
Espinas invisibles en el pecho
El sol de la tarde caía sobre los adoquines del patio del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio, tiñendo las paredes de madera y piedra de un naranja espeso, casi melancólico. Habían regresado hacía poco más de una hora de un encargo rutinario en los suburbios: una maldición de grado tres escondida en un almacén abandonado que apenas les había exigido esfuerzo físico. Sin embargo, el ambiente entre los tres estudiantes de primer año distaba mucho de ser el habitual desorden ruidoso.
Yuji Itadori caminaba prácticamente dando saltitos, con las manos aferradas a su teléfono móvil. La pantalla iluminaba su rostro con una luz pálida que competía con el atardecer, pero nada brillaba tanto como la enorme, boba y deslumbrante sonrisa que curvaba sus labios.
Nobara Kugisaki, a su lado, arrastraba los pies con una pesadez deliberada. Vestía su uniforme impecable, con la falda negra balanceándose al compás de sus pasos y los clavos descansando inertes en la cartuchera de cuero sobre su cintura. Sus ojos cobrizos no miraban el camino, sino de reojo, con una fijeza disimulada pero abrasadora, la pantalla que el pelirosa consultaba cada tres segundos.
—¿Se puede saber qué tanto miras? —preguntó Megumi Fushiguro con su tono monocorde, caminando un paso por detrás de ellos con las manos metidas en los bolsillos del pantalón—. Vas a tropezar con las escaleras.
—¡Ah, lo siento, Fushiguro! —exclamó Yuji, sin apartar los ojos del teclado un segundo más de lo necesario—. Es que estaba respondiéndole a Ozawa.
El nombre cayó en el aire como una gota de agua fría sobre una sartén hirviendo. Nobara detuvo sus pasos por una fracción de segundo imperceptible antes de reanudar la marcha, apretando la mandíbula con tanta fuerza que sintió un crujido sordo cerca de las sienes.
Hacía ya un par de semanas desde aquella tarde en la cafetería. Nobara misma había sido la arquitecta de todo: había reconocido a Yuko Ozawa, había notado de inmediato cómo la chica miraba a Yuji y, con esa determinación orgullosa y avasallante que la caracterizaba, había orquestado el reencuentro. Después de todo, Ozawa era hermosa, altísima, tímida y encajaba a la perfección en el canon estético que Itadori solía proclamar a los cuatro vientos, aquel idilio inalcanzable con chicas como Jennifer Lawrence. Nobara había actuado como la celestina perfecta, la heroína moderna que une los hilos del destino con una palmada en la espalda y una sonrisa autosuficiente.
Había pensado que se sentiría satisfecha. Victoriosa, incluso. Pero el resultado real había sido una constante y lenta tortura.
—Hablan demasiado últimamente, ¿no? —comentó Nobara. Su voz sonó deliberadamente desinteresada, casi aburrida, mientras fingía arreglarse un mechón de su cabello teñido de naranja.
—¡Sí! La verdad es que es genial —respondió Yuji, guardando por fin el móvil pero sin perder aquella expresión radiante que le ensanchaba las mejillas—. Resulta que tenemos un montón de cosas en común. Películas, comida rápida, cosas de la escuela... Hoy tiene la tarde libre y me preguntó si quería ir a dar una vuelta por Shinjuku.
—¿Una vuelta? —repitió Megumi, alzando una ceja—. Suena a que es una cita.
—¿Tú crees? —Yuji se rascó la nuca, y un rubor infantil y evidente se extendió por su cuello—. Bueno, no lo sé... Tal vez. Dijo que quería mostrarme una tienda de ropa que vio el otro día y luego podríamos comer algo. ¡Por eso tengo que apurarme a ducharme y cambiarme!
Megumi no dijo nada más, pero su mirada se desvió de inmediato hacia Nobara. La joven no había hecho ningún gesto escandaloso, no había gritado ni se había burlado como solía hacer cada vez que Itadori actuaba como un idiota. Estaba completamente inmóvil, mirando hacia los árboles del bosque con los brazos cruzados con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos.
—Oye, Kugisaki —llamó Yuji, girándose hacia ella con total inocencia, plantándose a menos de un metro de distancia—. Estaba pensando... tal vez debería llevarle un detalle, ¿no? No sé, algo pequeño para agradecerle que me haya invitado. Eres una chica, debes saber lo que les gusta a ellas. ¿Qué le comprarías tú?
El silencio que siguió a la pregunta fue tan denso que pareció absorber el canto de las cigarras tardías.
Nobara clavó sus ojos en él. Eran dos ascuas anaranjadas, desprovistas de cualquier rastro de calidez.
—¿Qué se supone que significa eso de «eres una chica»? —soltó ella, y cada palabra salió afilada, cargada de un veneno tan repentino que Yuji parpadeó, desconcertado—. ¿Crees que todas tenemos un manual de instrucciones grabado en la frente? ¿Crees que por tener ovarios sé exactamente qué baratija inútil le va a gustar a una persona que apenas conoces?
—Eh... no, yo solo decía que...
—Si tantas ganas tienes de ser un caballero de pacotilla, cómprale flores baratas en la estación o un llavero ridículo de esos que tanto te gustan —espetó Nobara, dando un paso adelante, invadiendo el espacio del chico con una hostilidad feroz—. Pero no vengas a pedirme a mí que te resuelva la vida amorosa. No soy tu consejera, Itadori, ni me importa lo más mínimo lo que hagas con tu tiempo libre. Apúrate y lárgate, que se te va a hacer tarde y vas a quedar como el patán que eres.
Yuji se quedó congelado, con la boca ligeramente abierta. Durante un segundo pareció buscar un atisbo de broma en el rostro de su compañera, pero solo encontró una máscara rígida de desprecio.
—O-Oigan... solo estaba preguntando... —murmuró el pelirosa, bajando los hombros—. Está bien, no te enojes. Ya me voy.
Sin decir una palabra más, Yuji dio media vuelta y corrió hacia el edificio de los dormitorios, un poco confundido pero con la prisa de su compromiso empujándolo hacia adelante.
Nobara no lo vio alejarse. En cuanto él dobló la esquina, ella caminó con paso firme hacia la sala común, azotando la puerta corrediza al entrar.
Megumi entró unos segundos después, cerrando con suavidad tras de sí.
Treinta minutos pasaron en un mutismo absoluto.
Nobara se había arrojado sobre uno de los sofás desgastados. Tenía entre las manos una revista de moda que había comprado la semana anterior en Shibuya, pero apenas pasaba las páginas al azar, deteniéndose en anuncios de perfumes y abrigos caros sin leer una sola línea. Sus ojos se movían mecánicamente, mientras el pie derecho le temblaba en un tic nervioso e incesante contra el suelo de madera.
Megumi estaba sentado al otro extremo de la mesa baja, con los codos apoyados en las rodillas, contemplando una taza de té frío que no tenía intención de beber. Sus ojos oscuros iban de la taza a Nobara, analizando la tensión en los hombros de la chica, la forma en que mordía la parte interna de su mejilla y la violencia con la que pasaba cada hoja de papel satinado.
De pronto, el teléfono de Megumi vibró sobre la mesa.
El sonido pareció un disparo en la habitación silenciosa. Megumi tomó el aparato, desbloqueó la pantalla y leyó el mensaje en silencio.
—Dice que ya se encontraron —dijo Megumi en voz baja, sin levantar la vista—. Están entrando al cine. Dice que Ozawa le compró palomitas.
Nobara soltó un sonido gutural, un quejido seco y sofocado que intentó camuflar como un bostezo mal actuado, y pasó la página de la revista con tanta fuerza que el papel se rasgó por el borde.
—Qué fascinante —dijo ella, con un tono arrastrado y ácido—. Espero que se atragante con el maíz.
Megumi dejó el teléfono sobre la madera. Dejó pasar un minuto entero, midiendo el peso del aire, antes de volver a hablar.
—Fuiste muy dura con él hace un momento.
—Se lo merecía por idiota —replicó ella de inmediato, sin apartar la mirada de una modelo rubia que sonreía en la página—. No soporto esa actitud de niño tonto cuando se trata de estas cosas. Es irritante.
—No fue solo hace un momento, Kugisaki —continuó Megumi, imperturbable, con su tono tranquilo y analítico—. Llevas días así. Cada vez que su teléfono suena, te tensas. Cada vez que menciona a Ozawa, cambias de tema o le lanzas una respuesta cortante. Y hoy prácticamente lo echaste a patadas.
—¿Ahora eres psicólogo, Fushiguro? —Nobara arrojó la revista sobre la mesa, cruzándose de brazos y encarándolo con la barbilla en alto—. Si tengo un mal día, es mi problema. La misión fue aburrida, hace calor y no tenía ganas de soportar sus estupideces. Fin del misterio.
—No es el calor.
—Que te calles.
Megumi respiró hondo. La observó fijamente, descartando las capas de fingida superioridad, la postura desafiante y la dureza artificial con la que Nobara se protegía del mundo. Conocía esa mirada; la había visto en personas acorraladas.
—Kugisaki... —dijo él, soltando las palabras con una calma que sonó ensordecedora—, ¿te gusta Itadori?
La sala pareció perder temperatura de golpe.
Megumi se preparó instintivamente para el impacto. Esperaba que se levantara de un salto, que le gritara que estaba loco, que pateara la mesa, que sacara su martillo y amenazara con romperle la nariz o que soltara una sarta de insultos creativos asegurando que preferiría arrojarse a un pozo lleno de maldiciones antes que fijarse en un troglodita como Yuji. Así era como Nobara respondía siempre: con fuego, con ruido, con una violencia teatral que disipaba cualquier incomodidad.
Pero la explosión nunca llegó.
Nobara no se movió. Se quedó clavada en el cojín del sofá, y por un instante aterrador, sus facciones parecieron desmoronarse. La arrogancia se evaporó de su rostro como humo barrido por el viento.
—¿Estás loco? —dijo ella, pero su voz no tenía fuerza; salió rota, pastosa, carente de cualquier filo—. ¿Él? ¿Itadori? Por favor... Es imposible.
Megumi no pestañeó, esperando el remate.
—Míralo bien —continuó Nobara, hablando cada vez más rápido, como si necesitara convencerse a sí misma de una lista aprendida de memoria—. Es un tipo que nunca se toma nada en serio hasta que las cosas están al borde del desastre. Vive con la cabeza en las nubes, viendo películas de serie B y comiendo porquerías. Es un idiota integral con un cerebro que no debe ser más grande que una pasa de uva. No tiene sentido del estilo, viste con esa sudadera roja espantosa todo el tiempo y... y no tiene ni una pizca de sofisticación. No es mi tipo en absoluto. A mí me gustan los chicos elegantes, maduros, los que podrían pasear conmigo por Ginza sin parecer niños perdidos. Él no tiene nada de eso. Nada.
Megumi la escuchó en silencio. Por un segundo, pensó que se había equivocado. Las razones que daba eran lógicas, encajaban con la Nobara superficial y segura de sí misma que presumía de sus estándares altos. Iba a disculparse, a retirar la pregunta, cuando notó el temblor.
Las manos de Nobara, apoyadas sobre su regazo, temblaban de forma visible.
—No tiene nada de lo que quiero —susurró ella. Y entonces, la coraza se quebró del todo.
Un rubor violento, que nada tenía que ver con la vergüenza y mucho con la angustia contenida, trepó por sus mejillas hasta las orejas. Sus ojos, antes desafiantes, se llenaron de agua, brillando con una humedad espesa que amenazaba con desbordarse en cualquier segundo. Sus labios temblaron, perdiendo la línea firme que siempre mantenía.
—Pese a todo eso... —dijo, y un nudo en su garganta hizo que las palabras salieran como un sollozo ahogado—, cada vez que habla de ella... cada vez que sonríe mirando esa maldita pantalla... se siente como si me clavaran una aguja oxidada en el centro del pecho.
Megumi abrió ligeramente los ojos, sorprendido.
—Yo los presenté, ¿sabes? —continuó Nobara, y su mirada rota se clavó en la de Megumi, buscando una respuesta que nadie le había enseñado a encontrar—. Yo le dije a esa chica que él no se fijaría en su peso ni en su pasado, porque él es así de estúpidamente bueno. Yo misma empujé a ese imbécil hacia ella porque pensé que era lo correcto, porque ella es bonita y alta y es todo lo que él dice que le gusta... Y ahora... ahora que los veo hablar, se me nubla la vista. Siento que me falta el aire. Me da rabia, me duele y no entiendo por qué. Odio sentirme así. Odio que me importe.
Una lágrima solitaria se desprendió de sus pestañas, resbalando rápido por su mejilla caliente antes de caer sobre la tela oscura de su uniforme. Nobara se la limpió con el dorso de la mano con un gesto furioso, casi con asco de su propia debilidad.
—Dime, Fushiguro... —preguntó, con la voz completamente quebrada, temblorosa, clavando sus ojos desvalidos en su compañero—. ¿Qué demonios se supone que tengo que hacer con esto?
Megumi se quedó inmóvil. El aire en la habitación pesaba toneladas.
Él, que siempre tenía una estrategia, que podía invocar shikigamis en medio del caos, que calculaba distancias y riesgos con la frialdad de un cirujano, se encontró de pronto frente a un territorio completamente desconocido y aterrador. No había maldiciones que exorcizar allí, ni rituales que pudieran deshacer el nudo que ahogaba a la chica frente a él.
Megumi abrió la boca para decir algo, cualquier cosa que pudiera servir de consuelo o de guía, pero no encontró ninguna palabra. La certeza del dolor ajeno lo paralizó.
Y en medio de la sala teñida por las sombras del crepúsculo, el único sonido fue el silencio absoluto que Megumi no supo cómo romper.
