

King permaneció en silencio observando cómo las figuras desaparecían más allá del horizonte. El viento del este volvió a soplar, limpio y cargado de aromas florales.

—Majestad…

Cheryl y un grupo de hadas jóvenes habían observado todo desde el límite de los primeros árboles ancestrales. Sus ojos reflejaban una devoción absoluta, limpia de la sospecha que siempre habían guardado hacia los líderes mortales o divinos.

King suspiró levemente, y en un parpadeo, la temible lanza Chastiefol volvió a transformarse en un esponjoso almohadón verde. Dejando caer su peso sobre él con comodidad y cruzando las manos detrás de la cabeza, el Rey Hada flotó perezosamente de regreso hacia el Gran Árbol.

—Vuelvan adentro —dijo Harlequin, con una voz que había recuperado su tono cálido y familiar—. Aún queda mucho por hacer. El Árbol Sagrado necesita que plantemos nuevas semillas alrededor del lago, y tengo entendido que ustedes saben cantar melodías que ayudan a florecer las campanillas de luna.

—¡Sí, señor! —exclamó Cheryl, inclinando la cabeza con una reverencia cargada de genuino amor y respeto.

El soberano miró hacia la dirección en la que yacía Orario, oculto tras cientos de kilómetros de distancia. Sabía que las noticias de este encuentro no tardarían en llegar a los oídos del Gremio y de las deidades más poderosas de la gran ciudad. Sabía que vendrían emisarios, quizás ofertas de alianza o incluso amenazas veladas de las familias más orgullosas.

Pero mientras acariciaba suavemente la corteza del Gran Árbol Sagrado que crecía imponente hacia el firmamento, Harlequin cerró los ojos con una sonrisa tranquila.

Esta vez, el hogar de las hadas jamás caería.

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