
Te Odio
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 3/10/2026
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El veneno en los labios del silencio
La Finca Mariposa siempre parecía exhalar un suspiro de alivio cuando la luna alcanzaba su cenit. El ajetreo constante de los heridos, el aroma a hierbas medicinales y el eco de los entrenamientos de recuperación se desvanecían bajo el manto de la noche, dejando tras de sí un silencio que, para Shinobu Kocho, solía ser ensordecedor. El silencio le permitía escuchar con demasiada claridad el zumbido de la furia que corría por sus venas, ese odio incandescente que hervía bajo su piel de porcelana y su sonrisa perenne.
Sin embargo, esta noche el silencio fue interrumpido por un sonido casi imperceptible: el roce de una suela de paja contra la madera del pasillo exterior.
Shinobu, sentada en el borde de su futón, no se tensó. No buscó su nichirin. En su lugar, ajustó los bordes de su haori de alas de mariposa y mantuvo esa expresión de serenidad impostada, aunque sus ojos púrpura, profundos y carentes de pupilas, brillaron con una luz maliciosa cuando la puerta corrediza se abrió con una lentitud casi reverencial.
La figura que entró era alta, de hombros anchos y movimientos que recordaban al fluir constante de un río. Giyu Tomioka cerró la puerta tras de sí, sumergiendo la habitación en una penumbra compartida, rota únicamente por la luz plateada que se filtraba por la ventana. Su rostro, como de costumbre, era una máscara de mármol; sus ojos azul lapislázuli, fríos y distantes, se clavaron en los de ella.
—Llegas tarde, Tomioka-san —dijo Shinobu, y su voz era como el tintineo de campanillas de viento en una tarde de verano—. Empezaba a pensar que finalmente habías entendido que a nadie le agradas y habías decidido esconderte en algún rincón solitario.
Giyu no respondió de inmediato. Caminó hacia ella con esa parsimonia que a Shinobu siempre le resultaba irritante y fascinante a partes iguales. Se sentó frente a ella, manteniendo la distancia que las normas de la decencia dictaban, pero que sus instintos ya habían empezado a devorar.
—Había patrullas extra en el ala este —respondió él con su tono monocorde—. No quería que me vieran.
Shinobu soltó una risita suave, tapándose la boca con la mano de manera delicada.
—¿El gran Pilar del Agua actuando como un ladrón en la noche? Qué escandaloso. Si los demás pilares te vieran ahora, pensarían que finalmente has perdido la poca cordura que te queda.
—No me importa lo que piensen los demás —dijo Giyu, fijando su mirada en los labios rosados de la joven.
Shinobu sintió esa punzada familiar en el pecho. Era una mezcla de irritación por su falta de elocuencia y una atracción magnética que se negaba a reconocer bajo la luz del sol. Se acercó a él, acortando el espacio hasta que pudo oler el aroma a ozono y bosque húmedo que siempre desprendía su uniforme.
—Qué hombre tan difícil eres —susurró ella, inclinando la cabeza. Su sonrisa se volvió un poco más afilada, más real—. Te odio, Tomioka-san. Realmente te odio.
Giyu no se inmutó. Conocía ese código. Sabía que en el lenguaje retorcido de Shinobu Kocho, el odio era la única armadura que le quedaba para proteger un corazón que había sido destrozado demasiadas veces por la pérdida. Decir "te amo" era una debilidad que ninguno de los dos podía permitirse en un mundo donde la muerte acechaba en cada sombra. Decir "te amo" era una promesa de futuro, y ellos, como pilares, solo tenían el presente, y a veces ni siquiera eso.
—Lo sé —respondió él en voz baja.
Sin más preámbulos, Giyu alargó la mano y acunó el rostro de Shinobu. Su piel era fría, pero sus dedos eran firmes. Ella cerró los ojos, dejando que la máscara de alegría se desmoronara por un instante. Cuando él se inclinó y sus labios se encontraron, el mundo exterior dejó de existir.
No fue un beso tierno. Fue un choque de necesidades, un compás caótico y hambriento que buscaba llenar el vacío que dejaba la guerra constante contra los demonios. Shinobu enredó sus dedos en el cabello desgreñado de Giyu, tirando de él con una desesperación contenida, mientras él la atraía hacia sí, rompiendo cualquier barrera de espacio personal.
En la oscuridad de la habitación, sus respiraciones se volvieron pesadas. Shinobu sentía el latido del corazón de Giyu contra su propio pecho, un recordatorio constante de que él estaba vivo, de que ella estaba viva. Era una danza frenética donde sus bocas se buscaban para silenciar los gritos internos, para olvidar el olor a sangre y la visión de los seres queridos que ya no estaban.
—A veces... —susurró Shinobu entre besos, su voz quebrándose ligeramente—, a veces desearía que fueras tan insoportable como todos dicen, para que dejaras de venir.
Giyu se detuvo un momento, su frente apoyada contra la de ella. Sus ojos azules, usualmente opacos, brillaban con una intensidad cruda bajo la luz de la luna.
—No voy a dejar de venir —afirmó él con una convicción que la hizo estremecer.
—Eres un testarudo —replicó ella, recuperando su sonrisa burlona, aunque sus ojos estaban húmedos—. Por eso nadie te invita a las reuniones sociales, Tomioka-san.
—Tú estás aquí —dijo él, simplemente.
Shinobu soltó un suspiro que fue mitad risa y mitad sollozo. Se dejó caer hacia atrás sobre el futón, arrastrándolo con ella. El haori de alas de mariposa se extendió sobre las sábanas como si una mariposa real estuviera intentando emprender el vuelo en mitad de la noche. Giyu se cernió sobre ella, su figura recortada contra la penumbra, una sombra protectora y a la vez invasiva.
—Si alguien nos descubre, diré que intentabas asesinarme y que tuve que defenderme —bromeó ella, trazando con el dedo la línea de la mandíbula de Giyu.
—Tendrías que esforzarte más con la mentira. Tu nichirin está al otro lado de la habitación.
—Oh, Tomioka-san, siempre tan observador. Es una lástima que seas tan aburrido en todo lo demás.
Giyu no respondió con palabras. Se inclinó para besar el cuello de Shinobu, justo donde pulsaba su vida. Ella arqueó la espalda, soltando un gemido ahogado que intentó ocultar mordiéndose el labio inferior. Odiaba cuánto lo necesitaba. Odiaba que él fuera el único capaz de ver a través de su fachada de felicidad fingida, el único que no se alejaba cuando el veneno de su amargura salía a flote.
La noche avanzó, marcada por el ritmo de sus encuentros furtivos. En la Finca Mariposa, ellos no eran los pilares que cargaban con el destino de la humanidad sobre sus hombros. Eran simplemente dos jóvenes rotos que buscaban consuelo en el único lugar donde no tenían que ser héroes.
Mientras sus cuerpos se movían en una armonía silenciosa, Shinobu pensó en su hermana, Kanae. Pensó en la sonrisa genuina que ella siempre portaba y en el deseo que tenía de que humanos y demonios vivieran en paz. Shinobu sabía que nunca podría cumplir ese deseo de la misma forma, pero en los brazos de Giyu, el odio que la consumía parecía transformarse en algo más, algo que ardía pero no destruía.
—Giyu... —murmuró ella, usando su nombre de pila por primera vez en toda la noche.
Él se tensó ligeramente, mirándola a los ojos. Había una vulnerabilidad en la mirada de Shinobu que rara vez permitía que alguien viera.
—Dime.
Ella estuvo a punto de decirlo. Las palabras "quédate conmigo" o "no te mueras" bailaron en la punta de su lengua, pero el peso de sus responsabilidades y la sombra del mañana las aplastaron.
—Nada —dijo finalmente, volviendo a su máscara—. Solo que tu cabello es un desastre absoluto. Deberías dejar que las niñas de la finca te lo corten.
Giyu exhaló lo que podría haber sido un suspiro de decepción o de alivio, no estaba seguro. Se limitó a estrecharla más contra sí, ocultando su rostro en el hueco de su hombro.
—Mañana tengo una misión en el norte —dijo él después de un largo silencio.
Shinobu sintió que el frío de la noche se filtraba en sus huesos.
—Entiendo. Intenta no morir, sería muy molesto tener que organizar tu funeral. Nadie sabría qué decir de ti, aparte de que eras un hombre de pocas palabras y mucha torpeza social.
—Volveré —prometió él.
—Más te vale. Todavía tengo muchos insultos preparados para ti.
Se quedaron así, entrelazados, mientras las sombras de la habitación se alargaban y el primer atisbo del alba comenzaba a teñir el horizonte de un gris pálido. Era el momento en que la magia se rompía, el momento en que el Pilar del Agua debía volver a su soledad y la Pilar del Insecto debía volver a su sonrisa de cristal.
Giyu se levantó con elegancia, ajustando su uniforme y su haori bicolor. Se detuvo ante la puerta, mirando una última vez hacia la figura menuda que permanecía en el futón, envuelta en su haori de mariposa.
—Shinobu —dijo él, usando su nombre por primera vez.
Ella lo miró, su rostro ya sereno, su sonrisa ya en su lugar, aunque sus ojos todavía guardaban el rastro de la tormenta nocturna.
—¿Sí, Tomioka-san?
—Yo también te odio.
La puerta se cerró suavemente.
Shinobu se quedó sola en la habitación, escuchando cómo el silencio regresaba para reclamar su territorio. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el calor residual que él había dejado tras de sí. Una pequeña carcajada, esta vez auténtica, escapó de sus labios.
—Qué mentiroso eres —susurró para nadie.
Se levantó y caminó hacia la ventana. El sol empezaba a salir, bañando la finca con una luz dorada que prometía un nuevo día de lucha, de venenos y de muertes. Pero por un breve momento, Shinobu Kocho no sintió el peso del odio. Solo sintió el eco de una danza caótica bajo la luna y la promesa silenciosa de un hombre que, al igual que ella, prefería odiar antes que perder lo último que le quedaba.
Se ajustó el broche de mariposa en su cabello y salió de la habitación. La máscara estaba puesta. El espectáculo debía continuar. Pero en lo profundo de su ser, Shinobu sabía que la próxima vez que la luna estuviera en lo alto, el silencio volvería a romperse por el roce de unos pasos conocidos, y ella estaría esperando para decirle, una vez más, cuánto lo odiaba.
