
spideypool
Fandom: Marvel
Creado: 1/10/2026
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Bajo la sombra del postor
El viento cortante de la noche neoyorquina agitaba los extremos de la tela roja del traje de Spider-Man. Sentado al borde de la cornisa de un edificio de ladrillo en Queens, Peter miraba sus pies colgando en el vacío. A su lado, balanceando las piernas con un ritmo desacompasado e inquieto, estaba Wade Wilson, devorando una porción fría de pizza que goteaba grasa sobre el parapeto de hormigón.
—Te lo digo en serio, Spidey —dijo Wade con la boca medio llena, señalándolo con un trozo de corteza—. Ese tipo del callejón merecía una bala en la rótula. Solo una. Una pequeñita. Como advertencia educativa.
Peter no respondió de inmediato. Suspiró, un sonido ahogado por la máscara. Con manos ligeramente temblorosas, llevó los dedos al borde del cuello y tiró del elastano hacia arriba, dejando al descubierto su rostro. El aire frío golpeó sus mejillas pálidas y ligeramente rosadas, desordenando los rizos castaños que caían sobre su frente. Sus ojos avellana, grandes y expresivos, miraron fijamente a Wade.
Wade se detuvo a medio masticar. Aunque el mercenario mantenía puesta su máscara roja y negra, su postura cambió drásticamente, tensándose apenas unos milímetros.
—Vaya —murmuró Wade, bajando la mano—. Así que detrás de toda esa agilidad circense se escondía un universitario que parece sacado de un anuncio de champú orgánico. Y además... —Wade inhaló con fuerza, ladeando la cabeza—. Espera un segundo. Ese no es el olor a sudor de superhéroe habitual. Hueles a... lavanda quemada y ozono. Eres un omega.
—No digas esa palabra tan alto, por favor —susurró Peter, mirando hacia las sombras del tejado contiguo con su sentido arácnido vibrando en una alerta baja y constante—. He usado supresores y bloqueadores de olor desde los quince años. Pero ya no están funcionando bien. Las dosis altas están dañando mis reflejos y los análisis médicos civiles... me detectaron.
Wade dejó la comida a un lado, adoptando una calma inusual en él. Como alfa, su instinto biológico respondía a la vulnerabilidad que Peter emanaba, pero como mercenario con su propio código torcido, mantuvo la distancia respetando el espacio del menor.
—Explícame qué pasa, niño —dijo Wade con voz más grave, desprovista de su habitual tono burlón—. Y hazlo antes de que empiece a preocuparme en serio.
—Hay una red de tráfico operando en la ciudad —explicó Peter, abrazándose las rodillas—. Quedan muy pocos omegas y el mercado negro está desesperado. Una división del crimen organizado tiene acceso a los registros médicos de los hospitales públicos. En mi vida normal, como Peter Parker, ya me marcaron. Enviaron advertencias a mi apartamento. Saben dónde vivo, saben quién es mi tía. Si huyo como Peter, irán tras ella. La única forma de desmantelar la red y asegurarme de que no toquen a mi familia es dejar que me atrapen en mi identidad civil.
Wade se levantó de un salto, llevando una mano a la empuñadura de una de sus katanas.
—Estás loco. Absolutamente desquiciado. ¿Quieres entregarte a una banda de tratantes? ¿Para qué? ¿Para jugar al héroe mártir?
—No puedo destruirlos desde afuera porque no sé dónde está la sede principal ni quiénes son los compradores —insistió Peter, poniéndose en pie también, quedando a solo diez centímetros por debajo de la altura de Wade—. Te necesito a ti, Wade. Tú eres un alfa independiente, tienes recursos, dinero y acceso a los bajos fondos. Quiero que rastrees la subasta. Quiero que entres como postor o que revientes el lugar desde adentro cuando empiece la puja. Si estás allí, sé que no me dejarás morir. Confío en ti.
El mercenario miró fijamente los ojos avellana de Peter. Debajo de la máscara de Wade, su rostro cubierto de cicatrices formó una mueca amarga, pero la determinación del chico era inquebrantable.
—Si algo sale mal, voy a pintar las paredes de ese lugar con las tripas de todos los presentes —advirtió Wade con una frialdad absoluta—. Voy a sacarte de ahí, Peter. Lo juro.
Tres días después, la promesa de Wade era lo único a lo que Peter podía aferrarse para no perder la cordura.
El plan había resultado ser infinitamente más doloroso y degradante de lo que Peter había previsto. Los captores no se habían limitado a encerrarlo; conocían el valor comercial de un omega joven y se habían asegurado de someterlo por completo.
El sótano de la mansión donde se celebraba la subasta olía a humedad, óxido y productos químicos. Peter yacía sobre una mesa metálica fría, con las muñecas y los tobillos inmovilizados por grilletes de acero reforzado que le impedían usar su fuerza proporcional. Alrededor de su cuello, un collar inhibidor emitía descargas eléctricas cada vez que sus músculos intentaban rebelarse, manteniendo su sentido arácnido bajo una niebla constante de dolor punzante.
—Quédate quieto si no quieres que el voltaje aumente —espetó un hombre con bata quirúrgica manchada, ajustando las correas de cuero sobre los muslos de Peter.
—Por favor... no tienen que hacer esto... —jadeó Peter, con la voz rota y los labios partidos. La debilidad provocada por los sedantes lo hacía sentir pesado, como si estuviera sumergido en brea caliente.
Los traficantes no mostraron la menor piedad. Su objetivo era maximizar el valor del "producto" antes de exponerlo ante los compradores más adinerados. Con una crueldad metódica, lo sometieron a un procedimiento forzado de preparación física. La invasión constante y los dilatadores mecánicos diseñados para quebrar su resistencia anatómica provocaron desgarros internos y un ardor abrasador que le arrancó gritos roncos contra el metal de la camilla. Cada segundo era una agonía lenta que amenazaba con destruir su orgullo y su cordura, pero Peter apretaba los dientes, conteniendo las lágrimas y obligándose a recordar las palabras de Wade en la azotea.
«Resiste, Parker. Solo resiste hasta que él llegue.»
El sonido de un timbre metálico anunció el comienzo del evento. Dos hombres corpulentos entraron en la sala, soltaron los grilletes que lo ataban a la mesa y levantaron a Peter con brusquedad. Sus piernas, adormecidas por el dolor y los fármacos, apenas sostuvieron su peso. Lo vistieron con una túnica de lino delgada que dejaba al descubierto sus brazos y el collar electrificado, empujándolo a través de un pasillo tenuemente iluminado.
Al final del corredor se abrieron unas puertas dobles de roble pesado, revelando un auditorio subterráneo alfombrado, decorado con un lujo grotesco. Decenas de hombres y mujeres de negocios, alfas pertenecientes a las élites corruptas de la ciudad, ocupaban butacas acolchadas mientras bebían champán en copas de cristal. El aire estaba saturado de feromonas pesadas, autoritarias y depredadoras que hicieron que el estómago de Peter se revolviera de inmediato.
—Y aquí tenemos la pieza principal de la velada —anunció el subastador desde un podio elevado, sonriendo con desdén—. Joven, sin marcas previas y con una genética excepcional debidamente condicionada. La puja inicial comienza en dos millones.
Peter levantó la vista con dificultad, parpadeando contra la luz de los focos que le quemaban la retina. Los murmullos de los asistentes se transformaron en un clamor de ofertas. Las paletas numeradas subían una tras otra en una vorágine de codicia.
—Tres millones por aquí.
—Cuatro millones al fondo.
—Cinco millones —declaró una voz áspera en las primeras filas, perteneciente a un alfa corpulento que miraba a Peter con una sonrisa lasciva.
Peter sintió una punzada de pánico helado. Sus dedos arañaron la tela de su túnica. El tiempo se estaba agotando y el collar seguía emitiendo descargas intermitentes que le impedían concentrar su fuerza para romper las ataduras de sus muñecas. Si nadie intervenía, caería en manos de aquel sujeto.
De pronto, un sonido sordo retumbó desde el techo del auditorio. El crujido del hormigón cediendo detuvo instantáneamente el murmullo de la sala.
—¡Seis millones y un vale de descuento para tacos! —gritó una voz estridente desde las vigas superiores.
Antes de que los guardias de seguridad pudieran reaccionar, una carga de explosivo plástico detonó en el tragaluz central. Una lluvia de fragmentos de vidrio blindado y polvo de yeso cayó sobre las primeras filas, dispersando a los postores en medio de alaridos de histeria.
Wade Wilson aterrizó en el centro del escenario con un impacto seco, haciendo crujir los tablones de madera bajo sus botas de combate. Llevaba su traje completo, con dos pistolas semiautomáticas desenfundadas y sus katanas cruzadas a la espalda.
—¡Buenas noches, escoria de Wall Street! —exclamó Deadpool, girando sobre sus talones mientras apretaba los gatillos sin vacilar.
Los disparos resonaron con estruendo en el espacio cerrado. Dos guardias que intentaron avanzar hacia Peter cayeron de inmediato antes de poder desenfundar sus armas. El resto de la seguridad privada abrió fuego de inmediato, pero Wade se movió con una agilidad brutal, interponiéndose deliberadamente entre las balas y el cuerpo de Peter. Múltiples proyectiles impactaron en el torso del mercenario, desgarrando su traje y su carne, pero el factor de curación cerraba las heridas casi al instante en que se producían.
—¡Wade! —gritó Peter, tratando de dar un paso hacia él, pero cayendo de rodillas por el agotamiento físico.
—Tranquilo, Peter, el servicio al cliente ha llegado —dijo Wade, arrojando una granada aturdidora hacia el centro del auditorio, donde los traficantes intentaban reagruparse.
El destello cegador y el estruendo acústico sumieron la sala en el caos más absoluto. Wade se agachó frente a Peter, sacando una pequeña navaja de titanio de su cinturón. Con un movimiento rápido y certero, cortó las ataduras de las muñecas del castaño y luego introdujo la punta de la hoja en la ranura de seguridad del collar inhibidor, haciendo palanca hasta que los circuitos chisporrotearon y la pesada banda de metal cayó al suelo.
Sin la supresión del dispositivo, el sentido arácnido de Peter volvió de golpe, expandiéndose por sus terminaciones nerviosas como una corriente eléctrica pura. El dolor de su cuerpo no desapareció, pero la parálisis se disipó al instante.
—Te tardaste —consiguió decir Peter con una sonrisa débil, apoyándose en el hombro del mercenario para levantarse.
—Oye, el tráfico en el puente era terrible y encontrar un esmoquin de mi talla era imposible —respondió Wade, rodeando la cintura de Peter con un brazo firme para sostenerlo, mientras con la otra mano apuntaba hacia la salida de emergencia—. ¿Puedes caminar?
—Puedo pelear —afirmó Peter, apretando los puños a pesar del temblor residual en sus músculos.
—No, tú ya hiciste tu parte del trabajo —dijo Wade con un tono que no admitía réplica, eliminando a un último tirador que intentaba apuntarles desde las sombras del vestíbulo—. Ahora agárrate fuerte. Tengo una furgoneta robada esperándonos afuera y una deuda que saldar con el idiota que organizó esta fiesta.
Peter no discutió. Apoyó la cabeza contra el pecho protegido por kevlar de Wade, dejando que el aroma a pólvora y la presencia implacable del alfa lo aislaran del horror del que acababa de escapar. Juntos, abriéndose paso entre los restos del recinto subterráneo, cruzaron las puertas hacia la libertad de la noche.
