
LA PRINCESA DEL SOUTH SIDE
Fandom: riverdale
Creado: 24/9/2026
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Seda, cuero y veneno
El olor a azufre y metal quemado todavía flotaba en el aire cuando las cadenas sellaron las puertas de Southside High. Para el resto del pueblo, era un vertedero menos del que preocuparse; para los Southside Serpents, era una declaración de guerra encubierta bajo una ordenanza municipal de salud pública.
Alisson Medrano se ajustó los puños de su suéter de cachemira gris perla antes de deslizar los brazos por las mangas de su pesada chaqueta de cuero. La serpiente de dos cabezas bordada en la espalda crujió con el movimiento, un contraste deliberado y desafiante contra sus pantalones de corte impecable y sus botines de tacón aguja de diseñador.
—No pongas esa cara, Sweet —dijo Alisson, apoyándose contra la barandilla de metal del estacionamiento clausurado—. Las arrugas no combinan con tu perfil criminal.
Sweet Pea, apoyado contra su motocicleta con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, soltó un bufido que era mitad frustración y mitad ternura contenida.
—Nos están metiendo en una jaula de pijos, Alisson —gruñó él, pasando una mano por su largo cabello oscuro—. Nos dispersan para que perdamos fuerza. Y lo primero que van a hacer esos bastardos del North Side es intentar quitarnos las chaquetas.
—Que lo intenten —respondió ella con una sonrisa fría, afilada como una hoja de afeitar—. Mi padre dice que un territorio solo se pierde si olvidas que te pertenece. Y Riverdale High no es de ellos, solo llegaron antes.
A unos metros, sentado en el capó de una camioneta destartalada con su eterna corona gris sobre la cabeza, Jughead Jones levantó la vista de su libreta.
—Alejandro Medrano siempre tan optimista —comentó Jughead con su habitual tono seco—. Aunque dudo que su filosofía empresarial nos salve cuando el director Weatherbee intente suspendernos en los primeros diez minutos por infracción al código de vestimenta.
—Si Weatherbee tiene un problema con mi ropa, puede hablar con los abogados de mi padre —replicó Alisson, arqueando una ceja perfectamente delineada—. O con los tuyos, Jones. Ah, no, espera, que FP todavía está lidiando con su propia libertad condicional.
—Qué golpe tan bajo, Medrano —dijo Jughead, aunque una leve media sonrisa delató que estaba acostumbrado a sus mordeduras verbales. Eran prácticamente hermanos desde que tenían memoria, criados entre los mismos callejones y con la misma certeza de que el dinero no compraba la decencia.
Toni Topaz se acercó acomodando la correa de su cámara réflex sobre el hombro, con sus mechones rosados brillando bajo el cielo encapotado.
—Dejen de lloriquear —intervino Toni con firmeza—. Fangs ya guardó lo indispensable de los casilleros. Si vamos a invadir el territorio del enemigo, al menos hagámoslo con estilo.
Fangs Fogarty llegó trotando, cargando dos mochilas y una caja de cartón mal cerrada.
—Dicen que nos tienen preparada una comitiva de bienvenida —anunció Fangs, respirando hondo—. Alumnos de honor, animadoras... el paquete completo de hipocresía suburbana.
Sweet Pea dio un paso hacia Alisson, tomándola de la cintura para pegarla a su pecho. El gesto era posesivo, un recordatorio silencioso ante el grupo de a quién pertenecía la reina no oficial del South Side, pero sus ojos marrones oscuros buscaban algo más vulnerable en los de ella.
—No te apartes de mí allá adentro —le susurró él al oído, con la voz áspera y baja—. No confío en ninguno de ellos. En especial en los idiotas del equipo de fútbol.
Alisson alzó la mano derecha, dejando que los anillos de plata y brillantes que adornaban sus dedos rozaran la mandíbula angulosa de su novio, justo por encima del tatuaje de la serpiente en su cuello.
—Sweet, amor... —ronroneó ella con ironía suave—. Si un Bulldog intenta tocarme, no vas a tener que defenderme. Vas a tener que ayudarme a esconder el cuerpo.
Sweet Pea soltó una carcajada ronca, inclinándose para darle un beso breve pero intenso en los labios.
—Dios, me encantas cuando te pones psicópata.
—Es el privilegio de clase, cariño —bromeó ella antes de colocarse su casco negro mate.
El rugido de los motores rompió el silencio de la mañana cuando la caravana de los Serpents atravesó las vías del tren, la frontera invisible que dividía dos mundos condenados a colisionar.
Riverdale High parecía un cuadro salido de una postal de los años cincuenta: ladrillos rojos impolutos, césped cortado a la perfección y un letrero brillante que anunciaba paz y educación cívica. Pero bajo la superficie, Alisson sabía muy bien qué se escondía. Corrupción, secretos y el hedor del dinero viejo que pretendía oler a lavanda.
Cuando apagaron los motores frente a la entrada principal, el murmullo de los estudiantes se extinguió por completo. Las miradas eran de pánico, asco y una morbosa curiosidad.
Alisson se quitó el casco, sacudiendo su melena rubia ondulada, y caminó junto a Sweet Pea, Toni, Jughead y Fangs con la barbilla en alto. El sonido de sus tacones marcaba un compás letal sobre el asfalto.
En las escaleras de piedra los esperaba el comité de recepción.
Veronica Lodge estaba al frente, impecable con un vestido azul marino ajustado y su clásico collar de perlas, flanqueada por Archie Andrews, que lucía incómodo con su chaqueta universitaria amarilla y azul, y una nerviosa Betty Cooper que apretaba una carpeta contra el pecho. A un lado, de brazos cruzados y con un labial rojo sangre que competía con su cabello, Cheryl Blossom los observaba como si fueran una plaga de langostas.
—Bienvenidos a Riverdale High —anunció Veronica, dando un paso adelante con una sonrisa diplomática ensayada—. En nombre del cuerpo estudiantil, queremos asegurarles que esta transición será lo más armónica posible.
—Ahorrarnos el discurso de embajadora de la ONU, Lodge —intervino Alisson, deteniéndose a solo dos escalones de distancia. Su voz era tranquila, pero destilaba una elegancia peligrosa—. Todos sabemos por qué estamos aquí y nadie cree que les haga ilusión compartir casilleros con nosotros.
Veronica parpadeó, sorprendida. Sus ojos oscuros recorrieron a Alisson de arriba abajo, deteniéndose en el corte del abrigo debajo del cuero y en el reloj Cartier que brillaba en su muñeca izquierda.
—Vaya —murmuró Veronica, alzando una ceja con auténtico desconcierto—. Debo admitir que no esperaba encontrar un trench de Burberry y un bolso Birkin debajo de una insignia pandillera. ¿Cómo puedes tener un guardarropa que cuesta más que mi matrícula y seguir usando esa chaqueta de Serpent?
Alisson curvó los labios con diversión gélida.
—Porque la chaqueta es gratis, Veronica. El respeto no se compra en Bloomingdale’s, por mucho que a tu familia le guste creer lo contrario.
Cheryl soltó un bufido teatral y dio un paso al frente, interponiéndose con su habitual drama.
—Basta de charlar con el ganado —espetó Cheryl, clavando sus ojos ámbar en Alisson—. No me importa si tu padre tiene pozos de petróleo o si vendes droga en la esquina con tus amigotes harapientos, Cenicienta del pantano. Esta escuela tiene jerarquías, y las serpientes se quedan en el suelo, donde pertenecen, para no ser aplastadas por mis Louboutin.
—Tus zapatos son de la temporada pasada, Cheryl —contraatacó Alisson sin parpadear, dando un paso que obligó a la pelirroja a retroceder instintivamente medio centímetro—. Y la última vez que revisé, las serpientes muerden antes de que alcances a levantar el pie. Así que mide tus pasos.
—¡Basta! —intervino Archie, poniéndose entre ambas con el ceño fruncido y su clásica postura de héroe frustrado—. No venimos a pelear. Solo queremos mostrarles las instalaciones.
Sweet Pea dio un paso adelante, empujando suavemente a Alisson detrás de su hombro para encarar al pelirrojo, sacándole casi una cabeza de ventaja.
—Nadie te pidió que fueras nuestra niñera, Andrews —escupió Sweet Pea—. Así que guarda el manual de boy scout.
—Déjalo, Pea —dijo Jughead en voz baja, tocándole el brazo—. No vale la pena el primer día.
Antes de que la tensión pudiera disiparse, una risa seca y burlona resonó desde las puertas de vidrio.
—Miren lo que trajo el camión de la basura.
Reggie Mantle bajó los escalones con la arrogancia grabada en cada línea de su cuerpo atlético. Llevaba la chaqueta de los Bulldogs abierta sobre el pecho ancho, las manos metidas en los bolsillos de sus jeans y una sonrisa ladeada cargada de desprecio. Detrás de él venían varios miembros del equipo de fútbol, formando una muralla de músculo y testosterona.
—Pensé que las ratas del sur solo salían de noche —continuó Reggie, deteniéndose junto a Archie pero clavando su mirada directamente en Alisson—. Y encima trajeron a su mascota de lujo. ¿Qué pasa, princesa? ¿Tu papi compró esa chaqueta para que sientas que tienes amigos rudos?
El aire pareció congelarse. Sweet Pea tensó los puños, listo para arrojarse sobre él, pero la mano de Alisson se posó con firmeza sobre su pecho, deteniéndolo en seco. Sus ojos marrones, usualmente cálidos cuando miraba a los suyos, brillaron con una furia helada.
Alisson avanzó un paso, quedando a escasos centímetros de Reggie. Tuvo que inclinar levemente la cabeza hacia arriba para sostenerle la mirada, pero no había una sola pizca de sumisión en su postura.
—Mi padre no compra a mis amigos, Mantle —dijo ella, con una voz tan suave que casi parecía una caricia envenenada—. Pero podría comprar el concesionario de tu familia y convertirlo en un deshuesadero de chatarra antes del mediodía si me aburro en la clase de historia.
Reggie borró la sonrisa por una fracción de segundo, sorprendido por la velocidad y el veneno del golpe. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, permitiendo que la colonia cara se mezclara con el olor a cuero y lluvia.
—Mucho ladrido para una chica que tiembla debajo de esa ropa cara —murmuró él, bajando el tono, con los ojos fijos en los de ella, buscando una grieta en su armadura.
—Pruébame, Bulldog —susurró Alisson, sosteniéndole la mirada sin parpadear, notando por primera vez lo oscuros y desafiantes que eran sus ojos—. A ver quién termina pidiendo piedad.
Por un segundo eterno, el resto del mundo desapareció. No había Serpents, no había Bulldogs, no había pasillos ni campanas. Solo una chispa eléctrica, densa e inesperada, que cruzó entre ellos como un chispazo en un cable pelado. Reggie sintió un nudo extraño en el estómago; aquella chica no era la típica niña mimada de los suburbios ni la caricatura de pandillera que había imaginado. Tenía espinas de acero bajo esa seda.
—¡Aléjate de ella, imbécil! —rugió Sweet Pea, rompiendo el trance al agarrar a Reggie por las solapas de su chaqueta de los Bulldogs.
—¡Suéltame, escoria! —respondió Reggie de inmediato, empujándolo con fuerza.
—¡Suficiente! —gritó el director Weatherbee, apareciendo por las puertas dobles con el rostro enrojecido por la ira—. ¡Un solo movimiento más y todos los involucrados estarán suspendidos antes de recibir sus horarios! ¡Señor Mantle, adentro! ¡Y ustedes, quítense esas chaquetas si pretenden entrar a mis aulas!
—Esta chaqueta es nuestra piel, señor Weatherbee —dijo Toni con frialdad—. No nos la quitamos por nadie.
Weatherbee apretó los labios con frustración.
—Ya discutiremos el reglamento en mi oficina. Pasen al auditorio. Ahora.
Reggie dio un paso atrás, acomodándose la chaqueta con un gesto brusco, pero sin apartar los ojos de Alisson. Le dedicó una última mirada cargada de resentimiento, intriga y algo peligrosamente parecido a la fascinación antes de darse la vuelta y entrar al edificio.
Alisson soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. A su lado, Sweet Pea respiraba con dificultad, con la vena del cuello latiéndole con fuerza.
—Ese idiota va a pagar por abrir la boca —juró Sweet Pea en voz baja, pasando un brazo protector alrededor de los hombros de Alisson—. Te juro que lo voy a quebrar.
—No te preocupes por él, Pea —murmuró ella, mirando las puertas cerradas por donde Mantle acababa de desaparecer—. No es más que ruido.
Sin embargo, a unos pasos de distancia, Jughead se colocó a su lado mientras comenzaban a subir las escaleras. Con las manos en los bolsillos y su clásica perspicacia clínica, habló sin mirarla directamente:
—Interesante intercambio cultural.
—Cállate, Jug —espetó ella entre dientes.
—No dije nada —respondió él con inocencia fingida—. Solo que Mantle suele ser insoportable con todos, pero contigo parecía especialmente inspirado.
—Es un imbécil con complejo de superioridad.
—Claro —concedió Jughead, ladeando la cabeza con una media sonrisa sardónica—. Lo que tú digas, Alisson. Pero ten cuidado. Las chispas cerca de un tanque de gasolina suelen causar explosiones.
Alisson ignoró la advertencia, pero al cruzar el umbral hacia el vestíbulo pulcro y hostil de Riverdale High, una sombra llamó su atención al final del pasillo.
Junto a los ventanales de la administración estaba parado Hiram Lodge, vestido con un traje a medida de mil dólares, observando la escena con una copa de agua en la mano y una expresión indescifrable. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Alisson, el magnate inclinó levemente la cabeza en un gesto de reconocimiento frío.
Él conocía su apellido. Conocía a Alejandro Medrano. Y sabía perfectamente que mientras los Medrano estuvieran firmes en el South Side, sus garras no podrían cerrarse del todo sobre el territorio de las serpientes.
Alisson apretó la mandíbula y devolvió el gesto con soberbia descarada, acomodando el cuello de su chaqueta de cuero. La guerra apenas estaba comenzando, las líneas estaban trazadas y los enemigos claramente identificados.
El único problema era que el chico equivocado acababa de ponerse justo en su línea de fuego, y por primera vez en su vida, Alisson no estaba del todo segura de querer apretar el gatillo.
