
Operación IshiMiko
Fandom: Kaguya Sama: Love is War
Creado: 27/9/2026
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Operación IshiMiko: El frente secreto del consejo estudiantil
El sol del atardecer teñía de un cálido tono anaranjado los ventanales de la sala del consejo estudiantil de la Academia Shuchi'in. Era una estampa apacible, de esas que invitaban al sosiego tras una jornada repleta de deberes y responsabilidades.
En apariencia, todo permanecía bajo un estricto e inquebrantable orden formal. Miyuki Shirogane, luciendo la imponente Aiguilette dorada sobre su uniforme oscuro, revisaba una pila de documentos con la mirada penetrante que le otorgaban sus ojeras crónicas y su perpetua falta de sueño. A pocos metros, con la espalda recta y una compostura aristocrática impecable, Kaguya Shinomiya ordenaba los informes financieros mientras el lazo negro y rojo de su cabello caía con gracia sobre su nuca.
Cualquier estudiante ajeno que asomara la cabeza pensaría que el presidente y la vicepresidenta eran la viva imagen de la eficiencia institucional. Sin embargo, en el instante en que las manecillas del reloj marcaron el fin del horario oficial de actividades y la puerta quedó asegurada, el aire cambió por completo.
Miyuki dejó escapar un largo suspiro, bajó los hombros y dirigió una mirada cargada de ternura hacia la joven.
—Buen trabajo hoy, Shinomiya.
Kaguya sintió cómo sus mejillas se encendían de inmediato con un suave rubor carmesí. Aunque llevaban un tiempo saliendo de forma oficial —un secreto rigurosamente resguardado del escrutinio público para evitar el caos absoluto en la academia—, su corazón aún daba un vuelco cada vez que su novio abandonaba la fachada de líder inquebrantable.
—Tú también te has esforzado demasiado, presidente —respondió ella con un hilo de voz, permitiéndose una sonrisa dulce mientras caminaba hacia su escritorio—. Sabes que no debes excederte con tus turnos nocturnos de trabajo. Tu salud siempre está en la cuerda floja.
—Estoy bien, de verdad. Sabes que no puedo quedarme quieto si hay cosas por hacer.
Por un breve instante, sus manos se rozaron sobre la caoba del escritorio. Fue un contacto tímido, casi infantil, pero suficiente para electrificar el ambiente. No obstante, la burbuja de intimidad se rompió cuando el eco de unos pasos menudos y apresurados resonó en el pasillo exterior, acompañados por el rítmico arrastrar de unas zapatillas deportivas.
De inmediato, como impulsados por un resorte entrenado a lo largo de meses de guerra psicológica, ambos se separaron dos metros exactos y adoptaron expresiones gélidas y profesionales.
La puerta corrediza se abrió. Miko Iino entró primero, con el ceño ligeramente fruncido en su habitual mueca de rigidez moral, sosteniendo una libreta contra su pecho menudo. El brazalete amarillo del Comité de Moral Pública destacaba en su brazo izquierdo, y sus coletas bajas oscilaban con cada paso firme. Detrás de ella, arrastrando los pies y con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, apareció Yu Ishigami. El largo flequillo negro cubría la mitad izquierda de su rostro, mientras que sus auriculares descansaban alrededor de su cuello como un collar permanente.
—...y por eso te digo, Ishigami, que la solicitud para el club de juegos retro no puede aprobarse si no especifican el consumo eléctrico —decía Miko, con un tono severo que intentaba sonar intimidante, aunque su baja estatura le restaba dramatismo.
—Ya te expliqué que solo son dos consolas viejas, Iino —replicó Yu con voz monótona, suspirando con pesadez—. Gastan menos que la tetera eléctrica que usas para prepararte infusiones a escondidas. No hace falta que montes una inquisición por cuatro vatios.
—¡Las reglas son las reglas! ¡El despilfarro energético es una falta de respeto a los fondos de la academia!
—Sí, claro. Lo que tú digas, defensora de la ley. Déjame el formulario y yo mismo corregiré las cifras en casa esta noche.
A pesar de las palabras mordaces, el ambiente no era hostil. No había veneno en la voz de Yu; tras los dolorosos acontecimientos relacionados con Tsubame Koyasu, el muchacho había madurado notablemente. Ya no huía de sus responsabilidades ni se encerraba en un caparazón de resentimiento, y aunque conservaba su apatía natural y su devoción por los videojuegos, trataba a Miko con una paciencia que antes habría parecido imposible. Por su parte, Iino, aunque mantenía su fachada intransigente, clavaba sus grandes ojos castaños en el perfil del tesorero con una timidez que no lograba ocultar del todo. Al recibir el papel firmado por él, sus dedos rozaron los suyos y un levísimo estremecimiento recorrió su menudo cuerpo.
—G-Gracias... —murmuró ella, mirando de repente al suelo antes de volver a endurecer la expresión—. Me marcho a supervisar la ronda de la tarde. Con su permiso, presidente, Shinomiya-senpai.
—Yo también me retiro —añadió Ishigami con un bostezo—. Tengo que descargar una actualización de diez gigas antes de que empiece el evento del gremio. Buenas tardes.
La puerta se cerró. El silencio volvió a reinar en la sala.
Miyuki y Kaguya intercambiaron una mirada fija, intensa, casi táctica. Ambos habían sido testigos del minúsculo instante en que Iino se había sonrojado, y de cómo Ishigami, a pesar de fingir indiferencia, había ajustado la carpeta de documentos de la chica para que no se le cayeran las hojas sueltas antes de salir.
Kaguya apoyó un dedo índice en su barbilla, adoptando la pose analítica que solía preceder a sus mayores maniobras maquiavélicas.
—Presidente.
—Dime, Shinomiya.
—¿Has presenciado lo mismo que yo?
Miyuki cruzó los brazos sobre el pecho y entrecerró los ojos azules, luciendo una expresión tan sombría que habría aterrorizado a un general de ejército.
—Así es. Es evidente. Desde hace semanas, la tensión entre ambos ha dejado de ser una simple fricción disciplinaria para convertirse en algo completamente distinto. Ishigami ha madurado, pero su falta de autoestima latente le impide ver las señales. E Iino... bueno, su sentido de la justicia es tan rígido que probablemente considera que admitir sus propios sentimientos es una falta punible.
—Exacto —asintió Kaguya, con los ojos rojos brillando con determinación—. Ishigami-kun es alguien muy valioso para este consejo. Ha sufrido demasiado y merece alcanzar la felicidad. E Iino-san, a pesar de sus excentricidades, es una buena chica que se desvive por los demás en silencio. Como sus superiores, y como... —hizo una pausa diminuta, sintiendo calor en las mejillas— como una pareja que ha superado sus propias dificultades, no podemos quedarnos de brazos cruzados.
Miyuki tragó saliva al escuchar la palabra "pareja", pero mantuvo su semblante imperturbable.
—Tienes razón. Ellos libraron nuestra batalla desde las sombras sin siquiera saberlo. Ahora es nuestro turno de intervenir. ¿Qué estás pensando exactamente?
Kaguya extrajo con elegancia un pequeño teléfono móvil y deslizó los dedos por la pantalla con pasmosa frialdad.
—He elaborado un plan preliminar. Podemos comprar las acciones mayoritarias de la desarrolladora del videojuego favorito de Ishigami-kun, cancelar el evento de esta noche y forzar un apagón en su vecindario para que no pueda jugar. Paralelamente, sobornaré a los padres de Iino-san para que la envíen a un balneario tradicional en Hakone, donde contrataremos a un grupo de actores para que simulen un asalto del que Ishigami-kun, convenientemente guiado hasta allí, tenga que rescatarla. Todo esto costará alrededor de cincuenta millones de yenes, una cifra bastante razonable para el presupuesto del mes.
Miyuki se llevó una mano al rostro, empapado en sudor frío. La tendencia de Kaguya a arrojar montañas de dinero ante el más mínimo problema humano continuaba intacta.
—¡Shinomiya, detente! —exclamó él, bajando el tono de inmediato para no ser escuchado desde el pasillo—. ¡No puedes resolver los problemas del corazón sobornando empresas y fingiendo crímenes! ¡Eso es ilegal y, lo que es peor, completamente antinatural! El amor debe florecer a través de la proximidad psicológica y las experiencias compartidas cotidianas. Si intervenimos con recursos ilimitados, destruiremos la pureza del proceso.
Kaguya frunció los labios en un puchero infantil sumamente impropio de una heredera del conglomerado Shinomiya.
—Pero, presidente... si no usamos recursos, ¿cómo pretendes empujarlos? Ambos son increíblemente tercos. Ishigami-kun huirá a su consola a la menor incomodidad, e Iino-san recurrirá al reglamento estudiantil para bloquear cualquier avance.
—Con estrategia, Shinomiya. Con pura y dura guerra psicológica de gabinete —sentenció Miyuki, ajustándose el cuello de la camisa con una sonrisa confiada—. Nosotros dominamos ese terreno mejor que nadie. Analizaremos sus fortalezas, explotaremos sus debilidades y crearemos un escenario ineludible donde el destino aparente ser casualidad. A esto lo llamaremos... la Operación IshiMiko.
Kaguya parpadeó, fascinada por la determinación de su novio.
—Operación IshiMiko... Me agrada el nombre. ¿Cuál es la primera fase, presidente?
—El archivo muerto del edificio antiguo —dictaminó Shirogane—. Mañana por la tarde.
A las cuatro y media del día siguiente, la trampa estaba servida con una precisión quirúrgica.
En la sala del consejo estudiantil, Miyuki guardaba con premura fingida sus libros de texto en una gastada cartera escolar.
—Lo lamento profundamente, pero ha surgido una emergencia en mi turno de trabajo a tiempo parcial —anunció el presidente con un tono de pesar absoluto—. Si no cubro las horas de mi compañero, el negocio tendrá problemas, y no puedo permitirme fallarles.
—Es una lástima, presidente —secundó Kaguya, levantándose con gracia aristocrática—. Yo también debo retirarme de inmediato. Mi familia me ha convocado a una reunión obligatoria con los instructores de tiro con arco y no tengo permitido ausentarme ni un solo minuto.
En el rincón de la mesa, Miko Iino abrió los ojos con consternación.
—¿Eh? ¿Ambos se van? Pero... la junta directiva nos pidió que organizáramos y foliáramos los registros de clubes de los últimos cinco años antes de mañana a primera hora.
—Es una tarea monumental, en efecto —dijo Miyuki, clavando una mirada solemne en los dos menores—. Por eso no tengo más remedio que encomendarles esta misión a ustedes dos. El material está almacenado en el depósito subterráneo del archivo histórico. Confío plenamente en su diligencia.
Yu Ishigami, que había estado mirando distraídamente la pantalla de su consola portátil con los auriculares puestos a medio volumen, levantó la mirada y suspiró con resignación.
—Genial. El archivo subterráneo huele a humedad y no hay señal de internet. Mi existencia es una constante tragedia.
—¡Ishigami! —le reprendió Miko de inmediato, golpeando la mesa con las palmas—. ¡El presidente y la vicepresidenta están confiando en nosotros! Es nuestro deber como miembros del consejo estudiantil cumplir con las expectativas. No seas holgazán.
—No soy holgazán, solo soy consciente de que ese sótano es el hábitat natural de arañas gigantescas —murmuró él, apagando la consola y guardándola en su bolsillo—. Pero está bien, ya qué. Si no lo hacemos, el presidente se quedará despierto toda la noche trabajando y terminará colapsando en el pasillo otra vez. Vamos, Iino.
Miko se quedó paralizada por un segundo. El hecho de que Ishigami hubiera accedido pensando en la salud del presidente —y no simplemente quejándose— evidenciaba una vez más lo mucho que había cambiado. Apretó los labios, asintió con firmeza y tomó su libreta.
—Sí. Vamos.
Tan pronto como la puerta se cerró tras ellos, Miyuki y Kaguya se movieron como sombras sincronizadas. Kaguya sacó de su bolso un par de pequeños auriculares inalámbricos conectados a los micrófonos ambientales ocultos en el edificio antiguo —instalados por Hayasaka meses atrás por razones de seguridad—, y le entregó uno a Miyuki.
—Fase uno completada con éxito —susurró Kaguya, con el corazón acelerado por la emoción de la intriga compartida—. Ahora se dirigen al confinamiento forzado.
—Perfecto —respondió Miyuki, ajustándose el audífono—. Ahora observemos y ajustemos el curso si las circunstancias lo requieren.
El depósito subterráneo del edificio histórico era una estancia amplia, silenciosa y bordeada de imponentes estanterías de madera maciza que casi alcanzaban el techo. Cientos de archivadores negros y cajas etiquetadas descansaban bajo una capa delgada de polvo, iluminados únicamente por una hilera de lámparas fluorescentes de tono amarillento.
—Vaya desastre —comentó Ishigami, pasando un dedo por un lomo de cartón y mirando el polvo acumulado con disgusto—. Si muero asfixiado por ácaros históricos, dile a mi madre que le dejo mis cuentas de videojuegos a nadie, que borre el disco duro.
—Deja de decir tonterías fúnebres y ayúdame a bajar las cajas del año 2018 —dijo Miko, colocándose frente a una estantería alta.
La chica estiró los brazos, poniéndose de puntillas. Sus dedos apenas rozaron el borde inferior de una pesada caja de cartón. Hizo un esfuerzo visible, tensando los hombros, pero su escasa estatura jugaba en su contra. La caja ni siquiera se movió.
—Maldita sea... —refunfuñó entre dientes, decidida a no pedir ayuda.
Buscó un taburete cercano, pero antes de que pudiera dar un paso, una sombra esbelta se proyectó sobre ella. Una mano de dedos largos y pálidos se elevó con total naturalidad por encima de su cabeza y sujetó la caja con facilidad, deslizándola hacia afuera.
Miko se quedó congelada. Ishigami estaba justo detrás de ella, tan cerca que podía percibir el suave aroma a jabón neutro de su uniforme y el calor que desprendía su cuerpo. El muchacho bajó la caja sin el menor esfuerzo y la depositó en la mesa central.
—No te rompas la espalda intentando hacerte la fuerte —dijo él con calma, sin ningún tono de burla, mientras se acomodaba el flequillo detrás de la oreja izquierda—. Tú revisa las fechas y yo bajo las cajas pesadas de arriba. Es más eficiente así.
Miko sintió que la sangre le subía a las mejillas a una velocidad alarmante. Sus manos se aferraron al borde de su chaqueta y desvió la mirada con violencia hacia una pared vacía.
—N-No me estaba haciendo la fuerte... pero gracias.
—Como sea. Empecemos de una vez.
Desde la distancia, a través de los receptores de audio y una cámara de circuito cerrado proyectada en la pantalla de la computadora de Kaguya, la pareja de conspiradores contenía la respiración.
—¡Ha funcionado! —susurró Kaguya, apretando los puños con entusiasmo infantil—. ¡La técnica del rescate en estantería! Un clásico absoluto del romance escolar. La proximidad física involuntaria incrementa el ritmo cardíaco, haciendo que el cerebro confunda la adrenalina con la atracción.
—Buen análisis, Shinomiya —asintió Miyuki, frotándose la barbilla con orgullo profesional—. Pero no podemos confiarnos. Ahora viene la parte más difícil: la conversación íntima sostenida en un espacio cerrado.
En el depósito subterráneo, la labor avanzó en un silencio que se extendió durante casi cuarenta minutos. Solo se escuchaba el pasar de las hojas, el chasquido de los archivadores y el zumbido constante de los fluorescentes.
Miko, sentada a la mesa, no podía concentrarse del todo. Sus ojos castaños se desviaban repetidamente hacia Ishigami, quien estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, cotejando listas con una seriedad que rara vez mostraba en público. Su cabello oscuro caía desordenado y su perfil, iluminado por la luz tenue, lucía extrañamente maduro.
«¿Desde cuándo se ve tan... confiable?», pensó ella, sintiendo una punzada de nerviosismo en el estómago. Recordaba al Ishigami del año pasado, aquel chico temeroso que se escondía del mundo, y no podía evitar conmoverse ante la persona en la que se había convertido.
De pronto, el estómago de Miko emitió un sonido sordo pero inconfundible. Un rugido de hambre que rompió el silencio de la sala como un trueno.
La chica palideció, cubriéndose el vientre con ambas manos y encogiéndose como un caracol asustado.
—¡N-No ha sido nada! —gritó de inmediato, avergonzada al límite—. ¡Fue el eco de las tuberías!
Ishigami alzó la vista de sus papeles. La miró fijamente durante dos segundos, completamente inexpresivo. Luego, metió la mano en su bolsillo interior y sacó una pequeña bolsa de tela que contenía dos galletas de mantequilla envueltas individualmente.
Se levantó, caminó hacia la mesa y las dejó caer con suavidad frente a ella.
—Te saltaste el almuerzo por quedarte vigilando la entrada del comedor, ¿verdad? —preguntó él en voz baja, rascándose la nuca con desgano—. Eres un desastre para cuidar de ti misma. Cómotelas. Si te desmayas aquí abajo, tendré que cargarte hasta la enfermería y peso menos que tú en términos de masa muscular, así que sería una molestia enorme.
—¡Yo no peso tanto! —protestó Miko por puro reflejo defensivo, aunque sus ojos brillaron al ver el dulce—. Y... ¿por qué tienes esto?
—Koyasu-senpai me dijo una vez que siempre es bueno llevar algo dulce por si a alguien se le baja la presión —explicó Yu, pronunciando el nombre de su antiguo amor sin titubeos, con la serenidad de una herida completamente cicatrizada—. Pero no te acostumbres. La próxima vez, come a tu hora.
Miko tomó una de las galletas. El envoltorio crujió entre sus pequeños dedos. El hecho de que Ishigami pudiera hablar de Tsubame con tanta tranquilidad demostraba que el pasado había quedado atrás. Y el hecho de que hubiera pensado en ella, en su hambre silenciosa, le aceleró el pulso de una manera que ningún reglamento escolar podía justificar.
—Gracias, Ishigami —dijo en un susurro genuino, dedicándole una sonrisa pequeña, tímida y desarmante.
Yu parpadeó, desconcertado. Por una fracción de segundo, un leve tinte rosado cubrió el puente de su nariz. Apartó la vista con rapidez y volvió a sentarse en el suelo, carraspeando.
—Sí... de nada. Apúrate a comer para que terminemos esto.
Arriba, en la sala del consejo, Kaguya y Miyuki se miraron con los ojos desorbitados por el triunfo.
—¡Ha sonreído! —exclamó Kaguya en un susurro triunfal, aferrándose al brazo de Miyuki sin darse cuenta—. ¡Iino-san le ha sonreído de verdad y él ha desviado la mirada avergonzado! ¡Es una victoria táctica contundente!
Miyuki sintió el contacto del brazo de Kaguya contra el suyo y una calidez inmensa le llenó el pecho. La miró a los ojos, compartiendo la alegría no solo por el éxito de su plan, sino por la complicidad absoluta que los unía. Ya no estaban compitiendo por ver quién se confesaba primero; ahora luchaban en el mismo bando, hombro con hombro.
—Sí —respondió Miyuki en voz baja, sonriendo con ternura mientras cubría la mano de Kaguya con la suya—. El terreno ha sido preparado. La semilla está plantada.
Kaguya notó el gesto, pero esta vez no se apartó ni ideó ninguna estratagema defensiva. Apoyó suavemente la cabeza contra el hombro del rubio, mientras por los auriculares llegaba el sonido lejano de dos voces jóvenes compartiendo el silencio del archivo subterráneo.
—Presidente... esto es solo el principio, ¿verdad?
—Por supuesto, Shinomiya —sentenció Shirogane con determinación inquebrantable—. La Operación IshiMiko apenas ha completado su primera batalla. La guerra por su felicidad continúa.
