
Simbionte 2
Fandom: Marvel
Creado: 3/10/2026
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La Propiedad del Caos y el Hilo Negro
La noche en Nueva York siempre tenía un aroma particular: una mezcla de humo industrial, lluvia estancada y la electricidad estática que parecía emanar de los rascacielos. Pero esa noche, el aire se sentía más pesado, casi denso, como si el cielo mismo estuviera a punto de colapsar sobre la ciudad.
En lo alto de una gárgola de piedra, Spider-Man observaba el movimiento de las calles. Sin embargo, no era el amigable vecino que todos conocían. El azul y el rojo habían sido devorados por una oscuridad viscosa y absoluta. El traje negro, con esa araña blanca de patas infinitas extendiéndose por su pecho, brillaba bajo la luz de la luna con un matiz aceitoso.
Peter Parker sentía que la sangre le hervía. Cada sentido estaba amplificado al mil por ciento. Podía escuchar el latido del corazón de un ratón a tres calles de distancia y el murmullo de los criminales como si estuvieran gritándole al oído. El simbionte pulsaba contra su piel, alimentándose de su ira, de su cansancio, de esa frustración acumulada por años de ser el saco de boxeo del destino.
—¡Vaya, vaya! Pero mira nada más. ¿Quién es el chico malo que decidió renovar su armario en una tienda gótica? —Una voz chillona y cargada de sarcasmo rompió el silencio.
Peter no necesitó girarse para saber quién era. El olor a pólvora, chimichangas baratas y regeneración celular lo precedía. Deadpool saltó desde una cornisa superior, aterrizando con una pirueta exagerada que terminó en una pose de modelo de revista erótica.
—Spidey, en serio, ese look negro te queda... uf. —Wade Wilson soltó un silbido largo mientras recorría con la mirada la figura del héroe—. Resalta tanto tus curvas que creo que mi factor de curación está tratando de enviarle toda la sangre a mi entrepierna. ¿Es látex? ¿Es cuero? ¿Es el vacío existencial de tu alma convertido en moda? Porque, cariño, ese trasero nunca se había visto tan... apretable.
Peter apretó los puños. Normalmente, habría soltado un chiste defensivo o le habría pedido que se callara con voz cansada. Pero el simbionte no quería paciencia. Quería silencio.
—Vete de aquí, Wade —gruñó Peter. Su voz sonaba distinta, más profunda, con un eco metálico que erizaba la piel.
—¡Oh, me encanta cuando te pones dominante! —Deadpool se acercó, caminando con ese contoneo descarado que siempre usaba—. Pero no puedo irme. He estado siguiendo ese balanceo toda la noche. Hay algo en la forma en que te mueves hoy... estás más flexible, más fluido. Como una bailarina exótica con ganas de romper cuellos.
Peter se movió tan rápido que el ojo humano no habría podido seguirlo. En un despliegue de agilidad que desafiaba la anatomía humana, se lanzó hacia atrás, apoyando las manos en el borde del edificio y lanzando una patada circular ascendente. Su cuerpo se dobló en un ángulo imposible, una contorsión perfecta que impactó de lleno en la mandíbula de Wade.
Los periódicos solían burlarse de él cuando mostraba demasiada flexibilidad, llamándolo "afeminado" o "poco heroico" por sus posturas, pero al simbionte no le importaba la opinión pública. El simbionte disfrutaba de la libertad de romper los límites del cuerpo de Peter.
Wade salió volando hacia atrás, chocando contra una unidad de aire acondicionado, pero se levantó riendo mientras se acomodaba la mandíbula con un crujido seco.
—¡Eso es! ¡Pégame más, papi! —exclamó Wade, lanzándose de nuevo hacia él—. ¡Esa elasticidad es un pecado! ¡Podrías hacerme tantas cosas con esas piernas!
Peter soltó un rugido gutural y se abalanzó sobre el mercenario. No hubo telarañas, solo fuerza bruta y garras negras que brotaban de sus dedos. Se estrellaron contra el suelo de la azotea, rodando en una maraña de extremidades. Peter quedó encima, inmovilizando los brazos de Wade contra el hormigón.
El simbionte reaccionaba a la cercanía de Wade. La posesividad de la criatura se mezclaba con los sentimientos reprimidos de Peter.
—¡Cállate la maldita boca! —gritó Peter, acercando su máscara a la de Wade. Los ojos blancos del traje negro se ensancharon, volviéndose feroces—. Siempre estás hablando, siempre estás tocando...
—Es que eres irresistible, Petey-pie —susurró Wade, aprovechando que tenía una mano libre para deslizarla por el costado del héroe, apretando con descaro la firmeza de su cadera—. Eres como un pequeño juguete oscuro y delicioso.
Peter sintió una chispa de furia posesiva. Agarró a Wade por los hombros, clavando sus dedos en el traje rojo y negro, y lo sacudió con una fuerza que habría matado a cualquier otro hombre.
—Escúchame bien, mercenario —siseó Peter, y el simbionte vibró sobre su piel, casi ronroneando—. Tú no vas a ir a ninguna parte. Tú no vas a tocar a nadie más. Tú eres mío. Mi propiedad. Mi mascota. ¿Entiendes?
Wade se quedó rígido por un segundo, su corazón latiendo a mil por hora bajo el pecho de Peter. Una risita ahogada escapó de su máscara.
—Oh, Dios... sí. Sí, por favor.
A la mañana siguiente, el sol de otoño se filtraba entre los edificios de Manhattan, tiñendo la ciudad de un dorado suave. Peter Parker estaba sentado en el borde del mismo edificio, pero la oscuridad se había ido. Llevaba su traje clásico, el rojo y azul que representaba la esperanza, aunque su mente estaba lejos de ser esperanzadora.
Se frotaba las sienes con frustración. El recuerdo de la noche anterior era borroso, como una fiebre, pero los fragmentos que lograba rescatar lo hacían querer saltar del edificio sin usar telarañas.
"Eres mi mascota".
—Maldita sea —susurró Peter, escondiendo el rostro entre sus manos—. ¿Qué demonios me pasa?
—¡Buenos días, dueño mío! ¡El sol brilla, los pájaros cantan y mi próstata todavía está vibrando por lo de anoche!
Peter dio un respingo y casi se cae al vacío. Wade Wilson estaba allí, pero no como Deadpool. O al menos, no del todo. Llevaba los pantalones del traje, pero el torso estaba al descubierto, mostrando una musculatura imponente, hombros anchos y una piel que, a diferencia de su versión enmascarada, era perfecta.
En su forma civil, Wade era insultantemente atractivo. Tenía el cabello rubio corto y despeinado, rasgos afilados y unos ojos azules que brillaban con una intensidad maníaca. Era el tipo de hombre que hacía que la gente se detuviera en la calle, el tipo de hombre que Peter desearía ser en la universidad para que Flash Thompson lo dejara en paz de una vez por todas.
Pero lo más perturbador no era su belleza. Era lo que tenía en la mano.
Wade se acercó con una sonrisa radiante, sosteniendo una correa de cuero negro con tachuelas de plata. Tenía un collar a juego ya puesto alrededor de su cuello musculoso.
—Wade, ¿qué... qué haces? —preguntó Peter, retrocediendo un paso, horrorizado.
—¡Cumplir órdenes! —dijo Wade con alegría, extendiendo el extremo de la correa hacia él—. Dijiste que era tu mascota. Y yo soy un chico muy obediente cuando se trata de hombres con trajes ajustados y problemas de ira. Vamos, tómala. Podemos ir al parque, puedes lanzarme un palo... o podemos saltarnos los juegos y puedes llevarme directamente a tu perrera.
—¡Wade, detente! —Peter agitó las manos, sintiendo el calor subirle al rostro por debajo de la máscara—. Escucha, lo de anoche... no era yo mismo. Estaba bajo la influencia de... de algo. Un parásito espacial, una masa de alquitrán consciente, como quieras llamarlo. No quise decir nada de eso. No eres mi mascota, no eres de mi propiedad.
Wade bajó un poco la mano, fingiendo un puchero que se veía ridículamente tierno en su rostro de modelo.
—¿Me estás cortando? ¿Después de haberme prometido una vida de servidumbre y humillación pública? Spidey, rompiste mi corazoncito regenerativo.
—No te estoy cortando porque nunca estuvimos... ¡Ah! —Peter se dejó caer sentado en el borde del edificio, derrotado—. Solo... quítate eso. La gente va a vernos.
—Que miren. Que envidien lo que tienen —dijo Wade, sentándose a su lado, ignorando la correa por un momento—. Pero en serio, Petey. Ese traje negro te sentaba de maravilla. Sacó a relucir tu lado salvaje. Esa patada... hombre, juraría que tus piernas se doblaron 360 grados. Fue lo más sexy y aterrador que he visto en mi vida.
Peter suspiró, mirando hacia la calle. A esa hora, miles de personas caminaban hacia sus trabajos. Entre ellos, probablemente estaba Flash Thompson, caminando con esa arrogancia que lo caracterizaba, listo para encontrar a Peter en el campus y empujarlo contra los casilleros o burlarse de su ropa de colores oscuros y estilo otoñal.
Era irónico. En su vida civil, Peter era un chico de universidad "pequeño" (aunque fuera atlético, su ropa holgada lo ocultaba todo) con ojos de bambi que todos querían pisotear. Pero aquí arriba, con Wade Wilson —un mercenario peligroso y absurdamente guapo— ofreciéndose a ser su mascota, el mundo se sentía al revés.
—No puedo ser ese Spider-Man, Wade —dijo Peter en voz baja—. Ese traje... me hace sentir cosas que no debería sentir. Me hace querer lastimar a la gente. Me hace querer... poseer cosas. Y tú no eres una cosa.
Wade lo miró en silencio por un momento. Por una vez, la locura en sus ojos se suavizó, reemplazada por algo que se parecía peligrosamente a la ternura. Dejó la correa en el suelo y puso una mano grande y cálida sobre el hombro de Peter.
—Mira, Spidey. Sé que eres el chico bueno. El héroe que rescata gatitos y no dice palabrotas. Pero todos tenemos un poco de oscuridad. La tuya es... bueno, es bastante intensa y tiene un gusto excelente en accesorios de cuero. No tienes que pedir perdón por querer tener el control de vez en cuando.
Peter lo miró de reojo. A través de los lentes de la máscara, los ojos avellana de Peter —que Wade conocía bien de sus encuentros sin máscara— buscaron alguna señal de burla, pero no la encontró.
—¿De verdad no te asusté? —preguntó Peter.
—¿Asustarme? ¡Cariño, me diste la mejor erección de la década! —Wade volvió a su tono habitual, rompiendo el momento—. En serio, si alguna vez decides volver al lado oscuro, llámame. Tengo un catálogo completo de arneses que combinarían perfecto con tu flexibilidad.
Peter se puso de pie, sacudiendo la cabeza, aunque una pequeña sonrisa se formó en sus labios.
—Tengo que irme a clase. Si me quedo aquí más tiempo, terminaré aceptando la correa solo para que dejes de hablar.
—¡Esa es la actitud! —Wade se levantó también, recogiendo la correa del suelo—. Te veré luego, dueño mío. ¡No olvides comprar croquetas! ¡De las caras, que mi pelo necesita brillo!
Peter se lanzó al vacío, disparando una telaraña y columpiándose hacia el campus de la universidad. Mientras el viento golpeaba su rostro, no pudo evitar pensar en Wade. El mercenario era un caos andante, una molestia constante, pero también era el único que parecía aceptar todas las versiones de Peter: el héroe, el nerd acosado y el monstruo vestido de negro.
Al llegar a un callejón cerca de la universidad, Peter se cambió rápidamente. Se puso sus jeans oscuros, una camisa de cuadros y un suéter marrón encima. Se despeinó el cabello castaño y se ajustó las gafas, transformándose de nuevo en el invisible Peter Parker.
Caminó por el campus con los libros apretados contra el pecho. A lo lejos, vio a Flash Thompson riendo con un grupo de amigos. Flash era más alto, más ruidoso y, a ojos de todos, el alfa del lugar.
—¡Hey, Parker! —gritó Flash al verlo—. ¡Bonito suéter! ¿Te lo tejió tu abuela o lo encontraste en la basura de un museo?
Peter bajó la mirada, siguiendo su camino. Por un segundo, sintió un eco del simbionte en su mente. Imaginó qué pasaría si Wade Wilson apareciera en ese momento, con su rostro perfecto y su cuerpo de dios griego, y le pusiera la correa en la mano frente a todos.
"Él es mío", diría Wade.
Peter sonrió para sus adentros, un pequeño secreto brillando en sus ojos color avellana. Flash no tenía ni idea de con quién se estaba metiendo. Y Wade... Wade era un idiota, pero era su idiota.
—Mañana —susurró Peter para sí mismo mientras entraba al aula—. Mañana quizás le deje usar el collar un rato más.
Porque, aunque el simbionte se hubiera ido, la sensación de poder y la devoción absoluta de Wade Wilson eran algo a lo que Peter Parker, el chico que no tenía nada, empezaba a encontrarle el gusto.
