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Molestia

Fandom: Uzaki-chan wa Asobitai!

Creado: 26/9/2026

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RomanceRecortes de VidaEstudio de PersonajeAmbientación CanonHumor
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Espectadores fuera de escena

El tintineo de la campanilla sobre la puerta del Café Asia había dejado de sonar hacía ya más de media hora, cuando Hana y Shinichi salieron juntos rumbo al supermercado. La tarde caía con una parsimonia dorada que teñía los ventanales de tonos cobrizos y alargaba las sombras entre las mesas de madera. En el interior, solo quedaban el suave zumbido de la máquina de café recién apagada y el rítmico frotar de un paño sobre la loza.

Ami Asai sostenía una taza blanca contra la luz, inspeccionando el brillo de la porcelana con un ojo crítico a través de sus gafas de montura roja. Llevaba su habitual uniforme: la camiseta negra ceñida, el delantal marrón anudado con pulcritud a la cintura y sus pantalones oscuros que remataban en un calzado gris claro. Dos horquillas sujetaban su flequillo a ambos lados, enmarcando un rostro sereno que, en la mayoría de las ocasiones, ocultaba una mente maquiavélica obsesionada con los enredos amorosos ajenos.

Frente a ella, apoyado con insolencia sobre la barra de madera pulida, se encontraba la causa principal de su dolor de cabeza habitual.

Itsuhito Sakaki descansaba la barbilla sobre una de sus manos, exhibiendo esa sonrisa lánguida y despreocupada que parecía no abandonarlo jamás. Con su camisa verde mar abierta sobre la camiseta blanca de cuello en pico, sus pantalones caqui y aquel collar de hilo oscuro con un anillo de plata colgando contra su pecho, parecía más un modelo en un día libre que un estudiante universitario común. Sus ojos azules brillaban con una diversión perezosa mientras la observaba trabajar.

Ami suspiró, recolocándose las gafas con el dedo índice.

—¿No tienes un hogar al que regresar, Sakaki? —preguntó ella, sin molestarse en ocultar el tono gélido en su voz—. O al menos algún viaje repentino a una isla remota. Pensé que tu pasatiempo favorito era desaparecer por capricho.

Itsuhito soltó una risita suave y sacudió la cabeza, haciendo que sus mechones rubios se balancearan con ligereza.

—Qué crueldad, Ami-san. Acabo de volver de Kioto y lo primero que hago es venir a saludarte, ¿y así me recibes? Además, no podía perderme el informe de hoy. Me dijeron que Sakurai y Uzaki tuvieron un momento bastante interesante esta mañana en el campus.

Ami dejó la taza con un chasquido seco sobre la bandeja.

—Para tu información, las cosas entre Hana-chan y mi senpai progresan a un ritmo perfectamente natural y fascinante. No necesitan que un vago millonario como tú interfiera con sus planes absurdos.

—¿Mis planes absurdos? —Itsuhito enarcó una ceja, claramente divertido por el veneno en sus palabras—. Te recuerdo que fuiste tú quien sugirió encerrarlos en el almacén la semana pasada. Yo solo propuse darles un empujón más... elegante.

—Lo mío era un experimento sociológico cuidadosamente medido —replicó Ami, cruzando los brazos sobre el delantal—. Tú solo quieres ver el mundo arder porque te aburres. Eres superficial, entrometido y una molestia constante.

Sakaki no se inmutó. Al contrario, su sonrisa se ensanchó un poco más. No era ningún secreto para él que Ami lo consideraba poco más que una molestia necesaria; una fuente de información privilegiada sobre el círculo de Shinichi, pero nada más. A Ami le gustaba observar a los hombres atractivos desde una distancia prudente, admirando los músculos y las líneas estéticas como quien contempla una escultura en un museo, pero Sakaki rompía esa barrera con su charla incesante y su descaro. Y a él, por alguna razón que al principio no comprendía del todo, le fascinaba provocarla.

Le gustaba ver cómo esa expresión de superioridad analítica se resquebrajaba cuando él se acercaba demasiado.

—Admite al menos que hacemos un buen equipo —dijo él, inclinándose un poco más sobre el mostrador, invadiendo el espacio personal de la chica—. Los dos queremos lo mismo: que esos dos idiotas se den cuenta de una vez por todas de lo que sienten. Somos como los directores de una comedia romántica entre bastidores.

—Yo soy la directora —corrigió Ami con altivez—. Tú, a lo sumo, eres un tramoyista torpe que tropieza con los cables.

—Vaya, qué afilada estás hoy —murmuró él, enderezándose para rodear la barra con pasos lentos y seguros.

Ami frunció el ceño al ver que el chico entraba en el área reservada para el personal.

—Oye, los clientes no pueden pasar detrás de la barra. Mi padre no está, pero sigo teniendo reglas.

—Tu padre salió a hacer compras y nos dejó a cargo. No hay nadie aquí, Ami-san —señaló Itsuhito, deteniéndose a menos de un metro de ella. Su altura y su complexión atlética resultaban imponentes en el espacio reducido tras el mostrador, pero Ami se negó a retroceder. Sostuvo su mirada azul con desafío, aunque una pequeña chispa de cautela brilló tras sus cristales.

—¿Qué pretendes? —espetó ella, bajando el tono, manteniendo una compostura de acero.

—Estaba pensando en lo que dijiste antes —respondió Sakaki, ladeando la cabeza—. Te pasas el día mirando a los demás. Analizas cada gesto de Sakurai, cada rubor de Uzaki, cada palabra no dicha. Pero tú nunca estás en la escena, ¿verdad? Siempre sentada en la última fila, a salvo en la oscuridad del teatro.

Ami apretó los labios. Aquel comentario había dado en un blanco más sensible de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Es el mejor lugar para disfrutar de la función —dijo con desdén—. La realidad es caótica. Prefiero ver a la gente actuar según sus emociones mientras yo mantengo el control. No todos necesitamos ser los protagonistas de un drama ridículo.

—¿Control? —repitió él con ironía. Dio un paso más, acortando la distancia hasta que Ami pudo percibir el aroma sutil de su loción, una mezcla fresca de cítricos y brisa marina que no encajaba con el olor a café tostado del local—. No creo que sea control, Ami-san. Creo que simplemente tienes miedo de aburrirte si tú fueras la que siente algo.

—No digas estupideces, Sakaki. No sabes nada sobre mí.

—Sé que te encanta provocar, pero odias que te tomen la delantera —susurró él, con una chispa peligrosa en los ojos—. Sé que te pasas la vida buscando romance en otros porque estás convencida de que nadie puede sorprenderte a ti.

—Y ciertamente tú no eres quien va a hacerlo —contraatacó ella, levantando el mentón con orgullo.

Ese fue el detonante.

Itsuhito Sakaki era un hombre acostumbrado a salirse con la suya, a jugar con los límites sin pagar las consecuencias. Quería verla perder los estribos; esperaba un empujón indignado, un grito escandalizado o una mirada de furia que finalmente borrara esa máscara de psicóloga aficionada que Ami siempre portaba con tanta suficiencia. Quería desconcertarla por una vez en su vida.

Sin previo aviso, dio el último paso, llevó una mano firme al borde del mostrador a espaldas de la chica y, con la otra, rozó la mandíbula de Ami para inclinar su rostro hacia arriba.

Antes de que ella pudiera formular una queja, Sakaki atrapó sus labios con los suyos.

El contacto fue repentino y firme. Sakaki esperaba una resistencia inmediata; tenía los músculos preparados para el impacto de un golpe en el pecho o la retirada brusca de la joven. Pero lo que ocurrió a continuación desarmó por completo cualquier expectativa que hubiera formulado en su mente.

Ami se quedó inmóvil apenas una fracción de segundo. El aire se congeló entre ambos. Pudo sentir la calidez de su boca, la suave presión de sus labios y la audacia inherente a su gesto. Y entonces, en lugar de enfurecerse, en lugar de apartarlo con la frialdad que la caracterizaba, algo dentro de ella cedió con una facilidad desconcertante.

Un leve suspiro escapó de su nariz, empañando ligeramente la parte inferior de sus gafas rojas.

Ami cerró los ojos y dio un paso hacia adelante. Sus manos, que hasta ese momento reposaban rígidas sobre su delantal, subieron con lentitud deliberada. Una de ellas se apoyó contra el pecho de Sakaki, sintiendo el latido acelerado bajo la tela de la camiseta blanca y el frío metálico del anillo que colgaba de su cuello, mientras que la otra se deslizó con audacia hacia su nuca, enredando los dedos en sus cabellos rubios.

Lejos de rechazarlo, se fundió en el beso con una intensidad que dejó a Itsuhito sin aliento.

Fue un beso que cambió de dueño en un parpadeo. La sorpresa fue tal que el chico perdió el ritmo por un instante, antes de que su propio instinto tomara el control y profundizara el contacto. La boca de Ami era cálida, dulce y demandante, desprovista de cualquier asomo de la burla con la que solía tratarlo. Ya no había ironía ni distancia analítica; solo una fricción deliciosa y urgente que llenó el silencio del café con el sonido de respiraciones entrecortadas.

La mano de Sakaki que reposaba en el mostrador se movió por inercia hacia la cintura de ella, atrayéndola contra su cuerpo. La sintió temblar ligeramente, no de miedo, sino por esa corriente eléctrica que surge cuando dos fuegos distintos colisionan en la oscuridad. Ami entreabrió los labios, respondiendo a cada caricia con una seguridad que contradecía su aparente inexperiencia en el protagonismo romántico. Por un momento, el mundo exterior —Shinichi, Hana, la cafetería, los planes maquiavélicos— dejó de existir por completo.

Solo quedaban ellos dos, enredados en una coreografía improvisada que ninguno de los dos había calculado en sus meticulosos esquemas.

Cuando finalmente el aire se volvió un bien escaso, fue Ami quien redujo la intensidad con una lentitud casi cruel, rozando los labios de él una última vez antes de apoyar la frente contra su pecho, recuperando el aliento.

El silencio que cayó sobre la barra era abrumador, cargado de una tensión completamente nueva.

Sakaki se quedó inmóvil, con la mano aún anclada en la cadera de la chica, mirando fijamente la parte superior de su cabeza. Su cabello morado oscuro desprendía un suave aroma a lavanda. El chico, que siempre tenía una respuesta ingeniosa para todo, se descubrió incapaz de hilar una sola frase coherente. El corazón le martilleaba con fuerza contra las costillas, delatando el caos que hervía bajo su apariencia relajada.

Ami tardó unos segundos en recomponerse. Enderezó la espalda despacio, deslizándose fuera del agarre de Sakaki con una gracia calculada. Se llevó una mano al puente de la nariz y se ajustó las gafas rojas, que se habían torcido ligeramente durante el encuentro. Sus mejillas estaban teñidas de un carmín encendido, traicionando la calma que intentaba proyectar, pero sus ojos brillaban con una intensidad triunfal y peligrosa.

—Vaya —dijo ella, con la voz un poco más ronca de lo habitual, pero cargada de una serenidad aplastante—. Esperabas que te abofeteara, ¿verdad?

Itsuhito tragó saliva, tratando desesperadamente de recuperar su clásica sonrisa burlona, aunque esta vez le salió torcida y vacilante.

—Admito... que no estaba en mis cálculos que fueras tan cooperativa, Ami-san.

—Eres un idiota engreído, Sakaki —replicó ella, alisándose el delantal con movimientos pausados, como si nada hubiera ocurrido, aunque la respiración todavía le agitaba el pecho—. Creíste que podías usar tus trucos baratos para intimidarme y hacerme perder los papeles.

—No fueron trucos baratos —protestó él, cruzándose de brazos y apoyando la espalda contra la estantería de las tazas, intentando disimular lo mucho que le temblaban las manos—. Fue un impulso genuino. Quería ver qué había detrás de esa actitud de jueza implacable.

Ami dio un paso hacia él, acorralándolo sutilmente contra el mueble. Levantó la mirada hacia esos ojos azules que ahora la contemplaban con una mezcla inédita de fascinación y respeto.

—¿Y encontraste lo que buscabas? —preguntó ella en un susurro afilado.

Sakaki la miró en silencio durante un largo momento. La tensión entre ambos ya no era la de dos conspiradores que compartían un pasatiempo mezquino; se había transformado en algo denso, vibrante y peligroso. La admiración puramente estética que Ami sentía por el físico de Itsuhito había cobrado vida, y el juego superficial de provocación de él acababa de estallar en sus manos.

—Encontré más de lo que esperaba —admitió él finalmente, bajando la voz hasta un tono íntimo y sincero que rara vez utilizaba—. Mucho más.

Ami sonrió de lado, satisfecha con la respuesta. Se dio la media vuelta, tomó un trapo limpio y volvió a colocarse frente a la pileta.

—Bien. Porque si vas a seguir viniendo a mi cafetería a molestarme, tendrás que esforzarte mucho más que eso. Un solo beso no te da derecho a creerte el dueño del lugar.

Itsuhito soltó una carcajada genuina, pasándose una mano por el cabello rubio. La ligereza había vuelto al ambiente, pero las reglas del juego habían cambiado para siempre. Ya no eran solo los directores en la sombra observando la torpe danza de Hana y Sakurai.

—¿Eso significa que habrá una segunda función? —preguntó él, recuperando su tono pícaro mientras caminaba hacia la salida de la barra.

Ami no se giró para mirarlo, pero la curva traviesa en sus labios reflejada en el cristal de la ventana fue suficiente respuesta.

—Eso dependerá de tu comportamiento, tramoyista. Ahora sal de detrás del mostrador antes de que regrese mi padre, o haré que te cobre el café al triple de su precio.

La campanilla de la puerta sonó en ese preciso instante, anunciando el regreso ruidoso de Hana y Shinichi, cuyas voces discutiendo sobre el precio de las verduras llenaron el café de golpe. La rutina parecía restaurarse en un segundo, pero cuando Sakaki se sentó de nuevo en su taburete y Ami levantó la vista para cruzar miradas con él a través del salón, ambos supieron que el verdadero espectáculo apenas estaba comenzando.

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