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Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 3/10/2026

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El peso de una promesa entre cenizas

Nobara Kugisaki no era una mujer de sutilezas, ni mucho menos alguien que se dejara llevar por sentimentalismos baratos. Ella era acero, clavos y una voluntad inquebrantable. Sin embargo, mientras permanecía sentada en uno de los bancos de madera del patio del Colegio Técnico de Magia de Tokio, su atención no estaba puesta en el frasco de esmalte color rosa cereza que sostenía, sino en el chico que reía a unos metros de distancia.

Yuji Itadori estaba allí, gesticulando con esa energía inagotable suya mientras intentaba, sin éxito, que Megumi Fushiguro participara en una conversación sobre cuál era el mejor relleno para los onigiris. La luz de la tarde caía sobre su cabello rosado, dándole un aura casi suave, algo que contrastaba violentamente con la fuerza bruta que Nobara sabía que ese cuerpo poseía.

Hacía apenas unos días que habían regresado de la misión contra los hermanos de las Pinturas de la Muerte. La adrenalina ya se había disipado, las heridas físicas estaban cerrando, pero el recuerdo de la batalla seguía vibrando bajo su piel. Nobara cerró el frasco de esmalte con un clic seco.

Recordó el caos. La sangre, el veneno recorriendo sus venas, la desesperación de un ataque que parecía inevitable. Y entonces, la sensación.

No fue solo la velocidad. Fue la firmeza. Itadori la había levantado en vilo, cargándola con una facilidad pasmosa para sacarla del rango de ataque de los hermanos. En aquel momento, Nobara solo había pensado en sobrevivir y en clavar sus clavos en el enemigo, pero ahora, en la paz del patio, el recuerdo se sentía diferente. Recordaba la presión de los brazos de Yuji, el calor que emanaba de su pecho y, sobre todo, la caballerosidad instintiva del chico. A pesar de la urgencia, a pesar de que sus vidas pendían de un hilo, él la había sujetado con un respeto absoluto, sin manos errantes, sin torpezas innecesarias.

Era una calidez que no lograba sacudirse de encima. Y Nobara Kugisaki no era alguien que se quedara con las dudas.

—¡Oye, Itadori! —exclamó ella, levantándose bruscamente.

Megumi, que parecía estar a punto de desmayarse por el aburrimiento de la charla anterior, suspiró aliviado al ver la interrupción. Yuji, por su parte, se giró con una sonrisa radiante.

—¿Qué pasa, Nobara? ¿Ya terminaste de pintarte las uñas? Te quedó un color genial —dijo él, acercándose unos pasos.

Nobara caminó hacia él con paso decidido, ignorando por completo a Megumi, quien ya empezaba a alejarse presintiendo que algo extraño estaba por ocurrir. Se detuvo a escasos centímetros de Itadori, obligándolo a bajar un poco la mirada para encontrarse con la suya.

—Cárgame —soltó ella, cruzándose de brazos.

Yuji parpadeó, completamente desconcertado. Se rascó la mejilla con el dedo índice, soltando una risa nerviosa.

—¿Eh? ¿Cómo que te cargue? ¿Te duele la pierna o algo así? ¿Es por la herida de la otra vez? —preguntó preocupado, agachándose un poco para revisar sus tobillos.

—No seas idiota, mis piernas están perfectas —bufó ella, dándole un ligero golpe en el hombro—. Te estoy dando una orden. Cárgame. Justo como lo hiciste cuando peleamos contra esos tipos, los hermanos de las pinturas.

Itadori se enderezó, su expresión pasando del desconcierto a una confusión absoluta.

—¿Pero por qué querrías eso ahora? No estamos en peligro, Nobara. Fushiguro está ahí mismo y Gojo-sensei probablemente está haciendo alguna tontería cerca. No hay razón para...

Nobara lo interrumpió señalándolo con el dedo índice, su rostro encendido no se sabía si por la molestia o por algo más.

—¡La razón es que yo lo digo! —exclamó—. Escucha bien, Itadori. Ese día, cuando me sacaste del ataque... fue diferente. Eres un tonto, un cabeza hueca que solo piensa en comida y en películas viejas, pero en ese momento fuiste... eficiente. Y algo en esa sensación me gustó. No voy a darle vueltas al asunto porque no soy una de esas chicas de shojo que se guardan las cosas. Quiero volver a sentirlo.

Yuji se quedó en silencio, procesando las palabras. Sus ojos grandes y honestos buscaron alguna pizca de broma en el rostro de su compañera, pero solo encontró la determinación feroz de Kugisaki.

—¿Te refieres a que... te sentiste segura? —preguntó él en voz baja, perdiendo parte de su energía juguetona.

—Me refiero a que eres cálido y que cargas a la gente como si no pesaran más que una pluma —replicó ella, desviando la mirada hacia un lado, aunque sin retroceder—. Así que hazlo. No una, ni dos veces. Las veces que sea necesario hasta que me aburra.

Itadori soltó una carcajada corta, no burlona, sino llena de esa amabilidad natural que a veces lograba desarmar incluso a la Nobara más cínica.

—Está bien, está bien. Si eso es lo que quieres... —Se posicionó frente a ella y, con una naturalidad que a Nobara le hizo dar un vuelco al corazón, pasó un brazo por debajo de sus rodillas y otro por su espalda—. ¡Allá vamos!

En un movimiento fluido, la levantó del suelo. Nobara soltó un pequeño jadeo y, por instinto, rodeó el cuello de Yuji con sus brazos. El mundo pareció elevarse unos centímetros. La altura de Itadori, sumada a la fuerza de sus brazos, le daba una perspectiva diferente del patio del colegio.

—Vaya, de verdad no pesas nada, Nobara —dijo él, caminando un poco por el césped con ella en brazos—. Eres como un gato.

—¡No me compares con animales domésticos! —protestó ella, aunque no hizo ningún intento por bajarse.

Se quedó quieta, apoyando ligeramente la mejilla cerca del hombro de él. Podía oler el detergente de su sudadera roja y algo más, un aroma limpio y vital que solo pertenecía a Itadori. Era exactamente como lo recordaba: reconfortante. En los brazos de Yuji, el mundo de las maldiciones, la sangre y la muerte parecía quedar en un segundo plano. Allí, ella no era la hechicera que tenía que martillar su propia carne para ganar; era simplemente Nobara, siendo sostenida por alguien que valoraba la vida por encima de todo.

—¿Y bien? —preguntó Yuji, deteniéndose cerca de un gran árbol—. ¿Es suficiente o tengo que dar vueltas olímpicas?

—No te hagas el gracioso —murmuró ella, cerrando los ojos un momento—. Quédate así un poco más.

—Claro —respondió él, su voz vibrando a través de su pecho, lo que le provocó a Nobara un leve escalofrío—. Sabes, Nobara... ese día estaba muy asustado. No por mí, sino porque no quería que te pasara nada. Cargarte fue lo único en lo que pude pensar para mantenerte a salvo. Me alegra que no te molestara.

Nobara apretó un poco más el agarre en su cuello.

—No me molestó —admitió en un susurro casi inaudible—. Eres un buen tipo, Itadori. Demasiado bueno para este mundo de locos.

—Tú también eres genial, Nobara. La hechicera más fuerte y con más estilo que conozco.

Ella soltó una risita, recuperando su confianza habitual.

—Obviamente. Por eso solo tú tienes el honor de cargarme. No dejes que se te suba a la cabeza.

—Prometido —dijo Yuji con una sonrisa de oreja a oreja.

Se quedaron así durante lo que parecieron minutos eternos, bajo la sombra del árbol, ajenos a las miradas curiosas de los demás estudiantes o a las misiones que vendrían. En ese pequeño rincón de Tokio, Nobara Kugisaki había encontrado algo que no sabía que necesitaba: un refugio en los brazos de un chico que, a pesar de llevar una maldición dentro, poseía el corazón más humano que jamás había conocido.

—Oye, Itadori —dijo ella después de un rato.

—¿Sí?

—Mañana, después del entrenamiento, lo haremos de nuevo. Y no acepto un no por respuesta.

Yuji la miró con esos ojos brillantes y asintió con entusiasmo.

—¡Hecho! Pero la próxima vez, tendrás que invitarme a un helado como pago.

—Trato hecho, idiota. Ahora... no me bajes todavía. El sol se ve bien desde aquí.

Y así, en el silencio de la tarde, Nobara se permitió disfrutar de ese "gusto" recién descubierto, sabiendo que, mientras Itadori estuviera allí para cargarla, no habría caída de la que no pudiera levantarse.

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