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Fandom: shumatsu no valkyrie

Creado: 20/9/2026

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El pacto de las sombras imposibles

El eco del martillo de Zeus aún resonaba en las inmensas columnas del Parlamento del Valhalla. Aquel veredicto implacable, teñido de un aburrimiento divino y una soberbia milenaria, había dictado la sentencia de muerte para toda la raza humana: extinción absoluta.

Sin embargo, contra toda lógica celestial, el Ragnarök había sido invocado.

A través de los pasillos desiertos de mármol blanco y oro, dos figuras caminaban a paso presuroso. Göll, la más joven de las valquirias, apenas podía mantener el ritmo de su hermana mayor. Sus pequeñas piernas temblaban de forma espasmódica, y las lágrimas caían por sus mejillas como torrentes incontenibles.

—¡Hermana Brunilda! —chilló Göll, aferrándose al borde del vestido verde esmeralda de la mujer—. ¡Por favor, detente! ¡No tiene ningún sentido! ¿Viste la mirada del señor Zeus? ¿Y el rostro de Shiva? ¡Estaban a punto de desintegrarte en ese mismo instante! ¡Los dioses no van a jugar a la guerra, van a masacrarnos!

Brunilda no se detuvo. Sus tacones resonaban con una cadencia militar, seca, despiadada. Mantenía la mirada fija al frente, donde la luz de los vitrales proyectaba sombras deformes sobre los mosaicos milenarios.

—Cállate, Göll —respondió Brunilda, con un tono gélido que heló la sangre de la pequeña—. Guarda tus lamentos para cuando estemos muertas. Ahora mismo, cada segundo que malgastas en lloriquear es un segundo que le regalamos a esos bastardos arrogantes.

—¡Pero es que no lo entiendes! —insistió Göll, corriendo para colocarse frente a ella y abriendo los brazos en un desesperado intento por frenarla—. ¡Incluso si invocaste la cláusula del Ragnarök, la humanidad no tiene ninguna oportunidad! ¡Son simples mortales! ¿A quién pretendes enfrentar contra Thor? ¿A un emperador con espaditas de bronce? ¿A un filósofo que bebe veneno? ¡Thor pulverizará a cualquiera de un solo golpe con el Mjölnir!

Brunilda se detuvo abruptamente. Sus pupilas se contrajeron, y una sonrisa grotesca, retorcida y cargada de una malevolencia casi inhumana comenzó a dibujarse en sus labios.

—¿Crees que soy estúpida, hermanita? —susurró Brunilda, inclinándose lentamente hacia el rostro aterrorizado de Göll—. ¿De verdad crees que planeaba arrojar a simples campesinos, reyes marchitos y soldados de carne y hueso contra los creadores del cosmos?

—¿Eh? —Göll parpadeó, desconcertada, limpiándose la nariz con la manga—. Pero... el Ragnarök exige trece campeones humanos seleccionados del registro de la existencia terrenal. No hay nadie más...

—Ahí es donde te equivocas, mi ingenua niña —dijo Brunilda, enderezándose con elegancia y reanudando la marcha hacia las profundidades del palacio—. Los dioses redactaron las reglas hace millones de años. Eran tan arrogantes que jamás imaginaron una grieta en su propio sistema. El artículo sesenta y dos de la constitución del Valhalla estipula con claridad: «Trece almas nacidas del espíritu y la esencia del hombre representarán a la humanidad».

Göll frunció el ceño, trotando a su lado.

—¿Y qué significa eso?

—Significa —explicó Brunilda, descendiendo por una escalera de caracol que parecía no tener fondo, adentrándose en las catacumbas secretas prohibidas incluso para los mismos dioses— que jamás especificaron que esas almas debían haber respirado en el mundo tangible.

El aire se volvió pesado, denso, cargado de un olor metálico y de una energía tan arcaica que la piel de Göll comenzó a erizarse. Al final de la escalera, una colosal puerta de hierro negro, sellada con cadenas que emitían un brillo carmesí, aguardaba en silencio.

—¿Dónde estamos? —preguntó Göll en un susurro tembloroso—. Este lugar... no parece parte del Valhalla.

—No lo es —respondió Brunilda, colocando una mano sobre las cadenas—. Este es el Umbral del Imaginario. El archivo donde descansan las realidades que los dioses jamás pudieron controlar. Verás, hermanita, los dioses crearon el barro del que fuimos hechos, pero la humanidad hizo algo que ningún dios ha logrado jamás: crear universos enteros a partir de la nada.

—¿De la nada?

—De sus sueños. De sus pesadillas. De su desesperación, de su tinta, de sus tragedias y de su febril imaginación —los ojos de Brunilda brillaron con un fuego insano—. La ficción, Göll. Las leyendas que jamás pisaron la Tierra pero que fueron tan reales para millones de almas que cobraron vida en el plano conceptual. Durante milenios, los humanos imaginaron guerreros capaces de cortar montañas, monstruos que desafiaron a sus propios creadores y monstruosidades nacidas de la agonía pura.

Brunilda arrancó una de las cadenas con una fuerza descomunal, haciendo que los sellos se rompieran con un chasquido similar al trueno. La inmensa puerta se abrió lentamente, revelando un abismo infinito donde flotaban constelaciones de pergaminos, pantallas de luz titilante y esferas de energía oscura.

—Si enviamos a la historia humana contra los dioses, perderemos —sentenció Brunilda con frialdad—. Pero si lanzamos contra ellos las pesadillas más oscuras y los héroes más despiadados que la mente humana jamás concibió... los dioses sabrán lo que es el verdadero terror.

Göll tragó saliva con dificultad. Observó el vórtice frente a ellas.

—¿Vas a convocar... a personajes de ficción? ¿Eso no es una blasfemia?

—¡Que se pudra su blasfemia! —rugió Brunilda, levantando ambas manos hacia el vacío—. ¡Prefiero mil veces cometer un sacrilegio contra el cosmos antes que arrodillarme y ver cómo destruyen a mis amados humanos! ¡Völundr se encargará de darles un cuerpo físico indestructible y una conexión espiritual con nosotras! ¡Pero la furia, el poder y la demencia... serán completamente suyos!

La valquiria mayor caminó hacia un pedestal de piedra negra en el centro de la sala flotante. Sobre él descansaba un tomo de páginas interminables, cubierto por una bruma espectral. Brunilda lo abrió con un ademán violento.

—El primer combate está decidido —murmuró ella, pasando los dedos sobre nombres escritos en lenguajes que desafiaban la realidad—. Los dioses enviarán a su perro de presa más leal. Thor, el Berserker del Trueno. El nórdico más poderoso. Buscan un golpe rápido, una demostración aplastante que quiebre el espíritu de la humanidad en la primera ronda.

—Contra el martillo que jamás falla... contra el trueno... —tembló Göll—. Hermana, ¿quién podría sobrevivir a eso?

Brunilda soltó una carcajada ronca, casi gutural, mientras sus ojos se clavaban en una página donde se dibujaba la figura de una espada colosal, más parecida a un trozo tosco de hierro que a un arma noble.

—Alguien que lleva toda su existencia viviendo en el mismísimo infierno. Alguien que no conoce a los dioses más que como tiranos a los que hay que destripar. Un hombre marcado por la muerte, que lucha contra el destino cada segundo de su miserable existencia.

Brunilda alzó la voz, y las catacumbas vibraron al unísono con su orden:

—¡Despierta, Espadachín Negro! ¡El pacto está sellado!

El abismo frente a ellas estalló en una vorágine de fuego negro y relámpagos carmesíes. El aire se volvió asfixiante, impregnado de un hedor a sangre reseca, azufre y metal oxidado. El suelo de piedra comenzó a temblar bajo el impacto de pisadas pesadas, amortiguadas por el arrastre de una capa desgarrada.

De entre las sombras emergió una figura imponente.

Era un hombre alto, de hombros anchos y rostro curtido por incontables cicatrices. Le faltaba el ojo derecho, y en lugar de su antebrazo izquierdo portaba una prótesis mecánica de hierro macizo. Sobre su espalda, sujeta por correas de cuero curtido, reposaba una descomunal lámina de acero que desafiaba toda ley física: la Matadragones. En su cuello, una marca maldita sangraba lentamente, pulsando con un dolor sordo y eterno.

Göll cayó de espaldas, aterrorizada. Podía sentir la atmósfera a su alrededor: no era el aura majestuosa de un dios, ni la pureza de un héroe mitológico. Era una violencia pura, cruda, desesperada, la esencia de un sobreviviente que se negaba a morir.

El hombre se detuvo a tres pasos de Brunilda. Su único ojo visible, afilado y frío como la noche, recorrió el lugar con desconfianza antes de clavarse en la valquiria.

—¿Dónde demonios estoy? —dijo él, con una voz profunda, áspera, que sonaba como piedras chocando entre sí—. Esto no es el plano astral. Y tú no te pareces a ninguna de las aberraciones de la Mano de Dios.

Brunilda no retrocedió ni un milímetro. Mantuvo la barbilla en alto, sosteniéndole la mirada al guerrero.

—Estás en el Valhalla, Guts —respondió ella—. Lejos de tu mundo. Lejos de la tierra que conoces.

El espadachín frunció el ceño, y su mano enguantada se deslizó instintivamente hacia la empuñadura de su colosal espada.

—No me importan tus palabras raras. Estaba en medio de mi camino. Casca... mis compañeros... tengo asuntos pendientes que resolver con la espada. Si te interpones en mi camino, mujer, te partiré en dos.

—Tus asuntos tendrán que esperar —replicó Brunilda con frialdad—. O más bien, deberías agradecer este desvío. Te he traído aquí porque hay seres que se consideran dueños de tu destino, del mío y del de cada ser vivo que alguna vez respiró o soñó.

Guts entrecerró el ojo. La Marca del Sacrificio en su cuello palpitó con más fuerza, haciéndolo apretar los dientes.

—¿Dioses?

—Así es —sonrió Brunilda, mostrando una hilera de dientes blancos y afilados—. Entidades que se sientan en tronos dorados y han decidido, por puro capricho, exterminar a toda la raza humana. Dicen que ningún mortal puede desafiar su poder. Dicen que somos ganado insignificante, condenado a ser aplastado bajo el peso de su divinidad.

Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Göll apenas se atrevía a respirar, oculta tras una columna rota, observando la reacción del monstruoso guerrero.

Lentamente, los hombros de Guts comenzaron a sacudirse. Una risa seca, carente por completo de humor, brotó de su garganta.

—Dioses... destino... capricho divino... —murmuró, mientras desenganchaba la cadena que sujetaba la Matadragones. Con un movimiento fluido y aterradoramente veloz, la inmensa hoja de hierro cayó contra el suelo de piedra, haciéndolo añicos bajo su peso—. Llevo toda mi maldita vida escuchando esa misma basura. Demonios, apóstoles, ángeles caídos... todos dicen lo mismo antes de que los corte en pedazos.

Guts miró fijamente a Brunilda, y en su único ojo ardió una llama tan salvaje que la valquiria sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.

—¿Quién es el primero?

Brunilda exhaló lentamente, satisfecha. El plan no solo era viable: era el inicio de una masacre.

—Thor. El dios nórdico del trueno. Su fuerza es legendaria, capaz de quebrar la tierra y destrozar los cielos con su martillo.

—Un martillo gigante, ¿eh? —Guts apoyó una mano sobre el pomo de su espada, acomodándose la capa negra—. He matado cosas peores que un tipo que juega con relámpagos. Si sangra, puede morir. Y si puede morir... voy a aplastarle el cráneo.

—Hermana... —susurró Göll, con la voz entrecortada, arrastrándose hacia Brunilda—. ¿De verdad él...? ¿Él puede lograrlo? Su presencia da miedo, pero... ¡es solo un humano!

Brunilda miró hacia el abismo que aún permanecía abierto detrás del guerrero. El tomo de los mundos imposibles seguía brillando, esperando que ella pasara a las siguientes páginas para las próximas rondas. Había visto nombres aterradores en aquel registro: un vampiro inmortal que servía como perro de guerra de una orden secreta, un espartano cubierto de cenizas que ya había aniquilado a su propio panteón, un hechicero arrogante con ojos de infinito, un cazador de demonios forjado en el mismísimo infierno.

Los dioses no tenían idea de la tormenta que se les venía encima.

—Göll —dijo Brunilda, colocando una mano sobre la cabeza de la pequeña valquiria, pero sin apartar los ojos de la espalda de Guts—. La humanidad pasó siglos postrándose ante los altares, rogando por piedad a seres invisibles que solo respondían con plagas y desprecio. Pero en la soledad de sus noches oscuras, los humanos soñaron con hombres capaces de desafiar a esos mismos dioses. Forjaron a sus salvadores en historias de sangre, acero y voluntad inquebrantable.

La valquiria mayor caminó hacia la salida, señalando con el brazo el camino hacia la arena del Valhalla, donde miles de deidades esperaban regodearse en la masacre del primer combate.

—Guts no es un simple humano, hermanita —concluyó Brunilda, y su sonrisa alcanzó el cenit de su locura y orgullo—. Él es el símbolo de la lucha interminable. Es la prueba viviente de que mientras el hombre pueda empuñar un trozo de hierro, ningún dios está a salvo.

Guts levantó la Matadragones con pasmosa facilidad, apoyándola sobre su hombro blindado. El cañón oculto en su brazo mecánico chasqueó, cargando la pólvora con un sonido seco y amenazante.

—Oye, valquiria —dijo el espadachín antes de cruzar el umbral hacia la luz de la arena—. No necesito discursos bonitos sobre la esperanza o el espíritu humano. Solo dime hacia dónde tengo que caminar para empezar a matar dioses.

—Todo recto, Espadachín Negro —respondió Brunilda, inclinando levemente la cabeza con reverencia—. La arena te espera. Enséñales a esos bastardos lo que ocurre cuando desafían a la imaginación del hombre.

Con paso firme y pesado, Guts avanzó hacia los túneles que conducían al coliseo celestial. A lo lejos, el rugido ensordecedor de los dioses resonaba como un trueno distante, festejando por adelantado una victoria que daban por sentada.

Sin embargo, en las sombras del pasillo, el sonido sordo del hierro arrastrándose sobre el suelo marcaba el compás de una nueva era: la era en que la ficción se convertía en la soga que ahorcaría a los cielos.

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