
Cachorro
Fandom: Marvel
Creado: 2/10/2026
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Lazos de Sangre, Pólvora y Canela
El hospital privado de la Fundación Future no olía a desinfectante común. Olía a tecnología de punta, a metal frío y, en ese preciso momento, a una tensión tan espesa que se podía cortar con un batarang —aunque Wade Wilson preferiría morir antes que mencionar una referencia de la competencia en un momento tan crucial—.
Wade estaba sentado en una de las sillas de la sala de espera, sus piernas largas y musculosas extendidas frente a él. A pesar de su reputación como el mercenario más bocazas y letal del mundo, su lenguaje corporal gritaba una vulnerabilidad extraña. Sus ojos de diamante, brillantes y casi irreales, estaban fijos en el cristal de la sala de neonatología. Su cabello rubio estaba revuelto, producto de haberse pasado las manos por la cabeza una y otra vez en las últimas dos horas.
—Es mío —susurró Wade, y por una vez, no había rastro de burla en su voz—. Esos bastardos de A.I.M. realmente lo hicieron. Mezclaron mi jugo de amor con el de Spidey.
A unos metros de él, Peter Parker caminaba de un lado a otro, trazando un surco invisible en la alfombra. Peter no llevaba su traje de Spider-Man, sino su ropa de civil: un suéter de lana color ocre que resaltaba sus hombros atléticos y unos pantalones oscuros. Sus rizos castaños estaban hechos un desastre y sus ojos color avellana, usualmente llenos de una determinación heroica, estaban nublados por el pánico.
Peter era un Omega, uno inusualmente fuerte, capaz de derribar edificios y aguantar golpes de titanes, pero en ese momento se sentía como si sus rodillas fueran a ceder. Su olor, esa mezcla dulce y reconfortante de canela y rollos de canela recién horneados, se había vuelto agrio por la ansiedad.
—No puede ser, Wade —dijo Peter, deteniéndose en seco y mirando al Alfa—. Biológicamente... es decir, sí, somos compatibles porque tú eres un Alfa y yo un Omega, pero esto fue en un laboratorio. Sin consentimiento. Sin... sin nada. Es un experimento.
Wade se levantó, su imponente figura llenando el espacio. Era un Alfa dominante, un hombre que irradiaba poder y una confianza que a menudo rayaba en lo irritante, pero cuando se acercó a Peter, sus feromonas se suavizaron, envolviendo al Omega en un abrazo invisible de calma y protección.
—Petey, mírame —dijo Wade, su voz bajando a un barítono suave que rara vez usaba—. Ese pequeño bulto de ahí dentro tiene tus ojos. Bueno, y probablemente mi regeneración, lo cual es genial porque así no tendré que preocuparme cuando aprenda a usar las tijeras. Pero es nuestro. No es un experimento, es un bebé. Nuestro cachorro.
Peter se cubrió la cara con las manos, dejando escapar un gemido ahogado.
—¿Qué voy a hacer? Soy un desastre. Apenas puedo pagar el alquiler con las fotos que le vendo a Jameson. Vivo en un apartamento donde las paredes son de papel. No puedo traer a un bebé a ese mundo, Wade. No a un bebé que medio mundo criminal querrá secuestrar.
Wade dio un paso más, rompiendo el espacio personal de Peter. A diferencia de otros Alfas que intentarían dominar o exigir, Wade simplemente puso una mano grande y cálida sobre el hombro de Peter.
—Yo tengo dinero, Petey. Mucho. Dono a orfanatos, ayudo a omegas en las calles... diablos, incluso tengo una cuenta de ahorros para el retiro de las chicas de Blind Al. No dejaré que les falte nada. Ni a él, ni a ti.
Peter levantó la vista, encontrándose con la mirada sincera de Wade. Era extraño ver al mercenario así, sin una máscara, sin una broma cruel en la punta de la lengua.
—¿Estás diciendo que quieres quedártelo? —preguntó Peter en un susurro.
—No es que "quiera" —respondió Wade con una sonrisa ladeada—, es que ya es parte del equipo Wilson-Parker. O Parker-Wilson, si prefieres el orden alfabético para que no te sientas oprimido por el patriarcado Alfa.
Una enfermera salió de la habitación, interrumpiendo el momento. Miró sus papeles y luego a los dos hombres.
—El bebé está estable. La mezcla genética es estable debido a los factores de curación de ambos padres. Pueden pasar a verlo, pero necesitamos saber quién se hará cargo del alta.
Wade no dudó ni un segundo.
—Yo lo haré. Se viene conmigo.
Peter dio un paso atrás, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.
—Yo... yo necesito aire. Wade, no puedo... no ahora.
—Está bien, Bambi —dijo Wade, usando el apodo que siempre hacía que Peter se sonrojara—. Ve a pensar. Mi casa está abierta. Sabes dónde vivo, y si no, solo sigue el olor a chimichangas y pólvora. Pero no tardes mucho, el pequeño necesita a su madre. O a su Omega fuerte. Lo que prefieras ser.
Peter salió del hospital casi corriendo, dejando a Wade solo frente al cristal. El mercenario suspiró y entró en la habitación de neonatología. Se acercó a la pequeña cuna térmica donde un bebé de apenas unas horas dormía plácidamente. Tenía una pelusa de cabello castaño y, cuando abrió un poco los ojos ante la luz, Wade vio el brillo de los diamantes mezclado con el avellana.
—Hola, pequeño recordatorio de que no soy un completo desastre —murmuró Wade, extendiendo un dedo meñique que el bebé agarró con una fuerza sorprendente—. Vamos a casa.
Tres días después, Peter Parker estaba frente a la puerta del lujoso pero caótico apartamento de Wade Wilson. Llevaba una bolsa con algunas cosas que había comprado en un arrebato de culpa y necesidad: pañales orgánicos, mantas de algodón suave y un peluche de una araña con ojos grandes.
Su olor a canela estaba más controlado ahora, pero aún vibraba con una nota de melancolía. Tocó el timbre y, casi al instante, la puerta se abrió.
Wade estaba allí, pero no era el Wade que Peter solía ver en los tejados. Llevaba unos pantalones de pijama de Hello Kitty y una camiseta vieja. En su pecho, sujeto por un portabebés ergonómico de color negro táctico, estaba el cachorro.
—Llegas tarde para el cambio de pañal de las tres, pero justo a tiempo para el de las seis —dijo Wade con una sonrisa radiante—. Pasa, Spidey. El fuerte está asegurado.
Peter entró, mirando a su alrededor. El apartamento, que usualmente era un campo de batalla de armas y cajas de pizza, estaba sorprendentemente limpio. Había una cuna nueva en la esquina del salón y una estación de cambio que parecía más organizada que el laboratorio de Peter en la universidad.
—Wade, yo... —empezó Peter, pero se detuvo cuando el bebé hizo un pequeño ruido de queja.
—Shh, tranquilo, mini-yo. Mamá está aquí —dijo Wade, burlándose pero con un tono increíblemente tierno.
—No me digas mamá —protestó Peter, aunque se acercó instintivamente.
Wade se desabrochó el portabebés y, con una delicadeza que nadie esperaría de un hombre que decapitaba gente por dinero, le entregó el bebé a Peter.
Al sentir el contacto, algo en el instinto Omega de Peter hizo clic. El bebé, al oler la canela y el dulce aroma de Peter, se acurrucó contra su pecho, dejando escapar un suspiro de satisfacción. Peter sintió una oleada de afecto tan intensa que se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Es tan pequeño —susurró Peter, acariciando la mejilla del bebé.
—Y fuerte —añadió Wade, apoyándose contra la pared mientras observaba la escena—. Ayer intentó morder el control remoto. Creo que heredó mi hambre y tus ganas de trepar muros.
Peter se sentó en el sofá, sin soltar al niño. Wade se sentó a su lado, respetando su espacio pero permaneciendo lo suficientemente cerca como para que sus olores se mezclaran, creando una atmósfera de seguridad que el bebé parecía adorar.
—¿Cómo lo estás llamando? —preguntó Peter.
—Aún no le he puesto nombre oficial. Estaba esperando a que el otro 50% del ADN diera su aprobación. Pero "Deadpool Junior" suena muy profesional, ¿no crees?
Peter soltó una risa suave, la primera en días.
—Ni hablar. No vamos a llamarlo así.
—Bueno, entonces tendremos que negociar —dijo Wade, estirando un brazo sobre el respaldo del sofá, rodeando a Peter sin tocarlo del todo—. Mira, Petey... sé que esto no es lo que planeaste. Sé que ser Spider-Man es tu vida y que ser un Omega soltero en este mundo es una mierda. Pero no tienes que hacerlo solo.
Peter miró a Wade. El Alfa no estaba bromeando. Sus ojos de diamante brillaban con una honestidad brutal.
—¿Por qué haces esto, Wade? Eres un mercenario. Eres... bueno, eres tú.
Wade se encogió de hombros, su expresión volviéndose inusualmente seria.
—Porque a pesar de todo lo que la gente dice, me importan las cosas. Me importan los omegas que no tienen a nadie. Y tú... tú me importas más de lo que cualquier chiste de doble sentido pueda expresar. Además, mira a ese niño. Es perfecto. Es la única cosa pura que ha salido de mí en toda mi vida.
Peter bajó la mirada hacia el bebé, que ahora lo observaba con curiosidad. El pequeño estiró una mano y tocó el suéter de Peter, balbuceando algo ininteligible.
—Me quedaré esta noche —dijo Peter finalmente—. Para ayudar.
—¿Solo esta noche? —preguntó Wade con una chispa de esperanza en los ojos.
—Empezaremos por esta noche —corrigió Peter, aunque en el fondo sabía que no podría alejarse—. Pero si vuelves a ponerle ese pijama de "Futuro Mercenario", me lo llevo a la Torre de los Vengadores.
Wade soltó una carcajada estrepitosa que hizo que el bebé saltara un poco, pero luego se calmó cuando Wade le acarició la cabecita con un dedo.
—Trato hecho, Bambi. Ahora, ¿quieres ver cómo he organizado los biberones por color y calibre? Es muy impresionante, incluso Tony Stark estaría celoso.
Peter sonrió, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que, a pesar del caos, el peligro y lo absurdo de la situación, estaba exactamente donde debía estar. En una casa que olía a pólvora y canela, cuidando de un milagro que nunca pidió, pero que ya no podía imaginar perder.
—Muéstrame los biberones, Wade —dijo Peter, acomodándose mejor en el sofá—. Pero si hay alguno con forma de granada, lo tiro por la ventana.
—¡Eres un aguafiestas, Parker! —exclamó Wade, pero su sonrisa era la de un hombre que acababa de ganar la lotería.
Mientras la noche caía sobre Nueva York, el apartamento de Wade Wilson se convirtió en un refugio. Un Alfa que nadie creía capaz de amar y un Omega que siempre cargaba el mundo sobre sus hombros encontraron, entre pañales y promesas silenciosas, el comienzo de una familia que nadie vio venir, pero que nadie se atrevería a separar.
