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Spideypool 2

Fandom: Marvel

Creado: 1/10/2026

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Entre cenizas y terciopelo

El aire del bosque todavía apestaba a pólvora, corteza carbonizada y la inconfundible acidez de la sangre de alfa. Peter permanecía oculto entre las raíces expuestas de un roble centenario, encogido sobre sí mismo, tirando de los cordones de su sudadera marrón varios tonos más grande que su complexión. Con la capucha calada casi cubriéndole los rizos castaños que caían rebeldes sobre su frente y los ojos avellana muy abiertos, observaba la desolación.

No sentía tristeza. Ni una pizca.

Hacía apenas dos semanas que su ciclo biológico se había manifestado con un calor insoportable y la pesadez dulce de su aroma a cedro suave y moras silvestres: era un omega. En su manada anterior, aquello era una sentencia peor que la muerte. Los alfas al mando los consideraban piezas intercambiables, criadores sin voz cuyo único propósito era someterse con la cabeza baja ante los gruñidos territoriales de los líderes. Peter había vivido aterrado, planeando su fuga con la mente analítica y despierta que siempre lo había distinguido. Había medido rutas, vientos y distancias; su forma lupina, ágil, pequeña y cubierta de un denso pelaje castaño, era lo bastante escurridiza como para esquivar a los rastreadores más veteranos.

Pero la guerra se le había adelantado. Un contingente de mercenarios liderado por una facción rival había caído sobre ellos con una violencia quirúrgica, aplastando las defensas en una sola noche. Los alfas déspotas estaban muertos. Todos ellos. Peter casi se había sentido libre, hasta que cometió el error de ser visto al intentar deslizarse por la nieve manchada.

—¡Es él! —había tosido el antiguo líder, un monstruo despiadado que se desangraba sobre la maleza, mirándolo con un odio venenoso—. Si quieres sellar el cese al fuego de las tierras del norte... tómalo a él. Es mi hijo primogénito... la sangre del alfa. Es un omega puro.

Aquella última mentira, dicha con la sola intención de convertir a Peter en un botín de guerra y atar al enemigo a un compromiso formal, selló su destino. Las leyes arcanas de los cambiaformas dictaban que un tratado de sangre requería un lazo de unión legítimo entre linajes dominantes para evitar represalias generacionales.

Y el líder del bando victorioso había aceptado.

Peter tragó saliva, recordando ese momento con el estómago revuelto mientras contemplaba la gigantesca habitación en la que ahora se encontraba. Esperaba una mazmorra. Esperaba cadenas de plata, golpes o que lo reclamaran a la fuerza sobre el suelo helado antes de que amaneciera. Después de todo, el alfa que lo había tomado era Wade Wilson, el nombre más temido de los clanes mercenarios.

La puerta de madera maciza se abrió con un crujido suave y Peter se tensó de inmediato, retrocediendo hacia la esquina de la enorme cama acolchada. Sus hombros se encogieron, haciéndose pequeño dentro de sus ropas oscuras de tonos otoñales.

—Vaya, vaya. ¿Seguimos vivos o ya te convertiste en una estatua de sal, pequeño Bambi? —dijo una voz grave, áspera pero extrañamente cantarina.

Wade Wilson entró en la estancia cargando una bandeja de plata reluciente que parecía ridículamente fuera de lugar entre sus manos gigantescas cubiertas de cicatrices. Medía un metro ochenta, con una musculatura sólida y ancha que desbordaba la camiseta de tirantes que vestía con total despreocupación. Peter no pudo evitar reparar en su apariencia: el cabello rubio y corto, peinado de cualquier manera; la mitad de su rostro marcada por quemaduras severas que descendían por su cuello, y unos ojos de un celeste vidrioso y penetrante que lo examinaban sin sombra de malicia. Era un alfa intimidante, un portento de fuerza bruta que cargaba con la leyenda de haber despedazado ejércitos enteros sin pestañear.

—Traje sándwiches —anunció Wade, dejando la bandeja sobre la mesa de caoba junto al balcón—. Tienen tres tipos de queso, jamón del caro y no tienen mayonesa porque leí que a la gente estresada le da acidez. O tal vez lo soñé. En fin, están buenos.

Peter no se movió. Sus manos temblaban ligeramente dentro de los bolsillos de su sudadera.

—No... no tienes que hacer esto —murmuró Peter con voz apenas audible, manteniendo la mirada baja en un reflejo condicionado de sumisión.

Wade frunció el ceño, deteniéndose a medio camino.

—¿Hacer qué? ¿Alimentarte? Cariño, la ley mercenaria prohíbe dejar que un invitado muera de hambre. Además, pagué una fortuna por esta casa y por la comida importada. Me gusta malgastar la plata en lujos absurdos, ¿sabes? Deberías ver mi baño, tiene seis cabezales de ducha. Puedes fingir que estás en una tormenta tropical mientras lloras por tus decisiones de vida.

—No soy un invitado —respondió Peter, reuniendo una pizca de valentía—. Soy... el tratado. Dijeron que teníamos que aparearnos. Para que la alianza sea válida.

Wade soltó una carcajada ronca, sentándose con pesadez en el sillón frente a la cama y estirando sus largas piernas. A pesar de su tono desenfadado, sus ojos celestes observaban la postura tensa del castaño con una perspicacia aguda.

—Ese viejo bastardo con el que vivías estaba tan lleno de mierda como de agujeros de bala —dijo Wade, encogiéndose de hombros—. Sé que no eres su hijo. No te pareces a él, tu aroma no tiene el rastro podrido de su casta y tus pupilas me dicen que eres demasiado listo para haber salido de su estirpe. Pero si no le seguía la corriente a su teatrito moribundo, mis propios generales habrían insistido en buscar sobrevivientes hasta exterminarlos a todos. Así que dije: «Claro, me quedo al chico, asunto cerrado, váyanse a emborrachar».

Peter levantó la vista, sorprendido.

—¿Lo sabías?

—Tengo media cara tostada, niño, no el cerebro cocido —bromeó Wade, señalándose con un dedo la mejilla llena de tejido cicatrizal—. Además, no obligo a nadie. Los alfas que usan su estatus para doblegar a un omega me dan un asco monumental. En esta manada, si alguien no te trata con respeto, le corto los dedos y se los hago tragar. Tienes tu propia habitación, comida, ropa que no parezca sacada de un basurero y libros. Vi que te quedaste mirando la biblioteca de abajo. Es toda tuya.

—¿Y el lazo? —insistió Peter, aún incapaz de creer tanta indulgencia—. La unión... se supone que debes reclamarme.

—El lazo ocurrirá si tú lo pides de rodillas en tu celo más desquiciado porque estás locamente enamorado de mi encanto irresistible —soltó el alfa con una sonrisa torcida y arrogante—, o no ocurrirá jamás. Tú decides. Eres libre de ser tú mismo aquí dentro.

Con esas palabras, Wade se levantó, le guiñó un ojo con total familiaridad y salió de la habitación, cerrando la puerta sin echar llave.

Peter se quedó mirando la madera durante varios minutos. Por primera vez en meses, su respiración no dolió. Se levantó despacio, se acercó a la bandeja y tomó un sándwich. Estaba caliente, delicioso y cargado de una generosidad que jamás había conocido.


Las semanas siguientes rompieron, uno a uno, todos los prejuicios que Peter guardaba sobre los alfas.

La mansión de Wade era un monumento al exceso y al caos controlado. El mercenario ganaba sumas astronómicas de dinero y las gastaba sin el menor sentido de la moderación: pantallas gigantescas, armas de colección expuestas como obras de arte, sofás de cuero tan suaves que parecía flotarse en ellos y una despensa llena de golosinas caras. Pero lo más sorprendente era el trato cotidiano.

Wade nunca liberó feromonas de dominancia. Ni una sola vez. Cuando Peter bajaba a la sala común, envuelto en sus pantalones holgados y sus eternas sudaderas de tonos teja o mostaza, el alfa simplemente lo saludaba con un chiste absurdo, le pasaba una taza de chocolate caliente o le pedía que le explicara los principios de física de los libros avanzados que Peter leía vorazmente. Wade lo escuchaba con fascinación genuina, admirando la brillantez con la que el castaño desarmaba cualquier teoría científica.

Una tarde, mientras una tormenta de nieve cubría las colinas circundantes, Peter decidió salir al inmenso patio trasero en su forma lupina. Necesitaba estirar las patas, sentir el frío y comprobar si su agilidad seguía intacta. Se transformó con un crujido suave de huesos: un lobo castaño, de tamaño mediano, con ojos color avellana que brillaban con inteligencia. Corrió por la nieve virgen, esquivando árboles con la gracia de una sombra, saltando sobre troncos caídos sin hacer el menor ruido.

De pronto, un crujido a su espalda lo puso en alerta. Giró en redondo, mostrando los colmillos por puro instinto defensivo.

Frente a él apareció un lobo gigantesco. Era una bestia colosal, de musculatura aplastante y pelaje rubio y liso que destellaba con tonos dorados bajo el cielo grisáceo. Su aspecto era imponente, aterrador, capaz de destrozar la garganta de un oso en un solo movimiento.

Era Wade.

Peter se agazapó, el corazón latiéndole desbocado. Esperó la embestida, la muestra de jerarquía.

En lugar de eso, el enorme lobo rubio bajó las orejas, inclinó la cabeza de lado de un modo ridículamente cómico y dejó caer el pecho contra la nieve, alzando los cuartos traseros y moviendo la cola de un lado a otro con un entusiasmo desbordante. Luego, soltó un bufidojuguetón y se tiró de espaldas sobre el manto blanco, revolcándose hasta quedar cubierto de nieve como un cachorro gigante.

Peter parpadeó, desconcertado. Una risita involuntaria nació en su pecho canino. Relajó la postura y se acercó con cautela. El lobo rubio no intentó montarlo ni marcarlo; simplemente rodó hacia un lado, empujó suavemente el hocico contra el costado de Peter con una calidez reconfortante y comenzó a correr en círculos, invitándolo a jugar.

Corrieron durante horas. Peter usó toda su destreza para escabullirse bajo las ramas bajas, y Wade fingió exasperarse cada vez que el lobo castaño le ganaba la espalda con una finta ágil. Por primera vez en su vida animal, Peter no corría para salvar el pellejo; corría por pura y absoluta alegría.

Cuando regresaron a la casa y retomaron sus formas humanas, agotados y con la piel húmeda, se sentaron junto a la gran chimenea de la sala. Wade vestía únicamente unos pantalones de chándal grises, dejando al descubierto su torso ancho, marcado por músculos de acero y cicatrices de batallas pasadas. El calor del fuego hacía que su piel despidiera un aroma embriagador a madera de roble, cuero y un matiz dulce, parecido a la miel silvestre.

Peter, sentado en el extremo opuesto del sofá con las piernas cruzadas y la capucha a medio caer, no podía apartar la vista.

Había pensado que Wade era un monstruo. Creía que todos los alfas eran tiranos despiadados destinados a usar su cuerpo y apagar su mente. Pero Wade... Wade era hilarante, letal pero infinitamente compasivo con los suyos. Trataba a todos por igual, no ejercía poder sobre la debilidad ajena y, sobre todo, lo había protegido sin exigir nada a cambio.

Peter tragó saliva, sintiendo una punzada repentina en el bajo vientre. Su cuerpo de omega, sensible y perceptivo, había comenzado a registrar detalles que antes ignoraba por el miedo: la presencia avasallante del rubio, la forma en que sus ojos celestes brillaban cuando le sonreía, la imponente anatomía del mercenario, cuyo porte denotaba una potencia física descomunal en todos los sentidos imaginables. La sola idea de ese alfa enorme cubriéndolo, protegiéndolo, marcándolo con sus dientes para siempre, encendió una llamarada líquida en las venas del castaño.

—Oye, Peter —dijo Wade de pronto, rascándose la nuca con pereza mientras miraba las llamas—. Sé que las cosas han estado tranquilas, pero si alguna vez quieres irte... ya sabes, a la ciudad, a estudiar en una universidad humana o lo que sea... tengo fondos de sobra. Puedo comprarte un departamento, pagar la matrícula y nadie de las manadas volverá a molestarte. Cumpliste tu parte estando aquí para calmar a los viejos del consejo. Eres libre.

Peter sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Miró a Wade fijamente.

—¿Quieres... que me vaya? —preguntó, con la voz quebrada por una angustia inesperada.

Wade giró la cabeza, sorprendido por el tono del chico. Sus ojos celestes se suavizaron, perdiendo todo rastro de burla.

—No quiero que te vayas —admitió el alfa, con una honestidad tan cruda que hizo temblar al omega—. Me gusta tenerte aquí. Me gusta escucharte hablar de cosas que no entiendo, me gusta tu risa y me gusta ver que ya no tiemblas cuando entro a una habitación. Pero no voy a ser la jaula de nadie, Peter. Ya estuviste encerrado suficiente tiempo.

Peter no respondió de inmediato. Se puso de pie descalzo sobre la alfombra gruesa. Se quitó la capucha, dejando que sus rizos castaños cayeran libres alrededor de su rostro sonrojado. Caminó con paso silencioso y seguro hacia el alfa, deteniéndose justo frente a él.

Wade contuvo el aliento, inmóvil en el sofá.

—Tenía tanto miedo de ti —confesó Peter en un susurro, con sus grandes ojos avellana fijos en los labios del rubio—. Creí que me harías pedazos. Creí que me usarías hasta romperme, como hacían en mi antigua manada.

—Jamás te pondría una mano encima sin tu permiso —respondió Wade, con una gravedad rotunda que resonó como una promesa sagrada.

Peter sonrió con timidez, pero sus pupilas estaban dilatadas, oscuras por el deseo que había madurado en secreto durante semanas de ternura y cuidado.

—Lo sé —dijo el castaño, inclinándose despacio hacia adelante, invadiendo el espacio del alfa hasta que su aroma a moras silvestres envolvió por completo el olor a roble y cuero de Wade—. Por eso... por eso ya no quiero escapar.

Peter colocó una mano cálida sobre el pecho desnudo del mercenario, sintiendo el latido furioso y acelerado del corazón del alfa bajo la piel llena de cicatrices.

—Peter... —advirtió Wade con la voz enronquecida, sus instintos de alfa reaccionando violentamente ante la cercanía voluntaria del omega—. Si juegas con fuego...

—No estoy jugando, Wade —lo interrumpió Peter, deslizando sus dedos hacia el cuello del rubio, con el corazón en la garganta y una certeza absoluta ardiendo en su pecho—. Mátame de ganas, haz lo que quieras... pero no me pidas que me vaya. Cúmpleme el pacto. Reclámame.

Wade emitió un gruñido bajo, gutural y profundamente necesitado, antes de rodear la cintura delgada de Peter con sus brazos inmensos y subirlo a su regazo, rindiéndose por fin a la devoción mutua que ninguno de los dos podía seguir conteniendo.

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