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Bromas y Venganza

Fandom: One Piece

Creado: 27/9/2026

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La dulce venganza de una navegante

El Thousand Sunny navegaba con una tranquilidad casi paradójica sobre las brillantes aguas del Grand Line. El cielo estaba despejado, el viento soplaba a favor y ningún barco de la Marina ni monstruo marino se vislumbraba en el horizonte. Sin embargo, en el interior del navío, el ambiente para la navegante estaba lejos de ser pacífico.

Nami había sido víctima de una serie de emboscadas calculadas. No eran obra de ningún pirata rival ni de una criatura salvaje, sino de su propia compañera de tripulación: Nico Robin. Por alguna misteriosa razón que desafiaba toda lógica académica, la siempre serena, elegante y enigmática arqueóloga había desarrollado una repentina y desmedida afición por hacerle cosquillas a traición.

La primera vez había ocurrido en la sala de mapas. Nami estaba profundamente concentrada, trazando una nueva ruta con la pluma en la mano y calculando las presiones barométricas, cuando de repente sintió unas manos ajenas y traviesas clavándose con firmeza en sus costados. Una descarga eléctrica de risa brotó al instante de su garganta, haciéndola arquear la espalda y soltar la tinta sobre el pergamino. Al girar el rostro entre chillidos incontrolables, se encontró con la imperturbable Robin, quien, sin mover un solo músculo de su rostro más allá de una sutil y enigmática curva en los labios, hizo brotar un par de brazos adicionales directamente bajo las axilas de la pelirroja. Nami se retorció como un pez fuera del agua, pataleando con sus sandalias de tacón naranja contra el suelo mientras Robin se deleitaba con sus carcajadas indefensas.

La segunda emboscada fue aún más descarada. Nami había decidido tomarse un merecido descanso en la cubierta superior. Recostada en una tumbona con los brazos plácidamente doblados detrás de la cabeza, disfrutaba de la brisa marina y del sol que acariciaba su piel bronceada, vestida con su característico y revelador top de bikini a rayas verdes y blancas y sus ajustados jeans de tiro bajo. Acababa de cerrar los ojos cuando sintió dos manos invisibles escabullirse directamente en sus axilas y su cintura. Al intentar incorporarse de un salto, furiosa y sobresaltada, unos brazos brotaron de la propia madera de la tumbona, sujetando firmemente sus muñecas por encima de su cabeza. Robin apareció caminando despacio, meciendo con gracia su falda rosa y luciendo sus gafas oscuras levantadas en el cabello. Con una calma casi aterradora, la arqueóloga se arrodilló junto a ella y procedió a masajear cada rincón sensible de su torso, mientras Nami, con los ojos llorosos por la histeria, suplicaba clemencia entre carcajadas rotas.

Pero la tercera ocasión había sido el colmo de la desesperación. Nami se encontraba en el almacén de popa acomodando unos baúles pesados en una estantería alta. Se había estirado cuan larga era cuando, en un mal movimiento, el banquillo sobre el que se apoyaba resbaló y cayó lejos, dejándola suspendida a pulso del borde de madera. La altura era suficiente como para torcerse un tobillo si caía de golpe, y Nami quedó colgando con los brazos extendidos, incapaz de impulsarse. Justo en ese momento, la puerta crujió y apareció Robin con su chaleco violeta ceñido, dejando ver su abdomen plano y la rosa blanca estampada en el hombro.

Nami pensó ingenuamente que la rescataría.

—¡Robin, por favor, el banquillo! —había gritado la navegante, con los brazos ya temblando por el esfuerzo.

En lugar de ayudarla a bajar, los ojos azules de la arqueóloga destellaron con una picardía inusual. Robin dio un par de pasos elegantes, alzó sus largos brazos y hundió sus dedos directamente en la cintura descubierta de Nami, amasando la piel suave con una precisión quirúrgica. Nami no pudo contener el primer alarido de risa incontrolable, balanceando las piernas desnudas en el aire en un intento vano de defenderse. Para empeorar la tortura, un par de manos brotaron de la pared justo al nivel de sus axilas, atacando sin tregua sus puntos más sensibles. La navegante no podía sostenerse mucho más, pero soltarse significaba caer de bruces.

Y entonces llegó el golpe maestro de Robin: dos dedos largos y cuidados comenzaron a hurgar con insistencia rítmica en el ombligo de la pelirroja. Aquello fue el detonante definitivo; Nami estalló en una carcajada tan estridente, infantil y desgarradora que todo su cuerpo se sacudió violentamente. El ombligo era su debilidad absoluta, un secreto celosamente guardado que Robin acababa de descubrir. Durante treinta agónicos y eternos minutos, Robin continuó su asedio implacable, alternando entre el ombligo, las costillas y los flancos, manteniendo a la navegante suspendida en una nube de risas histéricas y lágrimas brillantes.

Cuando Robin finalmente invocó una red de brazos para bajarla con delicadeza al suelo, Nami colapsó de rodillas sobre la madera, con el cabello naranja pegado a las mejillas sudorosas y el pecho jadeando pesadamente. Robin, de pie junto a ella, se limitó a cruzar los brazos con elegancia, ofreciendo una de sus sonrisas más satisfechas.

—Parece que tienes mucha energía acumulada, navegante —había dicho con tono suave antes de retirarse.

Tirada en el suelo, con el orgullo destrozado y el abdomen doliéndole de tanto reír, Nami levantó la mirada y juró solemnemente vengarse. Nadie ponía a la gata ladrona en semejante ridículo y vivía en paz para contarlo.


Los días posteriores fueron de tensa calma. Nami no podía apresurarse; Robin era observadora, analítica y, gracias a la fruta Hana Hana, prácticamente inmune a las emboscadas físicas convencionales. Si Nami intentaba acercarse de frente, Robin simplemente la atraparía con cuatro o seis brazos brotados del suelo antes de que pudiera parpadear. Nami necesitaba astucia, sigilo y, sobre todo, explotar una ventaja que Robin no pudiera contrarrestar con sus poderes: la invisibilidad sensorial.

La oportunidad perfecta se presentó dos tardes después. El Sunny navegaba bajo un sol abrasador, lo que había llevado a la mayor parte de la tripulación a dispersarse. Luffy, Usopp y Chopper estaban entretenidos pescando en la cubierta principal; Zoro roncaba pesadamente cerca del mástil con una botella vacía a su lado, y Sanji preparaba bebidas frías en la cocina tarareando alegremente.

Robin había buscado refugio en la biblioteca del barco, su santuario personal. Estaba sentada en un amplio diván de terciopelo verde junto al ventanal que daba a la popa. Se había quitado sus sandalias rosas de tacón alto, dejando sus pies largos y delgados apoyados sobre un cojín, y tenía un grueso libro de historia descansando sobre su regazo. Su cabello negro azabache caía suavemente hacia atrás, despejando su frente serena y su cuello estilizado. Con un té negro humeante sobre la mesita auxiliar, parecía completamente ajena al mundo exterior.

Nami observó la escena desde la rendija de la puerta entreabierta. Una sonrisa perversa y felina curvó sus labios carmesí. Deslizó la mano hacia el Perfect Clima-Tact, la vara climática dorada y azul que llevaba siempre consigo.

—Es hora de equilibrar la balanza, Robin —susurró para sí misma.

Con un movimiento silencioso y preciso, Nami manipuló la humedad y la temperatura de la habitación utilizando microburbujas frías y calientes.

—Mirage Tempo —murmuró.

El aire alrededor de Nami comenzó a refractar la luz de la tarde de manera irregular. En cuestión de segundos, la figura de la navegante desapareció por completo de la vista, convirtiéndose en un espejismo invisible para el ojo humano. La regla de la fruta Hana Hana era estricta: Robin necesitaba ver o saber con precisión dónde estaba el objetivo para hacer brotar sus extremidades. Sin un blanco visual ni una presencia tangible, su poder perdía la ventaja inmediata.

Nami avanzó descalza, con una ligereza propia de sus viejos tiempos como ladrona en el East Blue. El suelo de madera no emitió ni el más mínimo crujido bajo su peso. Bordeó las estanterías llenas de tomos antiguos, rodeó la mesa central y se colocó justo detrás del diván donde Robin leía plácidamente.

Robin dio un sorbo a su taza de té y pasó una página con la punta de su largo dedo índice. Estaba sumida en una concentración absoluta. No esperaba nada. No sospechaba nada.

Nami dejó su vara a un lado contra la pared, frotó sus manos con malicia y se inclinó sobre el respaldo del mueble. Respiró hondo y, con la velocidad de un relámpago, lanzó su ataque.

Sus manos se clavaron directamente en los costados de Robin, justo en el espacio descubierto por el chaleco de cuero, mientras sus dedos comenzaban a vibrar como arañas enloquecidas contra la piel suave de la arqueóloga.

—¡¡Ataque sorpresa!! —exclamó Nami, deshaciendo la ilusión con un estallido de carcajada triunfal.

El efecto fue instantáneo y glorioso. El libro de historia saltó por los aires, cayendo con un golpe seco sobre la alfombra, mientras Robin soltaba un respingo tan violento que toda su compostura aristocrática se evaporó en una fracción de segundo.

—¡Ah...! ¡¿Nami...?! —La voz de Robin se quebró, perdiendo su habitual tono grave para ascender a un agudo desconcertado.

—¿Creías que me olvidaría de lo que me hiciste colgada de esa estantería? —siseó Nami con deleite, saltando ágilmente por encima del respaldo del diván para arrodillarse a horcajadas sobre las largas piernas de Robin, inmovilizándolas con su propio peso—. ¡Hoy pagas todas tus deudas, con intereses!

Robin, con los ojos azules desorbitados por la sorpresa, intentó cruzar los brazos en su clásica postura en "X" para invocar sus poderes.

—¡Dos Fleur...!

—¡Oh, no, no lo harás! —se adelantó Nami.

Conociendo a la perfección los movimientos de su amiga, Nami atrapó con rapidez ambas muñecas de Robin, empujándolas firmemente contra los cojines a cada lado de su cabeza. Robin era físicamente más alta y atlética, pero la posición desventajosa y el peso de Nami sobre sus muslos la dejaron momentáneamente atrapada. Aun así, dos brazos brotaron de los hombros de Nami con la intención de apartarla.

Nami, sin embargo, conocía bien la debilidad de la fruta Hana Hana: todo lo que sentían las partes clonadas, lo sentía el cuerpo original.

En lugar de forcejear con los brazos que intentaban empujarla, Nami soltó una de las muñecas de Robin y, con dedos implacables, atacó las palmas y las axilas de los propios brazos clonados de la arqueóloga, mientras con la otra mano bajaba a taladrar la cintura de la Robin real.

La sobrecarga de sensaciones fue demoledora. Los brazos invocados temblaron y se desvanecieron en una lluvia de pétalos de flores brillantes cuando Robin fue incapaz de mantener la concentración.

—¡No...! ¡Nami, espe—... ¡jajajajaja! —La risa de Nico Robin, rara vez escuchada en su forma más pura y desinhibida, llenó por completo la biblioteca.

Era una risa dulce, sorprendentemente cristalina, pero teñida del pánico delicioso que solo las cosquillas más despiadadas podían provocar. Robin intentó arquear la espalda para escapar del asedio, sacudiendo la cabeza y provocando que su largo cabello negro se desparramara salvajemente sobre el tapiz verde.

—¡¿Qué pasa, Robin?! ¿No te parece tan divertido cuando estás del otro lado? —se burló Nami con una sonrisa radiante, balanceando su melena naranja mientras sus manos trabajaban sin descanso.

Nami deslizó sus dedos hacia las axilas de Robin, apretando y pellizcando suavemente la zona ultra sensible. Robin soltó un auténtico chillido, cerrando los ojos con fuerza mientras las lágrimas de risa comenzaban a brotar de sus pestañas.

—¡Ja, ja, ja! ¡Basta...! ¡Nami, por fav—... ¡jijijiji, ja, ja! —balbuceó la arqueóloga, retorciéndose con tanta fuerza que su chaleco violeta se abrió un poco más, dejando expuesto su abdomen tenso por las carcajadas.

—¡Nada de "basta"! Me tuviste media hora colgada en el almacén. ¡Tengo media hora de risas que cobrarme!

Nami bajó sus manos con precisión milimétrica hacia la cintura de Robin, amasando los flancos de su figura esbelta. Robin mordió su labio inferior en un intento desesperado por recuperar el control, pero cada caricia rítmica y rápida desarmaba cualquier atisbo de seriedad. Las piernas largas de la morena patalearon inútilmente, rozando los jeans desgastados de Nami.

—¡Jajaja! ¡Es... es trampa, usaste... jajaja, un espejismo! —protestó Robin entre jadeos histéricos, con las mejillas teñidas de un intenso rubor carmín que rara vez se le veía.

—En la guerra y en la piratería todo se vale —respondió Nami con orgullo malévolo—. Y ahora... es el momento del golpe de gracia.

Los ojos de Robin se abrieron de golpe al entender la mirada fija de Nami. La arqueóloga intentó encogerse, pero Nami ya había posicionado sus dos manos directamente sobre el abdomen descubierto de Robin, deslizando las yemas de sus dedos en pequeños círculos veloces antes de apuntar sin piedad al centro: el ombligo.

Cuando los dedos de Nami se hundieron y revolotearon justo en el ombligo de Robin, la compostura de la mujer más buscada por el Gobierno Mundial colapsó por completo.

—¡¡¡Aaaajajajajajajajaja!!! —Robin soltó una carcajada tan potente y sonora que resonó hasta el pasillo. Su cuerpo entero se convulsionó en un espasmo de cosquillas puras, arqueando la cintura hacia arriba en un intento desesperado por despegarse de los dedos de Nami, solo para caer de nuevo sobre el diván, derrotada por su propia biología.

Nami no dio tregua. Utilizó sus pulgares para realizar un suave y constante masaje circular alrededor y dentro del pequeño espacio, mientras con los otros dedos repiqueteaba a lo largo de las costillas de la arqueóloga.

—¡Mira cómo te retuerces! ¡Quién diría que la temible Niña Demonio tenía un punto débil tan tierno! —exclamó Nami, riéndose ella misma de la pura satisfacción de su victoria.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Nami, me ahogo...! ¡Jajajaja, ya, por favor...! ¡Me rindo, me rindo! —suplicó Robin, sacudiendo la cabeza de un lado a otro, con el rostro completamente encendido y la respiración rota por el esfuerzo de reír sin parar.

Ver a la elegante y misteriosa Nico Robin completamente reducida a un manojo de temblores, sonrisas desesperadas y lágrimas de risa fue la imagen más gratificante que Nami había presenciado en semanas. El poder absoluto estaba de su lado.

Nami mantuvo el asalto durante varios minutos más, bajando de vez en cuando la intensidad solo para renovar el ataque con una ráfaga rápida sobre las costillas cada vez que Robin intentaba tomar aire, asegurándose de que la arqueóloga comprendiera la magnitud de su retribución.

Finalmente, tras ver que Robin estaba genuinamente sin aliento y que sus risas se convertían en jadeos mudos de pura debilidad, Nami levantó las manos en el aire con un gesto teatral de triunfo.

—Bueno... considero que la deuda está saldada. Por ahora.

Nami se dejó caer hacia atrás, sentándose en el borde del diván mientras recuperaba el aliento. Robin quedó tendida cuan larga era sobre los cojines desordenados, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Su chaleco y su falda estaban visiblemente arrugados, su cabello negro era un caos encantador sobre el terciopelo y sus ojos azules brillaban con una mezcla de cansancio absoluto y diversión genuina.

Durante un par de minutos, en la biblioteca solo se escuchó la respiración agitada de ambas mujeres.

Poco a poco, Robin logró incorporarse sobre sus codos. Se apartó un mechón de pelo húmedo de la frente y miró a la navegante. A pesar de la paliza de cosquillas, una sonrisa amplia, cálida y cómplice se dibujó en su rostro.

—Debo admitir... —dijo Robin con la voz todavía un poco ronca, acomodándose la falda con dignidad recuperada— que fue una estrategia brillante, señorita navegante. Jamás esperé que usaras el Mirage Tempo para algo tan... infantil.

—Con alguien que puede hacer florecer cien manos de la nada, no tenía otra opción —respondió Nami, cruzándose de brazos con orgullo y guiñándole un ojo con coquetería—. Además, tenías que aprender la lección. Si buscas pelea, más vale que estés lista para las consecuencias.

Robin soltó una risita suave y elegante, la habitual en ella, mientras estiraba sus largas piernas entumecidas.

—Lección aprendida —concedió la arqueóloga, levantando la mano en un gesto pacífico—. Declaro una tregua formal. Mi estómago no soportaría otra sesión como esta.

—Me alegra oírlo —dijo Nami con una sonrisa radiante, bajando del diván y buscando sus sandalias—. Porque la próxima vez no tendré tanta piedad con tu ombligo.

Robin se sonrojó ligeramente al recordar la sensación, pero solo asintió con una inclinación de cabeza divertida. Nami recogió su Clima-Tact, sintiéndose más ligera y victoriosa que nunca.

Al abrir la puerta de la biblioteca para salir a disfrutar de la brisa marina, Nami lanzó una última mirada sobre su hombro. Robin ya había recogido su libro del suelo y se preparaba una nueva taza de té, perfectamente recompuesta, aunque sus ojos azules aún guardaban esa chispa de traviesa complicidad.

La paz había vuelto al Thousand Sunny, al menos hasta que a alguna de las dos se le ocurriera romper la tregua.

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