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Par de Sádicos

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 26/9/2026

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Reflejos de una misma locura

El sonido seco de la puerta de madera al cerrarse con excesiva fuerza resonó por todo el pasillo de los dormitorios masculinos. Del otro lado, amortiguada por el grosor del panel, todavía se alcanzaba a escuchar la voz quejumbrosa de Yuji Itadori, quien protestaba mientras se sobaba el chichón humeante de la coronilla y se sacudía la saliva que el Perro Divino le había dejado en el dobladillo del pantalón.

—¡Solo decía la verdad! —gritó Yuji desde el interior de su habitación, dando un par de golpes débiles a la madera—. ¡Tienen que admitir que mi lógica es impecable! ¡Al menos admitan lo del puente Yasohachi!

Megumi Fushiguro deshizo el sello de sus manos con un movimiento seco, permitiendo que la masa oscura de su shikigami se disolviera en el suelo como tinta derramada. Suspiró, pasándose una mano por su cabello oscuro y alborotado, tratando de recomponer el cuello alto de su uniforme negro. A su lado, Nobara Kugisaki aún sostenía su martillo de metal con los nudillos tensos, resoplando con evidente indignación mientras una vena apenas visible le palpitaba en la sien derecha. Su cabello naranja, cortado a la altura de la mandíbula, oscilaba al compás de su respiración agitada.

—Ese idiota tiene suerte de que hoy esté de buen humor —masculló Nobara, guardando el martillo entre los pliegues de su falda oscura con un movimiento brusco y teatral—. De lo contrario, le habría clavado una uña en la frente para que aprenda a cerrar la boca.

—Déjalo —dijo Megumi, con su habitual tono monótono y apagado, aunque sus ojos azul oscuro rehuían deliberadamente el rostro de su compañera—. Ya sabes cómo funciona su cabeza. Une dos ideas sin sentido y cree que ha descubierto los secretos del universo.

—¿Sin sentido? —Nobara arqueó una ceja, girándose hacia él con una mirada afilada como una cuchilla—. ¡Se atrevió a hacer un análisis completo de mi vida sentimental frente a la máquina de refrescos, Fushiguro!

Ninguno de los dos se movió de inmediato. El pasillo quedó envuelto en una quietud pesada, solo interrumpida por el zumbido lejano de las cigarras en los jardines exteriores de la academia. Era esa misma quietud que Yuji había señalado apenas diez minutos antes, cuando comenzó su descabellada disertación: la pasmosa facilidad con la que Megumi y Nobara podían compartir un espacio durante horas enteras sin cruzar una sola palabra, sin incomodarse, sin la imperiosa necesidad de llenar el vacío que tanto solía desesperar a Itadori.

Caminaron juntos por el corredor en dirección al área común. Megumi medía casi quince centímetros más que ella, con una figura estilizada y pasos silenciosos que contrastaban con el taconeo firme y decidido de los zapatos de Nobara. Como siempre, iban al compás, un ritmo aprendido sin esfuerzo a lo largo de misiones peligrosas y tardes muertas en las que simplemente no había nada que decir.

Sin embargo, esta vez el silencio no era tan inocente. Las palabras de Yuji flotaban entre ambos como cenizas incandescentes.

«Están hechos el uno para el otro», había proclamado el chico del recipiente de Sukuna, completamente convencido, señalándolos con una lata de té helado antes de recibir el primer golpe. Y la peor parte no había sido la desfachatez de la frase, sino los argumentos que la respaldaban.

Megumi empujó la puerta corredera de la sala común y entró primero. El espacio estaba iluminado por la luz dorada y oblicua del atardecer, que teñía los tatamis y los sofás desgastados de un tono cobrizo. Nobara fue directo a la pequeña cocina para servirse un vaso de agua, mientras él se dejaba caer en uno de los sillones individuales, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando los dedos frente a su rostro.

—Un tipo de chica con carácter inquebrantable —soltó Nobara de pronto desde la encimera, sin mirarlo, sosteniendo el vaso de vidrio bajo el grifo abierto.

Megumi tensó levemente los hombros, pero mantuvo la expresión de piedra que tanto lo caracterizaba.

—Eso fue lo que le respondí a Todo para que no me matara a golpes —contestó él con voz plana—. No tiene ningún significado oculto.

—Claro, claro —replicó ella, cerrando el grifo y dándose la vuelta para apoyar la espalda contra el mueble de cocina. Sus ojos avellana brillaban con una mezcla peligrosa de sarcasmo y curiosidad—. "Alguien con un carácter inquebrantable, que no ceda ante nada". Y luego Itadori tiene la brillante idea de mirarme a mí y decir: "¿Quién más encaja mejor en esa descripción que Kugisaki?". ¿Vas a culparlo por usar la única neurona que le queda?

—No te estaba describiendo a ti —dijo Megumi, aunque sus propios ojos buscaron un punto fijo en la pared opuesta.

—Qué lástima, porque sonaba casi como un cumplido —ironizó ella, dando un sorbo al agua. No obstante, el rubor sutil que teñía la punta de sus orejas delataba que la provocación no era del todo unilateral—. Aunque lo que realmente me dio ganas de reventarle la cabeza contra la máquina expendedora fue lo otro.

Megumi no necesitó preguntar a qué se refería. El recuerdo de las palabras de Yuji se proyectó en su mente con una nitidez incómoda.

«En el puente Yasohachi... cuando Nobara fue arrastrada por esa técnica maldita fuera de la barrera, Fushiguro casi pierde la compostura. Me agarró y me dijo: "¡Ve tras ella! ¡Protégela con tu vida!". Parecía más preocupado por ella que por su propio pellejo, o por el mío».

—Era una orden táctica —murmuró Megumi, bajando la vista hacia sus propios zapatos marrones—. Estabas herida, infectada por la técnica de descomposición de esas pinturas malditas. Era la decisión lógica. Yuji era el más rápido y resistente al veneno.

—Ya veo. Pura lógica militar —dijo Nobara, caminando hacia la mesa baja del centro de la sala y sentándose en el suelo, cruzando las piernas bajo la falda negra—. Siempre tan calculador, Fushiguro. Siempre tan noble protegiendo a la gente buena.

Megumi frunció el ceño con una ligera molestia.

—Tú no eres precisamente una santa, Kugisaki.

—Exacto. —Una sonrisa filosa, pequeña pero genuina, se dibujó en los labios de la chica—. Y por eso mismo la teoría de Itadori no se cayó a pedazos cuando intentó defenderse.

El silencio volvió a caer sobre la habitación, pero esta vez estaba cargado de una electricidad distinta. Porque el punto culminante del discurso de Yuji, el clavo que había cerrado el ataúd antes de que ambos decidieran silenciarlo a golpes, no había sido el romance ingenuo ni las miradas discretas.

Había sido la brutalidad.

«Ambos son... un par de sádicos», les había gritado Yuji con los ojos desorbitados mientras esquivaba las fauces del perro negro. «Cuando pelean en serio, se les zafa un tornillo. ¡Los he visto! Megumi parece el chico tranquilo y responsable, pero cuando se desata empieza a sonreír como un lunático y se burla de las maldiciones, como cuando abrió su dominio incompleto bajo el puente. ¡Y Nobara se clavó clavos enormes en su propia carne riéndose en la cara de esos hermanos como si fuera una demente! ¡Ninguna persona normal podría soportar a ninguno de los dos! ¡Se merecen el uno al otro porque están igual de retorcidos!».

Megumi cerró los ojos un instante. Las imágenes del enfrentamiento en el puente Yasohachi eran imborrables. Se recordaba a sí mismo al borde del colapso, ensangrentado, rozando la muerte contra un espíritu de grado especial que portaba el dedo de Sukuna. Recordaba la sensación visceral de haber roto sus propios límites impuestos, la risa ronca e histérica que había escapado de su garganta al liberar el "Jardín de Quimeras Sombrías", la embriagadora certeza de dominar el espacio, de devorar al enemigo sin piedad ni contención ética. Había sido un éxtasis oscuro, una violencia liberadora que rara vez admitía ante la luz del día.

Y luego estaba ella.

Megumi abrió los ojos y miró a Nobara. La joven estaba observando las uñas de su mano izquierda, todavía teñidas de un esmalte impecable que contrastaba con los callos producidos por el mango de su martillo. Él no había estado presente físicamente cuando ella luchó contra Kechizu y Eso, pero los informes y las palabras aterradoramente gráficas de Yuji habían bastado para reconstruir la escena. Nobara no había dudado un solo segundo en utilizar su técnica de Resonancia sobre sí misma, perforándose el antebrazo con clavos impregnados de energía maldita, usando su propio dolor como conductor para destrozar los órganos de sus enemigos desde adentro mientras se carcajeaba con una crueldad fascinante.

Una sádica. La palabra resonaba con una verdad tan cruda que resultaba ridículo intentar negarla.

—¿Te arrepientes? —preguntó Megumi de pronto, rompiendo la quietud con su voz grave.

Nobara levantó la mirada, encontrándose con los ojos azules del chico. No había juicio en la expresión de Fushiguro; solo una curiosidad sobria y profunda.

—¿De qué? ¿De haberme atravesado la carne? —Nobara soltó una risa seca, apoyando la barbilla en la palma de su mano—. Ni por un segundo. Estaban usando mi cuerpo como rehén con su veneno barato. Me pareció justo enseñarles lo que pasa cuando intentas jugar sucio con alguien de Morioka. Si ellos querían una guerra de resistencia al dolor, yo iba a asegurarme de que fueran ellos quienes suplicaran primero.

Había un destello salvaje en sus pupilas naranjas, una chispa indómita que ninguna regla de etiqueta de Tokio lograría apagar jamás. Esa era Nobara Kugisaki: vanidosa, orgullosa, obsesionada con la ropa bonita y el café de moda, pero capaz de descender al infierno con una sonrisa desafiante si alguien intentaba arrebatarle su lugar en el mundo.

Megumi ladeó la cabeza, permitiendo que una levísima curva ascendente se formara en la comisura de sus labios. Era una sonrisa apenas perceptible, pero cargada de una complicidad oscura.

—Tenías razón. Fue la jugada correcta.

—Por supuesto que lo fue —dijo ella, inclinándose un poco hacia adelante sobre la mesa—. ¿Y tú? ¿Qué hay de esa risita tuya de la que tanto habló Itadori? Me habría gustado verte. El gran y correcto Fushiguro, el alumno modelo, perdiendo los estribos y sonriendo como un villano frente a una maldición de grado especial.

Megumi desvió la mirada hacia la ventana, observando cómo los últimos rayos de sol morían tras las copas de los árboles del bosque que rodeaba la academia.

—No perdí los estribos —murmuró, aunque el recuerdo del latido salvaje de su corazón al invocar la sombra aún le causaba un cosquilleo en los dedos—. Simplemente dejé de contener la imaginación. Los hechiceros siempre estamos calculando pérdidas, intentando morir con un propósito noble. Pero en ese momento entendí que ser noble no servía de nada si terminaba muerto. Tenía que ser más codicioso. Más agresivo.

—Más despiadado —completó Nobara, con la voz suave pero cargada de peso.

—Sí. Más despiadado.

Nobara dejó escapar un suspiro que sonó casi satisfecho. Se reclinó hacia atrás, apoyando las manos en el suelo de madera.

—El idiota de Itadori no entiende nada —dijo ella, mirando hacia el techo—. Piensa que la gente como nosotros debería ser... no sé, pura. Como él. Él pelea porque no quiere ver morir a nadie. Es un buen chico, tan bueno que da náuseas a veces. Pero este trabajo no se trata solo de salvar almas inocentes. Se trata de aplastar a cosas que no merecen existir. Y si no disfrutas arrancarle los dientes al destino de vez en cuando, este mundo te consume entero.

—Lo sé —coincidió Megumi—. Las personas que intentan ser héroes terminan rotas antes de tiempo.

—Por eso tú y yo seguimos enteros —afirmó Nobara, clavando nuevamente su mirada directa y honesta en él. No había timidez en sus gestos, nunca la había—. No necesitamos fingir que somos mejores de lo que somos. Cuando tengo que martillar a un bastardo, lo disfruto. Y tú disfrutas verlos hundirse en tus sombras cuando se dan cuenta de que no pueden tocarte.

Megumi sintió un calor extraño extenderse por su pecho. No era la vergüenza que había sentido en el pasillo, sino una rara sensación de alivio. En un mundo donde constantemente se le exigía cargar con el peso del linaje Zen'in, con las expectativas de Gojo y con su propia moral rígida sobre quién merecía ser salvado y quién no, Nobara Kugisaki no le pedía nada de eso. Ella comprendía la podredumbre inherente a su profesión, y no solo la aceptaba, sino que bailaba sobre ella con tacones afilados.

Ella era, en efecto, completamente inquebrantable.

—Un par de sádicos —repitió Megumi en voz baja, probando las palabras en sus propios labios.

Nobara soltó una carcajada cristalina, auténtica y libre de cualquier sombra de duda.

—Suena como el peor elogio del mundo viniendo de cualquiera, pero viniendo de ese tonto, casi parece una medalla de honor.

—No dejes que se entere de que le estás dando la razón —advirtió él, aunque no pudo evitar que su propia sonrisa se ensanchara un poco más—. Si cree que su hipótesis tiene base, no dejará de hacer comentarios ridículos durante el entrenamiento de mañana.

—Si abre la boca otra vez, dejaré que tu perro le muerda la otra pierna —respondió Nobara con un guiño cómplice—. O mejor aún, le pediré a Maki que le duplique las series de combate cuerpo a cuerpo. Eso lo mantendrá demasiado ocupado escupiendo tierra como para inventar romances de telenovela.

Megumi negó con la cabeza, divertido.

—Trato hecho.

El sol terminó de ocultarse, y la penumbra comenzó a reclamar la sala común, alargando las sombras alrededor de los muebles. Ninguno de los dos hizo el amago de levantarse para encender la luz. No hacía falta. La penumbra era un terreno cómodo para Fushiguro, y a Nobara parecía no importarle en lo absoluto la oscuridad mientras tuviera a alguien al frente que no retrocediera ante sus miradas.

Se quedaron allí, sentados en un silencio que ya no pesaba, que ya no arrastraba las quejas del pasillo. Era el silencio natural de dos depredadores que se reconocían en la maleza, que sabían exactamente qué clase de monstruos habitaban bajo la piel del otro.

Y mientras la noche de Tokio caía sobre el colegio, ambos comprendieron, sin necesidad de pronunciar una sola palabra más, que la retorcida idea de Yuji Itadori no sonaba, después de todo, nada mal.

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