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Entre codigos y aromas

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 20/9/2026

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Entre el Acero y la Canela

El estudio de arquitectura de Satoru Gojo era, al igual que él, una mezcla extravagante de minimalismo moderno y caos creativo. Planos de rascacielos cubrían las mesas de cristal y maquetas de estadios se alzaban como pequeños monumentos al ego de su creador. Satoru, un Alfa cuya sola presencia solía llenar cualquier habitación con un aroma a ozono y aire de montaña, estaba concentrado en un diseño de iluminación cuando la puerta se abrió de golpe.

No necesitó mirar para saber quién era. El aroma a especias picantes y madera quemada inundó el lugar.

—Satoru, mi hermano es un dolor de cabeza insoportable —gruñó Sukuna Ryomen, dejándose caer en el sofá de cuero italiano sin haber sido invitado.

Satoru se echó hacia atrás en su silla ergonómica, subiéndose las gafas oscuras sobre la frente para revelar unos ojos azules que brillaban con diversión.

—¿Cuál de los dos? —preguntó con tono burlón—. Porque si es Choso, ya sabemos que tiene un complejo de mártir. El hombre es médico, Sukuna, déjalo salvar vidas en paz.

—No hablo de Choso —dijo Sukuna, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño—. Hablo del mocoso, Yuuji. Ha empezado sus prácticas de Trabajo Social y se niega rotundamente a hacerlas en mi bufete. Dice que "no quiere favoritismos" y que mi empresa de abogados es "demasiado tensa". ¡Es mi propia sangre! Debería estar bajo mi supervisión.

Satoru soltó una carcajada limpia.

—Bueno, tiene razón. Eres un tirano, Sukuna. Nadie en su sano juicio querría a su hermano mayor como jefe, y menos si ese hermano es el abogado más despiadado de Tokio.

—No estoy para bromas. Necesita un lugar serio, pero donde no lo traten como a un extraño absoluto.

Satoru se quedó pensativo un momento. Recordó a Yuuji vagamente de algunas fotos familiares que Sukuna guardaba, aunque nunca habían coincidido formalmente debido a la diferencia de edad y los horarios universitarios. Sabía que era un Omega, al igual que sabía que había una regla inquebrantable que ellos mismos habían forjado años atrás.

En su época universitaria, los cuatro jinetes del apocalipsis —Satoru, Sukuna, Suguru y Nanami— habían redactado un "Código de Amigos" en una servilleta manchada de cerveza en el restaurante de Geto. La regla número cuatro era sagrada: No enamorarse del hermano del otro. Era la salvaguarda para que su amistad sobreviviera a cualquier drama familiar.

—Mira, casualmente necesito a alguien que gestione el área de impacto social para mi nuevo proyecto de viviendas sostenibles —dijo Satoru, girando su pluma entre los dedos—. Si es tan testarudo como tú, me servirá. Tráelo aquí. Yo le daré la vacante.

Sukuna lo miró con sospecha, pero luego asintió, satisfecho.

—Bien. Pero mantén las distancias, Gojo. Es mi hermano pequeño.

—Relájate —rio Satoru—. Sabes que el código es ley.


Dos semanas después, el código empezó a sentirse como una sentencia de muerte.

Yuuji Itadori no era lo que Satoru esperaba. No era un Omega sumiso ni delicado. Era un rayo de sol con cabello rosado, una sonrisa que podía iluminar un sótano y un aroma a canela y miel que, desde el primer día, se filtró por las rendijas del autocontrol de Satoru.

—¡Buenos días, Gojo-san! —exclamó Yuuji entrando a la oficina con una pila de carpetas y una energía que desafiaba las leyes de la física a las ocho de la mañana.

Satoru, que normalmente apenas toleraba a la gente antes de su tercer café, se encontró sonriendo sin darse cuenta.

—Hola, Yuuji. ¿Cómo va el informe de los residentes?

—¡Terminado! —dijo el joven, acercándose a su escritorio.

Al inclinarse para dejar los papeles, su aroma envolvió a Satoru. Era dulce, pero con una nota terrosa, casi como el bosque después de la lluvia. Satoru sintió que su Alfa interior daba un vuelco, una reacción instintiva que lo obligó a tensar los músculos.

—Gracias —respondió Satoru con la voz un poco más grave de lo habitual—. Por cierto, mi sobrino Megumi también está haciendo sus prácticas de Trabajo Social. Le pedí a Sukuna que lo aceptara en su bufete para compensar que tú estés aquí. Espero que no te importe que le haya dado tu contacto, son de la misma facultad.

Yuuji abrió mucho los ojos, emocionado.

—¿Megumi Fushiguro? ¡Es mi mejor amigo! No sabía que era tu sobrino. ¡Qué pequeño es el mundo!

Satoru asintió, tratando de concentrarse en los papeles y no en la forma en que el sol de la tarde hacía brillar los ojos dorados de Yuuji.

—Sí, bueno... somos una familia complicada.


Esa noche, el grupo se reunió en el restaurante de Suguru Geto. Era un lugar acogedor, con luz tenue y el olor reconfortante de la cocina de autor.

Suguru estaba terminando de emplatar unos aperitivos cuando Nanami Kento entró, luciendo agotado. El Alfa rubio llevaba una mochila portabebés en el pecho, donde un pequeño bulto con el cabello alborotado dormía plácidamente.

—Llegas tarde, Nanami —dijo Suguru con una sonrisa suave.

—Haibara tuvo una emergencia en la clínica —explicó Nanami en voz baja para no despertar al cachorro—. Me tocó turno de padre hoy.

—Regla número uno: no dejarse manipular por un Omega —recitó Satoru desde la mesa, aunque sus ojos mostraban afecto—. Mírate, Nanami, eres un esclavo de la paternidad.

Nanami lo miró con una frialdad absoluta mientras acomodaba al bebé.

—Es el destino, Gojo. Algún día lo entenderás y te tragarás esa regla con un vaso de agua fría.

Sukuna llegó poco después, luciendo inusualmente pensativo.

—¿Qué te pasa, cara de pocos amigos? —preguntó Suguru, sirviendo sake para todos.

—Es el mocoso de Megumi —gruñó Sukuna—. Está en mi oficina. Es... eficiente. Demasiado eficiente. Y tiene un aroma a jengibre que me está distrayendo de mis casos de divorcio.

Satoru sintió un pinchazo de ironía. Así que Sukuna también estaba sintiendo la presión. El destino parecía estarse burlando de su estúpido código de secundaria.

—Es solo un pasante, Sukuna —dijo Satoru, tratando de sonar indiferente mientras su propia mente vagaba hacia la risa de Yuuji—. Recuerda la regla cuatro.

—Lo sé —dijo Sukuna, golpeando la mesa con el vaso—. Yo mismo la escribí. No voy a caer ante el sobrino de mi mejor amigo.

Satoru bebió su sake en silencio, sintiendo el peso de la hipocresía en su pecho.


Los meses pasaron y la tensión en la oficina de arquitectura se volvió casi tangible. Satoru y Yuuji habían pasado de una relación estrictamente profesional a una amistad cargada de electricidad. Salían a almorzar juntos, discutían sobre urbanismo y, a veces, se quedaban hasta tarde simplemente hablando de nada y de todo.

Una tarde, mientras la lluvia golpeaba los grandes ventanales del estudio, Satoru finalmente se rompió. Yuuji estaba tratando de alcanzar un libro en una estantería alta y Satoru se acercó por detrás para ayudarlo. Cuando sus cuerpos quedaron a centímetros de distancia, el aroma a canela de Yuuji se volvió embriagador.

—Yuuji —susurró Satoru, dejando el libro a un lado y atrapando al joven entre sus brazos y la estantería.

Yuuji se giró, con las mejillas encendidas. Su respiración era agitada.

—Gojo-san... yo...

—Sé que no debería —dijo Satoru, su voz era un ronroneo bajo de Alfa—. Sé quién es tu hermano y sé lo que prometí. Pero me estoy volviendo loco.

Yuuji bajó la mirada, pero no se alejó. Al contrario, se aferró a las solapas de la chaqueta de Satoru.

—A mí no me importa el código de Sukuna —murmuró Yuuji—. A mí me gustas tú.

Satoru no necesitó más. Se inclinó y lo besó, rompiendo años de lealtad masculina en un solo segundo de pura necesidad. El sabor de Yuuji era todo lo que había imaginado y más.

—Tenemos que mantener esto en secreto —dijo Satoru contra sus labios minutos después—. Si Sukuna se entera, quemará mi edificio contigo dentro.

—Acepto el riesgo —rio Yuuji, con los ojos brillando de felicidad.


A partir de ese día, comenzó el juego de sombras. Satoru empezó a llenar a Yuuji de pequeños detalles. No eran regalos ostentosos que pudieran llamar la atención, sino cosas con significado.

Una tarde, Yuuji llegó a casa de los Ryomen tarareando una canción, con una felicidad que irradiaba de sus poros. Su aroma era tan dulce que casi empalagaba.

Choso, que estaba en la cocina preparando la cena, sonrió al verlo.

—Parece que te ha ido bien en el trabajo hoy, Yuuji. Tu aroma dice que estás muy... satisfecho.

—¡Es un gran día, Choso-niisan! —dijo Yuuji, dándole un abrazo rápido antes de subir a su habitación.

Sukuna, que estaba sentado en el comedor revisando unos contratos, entrecerró los ojos.

—Está saliendo con alguien —sentenció el abogado.

—¿Y qué si es así? —respondió Choso sin mirarlo—. Ya es mayor. Se merece ser feliz.

—Espero que no sea un idiota —gruñó Sukuna.

Unos días después, mientras desayunaban, Sukuna notó algo en la muñeca de Yuuji. Era una pulsera de cordón negro con un pequeño dije de plata en forma de candado.

—¿Y eso? —preguntó Sukuna, señalando la joya.

Yuuji se cubrió la muñeca rápidamente con la manga de su sudadera, sonrojándose.

—¡Ah! Solo un detalle de alguien. No es nada importante.

Sukuna no dijo nada, pero guardó la imagen del candado en su memoria. Algo en su instinto de Alfa le decía que ese objeto era una pieza de un rompecabezas que no le iba a gustar completar.

Esa misma tarde, Sukuna decidió pasar por el estudio de Satoru sin avisar. Quería proponerle un partido de tenis para liberar el estrés que le causaba tener a Megumi Fushiguro y su persistente aroma a jengibre rondando por su oficina.

Entró en el despacho de Satoru y encontró al peliblanco recostado en su silla, con los pies sobre el escritorio y una expresión de absoluta paz.

—Gojo, tenemos partido hoy a las seis —anunció Sukuna, sentándose frente a él.

—Ah, Sukuna. No sé si pueda, tengo... mucho trabajo —mintió Satoru con una sonrisa perezosa.

—No mientas, tu agenda está vacía para hoy —dijo Sukuna, observándolo con detenimiento.

Satoru se estiró, entrelazando las manos detrás de su cabeza en un gesto de relajación total. Al hacerlo, las mangas de su impecable camisa blanca se deslizaron hacia atrás, revelando sus antebrazos.

Sukuna sintió que el tiempo se detenía.

En la muñeca derecha de Satoru, atada con el mismo cordón negro, brillaba una pulsera idéntica a la de Yuuji. Pero en lugar de un candado, el dije de Satoru era una pequeña y detallada llave de plata.

El silencio en la oficina se volvió denso, cargado de una tensión eléctrica. Sukuna miró la llave, luego miró los ojos azules de Satoru, que por un breve segundo mostraron un destello de pánico antes de recuperar su máscara de indiferencia.

—Bonita pulsera, Satoru —dijo Sukuna, su voz era ahora un susurro peligroso, como el rugido lejano de una tormenta—. Muy... simbólica.

Satoru bajó los brazos lentamente, ocultando la muñeca, pero ya era tarde. La semilla de la sospecha había germinado y Sukuna Ryomen no era un hombre que dejara las cosas a medias.

—Me la regalaron —dijo Satoru, tratando de mantener el tono ligero—. Ya sabes, admiradoras.

Sukuna se puso en pie lentamente. Se acercó al escritorio y se apoyó en él, invadiendo el espacio personal de Satoru.

—Es curioso —dijo Sukuna, entrecerrando los ojos—. Mi hermano tiene el candado. Tú tienes la llave. ¿Quieres explicarme esa "coincidencia" antes de que decida si debo matarte aquí mismo o esperar a que salgamos a la calle?

Satoru suspiró, dándose cuenta de que el juego de escondite había terminado mucho antes de lo esperado. Se quitó las gafas y miró a su amigo a los ojos, con una seriedad que rara vez mostraba.

—Sukuna, el código era para protegernos de errores. Pero esto no es un error.

Sukuna apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Es mi hermano, Gojo. La regla cuatro era la más importante por una razón.

—Lo sé —respondió Satoru, levantándose también para quedar a la misma altura—. Pero si quieres hablar de reglas rotas, hablemos de por qué tú tienes el número personal de Megumi en tus marcados rápidos y por qué hueles a jengibre cada vez que llegas a nuestras reuniones.

El rostro de Sukuna cambió de la rabia a una sorpresa momentánea. Ambos Alfas se quedaron allí, desafiándose con la mirada, mientras el aroma a ozono y especias chocaba en el aire.

La puerta del despacho se abrió en ese momento y Yuuji entró distraído.

—¡Satoru! ¿Quieres ir a cenar al restaurante de Suguru o prefieres...?

Yuuji se detuvo en seco al ver a su hermano mayor allí. El silencio que siguió fue sepulcral. Yuuji miró a Satoru, luego a Sukuna, y finalmente bajó la vista hacia su propia muñeca, donde el candado parecía brillar con luz propia.

—Oh —susurró Yuuji—. Hola, Sukuna.

Sukuna soltó un gruñido profundo, pero para sorpresa de Satoru, no saltó sobre el escritorio para golpearlo. En lugar de eso, se pasó una mano por el cabello, luciendo frustrado y extrañamente derrotado.

—Maldito sea el destino —masculló Sukuna—. Y maldito seas tú, Gojo.

—¿Eso significa que no me vas a matar? —preguntó Satoru con una chispa de su antigua arrogancia.

—Significa que si le haces daño, no habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte —amenazó Sukuna, señalándolo con el dedo—. Y también significa que ahora me debes una explicación muy larga sobre cómo vamos a explicarle esto a Suguru y a Nanami sin que se rían de nosotros por el resto de la eternidad.

Yuuji se acercó a Satoru y tomó su mano, entrelazando sus dedos. La llave y el candado se tocaron con un suave tintineo metálico.

—Creo que Nanami ya lo sabe —dijo Yuuji con timidez—. Me vio la pulsera el otro día y solo me dijo: "Dile a Gojo que es un idiota predecible".

Satoru soltó una carcajada, envolviendo a Yuuji en un abrazo protector frente a la mirada fulminante de Sukuna. El código de amigos se había roto, sí, pero mientras sentía el corazón de Yuuji latir contra el suyo, Satoru supo que algunas reglas estaban hechas para ser destruidas por algo mucho más poderoso: la inevitable atracción de dos almas destinadas a encontrarse.

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