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Fandom: shumatsu no valkyrie

Creado: 20/9/2026

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La furia más allá de los dioses

El silencio que envolvía la monumental arena del Valhalla era denso, sofocante y cargado de una expectación casi venenosa. Siete millones de años de historia humana habían sido sentenciados al olvido absoluto en una votación unánime. Sin embargo, antes de que el martillo de Zeus pudiera consumar el veredicto divino, una sola voz se había alzado contra el consenso del Olimpo y Asgard.

Brunilde, la mayor de las trece hermanas valquirias, había desafiado a los cielos con la única ley que los dioses no podían rechazar sin caer en la deshonra eterna: el Ragnarok.

En los palcos superiores, la pequeña Göll temblaba con tal violencia que sus dientes castañeteaban audiblemente. Se aferraba desesperada a la falda del vestido de su hermana mayor, con los ojos anegados en lágrimas de pura histeria.

—¡Hermana Brunilde! —chilló Göll, tirando de la tela—. ¡Dime que tienes un plan sensato! Los dioses han enviado al señor Thor para la primera ronda. ¡Es el berserker del trueno! ¡El guerrero más implacable del panteón nórdico! Ningún héroe legendario, ni rey, ni estratega de la historia humana podría resistir un solo golpe de su martillo. ¡Ni siquiera con el Völundr!

Brunilde no se inmutó. Su mirada dorada permanecía fija en la arena de combate, donde el polvo comenzaba a levantarse. Una sonrisa fría, casi sádica, curvó la comisura de sus labios.

—Cálmate, Göll —respondió Brunilde con una serenidad glacial—. ¿Acaso crees que arriesgaría nuestras almas invocando a simples mortales de este mundo? Las reglas del Valhalla estipulan que los representantes deben combatir por la causa del hombre, pero jamás especificaron los límites de la realidad de la cual provienen.

Göll parpadeó, desconcertada.

—¿De... de qué estás hablando?

—Rompí el velo —susurró Brunilde, y por un instante, su rostro reflejó una devoción aterradora—. Busqué en los confines de dimensiones ajenas a la creación de estos dioses ciegos. Busqué a aquellos seres cuyas leyendas no fueron escritas por la mano de los olímpicos. Y para enfrentar al trueno... no elegí a un hombre. Elegí a un cataclismo.

En el centro del coliseo, suspendido en el aire sobre una plataforma levitante, Heimdall, el vigía del apocalipsis, llevó su cuerno Gjallarhorn a los labios. El bramido del artefacto retumbó a través de las gradas celestiales, acallando los murmullos de millones de deidades y espectadores.

—¡Es hora de dar inicio al combate final entre la divinidad y la existencia! —rugió Heimdall con una pasión teatral desbordante—. ¡En la esquina de los dioses, aquel que aplastó a los gigantes de Jötunheim con el poder de un cataclismo viviente! ¡El dios nórdico más poderoso! ¡El portador del martillo sagrado Mjölnir! ¡¡El implacable dios del trueno, Thooooor!!

Desde el pasillo norte, una figura colosal emergió con pesadez. Thor caminaba en silencio, arrastrando tras de sí un bloque titánico de metal divino que dejaba surcos profundos en la piedra pulida. Sus cabellos carmesí caían sobre unos hombros anchos y pálidos, mientras sus ojos carecían por completo de emoción. Sus guanteletes, los legendarios Járngreipr, brillaban con un fulgor metálico. Para él, aquello no era una batalla; era una ejecución rutinaria ordenada por su padre Odín, cuyos dos cuervos revoloteaban en el palco supremo, observando con arrogancia.

—¡Y ahora, el representante de la humanidad! —gritó Heimdall, señalando la gigantesca compuerta de acero del lado sur—. ¡Hermanas valquirias, muéstrennos a su campeón! ¿Quién es el guerrero capaz de pararse frente a la fuerza absoluta de los dioses? ¿Un rey invicto? ¿Un maestro de la espada?

Las compuertas del sur no se abrieron de manera convencional.

Un estruendo ensordecedor resonó desde las profundidades del túnel, seguido por el sonido del metal doblándose como si fuera papel húmedo. La gigantesca puerta de aleación divina fue arrancada de cuajo, saliendo disparada por los aires antes de estrellarse contra el suelo de la arena, levantando una nube de fragmentos y metralla.

Desde la penumbra del túnel, el aire comenzó a arder con una radiación esmeralda, un brillo espeso y antinatural que tiñó las gradas inferiores. Unos pasos pesados, que hacían vibrar los cimientos mismos de la estructura divina, anunciaron su llegada.

—¡¿Qué demonios es eso?! —exclamó Heimdall, retrocediendo involuntariamente sobre su plataforma.

De las sombras surgió un gigante de piel verde oscura, con músculos que parecían esculpidos en piedra volcánica y venas gruesas como serpientes palpitando bajo su piel. Sus hombros eran tan anchos que tapaban la luz del pasillo, y su mandíbula cuadrada rechinaba con la ferocidad de una bestia herida. Vestía únicamente unos pantalones desgarrados, sin armadura, sin espada, sin escudo.

Sus ojos, pozos brillantes de un fuego verde esmeralda, recorrieron la multitud celestial no con asombro, sino con un odio primigenio.

—¡Grrrr...! —Un gruñido sordo, vibrante y gutural emergió de su pecho, haciendo temblar los huesos de los dioses en las primeras filas.

Göll cayó de rodillas en el palco, sofocada por el pánico.

—¡Hermana! —gritó la pequeña valquiria—. ¡No tiene un Völundr! ¡¿Por qué ninguna de nuestras hermanas bajó con él?! ¡Sin un arma divina, ni siquiera podrá tocar al señor Thor! ¡La piel de un mortal se desintegrará con la primera chispa!

Brunilde soltó una carcajada ronca, desquiciada, que congeló la sangre de Göll.

—¿Un Völundr? —dijo Brunilde, señalando al coloso esmeralda—. Un Völundr es una herramienta para que un ser inferior pueda arañar a un dios. Darle un arma a esa criatura no sería una ventaja, Göll... sería una cadena. Él no necesita la bendición de nosotras. Los dioses creen que el poder proviene del cielo, pero él... él es la encarnación de una verdad más antigua. El poder nace de la ira. ¡Y no hay ira en el cosmos que iguale a la suya!

Thor se detuvo en el centro de la arena. Levantó la vista, clavando sus fríos ojos en el gigante verde. Por primera vez en milenios, el dios nórdico sintió que algo no encajaba. La criatura frente a él no temblaba. No rezaba. No tenía la mirada resignada de los mortales que enfrentaban el juicio divino.

Solo estaba furioso.

—Mortal —dijo Thor con una voz profunda, casi aburrida—. Da el primer golpe. No prolongues esta farsa.

El coloso ladeó la cabeza. El aire a su alrededor comenzó a ondular por el calor que emanaba de sus poros.

—Hulk no es mortal —rugió la bestia, su voz retumbando como un terremoto subterráneo—. ¡Hulk es el más fuerte que existe!

Thor levantó a Mjölnir con una sola mano, balanceando la descomunal maza de hierro divino con una facilidad escalofriante.

—Palabras vacías —sentenció el dios.

En una fracción de segundo, Thor se lanzó hacia adelante. Su velocidad desafiaba la masa colosal de su cuerpo. Arqueó su torso hacia atrás, tensando sus músculos divinos, y descargó a Mjölnir en un arco descendente.

—¡Martillo de Thor! —gritó Heimdall por el megáfono.

El impacto provocó una onda expansiva que barrió el polvo de la arena, agrietando el suelo en un radio de cincuenta metros. El estruendo fue tan monumental que varios espectadores en las gradas se cubrieron los oídos mientras brotaba sangre de sus tímpanos.

—¡Se acabó! —gritó Ares desde el palco de los dioses principales, con una sonrisa de suficiencia—. Thor ha pulverizado a ese monstruo en el primer...

Las palabras se le atragantaron en la garganta.

El polvo se disipó con una ráfaga súbita provocada por la respiración agitada del coloso verde.

Mjölnir no había tocado el suelo.

Hulk estaba de pie en el mismo sitio. Había levantado su brazo izquierdo y, con la palma abierta, había frenado en seco el martillo divino en pleno descenso. La colosal maza descansaba contra su mano verde como si fuera una simple piedra arrojada por un infante. Los dedos de Hulk se cerraron sobre el hierro legendario, apretando el metal sagrado con tal fuerza que un crujido chirriante resonó por todo el estadio.

Los ojos de Thor se abrieron de par en par. La apatía milenaria desapareció de su rostro, reemplazada por un estupor absoluto.

—¿Qué...? —susurró el berserker de Asgard.

—¿Eso es todo? —gruñó Hulk, mostrando unos dientes afilados como colmillos de titanio—. Martillo cosquillea. ¡Hulk aplasta hombre del martillo!

Sin darle tiempo a reaccionar, Hulk lanzó su puño derecho con la velocidad y la violencia de una supernova comprimida.

El impacto conectó de lleno en el pecho de Thor.

El sonido no fue el de un golpe común; fue el sonido del trueno desgarrándose. La coraza divina de Thor explotó en miles de esquirlas incandescentes mientras el dios de la guerra nórdico salía disparado hacia atrás a una velocidad supersónica, atravesando las columnas de la arena y estrellándose contra el muro de contención del sector este, demoliendo tres niveles enteros de gradas.

El Valhalla entero se sumió en un silencio mortal.

Odin se puso de pie bruscamente en su trono, haciendo que sus cuervos revolotearan aterrorizados. Zeus, que había estado descansando en su silla con aspecto senil, abrió los ojos por completo, con sus venas marcándose en el cuello ante la incredulidad.

—¡I-Imposible! —tartamudeó Heimdall, tambaleándose sobre su plataforma—. ¡Thor... el señor Thor ha sido repelido con un solo impacto! ¡Y detuvo a Mjölnir con la mano desnuda!

Desde los escombros del muro este, una explosión de relámpagos carmesí barrió los restos de piedra. Thor emergió, sangrando profusamente de la boca y la nariz, con el pecho amoratado y varias costillas visiblemente rotas. Su respiración era pesada, pero en sus ojos ya no había aburrimiento. Había fuego. Una demencia guerrera que solo despertaba cuando la muerte rozaba su piel.

Sin embargo, algo más ocurrió. Los guanteletes de Thor comenzaron a resquebrajarse.

—Ya veo... —dijo Thor escupiendo sangre—. El hierro de Járngreipr no se rompió por proteger mis manos... sino para liberar todo el poder.

El dios del trueno arrojó los restos destrozados de sus guanteletes al suelo. En el centro de la arena, el martillo Mjölnir comenzó a latir. Las venas de carne viva que cubrían el metal divino se hincharon, volviéndose incandescentes como magma puro. Mjölnir había despertado.

—¡Miren eso! —gritó un dios nórdico desde la grada—. ¡El despertar del martillo divino! ¡Ahora Thor utilizará su técnica suprema! ¡Ese monstruo verde está acabado!

Thor levantó el martillo, que ahora ardía con una intensidad infernal, emanando descargas eléctricas rojas y doradas que quemaban el propio aire. Su cuerpo se curvó en un ángulo casi imposible hacia atrás, acumulando la inercia centrífuga y la furia de los relámpagos en un solo movimiento definitivo.

—¡Geirröd! —bramó Thor con todo el poder de sus pulmones divinos—. ¡Muere con honor, criatura!

El golpe descendió, trayendo consigo el peso de los cielos colapsando sobre la tierra. El calor fundía las piedras antes de que el martillo las tocara. Era un ataque diseñado para aniquilar montañas, continentes y razas enteras de gigantes.

Hulk no se movió un solo centímetro. No intentó esquivar. No intentó desviar la trayectoria.

Sus ojos esmeralda ardieron con un brillo cegador. La radiación gamma brotó de su piel en oleadas visibles, distorsionando la luz y el espacio a su alrededor. Los músculos de sus piernas se tensaron, quebrando el lecho de roca del Valhalla por cientos de metros a la redonda.

—¡¡HULK ES EL MÁS FUERTE QUE EXISTE!! —rugió el gigante verde.

El rugido fue tan devastador que la onda sónica anuló los relámpagos de Thor en el aire. Hulk dio un paso al frente y descargó un golpe ascendente con su puño derecho, enfrentando la técnica definitiva del dios nórdico de frente, carne contra hierro divino viviente.

El tiempo pareció detenerse en el instante del choque.

No hubo una batalla de resistencia. No hubo un forcejeo titánico.

El puño de Hulk simplemente atravesó a Mjölnir.

La maza divina, considerada el arma más indestructible de la creación nórdica, el martillo viviente que había aplastado a la serpiente Jörmungandr en las visiones del destino, estalló en incontables fragmentos de metal incandescente. La fuerza del golpe de Hulk no se detuvo allí; continuó su trayectoria ascendente con una violencia matemática y absoluta.

El impacto alcanzó a Thor en el mentón.

El cráneo del dios del trueno se quebró instantáneamente. La fuerza del golpe lo elevó en el aire, pero antes de que pudiera salir despedido hacia el cielo, Hulk extendió su enorme mano izquierda, atrapando a Thor por la cabeza en pleno vuelo.

Con un movimiento fluido y desprovisto de cualquier esfuerzo visible, Hulk azotó el cuerpo del dios nórdico contra el suelo de la arena una, dos, tres veces, pulverizando la roca hasta crear un cráter de diez metros de profundidad.

El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera el viento se atrevía a soplar.

Hulk soltó el cuerpo inerte de Thor. El dios del trueno yacía en el fondo del foso, con los ojos vidriosos, el cuerpo destrozado y su esencia divina comenzando a disolverse en motas de luz verdosa y dorada. Había sido derrotado en cuestión de segundos, sin haber logrado infligir un solo rasguño en la piel de la bestia verde.

El martillo sagrado yacía reducido a polvo y chatarra inútil.

Heimdall cayó de rodillas en su plataforma flotante, con el megáfono resbalando de sus dedos temblorosos. Su mandíbula colgaba inerte mientras miraba el cráter con puro horror cósmico.

—M-Mjölnir... ha sido destruido... —balbuceó Heimdall, incapaz de articular un tono profesional—. El señor Thor... ha caído.

En el palco de los dioses, nadie emitía un sonido. Ares tenía la boca abierta de par en par, con los ojos desorbitados por el miedo. Afrodita permanecía paralizada, sus sirvientes temblaban tanto que no podían sostener sus abanicos. Odín miraba el vacío con su único ojo, y por primera vez desde el inicio de los tiempos, los hombros del Padre de Todo se hundieron bajo el peso de la humillación absoluta.

Hulk se enderezó en medio del cráter. No jadeaba. No estaba cansado. Miró los restos de Thor desvanecerse en el aire del Valhalla y luego alzó la vista hacia el palco donde se sentaban las deidades supremas.

El coloso esmeralda se golpeó el pecho dos veces con sus puños masivos, produciendo un sonido que retumbó como cañonazos en las cabezas de los dioses.

—¡¡ROOOOOOOAAAAAARRRRRR!!

Un rugido colosal, cargado de un desprecio absoluto hacia la divinidad, sacudió los cimientos del estadio, haciendo llover escombros sobre las tribunas divinas. Los dioses retrocedieron en sus asientos, presas del pánico primitivo que solo una presa siente frente al depredador alfa definitivo.

En el palco de las valquirias, Göll estaba de rodillas, con las manos sobre su rostro, hiperventilando.

—Lo... lo destrozó... —susurró con voz quebrada—. Ni siquiera sudó... No necesitó un arma... Ni siquiera necesitó que lo ayudáramos...

Brunilde se cruzó de brazos, contemplando al monstruo verde en la arena con una satisfacción salvaje pintada en cada facción de su rostro. Sus ojos brillaron con malicia pura al girarse hacia donde yacían los tronos de Zeus y Odín.

—Se los advertí, estúpidos dioses —murmuró la valquiria con una sonrisa despiadada—. Creyeron que la humanidad estaba confinada a sus designios. Creyeron que el poder absoluto les pertenecía por derecho de nacimiento. Pero allá afuera, en el multiverso infinito, existen terrores que harían suplicar piedad a los mismísimos creadores. Y apenas estamos comenzando.

En la arena, entre los restos humeantes de la primera ronda, Hulk permanecía de pie, invicto, intocado e impasible, esperando al siguiente supuesto dios que se atreviera a interponerse en su camino.

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