
El Amor es una Maldición
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 20/9/2026
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Ecos de una carne maldita
El olor a formaldehído tenía la mala costumbre de adherirse a la ropa como una segunda piel. No importaba cuántas veces Shoko Ieiri se cambiara de bata, cuántas pastillas de menta disolviera bajo la lengua o cuántos cigarrillos encendiera frente a la pequeña rendija de ventilación en el sótano del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio; la muerte olía siempre a lo mismo. Era una peste metálica, fría y dulzona, el rastro químico del esfuerzo inútil del hombre por evitar que la carne volviera a ser polvo.
Sentada sobre una banqueta giratoria, Shoko sostenía un cigarrillo entre el índice y el anular de la mano enguantada en látex. La ceniza, gris y precaria, amenazaba con desplomarse sobre los historiales médicos esparcidos por la mesa de acero.
Frente a ella, los expedientes descansaban abiertos en abanico. Uno en particular destacaba por encima del resto, engrosado por gráficos de fluctuación de energía maldita que parecían sismogramas de un terremoto permanente: Yuta Okkotsu. Un muchacho flaco, de hombros caídos y mirada vidriosa, que cargaba sobre su nuca el cadáver furioso de una niña muerta.
«El amor es la maldición más retorcida de todas».
La frase había llegado a sus oídos apenas un par de días atrás, rebotando en los pasillos de madera como un eco sucio. Satoru se la había soltado al chico con esa ligereza suya, casi teatral, con la que solía despachar las tragedias ajenas y las propias. Había sonreído con la arrogancia intacta, oculto tras la venda negra, dándole al nuevo alumno una llave forjada con cinismo para abrir los grilletes que lo ataban a Rika Orimoto.
Una maldición.
Shoko exhaló una densa columna de humo azulado que ascendió hacia las lámparas fluorescentes. El tubo zumbaba con una vibración eléctrica monótona que le perforaba las sienes. ¿El amor? En el mundo de la hechicería, el amor no era una fuerza poética ni un refugio; era una vulnerabilidad operativa, un punto ciego por el que se colaba una lanza, un ancla pesada que te arrastraba al fondo cuando el barco se hundía. Sabía que Satoru tenía razón en la teoría. La energía maldita nacía de las emociones negativas: el miedo, la rabia, la culpa, el dolor. Pero el amor... el amor era la raíz que alimentaba todas esas ramas podridas. El amor engendraba la desesperación de la pérdida, y la pérdida creaba monstruos. Rika era la prueba viviente de ello, una masa de fauces y garras nacida de la negativa infantil de un niño a dejar partir a quien amaba.
Y afuera, en las sombras de un invierno que se anunciaba feroz, Suguru Geto movía sus piezas.
El nombre no necesitaba ser pronunciado para flotar en la morgue. Estaba allí, en el rincón donde antes solían apilarse tres latas de refresco en lugar de dos. Estaba en la memoria muscular de las manos de Shoko, acostumbradas a suturar heridas que Suguru y Satoru se hacían mutuamente en los entrenamientos de su adolescencia. La inminencia de un conflicto a gran escala se sentía en el aire, como la pesadez de una tormenta que cargaba la atmósfera de ozono antes del primer rayo. Geto estaba preparando algo monstruoso, y Satoru lo sabía. Todos lo sabían.
Shoko se frotó los ojos con el dorso de la mano limpia. Las ojeras que le oscurecían la piel bajo los párpados inferiores no eran una novedad cosmética; eran surcos cavados por diez años de insomnio, disecciones y la multiplicación absurda de la técnica inversa, donde curar a otros significaba quemar su propia energía hasta que las vísceras le temblaban de agotamiento.
El chirrido familiar de la puerta de acero la sacó de su letargo.
No hubo pasos silenciosos ni cautelares. La entrada fue anunciada por el golpe seco de unos zapatos de suela dura y esa presencia abrumadora que desplazaba el aire como si una montaña entera hubiera decidido colarse por el marco de la puerta.
—¡Shoko~! —canturreó la voz, tan artificialmente brillante que provocaba una punzada inmediata detrás de los ojos—. Qué frío hace aquí abajo. Deberías pedirle a Yaga un calefactor nuevo, o al menos dejar entrar un poco de sol. Este lugar parece la despensa de una funeraria.
—Es la morgue de una escuela de hechiceros, idiota —respondió ella sin girarse, dando una última calada a su cigarrillo antes de apagarlo en un cenicero de metal repleto de colillas aplastadas—. La carne se conserva mejor en frío. Y tú hueles a azúcar quemada.
Satoru Gojo se detuvo junto a la mesa metálica, alzando una bolsa de papel arrugada con el logotipo de una pastelería de Ginza. Con su metro noventa de estatura, su silueta delgada vestida enteramente de negro parecía devorar la escasa iluminación del laboratorio. Llevaba el cabello blanco alborotado, desafiando a la gravedad en mechones puntiagudos, y esa gruesa venda negra cubriéndole desde el puente de la nariz hasta la frente, sellando esos ojos que veían demasiado.
—Son dorayakis rellenos de crema de castañas —dijo él, apoyando una cadera contra el borde de la mesa de autopsias con una falta total de respeto por la higiene—. Edición limitada de temporada. Deberías agradecer que me acordé de mi médico favorita.
—Déjalos ahí. Se enfriarán rápido —dijo Shoko, quitándose los guantes de látex con un chasquido elástico y arrojándolos al cubo de residuos biológicos—. Supongo que no viniste hasta este sótano sólo para traerme carbohidratos.
—Hombre de negocios, mujer ocupada —Satoru chasqueó la lengua, inclinando la cabeza hacia los papeles—. Necesito los informes biológicos de los chicos de primero. En especial los de Yuta. El director quiere asegurarse de que el chico no vaya a explotar espontáneamente antes de que termine el mes.
Shoko deslizó la carpeta de Okkotsu hacia el borde de la mesa con un empujón de sus dedos manchados ligeramente por la nicotina.
—Físicamente está dentro de la norma para un adolescente desnutrido y con estrés postraumático crónico —explicó ella con su tono clínico, neutro y desapasionado—. Pero su flujo maldito no tiene sentido, Satoru. Es como si tuviera un océano encadenado a una taza de té. Su cuerpo apenas resiste el retroceso cada vez que la criatura manifiesta un porcentaje mínimo de su poder. Si sigue forzándolo a pelear en misiones de campo, sus órganos colapsarán antes de que la maldición decida devorarlo.
Gojo tomó la carpeta con dos dedos largos y pálidos, hojeándola con una rapidez casi desdeñosa, aunque Shoko sabía que sus Seis Ojos podían procesar cada palabra y gráfico impreso incluso a través de la tela de la venda.
—Estará bien —afirmó el chamán con una sonrisa tranquila, esa clase de sonrisa que daba escalofríos a cualquiera que conociera el peso del abismo sobre el que se sostenía—. Es un buen chico. Tiene potencial. Tal vez llegue a ser tan fuerte como yo.
—No seas ridículo. Nadie llega a ser tan fuerte como tú.
—Bueno, es verdad, la perfección no se replica con facilidad —bromeó él, cerrando la carpeta de un golpe seco—. Pero mientras aprenda a controlar a Rika, dejará de ser una bomba de tiempo. Ya le di la pista que necesitaba.
Shoko se quedó quieta. Las palabras volvieron a instalarse en su garganta, pesadas como plomo.
—Sí. La pista —murmuró ella.
Satoru guardó el informe bajo el brazo, dio media vuelta y levantó una mano en un gesto casual de despedida, dirigiéndose hacia la salida con esa zancada elástica que parecía ignorar la gravedad del mundo exterior.
—Me largo. Maki y Panda lo están esperando para una sesión de combate cuerpo a cuerpo. Tengo que asegurarme de que no le arranquen un brazo antes de la hora del almuerzo. Nos vemos luego, Sho—
—Satoru.
La voz de Shoko no fue un grito, pero tuvo el peso cortante de un escalpelo deslizándose sobre el tendón. Satoru se detuvo a dos pasos del umbral. No giró el cuerpo por completo, pero ladeó la cabeza, la barbilla levantada ligeramente, esperando la réplica médica habitual, algún recordatorio sobre recetas de analgésicos o un insulto seco sobre sus hábitos alimenticios.
—¿El amor es una maldición?
La pregunta cayó en el espacio gélido del sótano con la nitidez de una gota de sangre impactando en un plato de porcelana.
El cuerpo de Gojo se tensó de forma casi imperceptible. Un observador común no lo habría notado, pero Shoko había pasado más de una década leyendo cada milímetro de sus posturas, midiendo su pulso invisible. El silencio que siguió duró apenas tres segundos, pero en la penumbra de la morgue se estiró como una cuerda a punto de romperse.
—Fue una forma poética de explicárselo a Okkotsu —respondió él, recuperando su tono desenfadado, aunque había perdido un matiz de su brillo habitual—. Si comprende que la atadura no es solo de ella hacia él, sino de él hacia ella, podrá desatar el nudo. Las palabras importan, Shoko. Tú lo sabes.
—No te pregunté por qué se lo dijiste al chico —dijo ella, poniéndose de pie lentamente.
El sonido de sus tacones color crema resonó sobre el suelo de cemento pulido. No era una mujer pequeña; su altura le permitía sostener miradas con la mayoría de los hombres, y aunque Satoru le sacaba casi una cabeza, la distancia no la intimidaba. Nunca lo había hecho. Se colocó frente a él, cruzando los brazos sobre el suéter azul de cuello alto, su bata blanca abierta ondeando ligeramente con el movimiento. El lunar bajo su ojo derecho parecía acentuarse con las sombras de su rostro cansado.
—Te pregunté si tú crees que lo es —insistió, clavando sus ojos castaños en la tela negra que ocultaba los suyos—. Si esa es tu postura... ¿qué hay de nosotros?
Satoru no se movió. Su sonrisa se volvió fija, una máscara de cera.
—¿Nosotros? —repitió, soltando una risita seca que sonó hueca—. Vamos, Shoko. No me salgas con sentimentalismos ahora. No te pega nada. Pareces una de esas señoras de las telenovelas que ve Yaga por las tardes.
—Mírame, Satoru.
—Te estoy mirando.
—Quítate esa maldita cosa y mírame bien.
El aire entre ellos se volvió tan denso que casi requería esfuerzo respirar. Satoru dudó un instante, un pestañeo de vulnerabilidad tan raro en él que resultaba violento. Lentamente, alzó la mano izquierda, enganchó el borde superior de la venda y la bajó de un solo tirón hasta su cuello.
Los Seis Ojos se revelaron. Eran de un azul imposible, una fractura en el tejido de la realidad que contenía infinitos matices de cielo, hielo y luz cósmica. Esos iris que no dejaban de procesar información, de desarmar la materia hasta sus átomos constitutivos, se fijaron en ella. No había burla en ellos ahora. Sólo una profundidad aterradora, solitaria y fría como el espacio exterior.
—Estoy cansada, Satoru —dijo Shoko, y su voz no tembló, pero se quebró en los bordes con una aspereza cruda—. Estoy asquerosamente cansada.
—Shoko, si necesitas vacaciones, puedo hablar con los altos mandos para que traigan a alguien de Kioto temporalmente—
—¡Cállate! —soltó ella, y por primera vez en años, un destello de ira pura cruzó su semblante relajado—. No me hables como si fueras mi jefe. No me trates como a uno de tus alumnos idiotas a los que compras con dulces. Sabes perfectamente a qué me refiero.
Ella dio un paso más hacia él, reduciendo el espacio hasta que casi podía sentir el calor de su cuerpo. El Infinito estaba allí, una barrera invisible e impenetrable que separaba a Satoru Gojo del resto del universo. Shoko levantó una mano, con los dedos pálidos extendidos, y presionó hacia adelante.
La palma de su mano se detuvo a un milímetro de la solapa del abrigo oscuro de Satoru. No tocaba la tela; flotaba sobre una resistencia elástica, un vacío que impedía cualquier contacto real.
—Mira esto —susurró Shoko, con una sonrisa amarga curvando sus labios secos—. Siempre encendido. Siempre a salvo. El hombre más fuerte del mundo no puede permitir que nada lo toque, ni siquiera el polvo, ni siquiera la sangre... ni siquiera yo.
Satoru bajó la vista hacia la mano de Shoko. Sus pupilas celestes se dilataron ligeramente.
—Es automático —dijo él en un susurro grave, despojado de cualquier artificio—. Sabes que no lo controlo conscientemente contra ti. Es mi técnica.
—No, no es tu técnica. Es tu jodida excusa —replicó ella, y aunque no podía atravesar el espacio infinito, no retiró la mano—. Estoy cansada de coser cadáveres de chicos de dieciséis años que mandas a la picadora de carne. Estoy cansada de abrir pechos, de reconstruir extremidades con energía maldita inversa hasta que me sangran las encías, de firmar certificados de defunción para familias que ni siquiera saben qué monstruo se tragó a sus hijos. Pero por encima de todo eso, Satoru... estoy harta de esperarte.
El rostro de Gojo no mostró ninguna emoción evidente, pero sus dedos, apretados contra la carpeta de Okkotsu, arrugaron el cartón.
—Shoko, este no es el momento—
—Nunca es el momento —lo interrumpió ella, clavando sus ojos marrones, hinchados por la fatiga y rodeados de sombras violáceas, directamente en ese cielo infinito de sus pupilas—. ¿Cuándo va a ser el momento? ¿Cuando Suguru ataque? ¿Cuando tengas que romperle el cuello con tus propias manos? ¿O cuando alguno de los dos termine en una de mis mesas de metal frío con una etiqueta en el dedo del pie?
La mención de Geto cayó como un martillazo. La mandíbula de Satoru se apretó de tal forma que los tendones de su cuello se marcaron bajo la piel clara.
—Suguru tomó su decisión —dijo él, con una voz tan baja y peligrosa que habría hecho caer de rodillas a cualquier hechicero ordinario—. No tiene nada que ver con esto.
—Tiene todo que ver con esto —rebatió Shoko, dando un golpe con el talón contra el suelo, furiosa por esa coraza de indiferencia—. ¡Tú y yo somos lo único que quedó de ese verano! Éramos tres, Satoru. Tres mocosos engreídos que creían que podían reescribir el mundo. Suguru enloqueció y se convirtió en una plaga. Tú te convertiste en un dios intocable. ¿Y yo? Yo me quedé atrapada en este agujero, lavándome la sangre de los muertos de las uñas, esperando a que volvieras de cada misión para ver si todavía respirabas.
Shoko respiró hondo, sintiendo el ardor del tabaco en sus pulmones congestionados. Estaba rompiendo todas las reglas que ella misma se había impuesto: la regla de no involucrarse, la de actuar como si el mundo de los hechiceros fuera solo un trabajo burocrático y aburrido, la regla de aceptar que las noches que pasaban juntos eran simplemente una descarga biológica entre dos soldados traumatizados.
—Lo que pasa entre nosotros en esa camilla —continuó ella, señalando con la barbilla hacia el fondo de la enfermería, donde una cama estrecha de hospital permanecía oculta tras una cortina verde descolorida—, ¿qué es, Satoru? ¿Es solo conveniencia? ¿Es solo que necesitas que alguien te recuerde que tienes piel, que sangras, que no eres una deidad abstracta? ¿O es una maldición?
Gojo no respondió de inmediato. Sus ojos celestes parpadearon, examinando el rostro de Shoko como si estuviera viendo a través de ella, buscando las corrientes de energía, los latidos apresurados de su corazón bajo el jersey azul, la vibración microscópica de su rabia contenida.
—Tú dijiste que no querías complicaciones —dijo él finalmente, las palabras arrastrándose con una cautela helada—. Hace años, cuando empezó todo esto. Dijiste que éramos los sobrevivientes y que necesitábamos sobrevivir. Nada más.
—¡Eso fue hace diez años, idiota! —estalló ella, y por fin retiró la mano del Infinito, dejándola caer pesadamente a su costado—. Hace diez años pensaba que podríamos arreglarlo. Pensaba que Suguru volvería, o que tú aprenderías a dejar de cargar el planeta sobre tus hombros. Pero no aprendiste nada. Solo te hiciste más alto, más fuerte y más ciego.
Shoko se pasó las dos manos por el cabello castaño, despeinándose con violencia, dejando que algunos mechones cayeran sobre su rostro cansado. La apatía que la definía, esa máscara de mujer fría y práctica que fumaba en las esquinas mientras el mundo ardía, se estaba cayendo a pedazos frente al único hombre que conocía su origen.
—Estoy cansada de fingir —susurró, y esta vez el tono fue de una vulnerabilidad tan desgarradora que llenó cada rincón del sótano—. Estoy cansada de que entres aquí a las tres de la madrugada cubierto del polvo de alguna ciudad que acabas de salvar, te metas en mi cama sin decir una palabra, me abraces como si fueras a desaparecer si me sueltas, y luego, con la luz del sol, vuelvas a ponerte esa estúpida venda y me trates como a tu colega de trabajo. No quiero más noches clandestinas si al día siguiente vas a fingir que solo somos compañeros de armas.
Gojo la miró. El Infinito pareció titilar.
—Shoko... si yo me detengo, si yo me permito caer... todo se viene abajo —dijo él, y por primera vez, su voz no era la del Chamán Más Fuerte, sino la de aquel adolescente que había visto morir a una niña frente a sus ojos en aquel templo sagrado—. Los viejos del consejo están esperando un solo error mío para ejecutar a Yuta, para desmantelar lo poco que hemos construido. Geto está reuniendo maldiciones en las sombras. No puedo... no tengo el lujo de ser débil.
—¿Amar es ser débil? —preguntó ella, dando un paso adelante otra vez, acortando la distancia que él intentaba mantener—. ¿Eso es lo que le enseñaste a Okkotsu? ¿Que amar a esa chica fue su gran error y su condena? ¿O le dijiste que el amor era una maldición porque tú tienes demasiado miedo de aceptar que sientes algo que tu técnica maldita no puede repeler?
Satoru apretó los labios. El color de sus ojos parecía fluctuar, una tormenta contenida en un frasco de vidrio.
—El amor ata, Shoko —dijo él con una frialdad dolorosa—. Mira a Yuta. Mira lo que le hizo a Rika. La convirtió en un monstruo para no dejarla ir. Mira lo que le pasó a Suguru. Creía tanto en su retorcido amor por los nuestros, en su deseo de protegernos solo a nosotros, que se pudrió por dentro. El amor en nuestro mundo no salva a nadie. Solo crea fantasmas que no te dejan morir en paz.
—¡Yo no soy una niña muerta atropellada por un coche, Satoru! —gritó ella, agarrándolo por las solapas del abrigo.
Y ocurrió.
El espacio no se dobló. La distancia matemática infinita no apareció para rechazarla. Sus manos se cerraron sobre la tela negra y gruesa del uniforme de Gojo, sintiendo la solidez de su pecho, el calor real y abrumador de su cuerpo. El contacto fue tan repentino, tan absoluto, que a Shoko se le cortó la respiración.
Él había bajado el Infinito.
Estaba allí, vulnerable a su tacto, a su alcance. Podía sentir el ritmo acelerado de su corazón contra sus nudillos. El hechicero invencible, el hombre que doblaba el espacio y el tiempo a su antojo, estaba siendo sostenido por una doctora con ojeras y manos manchadas de tabaco.
—No soy un fantasma —susurró Shoko, levantando la mirada para atrapar sus ojos descubiertos—. Estoy viva. Estoy aquí. Y si vas a venir a buscarme a la oscuridad cuando no puedas soportar el peso de tu propia cabeza, quiero que tengas los malditos pantalones de admitir lo que es.
Satoru la miró fijamente. Sus rasgos, habitualmente juveniles y despreocupados, parecían ahora afilados por una tristeza antigua, una que se remontaba a veranos sofocantes, cigarrillos compartidos a escondidas detrás del gimnasio y promesas que se habían roto contra el pavimento.
Lentamente, Gojo soltó la carpeta de informes médicos. Los papeles cayeron al suelo con un chasquido sordo, desparramándose junto a sus zapatos negros, pero ninguno de los dos bajó la vista.
Con una lentitud casi reverencial, Satoru levantó sus brazos largos. Sus manos, pálidas, de dedos finos y nudillos marcados, no fueron a apartarla. Se posaron en los hombros de Shoko, sobre la tela áspera de su bata blanca, y luego subieron hasta su cuello, sus pulgares rozando suavemente la línea de su mandíbula, justo por encima de su lunar.
El tacto de Satoru era cálido, casi ardiente en comparación con el aire helado de la morgue. No había barreras, no había energía maldita interponiéndose. Solo carne, hueso y una proximidad que rozaba la insolencia en un mundo condenado.
—Es una maldición, Shoko —dijo él, y su voz tembló apenas, una fractura microscópica en el diamante de su seguridad—. Si admito que te amo... si permito que este mundo sepa que eres mi punto de anclaje, te conviertes en el objetivo de cada maldición de grado especial, de cada hechicero corrupto del clan Zen'in o Kamo, de Suguru... de todos.
—¿Crees que no lo soy ya? —respondió ella, sin apartar la mirada, sintiendo la aspereza de las yemas de sus dedos contra su piel—. Soy la única persona en todo Japón capaz de realizar la técnica inversa en otros de forma continua. Ya soy un objetivo, Satoru. Si no me han matado es porque saben que tendrían que pasar por encima de ti para llegar a esta habitación. No te escondas detrás de mi seguridad para justificar tu cobardía.
Una media sonrisa, triste y rota, apareció en los labios de Gojo.
—Llamarme cobarde a mí... Solo tú te atreverías a decir semejante estupidez.
—Porque te conozco —replicó ella, su voz suavizándose a pesar de sí misma, sus manos aferrándose con más fuerza a la tela de su abrigo—. Conozco al mocoso que hacía berrinches cuando no le compraban sus dulces, al idiota que creía que Suguru y él eran los reyes del universo, y al monstruo solitario en el que te estás convirtiendo. No quiero tus discursos sobre el destino del mundo de la hechicería. Quiero saber si lo que hay entre nosotros es solo la inercia de no querer morir solos, o si significa algo más.
Satoru inclinó la cabeza hacia adelante, cerrando la distancia hasta que su frente descansó suavemente contra la de ella. El contacto de sus pieles fue un choque térmico. El aroma a azúcar quemada y pasteles caros que él siempre desprendía se mezcló con el olor a tabaco y formaldehído de ella, una colonia retorcida, amarga y extrañamente familiar.
Los ojos de Satoru se cerraron. En la oscuridad detrás de sus párpados, el mundo seguía girando a velocidades incomprensibles, las maldiciones seguían naciendo en los rincones oscuros de Tokio, y la silueta de Geto seguía sonriendo con desprecio desde las sombras del pasado. Pero allí, en ese sótano frío, con la frente apoyada en la de la única mujer que compartía sus fantasmas, el ruido ensordecedor de los Seis Ojos pareció bajar un decibelio.
—Te necesito viva —susurró él contra su piel. No fue una declaración poética, ni una frase extraída de una novela romántica. Fue una orden, una súplica y una confesión, todo prensado en tres palabras secas—. No podría soportar entrar a esta habitación y encontrarte sobre una de esas mesas. No lo soportaría, Shoko. Destruiría este país entero si te pasara algo.
—Entonces no me trates como a un mueble más de la enfermería —exigió ella, sintiendo el aire caliente de su respiración en los labios—. Si me necesitas viva, mírame como a una mujer viva, no como a una sombra que dejas atrás cada vez que te vas a jugar a ser Dios.
Satoru abrió los ojos. A esa distancia milimétrica, sus pupilas azules eran un torbellino que parecía amenazar con devorarla por completo. No había infinitud entre ellos ahora; solo la proximidad dolorosa de dos personas que habían sobrevivido a su propia juventud y no sabían qué hacer con los restos.
—¿Crees que no te amo? —preguntó él en un susurro áspero, y la palabra "amor" sonó extraña, casi sacrílega en sus labios—. Si no te amara, Shoko, este lugar no sería el único sitio del mundo donde puedo dormir sin soñar con sangre. Si no te amara, no volvería aquí cada vez que siento que me estoy volviendo completamente loco.
Shoko soltó un suspiro trémulo, una exhalación que llevó consigo semanas de tensión acumulada, de noches en vela mirando el techo de cemento, de miedo enterrado bajo capas de cinismo y nicotina.
—Entonces dilo bien —murmuró ella, desafiándolo hasta el final, porque no aceptaría medias tintas de un hombre que lo tenía todo—. Dilo sin excusas de hechicero.
Satoru deslizó sus manos desde el cuello de Shoko hacia sus mejillas, enmarcándole el rostro con una firmeza que no admitía escape. Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad que casi quemaba.
—Te amo, Shoko —dijo él, y la confesión no sonó dulce; sonó como una sentencia de muerte, como un juramento atado con cadenas de hierro forjado—. Y es una maldición. Porque si tú caes, yo caigo contigo. Y el mundo se va al infierno.
—Que se vaya al infierno —respondió ella sin vacilar un segundo.
Antes de que Satoru pudiera procesar la respuesta, Shoko tiró de sus solapas hacia abajo y selló sus labios contra los de él.
El beso no tuvo nada de la delicadeza que los amantes ordinarios compartían. Fue un choque desesperado, urgente y salobre, alimentado por el sabor amargo del tabaco que impregnaba la boca de ella y la dulzura artificial que quedaba en la de él. Era la colisión de dos náufragos que sabían que el barco ya se había partido en dos y que el agua helada estaba subiendo por sus rodillas.
Satoru respondió con una avidez salvaje, envolviendo sus brazos largos alrededor de la cintura de Shoko, levantándola ligeramente del suelo para apretarla contra su pecho. No había Infinito. No había barreras conceptuales ni fórmulas matemáticas complejas para protegerlo del contacto. Sentía el cuerpo delgado y firme de Shoko, el latido desbocado de su sangre, el calor humano y falible de una existencia que dependía de que él no fallara jamás.
Cuando finalmente se separaron, jadeando en el aire frío de la morgue, ninguno de los dos retrocedió. Satoru mantuvo su frente pegada a la de ella, sus manos firmemente ancladas en su espalda, como si temiera que el mundo exterior irrumpiera en la habitación en ese preciso instante para arrebatarle lo que acababa de aceptar.
—Geto va a hacer su movimiento pronto —dijo Shoko con la voz ronca, recuperando el aliento, con los ojos cerrados mientras sentía los dedos de Satoru enredarse en su cabello castaño—. Lo sé. Tú lo sabes. Va a ser en Shinjuku o aquí. Va a ser una carnicería.
—Lo sé —respondió él, su tono volviendo lentamente a esa calma gélida que precedía a la masacre—. No dejaré que llegue hasta ti.
—No te estoy pidiendo que me protejas, idiota —dijo ella, abriendo los ojos para fulminarlo con esa mirada suya tan característica, llena de un afecto áspero y sin adornos—. Te estoy diciendo que cuando tengas que matarlo... cuando todo esto termine y tengas que cargar con su cuerpo de vuelta aquí... no te atrevas a esconderte detrás de esa venda. Vienes a mí. Directo a mí.
Gojo la miró durante un largo segundo, y por primera vez en muchos años, una sonrisa genuina, pequeña y despojada de arrogancia, curvó sus labios.
—Trato hecho, doctora.
Lentamente, Satoru aflojó el agarre, permitiendo que los pies de Shoko volvieran a tocar el suelo firme. El frío del sótano pareció colarse de inmediato en los espacios que sus cuerpos habían dejado vacíos, pero la atmósfera ya no era la misma. La tensión asfixiante se había transformado en un pacto tácito, sellado con sangre y ceniza.
Gojo se agachó con un movimiento fluido para recoger los papeles de Yuta Okkotsu esparcidos por el suelo. Los ordenó con un par de golpes secos contra su muslo, devolviendo la carpeta a su estado original antes de meterla bajo el brazo. Luego, con un gesto mecánico y aprendido, subió la venda negra desde su cuello hasta sus ojos, cubriéndose una vez más el cabello blanco y ocultando ese azul infinito que pertenecía a otro plano de la realidad.
La máscara estaba de vuelta, pero Shoko sabía lo que había debajo. Ya no había forma de deshacer lo que se habían dicho. Las palabras, al igual que los rituales de maldición, tenían peso una vez pronunciadas.
Satoru caminó hacia la puerta de acero, deteniéndose justo en el umbral. Giró apenas el rostro hacia atrás, su perfil recortado contra la luz más cálida del pasillo exterior.
—Oye, Shoko.
Ella ya había vuelto a su banqueta giratoria, sacando otro cigarrillo de la cajetilla arrugada con dedos que aún temblaban ligeramente.
—¿Qué quieres ahora?
—Los dorayakis se van a poner rancios si no te los comes hoy —dijo él, y su tono volvía a ser el del maestro infantil y fastidioso que volvía locos a los alumnos—. Y fuma menos. Hueles como un cenicero viejo.
Shoko soltó una risita seca, el primer sonido genuinamente divertido que salía de su garganta en semanas, y encendió la llama de su mechero de metal. La chispa iluminó brevemente las sombras bajo sus ojos y el lunar en su pómulo.
—Lárgate de una vez, Satoru. Tengo informes que falsificar para salvarte el pellejo con Yaga.
Gojo alzó una mano en un saludo burlón y cruzó la puerta, dejándola cerrarse tras de sí con un chasquido pesado y metálico que resonó en todo el sótano.
Shoko se quedó sola una vez más en la morgue. El zumbido de los tubos fluorescentes continuaba, constante y frío, y el olor a formaldehído seguía impregnando cada mota de polvo suspendida en el aire. Pero al dar la primera calada a su cigarrillo y expulsar el humo espeso hacia la penumbra, una pequeña sonrisa amarga se dibujó en su rostro cansado.
Miró la bolsa de pasteles sobre la mesa de acero quirúrgico, al lado de los bisturís y las suturas.
El amor era, sin duda alguna, la maldición más retorcida de todas. Te ataba a los vivos, te encadenaba a los muertos y te exigía sangrar sin la promesa de una cura. Pero mientras vio la ceniza caer lentamente al suelo, Shoko comprendió que, en medio de la podredumbre de ese mundo que se caía a pedazos, era la única maldición que valía la pena soportar hasta el final.
