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a diferencia de ti

Fandom: Maxton Hall

Creado: 20/9/2026

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El arte de arruinarlo todo

El aroma a masa fresca, canela y levadura siempre era el primer recordatorio de quién era y de dónde venía. Para Annaly Coleman, las cuatro y media de la mañana no eran una hora maldita, sino el inicio del ritmo que sostenía a su familia. Mientras sus dos hermanos menores aún roncaban en la habitación contigua y su padre sacaba la primera tanda de hogazas doradas del horno, Anna repasaba fichas de historia económica sobre la mesa de la cocina, con una taza de té humeante entre las manos.

Su reflejo en el cristal de la ventana le devolvía a una chica de diecisiete años con el cabello negro profundamente ondulado cayendo sobre sus hombros, estatura común y ojos castaños oscuros que no ocultaban la fatiga, pero tampoco la determinación. No era la típica belleza de pasarela que abundaba en Maxton Hall; jamás encajaría con las herederas de cuna noble. Sin embargo, con un toque sutil de máscara de pestañas y un bálsamo rojizo en los labios, Anna se sentía lista para enfrentar el mundo. Sabía pasar desapercibida, o al menos lo intentaba. Su meta era clara, perfecta y milimétricamente trazada: mantener su beca académica intacta y conseguir la carta de recomendación del director Lexington para ingresar a Oxford.

Todo iba según el plan. Hasta que James Beaufort decidió cruzarse en su camino.

Ocho horas después, Anna contemplaba con el corazón encogido los restos del salón de actos de Maxton Hall. Banderines desgarrados colgaban tristemente del escenario, serpentinas pisoteadas cubrían el suelo de roble pulido y una masa pringosa de ponche y restos de bengalas decoraban la mesa donde el Comité de Eventos había trabajado durante tres semanas continuas.

—Ese imbécil merece que lo cuelguen de la torre del reloj —bufó Lin Shai, apartándose un mechón lacio de la frente con una mano manchada de pintura azul—. Te lo juro, Anna, si la policía de este colegio no fuera un chiste, Beaufort y su séquito de trogloditas estarían en un correccional.

Lin, su mejor amiga e hija de una reconocida pintora bohemia, pateó un vaso de plástico aplastado con furia contenida.

—No te desgastes, Lin —dijo Anna en voz baja, agachándose para recoger los restos de cartulina que contenían el programa de bienvenida que ella misma había impreso con esmero—. Alguien como él jamás pisa un correccional. Solo firma un cheque y finge que el mundo entero es su propiedad.

—Déjame ayudarte con eso, Anna.

Una voz suave y tímida la hizo levantar la vista. Kiran Ruttenford estaba de pie frente a ella, sosteniendo una caja de cartón llena de adornos rotos. Kiran era atlético, alto, con una mirada cálida y despeinada que contrastaba drásticamente con la soberbia habitual de los atletas del colegio. Llevaba el suéter de Maxton Hall un poco arrugado, y sus mejillas tenían ese ligero tinte sonrosado que siempre aparecía cuando hablaba con ella.

—Gracias, Kiran —sonrió Anna con dulzura, dejando que él tomara los folletos de sus manos—. No tenías que quedarte a limpiar. Tú ni siquiera estás en el comité.

—Bueno... sé cuánto te importaba esta inauguración —respondió él rascándose la nuca, evitando mirarla directamente a los ojos demasiado tiempo por pura timidez—. Además, no podía dejar que ustedes dos hicieran todo el trabajo pesado. Si necesitas que lleve las cajas al sótano, solo dímelo. Estoy libre toda la tarde.

—Eres un salvavidas —admitió Anna, dedicándole una mirada llena de una ternura tan genuina que provocó que Kiran sonriera de oreja a oreja, visiblemente complacido.

Lin rodó los ojos con una sonrisa cómplice a espaldas del chico, pero el momento de paz duró apenas un suspiro. Los pasos firmes del secretario del director resonaron en la entrada del salón.

—Señorita Coleman. El señor Lexington requiere su presencia inmediata en el despacho principal.

Cinco minutos más tarde, Anna entraba en la imponente oficina de caoba del director. Pero no estaba sola.

Recostado sobre uno de los sillones de cuero, con las piernas cruzadas y una postura que rezumaba una arrogancia insoportable, estaba James Beaufort. El heredero del imperio textil vestía el uniforme a la medida, impecable, sin una sola arruga que delatara la fiesta clandestina que había orquestado la noche anterior. Su cabello rubio estaba peinado hacia atrás con desenfado, y sus ojos fríos, de un azul acerado, barrieron a Anna desde los gastados mocasines hasta la diadema sencilla que sostenía sus rizos oscuros.

Una sonrisita desdeñosa curvó los labios de James.

—Llegas tarde, Coleman —soltó él con voz pausada, arrastrando las palabras con esa cadencia aristocrática que le erizaba la piel a Anna—. Creí que la puntualidad era la única virtud de la clase trabajadora.

Anna apretó los puños a los costados, manteniendo la compostura.

—Algunos tenemos responsabilidades reales, Beaufort. Como limpiar los desastres de los niños mimados que no saben beber sin destruir la propiedad ajena.

La chispa de irritación cruzó la mirada de James. Detestaba esa actitud. Desde que el profesorado la había asignado como su tutora académica dos semanas atrás —un castigo previo por sus bajas calificaciones en historia contemporánea—, Anna jamás había bajado la cabeza ante él. A James le enfurecía. No comprendía cómo una chica que olía a panadería barata y que viajaba en autobús público podía caminar por los pasillos con semejante calma, luciendo casi contenta con su existencia miserable, mientras él se ahogaba en las exigencias asfixiantes de su padre, cargando el peso de un apellido que parecía una condena de muerte.

Había arruinado el evento del comité deliberadamente. Quería borrarle esa estúpida expresión de autosuficiencia. Quería recordarle cuál era su lugar.

—¡Suficiente! —bramó el director Lexington desde detrás de su enorme escritorio, golpeando una carpeta contra la madera—. Señor Beaufort, su conducta anoche superó cualquier límite admisible. Introducir pirotecnia y alcohol en el salón principal para sabotear la feria del comité no es una simple travesura. Es una afrenta directa a la disciplina de Maxton Hall.

—Mi padre ya envió una donación para cubrir las cortinas quemadas, señor —respondió James con desgana, sin molestarse en enderezar la espalda—. Asunto resuelto, supongo.

—Su padre no dirige esta institución, jovencito —escupió Lexington con una severidad que hizo que James tensara la mandíbula—. Y esta vez, el dinero no va a salvarle la espalda.

Anna contuvo la respiración. James levantó una ceja, visiblemente incrédulo.

—A partir de este momento —sentenció el director—, queda suspendido indefinidamente del equipo de lacrosse.

—¿Qué? —James se incorporó de golpe, perdiendo por primera vez su máscara de indiferencia. Sus ojos relampaguearon con auténtica furia—. No puede hacer eso. Soy el capitán. Las eliminatorias regionales son el próximo mes.

—Debería haber pensado en las eliminatorias antes de prender fuego a la decoración escolar —replicó Lexington sin inmutarse—. Y eso no es todo. Dado que demostró tanto desprecio por el esfuerzo del Comité de Eventos, pasará todo su tiempo libre trabajando para ellos. Bajo la supervisión directa de la señorita Coleman.

Anna abrió los ojos de par en par, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Señor director? —intervino ella con voz temblorosa—. Con el debido respeto, James no tiene el menor interés en colaborar. Solo va a entorpecer nuestro trabajo para la Gala Victoriana. Ya tengo suficiente con ser su tutora.

—No es una sugerencia, señorita Coleman —dijo Lexington con tono cansado pero firme—. Si el señor Beaufort no cumple con cada una de sus indicaciones y no entrega una gala impecable, además de aprobar sus exámenes de recuperación con su ayuda, no volverá a pisar una cancha de lacrosse en lo que le queda de bachillerato. Ahora, fuera de mi vista. Ambos.

El pasillo exterior estaba extrañamente silencioso cuando la pesada puerta de caoba se cerró tras ellos.

Anna respiró hondo, tratando de controlar el temblor de rabia en sus manos. Se giró hacia James, quien parecía a punto de romper la pared más cercana de un puñetazo.

—Escúchame bien, Beaufort —dijo ella con voz gélida, plantándose frente a él a pesar de que él le sacaba casi una cabeza de ventaja—. No sé qué clase de juego retorcido crees que estás jugando, pero no vas a arruinar mi futuro. Vas a presentarte a las sesiones de tutoría a la hora exacta, y en el comité harás exactamente lo que yo te ordene. Si no quieres cooperar, por mí perfecto: quédate sin lacrosse y explícaselo a tu padre.

James dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una intensidad asfixiante. Olía a colonia cara, tabaco caro y a una tormenta contenida. Sus ojos azules parecían taladrar los de ella.

—Cuidado con cómo me hablas, Coleman —murmuró él, con un tono bajo y peligroso que pretendía intimidarla—. No tienes idea de con quién te estás metiendo. Crees que eres muy noble con tus libros usados y tu vida insignificante, pero sigues siendo una becada a la que nadie recordará dentro de un año. No eres nadie.

Anna no retrocedió. Sostuvo la mirada de James con una firmeza que lo descolocó por una fracción de segundo.

—Puede que no sea nadie para ti, Beaufort —respondió ella en un susurro cortante—. Pero ahora mismo, soy la única persona que se interpone entre tú y el fracaso absoluto. Así que trágate tu orgullo, porque nos vemos a las cuatro en la biblioteca.

Sin esperar respuesta, Anna dio media vuelta y se marchó a paso rápido, con su falda tableada meciéndose con dignidad.

James se quedó allí, inmóvil, observando cómo se alejaba. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolieron los dientes. Una mezcla abrasadora de humillación y fascinación no deseada le quemaba el pecho. Nadie le hablaba así. Jamás.

—¿James?

La voz suave y mesurada de su hermana gemela lo sacó de su trance. Lydia caminaba hacia él, con su porte elegante y una carpeta repleta de notas financieras apretada contra el pecho. A diferencia de James, Lydia no buscaba rebelarse mediante el caos; su campo de batalla era la sala de juntas de Beaufort Corp, intentando desesperadamente que su padre, Mortimer, reconociera su talento en el diseño y la gestión empresarial en lugar de tratarla como un adorno negociable para el matrimonio.

—¿Es verdad lo que dicen? —preguntó Lydia, con el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Lexington te sacó del equipo?

—Fue esa estúpida panadera y su comedia de festival —gruñó James, pasándose una mano por el cabello con frustración—. Mi padre se va a enterar antes del anochecer.

—Si no controlas tus impulsos, padre va a duplicar la presión sobre los dos, James —le recordó Lydia en voz baja, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie los escuchara. Ella era su único escudo real en ese mundo frío, y él era el de ella—. Sabes cómo se pone cuando las acciones de la familia se ven amenazadas por un escándalo escolar. Tienes que calmarte.

—¡Jamesy!

Antes de que pudiera responder, unos tacones resonaron con estrépito sobre el suelo de mármol. Helena Alleister se abalanzó sobre él, colgándose de su brazo con esa familiaridad posesiva que James encontraba cada vez más sofocante. Helena llevaba el cabello rubio peinado a la perfección, joyas discretas pero ridículamente caras y una expresión de falso desconsuelo que no engañaba a nadie. Detrás de ella venían Cyril Vega y Alistair Jhan, sus compañeros de lacrosse, riéndose entre dientes.

—Me enteré de lo que pasó, es una injusticia total —chilló Helena, haciendo un puchero ensayado—. ¿Cómo se atreve ese viejo a castigarte por una fiesta insignificante? Todo es culpa de la muerta de hambre esa del comité. Si quieres, le digo a mi papá que hable con el consejo directivo para que la expulsen de una vez.

—No te metas, Helena —cortó James con frialdad, apartando su brazo con un movimiento brusco.

Helena parpadeó, ofendida, mientras Cyril soltaba una carcajada burlona.

—Vamos, Beaufort, míralo por el lado amable —dijo Cyril dándole una palmada pesada en el hombro—. Ahora tendrás más tiempo para beber con nosotros. Y esa chica, Coleman... no es precisamente fea, ¿sabes? Un poco aburrida, pero tiene unos ojos interesantes. Podrías divertirte un poco mientras finges que doblas servilletas.

—Cierra la boca, Cyril —escupió James con una hostilidad repentina que tomó a todos por sorpresa, incluso a Alistair, que levantó las manos en señal de paz.

James desvió la mirada hacia el gran ventanal que daba al patio central. A lo lejos, sentada en una de las bancas de piedra bajo el sol tibio de la tarde, estaba Anna. No estaba llorando ni quejándose. Estaba riéndose con Lin, mientras Kiran Ruttenford le ofrecía un termo metálico con una sonrisa tímida y devota. Anna aceptó el termo, le tocó el brazo a Kiran en un gesto afectuoso y el chico pareció iluminarse por completo.

Una punzada extraña, ácida y ardiente se clavó en el estómago de James. ¿Por qué demonios le sonreía a Ruttenford de esa manera? Kiran era un idiota complaciente, un atleta de segunda fila sin agallas. ¿Qué tenía él que provocara esa expresión tan limpia, tan desprovista de malicia en el rostro de Anna?

James nunca había visto a una mujer mirarlo a él sin calcular su apellido, su dinero o su estatus. Helena lo miraba como un trofeo; las demás, como una fantasía peligrosa. Pero la forma en que Anna miraba a Kiran era real, humana. Y la forma en que Anna lo miraba a él era como si fuera un monstruo lamentable cubierto de seda.

—Lydia, vámonos —dijo James de repente, dándole la espalda al ventanal y a sus amigos, sintiendo que la sangre le hervía bajo la piel.

—¿Y la reunión con el comité? —preguntó su hermana, siguiéndole el paso apresurado.

James apretó la mandíbula, con una sonrisa oscura asomando en sus labios.

—Iré. Claro que iré. Si Annaly Coleman quiere ser mi carcelera, voy a asegurarme de que se arrepienta de cada segundo.

La tarde cayó lentamente sobre Maxton Hall, tiñendo los muros de piedra antigua de un color ámbar melancólico. En el sótano asignado al comité, Anna terminaba de ordenar las listas de presupuesto junto a una Lin visiblemente agotada. El silencio del aula solo era interrumpido por el sonido del lápiz sobre el papel.

La puerta de madera crujió al abrirse.

James Beaufort estaba apoyado en el marco, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la corbata ligeramente aflojada. No traía cuadernos, ni bolígrafos, ni la menor intención de ser útil. Su presencia llenó el pequeño espacio al instante, volviéndolo diminuto y peligrosamente tenso.

—Bien, Coleman —dijo él, con esa voz suave y burlona que prometía una guerra sin cuartel—. Estoy aquí. Enséñame cómo salvar el mundo con tu pegamento barato y tus aires de grandeza.

Anna levantó la mirada, respiró el aire cargado de tensión y, en lugar de intimidarse, sostuvo el desafío con una calma que hizo vacilar la seguridad del chico de oro.

—Primero que nada, Beaufort —dijo ella, señalando una escoba arrinconada junto a la pared—, vas a empezar barriendo el suelo. Y si dejas una sola mota de polvo, juro por Dios que jamás volverás a tocar un palo de lacrosse en tu miserable vida.

Por primera vez en sus diecisiete años, James Beaufort se quedó sin palabras. La batalla acababa de comenzar.

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