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Ahora nos toca a nosotros

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 27/9/2026

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El peso del cielo despejado

El olor a desinfectante siempre había sido su sombra más fiel, pero aquella tarde, por primera vez en años, Shoko Ieiri no tenía cuerpos destrozados que coser ni almas rotas que declarar muertas sobre planchas de acero frío. La paz, un término que durante décadas pareció una burla cruel de los ancianos del clan o una fábula infantil que nadie se atrevía a pronunciar, se había instalado en las colinas de Tokio con una quietud casi irreal.

Sukuna había caído. El cuerpo de Megumi Fushiguro había sido arrancado de las fauces de la calamidad, Kenjaku yacía reducido a polvo y ceniza, y Satoru Gojo... Satoru había vuelto de la linde misma del abismo. No había sido una victoria limpia; la guerra nunca lo era. Shoko aún sentía el peso de las pérdidas grabadas a fuego bajo sus párpados: Yuki Tsukumo, quien ardió con la furia de una supernova contra Kenjaku; Kashimo, cuya tempestad se desvaneció en un instante relampagueante; y Choso, aquel espíritu que eligió arder protegiendo a su hermano. Pero ahora, al menos, las tumbas podían recibir flores y rezos en calma, sin el apremio del exterminio acechando los muros de la escuela técnica.

Shoko se apoyó contra el marco de la ventana del aula médica, vistiendo su jersey azul de cuello alto y sus pantalones oscuros que dejaban al descubierto sus tobillos, calzada con sus habituales tacones de tono crema. Su cabello castaño, suelto y cayendo suavemente más allá de sus hombros, se mecía con la brisa que entraba por el ventanal abierto. Pasó la yema de sus dedos por la ojera pronunciada bajo su ojo derecho, rozando con familiaridad el pequeño lunar que la caracterizaba. Parecía exhausta, como siempre, pero sus ojos castaños ya no albergaban esa resignada frialdad con la que contemplaba la mesa de autopsias.

Afuera, en el patio bañado por la luz dorada del sol poniente, la vida se abría paso con una terquedad maravillosa.

Shoko observó a Yuji Itadori. El muchacho que había sido tratado como un recipiente maldito, una sentencia de muerte con piernas, se erguía ahora como un pilar fundamental de la hechicería moderna. Reía a carcajadas mientras envolvía a Nobara Kugisaki en un abrazo torpe y desbordante de afecto. Nobara, con un parche de tela negra cubriendo su ojo izquierdo allí donde Mahito había intentado borrar su existencia, simulaba molestia antes de romper a reír y apoyar la frente en el pecho de Yuji. A él no le importaba la cicatriz ni el vacío bajo el parche; solo le importaba el calor tangible de la mujer que amaba, devuelta al mundo contra todo pronóstico.

Un poco más allá, sentado en los escalones de madera desgastada, Megumi Fushiguro miraba el horizonte. Había perdido a Tsumiki, una herida en el alma que tardaría años en cicatrizar, pero no estaba sumido en la oscuridad. Junto a él se encontraba Hana Kurusu. Su manga derecha colgaba vacía, un recordatorio del zarpazo con el que Sukuna casi le arrebata la vida, pero su rostro resplandecía con una dulzura sosegada mientras le ofrecía un termo de té con su mano izquierda. Megumi aceptó el gesto con una media sonrisa tímida, encontrando en ella ese puerto seguro que el caos le había negado durante tanto tiempo.

Y luego estaban Yuta Okkotsu y Maki Zenin. Yuta ya no caminaba arrastrando la sombra asfixiante de una promesa infantil ni el fantasma de Rika; sus hombros estaban libres y ligeros. Caminaba a la par de Maki, tomándola de la mano sin dudar. La piel de ella, cubierta por los trazos oscuros y firmes de las cicatrices que aquel volcán maldito en Shibuya le había dejado, ya no era una armadura de dolor, sino el testimonio de su indomable fuerza. Maki ladeó el rostro y le sonrió a Yuta con una calidez reservada solo para ellos dos.

«Felicidad», pensó Shoko, exhalando un suspiro lento que empañó brevemente el cristal.

Era felicidad pura, visceral, ganada con sangre y lágrimas. Los chicos estaban a salvo. Habían encontrado un amor genuino entre las grietas del conflicto, una razón para no volverse monstruos desprovistos de emoción.

Pero mientras los contemplaba, una punzada sutil y solitaria se alojó en su pecho. Si esos jóvenes habían alcanzado la redención y la ternura, ¿dónde quedaba ella? Shoko había sido la espectadora silenciosa de toda una era. La que se quedó atrás cosiendo las entrañas de los caídos mientras Suguru descendía a la locura y Satoru se elevaba como una deidad inalcanzable. ¿Había algún rincón de felicidad reservado para la doctora que solo sabía de morgues y cigarrillos a medio consumir?

El suave crujido de la puerta de madera interrumpió sus pensamientos. No hubo fanfarrias ni puertas abiertas de par en par de una patada, ninguna de las payasadas infantiles con las que él solía llamar la atención. Solo un paso firme y pausado.

Shoko giró la cabeza con su calma habitual.

Allí estaba Satoru Gojo.

Imponente con sus ciento noventa centímetros de estatura, vestía su abrigo negro de cuello alto, impecable y estilizado sobre sus pantalones oscuros. Llevaba el cabello blanco alborotado, peinado hacia arriba en esos mechones puntiagudos tan suyos que desafiaban la gravedad. Pero lo que detuvo el aliento de Shoko fue su rostro: no llevaba la venda negra ni las gafas oscuras. Sus ojos, de ese azul claro imposible que guardaba la inmensidad del firmamento en cada iris, estaban completamente al descubierto. Su mirada era serena, despojada por una vez de la carga asfixiante de los Seis Ojos.

Gojo la miró en silencio durante un instante que pareció dilatar el tiempo. La recorrió con la vista, desde el cabello castaño que caía libre hasta la bata blanca de laboratorio que todavía descansaba sobre sus hombros.

—Vámonos —dijo simplemente, con una voz suave que no admitía réplica.

Shoko parpadeó, arqueando una de sus pobladas cejas.

—¿A dónde crees que vas, Satoru? Todavía tengo que clasificar los informes de...

Antes de que pudiera terminar la frase, Gojo dio dos zancadas largas, acortó la distancia entre ellos y le quitó con delicadeza la bata blanca de los hombros, colgándola en el respaldo de la silla giratoria. Luego, tomó su mano. Sus dedos eran largos, cálidos y extraordinariamente suaves, sin el infinito interponiéndose entre su piel y la de ella.

—El papeleo puede arder si quiere —dijo él, curvando los labios en una sonrisa pequeña y cómplice—. Hoy no eres la médico de nadie, Shoko. Hoy solo eres tú.

Sin darle tiempo a protestar, la arrastró suavemente fuera de la enfermería. Cruzaron los pasillos en sombras de la escuela, saliendo por la parte trasera para evitar las preguntas indiscretas de los estudiantes. Afuera los esperaba un coche común, lejos del bullicio de los hechiceros.

Lo que siguió fue un día que Shoko jamás habría imaginado vivir. Durante horas, Tokio dejó de ser un campo de batalla para convertirse en una ciudad vibrante y hermosa. Satoru la llevó por callejones antiguos de Asakusa, compraron dulces tradicionales que él devoró sin vergüenza mientras ella lo reprendía por el exceso de azúcar, y caminaron sin prisa por los parques donde los cerezos comenzaban a reverdecer. Por primera vez en diez años, Gojo no miraba por encima del hombro buscando maldiciones, ni Shoko esperaba que su teléfono sonara con la noticia de un herido al borde del colapso. Era una paz mundana, casi ingenua, pero tan dulce que dolía en el pecho.

Al caer la tarde, la llevó al punto más alto de la metrópoli.

Subieron hasta la plataforma privada en lo alto de la torre más imponente de Tokio. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la inmensidad de la capital japonesa se extendió bajo sus pies, bañada por un atardecer incendiario. El cielo se teñía de tonos violáceos, naranjas y carmesí, una sinfonía de luz que se reflejaba en los cristales panorámicos y en los ojos celestes de Satoru.

El viento soplaba con fuerza allí arriba, desordenando los cabellos de ambos. Shoko se acercó al barandal de seguridad, abrazándose a sí misma para protegerse de la brisa fresca, maravillada por la escala de la ciudad que tantas veces habían defendido desde las sombras.

Satoru se colocó a su lado, con los codos apoyados en la barandilla de metal y la mirada perdida en el horizonte dorado.

—Casi me voy, ¿sabes? —comenzó a hablar él, rompiendo el silencio con un tono inusualmente reflexivo, carente de cualquier rastro de vanidad—. En ese momento, cuando Sukuna cruzó el espacio mismo... sentí el frío absoluto. Vi a los demás. Vi a Suguru, a Nanami, a Haibara... Estaban todos allí, en una especie de sala de espera iluminada, sonriendo como idiotas.

Shoko contuvo el aliento, girando el rostro para mirarlo. El perfil afilado de Gojo estaba iluminado por el último rayo de sol.

—¿Y por qué volviste? —preguntó ella en voz baja, casi temiendo que la respuesta fuera un espejismo.

Satoru giró el rostro hacia ella. Sus ojos azules brillaron con una intensidad sobrecogedora, como si el propio cielo se concentrara en su pupila.

—Porque faltabas tú —respondió sin titubear—. Porque cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que no quería descansar en un recuerdo mientras tú te quedabas aquí, sola, limpiando nuestros desastres. Sobreviví porque me negué a dejarte como la última en pie. Somos los únicos que quedan de nuestra juventud, Shoko. Los únicos que recuerdan cómo empezó todo esto.

Shoko sintió un nudo apretado formarse en su garganta. Los recuerdos de su adolescencia —las risas tontas en las máquinas de refrescos, los regaños de Yaga, las discusiones absurdas entre Satoru y Suguru— desfilaron por su mente con una nitidez dolorosa. Durante años había reprimido sus emociones, ocultándolas tras el humo de los cigarrillos y la indiferencia clínica para no derrumbarse.

—Siempre fuiste una molestia, Satoru —murmuró ella, con la voz ligeramente rota por una emoción que pugnaba por salir.

—Lo sé —admitió él, sonriendo con ternura—. Una molestia que te ama.

Shoko se quedó paralizada. El viento pareció detenerse en la azotea.

Satoru dio un paso hacia atrás, sin apartar sus ojos de los suyos. Despacio, con una solemnidad que contrastaba radicalmente con la naturaleza juguetona que todos le conocían, el hombre más fuerte del mundo dobló una rodilla hasta posarla en el suelo metálico.

Llevó la mano al interior de su abrigo negro y extrajo una pequeña caja cuadrada forrada en terciopelo oscuro. La abrió con un movimiento firme de sus dedos. En su interior, descansaba un anillo de platino delicado, coronado por un diamante transparente que capturaba los últimos destellos del atardecer como una gota de agua suspendida en el aire.

Shoko se llevó una mano a los labios, sus ojos castaños abiertos de par en par. La apatía que había sido su coraza durante más de una década se resquebrajó por completo.

—Los chicos tienen toda una vida por delante para ser felices —dijo Satoru, mirándola desde abajo con una devoción desarmante—. Ya no tienen que cargar con nuestro peso. Pero nosotros tampoco tenemos que seguir cargándolo, Shoko. No quiero ser solo el hechicero más fuerte, ni quiero que tú sigas siendo la médica que espera a los muertos en un sótano. Quiero construir algo real. Quiero envejecer contigo, tener un hogar donde no huela a incienso de funeral ni a desinfectante. Quiero ser un idiota a tu lado y permitirme ser feliz.

Gojo tragó saliva, dejando al descubierto una vulnerabilidad que nadie en el mundo, excepto ella, jamás había visto.

—Shoko Ieiri... ¿te casarías conmigo?

El aire en la torre parecía suspendido. Tokio brillaba a sus pies, una marea de luces eléctricas que despertaba al anochecer. Shoko bajó la mano que cubría su boca. Intentó mantener su compostura cínica de siempre, intentó soltar alguna frase sarcástica que aliviara la tensión, pero las lágrimas, cálidas y silenciosas, comenzaron a deslizarse por sus mejillas, acariciando su lunar y perdiéndose en la comisura de sus labios.

Eran lágrimas que no brotaban por el dolor de una herida maldita ni por la muerte de un camarada. Eran lágrimas de vida.

—Eres un idiota sin remedio... —susurró ella, con la voz quebrada.

Satoru mantuvo la mirada fija en ella, esperando con el corazón latiéndole con una fuerza que ni la peor batalla había provocado.

—Sí —dijo ella, soltando una risa ahogada que se convirtió en una sonrisa radiante, la más genuina que había dibujado en años—. Claro que sí, Satoru.

Gojo soltó un suspiro de alivio casi cómico antes de ponerse de pie de un salto. Con dedos cuidadosos pero temblorosos, deslizó el anillo en el dedo anular de la mano izquierda de Shoko; la joya encajó con una precisión absoluta. Sin perder un segundo más, envolvió su cintura con sus largos brazos y la levantó en el aire, apretándola contra su pecho.

Shoko rodeó el cuello de Satoru con sus brazos, hundiendo el rostro en su abrigo negro, respirando su aroma limpio a nieve y ozono. Se sentía pequeña en su abrazo, pero por primera vez en su existencia, se sentía completamente segura. No como una pieza indispensable en la maquinaria de la guerra, sino como una mujer amada por el hombre que jamás la había olvidado.

Cuando él la bajó suavemente al suelo, no la soltó. Satoru tomó su rostro entre sus manos grandes, usando sus pulgares para limpiar las lágrimas de sus mejillas, contemplándola con una admiración infinita.

—Nos toca a nosotros, Shoko —le susurró él sobre los labios, con los ojos azul cielo brillando en la penumbra.

—Nos toca a nosotros —repitió ella en voz baja.

Y sellaron la promesa bajo el manto de la noche que comenzaba, con un beso profundo y anhelado durante años, mientras la ciudad iluminada atestiguaba que, tras haber sobrevivido al infierno, finalmente habían encontrado su propio paraíso.

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