
El error de cálculo y la danza de los instintos
La Torre Stark vibraba con la energía habitual de un viernes por la tarde. En el taller, rodeado de hologramas y el olor metálico de la soldadura, Tony Stark se deslizaba en su silla ergonómica mientras revisaba los informes de daños de la última misión en Sokovia. Su mente, sin embargo, no estaba en los circuitos integrados de la armadura Mark 45, sino en la persistente e irritante perfección de Steve Rogers.
Tony se consideraba un Omega atípico. No era delicado, no era sumiso y, ciertamente, no buscaba un nido. Era agresivo, sarcástico y tenía una cuenta bancaria que podía comprar países enteros. Disfrutaba desafiando la jerarquía, especialmente cuando se trataba de los Alfas del equipo. Había pasado meses pinchando a Thor con comentarios sobre su melena, a Sam con bromas sobre sus alas y a Natasha... bueno, con Natasha sabía que no debía cruzar ciertas líneas si quería conservar sus extremidades. Pero Steve era su objetivo favorito.
Steve Rogers era el Alfa ideal: 1.93 de estatura, hombros anchos que parecían capaces de cargar el mundo, ojos azules que brillaban como diamantes bajo las luces del helitransporte y una paciencia que Tony encontraba ofensiva. Steve siempre respondía con una sonrisa amable o un suspiro comprensivo, incluso cuando Tony derramaba café "accidentalmente" sobre sus impecables uniformes de SHIELD o hacía chistes subidos de tono en medio de las reuniones de estrategia.
—Algún día voy a hacer que pierdas los estribos, Paleta —murmuró Tony para sí mismo, ajustándose las gafas de sol a pesar de estar bajo techo.
En ese momento, su teléfono personal, aquel que solo tenían los Vengadores, vibró sobre la mesa de trabajo. Tony lo tomó con desdén, esperando un mensaje de Pepper sobre alguna junta aburrida. Pero lo que vio hizo que sus ojos marrones se abrieran de par en par y que casi se cayera de la silla.
Era un mensaje de Steve.
Al abrirlo, la pantalla se llenó con una imagen que no tenía nada que ver con planes de ataque o cronogramas de entrenamiento. Era una fotografía de Steve frente al espejo del vestuario del gimnasio. El Capitán América no llevaba su habitual camiseta blanca de algodón de los años 40 ni su chaqueta de cuero. Estaba completamente descubierto del torso para arriba. La luz incidía de tal manera que cada músculo de su abdomen parecía tallado en mármol, su piel estaba ligeramente brillante por el sudor y sus pantalones de chándal colgaban peligrosamente bajos en sus caderas.
Tony sintió un calor repentino subir por su cuello. Su instinto Omega, ese que normalmente mantenía bajo llave con capas de sarcasmo y tecnología, soltó un aullido de reconocimiento.
—¿Qué demonios...? —susurró Tony, su pulgar acariciando inconscientemente la pantalla.
Segundos después, llegó otro mensaje, esta vez una foto de las pesas del gimnasio con el texto: "Nat, aquí están los nuevos discos que pediste para la sesión de mañana".
Tony soltó una carcajada ronca al darse cuenta de lo que había sucedido. El capitán "Organizado y Perfecto" Rogers se había equivocado de chat. Le había enviado a Natasha una foto de equipo de gimnasio y a él, a Tony Stark, le había enviado una muestra gratuita de su anatomía de super-soldado.
—Oh, Steve... acabas de cometer el mejor error de tu vida —dijo Tony, poniéndose de pie con una sonrisa depredadora.
Se quitó la camiseta de Black Sabbath manchada de aceite y buscó algo más... apropiado. Si el Alfa quería jugar a enviar fotos, Tony le mostraría cómo jugaba un Omega de Nueva York.
Mientras tanto, en el piso 50, Steve Rogers estaba a punto de sufrir una combustión espontánea. Se había dado cuenta del error apenas tres segundos después de enviar los mensajes. Sus dedos, acostumbrados a los botones grandes de las radios de campo y no a las pantallas táctiles modernas, le habían jugado una mala pasada.
—Santo cielo —susurró Steve, tapándose la cara con una mano mientras su piel se volvía de un rojo intenso que rivalizaba con las franjas de su escudo—. Tony va a matarme. O peor, se va a burlar de mí durante el próximo siglo.
Steve intentó borrar el mensaje, pero JARVIS, siempre eficiente, le notificó que el destinatario ya lo había visto. Se quedó sentado en el banco del gimnasio, con el corazón latiendo con más fuerza que después de una carrera de diez kilómetros. No era solo la vergüenza; era el hecho de que, en el fondo, una parte de su instinto Alfa se sentía extrañamente expuesta ante el Omega más difícil de impresionar del planeta.
Escuchó el sonido del ascensor abriéndose al final del pasillo. Steve se puso de pie rápidamente, buscando su camiseta, pero antes de que pudiera alcanzarla, la puerta del gimnasio se deslizó y apareció Tony.
El millonario no vestía su ropa de trabajo. Llevaba una camisa de seda oscura desabrochada en los dos primeros botones, pantalones de vestir que le quedaban perfectamente y esa mirada de suficiencia que siempre precedía al caos.
—¿Buscabas esto, Cap? —Tony levantó su teléfono, mostrando la imagen de Steve en pantalla.
Steve se enderezó, tratando de recuperar su compostura de líder de los Vengadores a pesar de estar medio desnudo. Con su 1.93 de altura, dominaba el espacio, pero Tony, con sus 1.64, caminaba hacia él como si fuera el dueño del aire que Steve respiraba.
—Tony, fue un error —dijo Steve, su voz sonando más profunda de lo habitual—. Estaba tratando de enviarle una foto a Natasha sobre el equipo y...
—Y decidiste que yo necesitaba un estudio detallado de tus abdominales —interrumpió Tony, deteniéndose a solo unos centímetros del pecho de Steve. El aroma del Alfa —bosque, lluvia y un toque de jabón antiguo— golpeó los sentidos de Tony como un camión—. Tengo que decirte, Rogers, para ser alguien que todavía usa brújulas de papel, tienes un encuadre excelente.
Tony extendió una mano y, con una audacia que solo él poseía, apoyó la palma sobre el pecho desnudo de Steve, justo sobre el corazón. Steve se tensó, sus músculos reaccionando al contacto frío de los dedos de Tony.
—Tu corazón va muy rápido, soldado —ronroneó Tony, inclinando la cabeza hacia arriba para encontrar esos ojos de diamante—. ¿Es por la vergüenza o es que finalmente te diste cuenta de que este Omega no se asusta tan fácilmente?
Steve tragó saliva. Su instinto le decía que debía ser amable, comprensivo, el Alfa estable que todos esperaban. Pero Tony estaba despertando algo más oscuro, algo más primitivo. La forma en que el Omega lo miraba, desafiante y seductor a la vez, estaba erosionando su paciencia de los años 40.
—Tony, no deberías provocarme —advirtió Steve, su voz bajando una octava—. Sabes que trato de ser respetuoso, pero eres... increíblemente difícil.
—Soy un genio, millonario, playboy y filántropo —recitó Tony, dando un paso más, obligando a Steve a retroceder hasta que su espalda chocó contra el soporte de las mancuernas—. Y también soy un Omega que está cansado de que lo trates como si fuera una pieza de porcelana en una de tus vitrinas de antigüedades.
Tony agarró las solapas del pantalón de Steve y tiró de él hacia abajo, acortando la distancia.
—¿Qué vas a hacer al respecto, Capitán? ¿Darme una charla sobre moral y buenas costumbres? ¿O vas a admitir que enviaste esa foto porque, en algún lugar de ese cerebro organizado, querías que yo la viera?
Steve sintió que el control se le escapaba de las manos. Los ojos de Tony brillaban con una picardía peligrosa. El Alfa en él rugió, cansado de las burlas, cansado de ser el "buen chico".
—No fue a propósito —dijo Steve, su mano subiendo para sujetar la nuca de Tony, sus dedos enredándose en el cabello oscuro y corto del genio—, pero tienes razón en algo. He estado queriendo hacer esto desde que te conocí en aquel helitransporte.
—¿Hacer qué? ¿Citarme la constitución? —se burló Tony, aunque su respiración se había vuelto errática.
—Cerrarte la boca —respondió Steve.
Antes de que Tony pudiera soltar otro comentario sarcástico, Steve se inclinó y lo besó. No fue un beso amable. Fue el beso de un Alfa que había sido provocado más allá de sus límites. Fue exigente, posesivo y cargado de meses de tensión sexual no resuelta.
Tony soltó un gemido ahogado contra los labios de Steve. Sus manos abandonaron los pantalones del Alfa para subir por su espalda musculosa, aferrándose a él como si fuera su único ancla en medio de una tormenta. La agresividad de Tony se derritió por un momento, reemplazada por una necesidad voraz de ser dominado por la fuerza que Steve siempre intentaba ocultar.
Steve lo levantó con facilidad, sentándolo sobre el banco de pesas mientras continuaba el beso. La diferencia de tamaño era abismal, pero en ese momento, encajaban perfectamente. Tony envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Steve, atrayéndolo lo más cerca posible.
—Vaya... —jadeó Tony cuando se separaron apenas unos milímetros—, parece que el Capitán América tiene un lado rebelde después de todo.
Steve apoyó su frente contra la de Tony, sus ojos azules brillando con una intensidad que hizo que Tony se estremeciera.
—Te lo advertí, Tony. Soy un hombre paciente, pero hasta yo tengo mis límites. Y tú te has dedicado a saltar sobre ellos todos los días.
Tony soltó una risita, recuperando parte de su bravuconería, aunque sus mejillas estaban encendidas.
—Bueno, si esto es lo que obtengo por saltar los límites, creo que voy a empezar a correr maratones sobre ellos.
Steve sonrió, una sonrisa que no era la de los carteles de reclutamiento, sino algo mucho más personal y cálido.
—Eres imposible.
—Soy Stark. Viene en el paquete —Tony le acarició la mandíbula, su mirada volviéndose un poco más seria—. Pero en serio, Steve... si vuelves a enviarle una foto así a Natasha, tendré que hackear tu teléfono y borrar todos tus contactos excepto el mío.
Steve soltó una carcajada profunda que vibró en el pecho de Tony.
—Prometo que seré más cuidadoso con la tecnología del siglo veintiuno. Especialmente si eso significa que no tendré que compartirte con nadie más.
Tony sonrió, victorioso. Había logrado lo que quería: romper la fachada del Alfa perfecto y encontrar al hombre que había debajo. Un hombre que, a pesar de su cortesía y su ropa de los años 40, sabía exactamente cómo manejar a un Omega agresivo y sarcástico.
—Bien —dijo Tony, tirando de la oreja de Steve—. Ahora, menos charla y más acción. Tenemos un gimnasio vacío y JARVIS tiene órdenes de no dejar entrar a nadie. ¿Qué te parece si me enseñas más de esa "anatomía" que intentabas mostrar?
Steve no necesitó que se lo dijeran dos veces. En el mundo organizado del Capitán América, Tony Stark era el caos puro, y Steve finalmente se dio cuenta de que no quería poner orden en ese caos, sino perderse en él.
