
Chando ❤️
Fandom: Ninguno :v
Creado: 3/10/2026
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Sesenta y siete días para el sí
El silencio en el departamento se sentía tan pesado que casi se podía cortar con un cuchillo. Char caminaba de un lado a otro de la sala con los brazos cruzados sobre el pecho, apretando la mandíbula con tanta fuerza que le dolían las sienes. Tenía esa mirada afilada que ponía siempre que sentía que el mundo entero conspiraba en su contra, o peor aún, cuando los celos le nublaban la razón.
Frente a él, sentado al borde del sofá, Nando mantenía las manos sobre las rodillas, con los hombros caídos y una expresión de infinita tristeza en sus ojos oscuros. Nando era la clase de persona incapaz de matar una mosca, alguien que siempre regalaba sonrisas a los desconocidos, que ayudaba a las ancianas a cruzar la calle y que, sobre todo, adoraba la tierra que Char pisaba. Sin embargo, en ese momento, esa misma dulzura parecía haber desatado la tormenta.
—No entiendo por qué te pones así, mi amor —dijo Nando con voz suave, casi temerosa de romper el frágil equilibrio de la habitación—. Solo fue amable. Me pidió una dirección y le sonreí. No tiene nada de malo ser educado.
Char se detuvo en seco y giró sobre sus talones, clavándole la mirada.
—¡Le sonreíste demasiado! —exclamó Char, alzando la voz con frustración—. ¡Te estaba coqueteando en la cara, Nando! Puso su mano en tu brazo y tú te quedaste ahí, mirándolo como si fuera un cachorrito indefenso. ¡Parece que no te das cuenta de cómo te miran!
—¡Porque no me importa cómo me miren los demás! —respondió Nando, poniéndose de pie por fin. Aunque su tono no era de enfado, sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas—. A mí solo me importas tú, Char. Siempre eres tú. Llevamos años juntos y todavía dudas de mí cada vez que alguien me dirige la palabra. Me duele que no confíes en mí.
Aquellas palabras cayeron como un balde de agua helada sobre Char. Quiso replicar, quiso escudarse detrás de su habitual orgullo y soltar otra frase mordaz, pero el temblor en la voz de Nando lo detuvo. Antes de que pudiera procesarlo, Nando tomó sus llaves de la mesa de centro y se dirigió a la puerta.
—Necesito aire —murmuró Nando sin mirar atrás—. Hablamos luego.
La puerta se cerró con un suave chasquido que sonó ensordecedor. Char se quedó solo en medio de la sala, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho y un nudo amargo atorado en la garganta. Se dejó caer en el sillón y se cubrió el rostro con las manos. La había arruinado otra vez.
Veinte minutos después, el timbre sonó de manera insistente, interrumpiendo el pozo de autocompasión en el que Char se estaba hundiendo. Cuando abrió la puerta, no encontró a Nando, sino a una brigada de rescate improvisada: Papita, Julieta y Diego estaban parados en el pasillo, cargando una caja de pizza y refrescos.
—Nos cruzamos con Nando en el parque de abajo —anunció Papita entrando sin pedir permiso y dejando la pizza sobre la mesa—. Estaba llorando y parecía un perro bajo la lluvia. Char, ¿qué demonios hiciste ahora?
Julieta cerró la puerta y miró a Char con los brazos en jarras, sacudiendo la cabeza con reproche maternal.
—Déjame adivinar —dijo Julieta con un suspiro—. Volviste a hacer una escena de celos sin sentido, ¿verdad?
—¡Él fue quien provocó todo por ser tan confianzudo! —se defendió Char, sentándose a la defensiva en el sillón.
Diego, que hasta ese momento se había mantenido en silencio abriendo los refrescos, se acercó y le dio un golpe suave en la coronilla con una botella de plástico.
—No seas idiota, hermano —dijo Diego con tranquilidad—. Nando es la persona más transparente del planeta. Si un marciano bajara a pedirle fuego, Nando le daría el encendedor y una galleta. No significa que se quiera ir a Marte con él. Ese chico te ama tanto que hasta a mí me da diabetes verlos juntos.
—Diego tiene razón —añadió Papita, sentándose al lado de Char y dándole una palmada en la espalda que casi le saca el aire—. Char, te queremos mucho, pero a veces tu orgullo y tu mal genio son insoportables. Nando te tiene una paciencia digna de un santo, pero todo el mundo tiene un límite. Si sigues alejándolo con tus inseguridades, un día se va a cansar de verdad.
Char bajó la mirada hacia el suelo, sintiendo que los ojos le ardían. Las palabras de sus amigos eran duras, pero sabía que eran ciertas. Nando era el amor de su vida, su refugio, la persona que lo abrazaba cuando tenía un mal día y que sabía exactamente cómo calmar sus ataques de ansiedad. Perderlo por una estupidez no era una opción.
—No quiero perderlo —admitió Char en un susurro apenas audible—. Realmente lo amo. Solo... a veces tengo miedo de que se dé cuenta de que puede encontrar a alguien mejor.
Julieta se ablandó de inmediato, sentándose al otro lado de Char y pasándole un brazo por los hombros.
—Él no quiere a nadie mejor, Char. Te quiere a ti, con tus berrinches y tus celos tontos, pero tienes que aprender a confiar. Ve a buscarlo.
Char no esperó más. Se levantó de un salto, tomó su chaqueta y salió corriendo del departamento, dejando atrás a sus tres amigos que comenzaron a devorar la pizza sin ningún remordimiento.
Bajó las escaleras de dos en dos hasta llegar a la calle. Corrió hacia el pequeño parque del vecindario, buscando desesperadamente entre los árboles y las bancas iluminadas por farolas amarillas. Finalmente lo vio: Nando estaba sentado en una banca de madera, con la nariz roja por el frío de la noche, abrazándose a sí mismo para darse calor.
El corazón de Char se encogió. Se acercó despacio, haciendo crujir las hojas secas del camino.
—¿Tienes espacio para un idiota arrepentido? —preguntó Char con cautela.
Nando levantó la vista, sorprendido. Sus ojos aún estaban húmedos. No respondió con palabras, pero se deslizó un poco hacia el borde de la banca para hacerle espacio. Char se sentó a su lado y, sin pensarlo dos veces, tomó las manos heladas de Nando entre las suyas para transmitirles calor.
—Fui un imbécil —comenzó Char, mirando fijamente sus dedos entrelazados—. Siempre me pongo a la defensiva cuando siento que alguien más podría apartarte de mí. Sé que eres bueno, dulce y cariñoso por naturaleza, y eso es precisamente lo que más amo de ti. Me aterra pensar en un mundo donde tú no estés conmigo, pero entiendo que mis celos te hacen daño. Perdóname, mi amor. De verdad lo siento.
Nando lo observó en silencio durante unos segundos. Poco a poco, la tristeza de su rostro fue reemplazada por esa ternura infinita que solo él sabía proyectar. Con su mano libre, acarició la mejilla de Char, sintiendo la tensión que aún habitaba en su mandíbula.
—Nunca voy a apartarme de ti, Char —dijo Nando con una voz dulce y temblorosa—. Pero necesito que me creas. Te elijo a ti todos los días, sin importar cuánta gente haya en el mundo.
—Te creo —prometió Char, apoyando su frente contra la de su novio—. Te lo juro por mi vida. No quiero volver a dudar jamás.
Nando sonrió, y el alivio iluminó por completo la noche. Se inclinó y dejó un beso suave y prolongado en los labios de Char, borrando de un plumazo toda la angustia de las últimas horas.
Fue en ese momento, envuelto en el calor del abrazo de Nando, cuando a Char se le ocurrió una idea tan loca como certera. Se separó apenas unos centímetros, mirando fijamente los ojos de Nando con una determinación que jamás había tenido.
—Casémonos —soltó Char sin previo aviso.
Nando parpadeó, completamente descolocado.
—¿Qué?
—Que nos casemos —repitió Char, apretándole las manos con entusiasmo creciente—. No en cinco años, ni cuando tengamos la vida completamente resuelta. Ahora. Casémonos pronto para que a nadie le quede la menor duda de a quién le pertenezco y con quién vas a pasar el resto de tus días.
Nando soltó una risita nerviosa, creyendo al principio que era una broma, pero la mirada de Char era completamente seria.
—¿Pronto? ¿Qué tan pronto es pronto? —preguntó Nando, con una chispa de emoción comenzando a bailar en su mirada.
Char sacó su teléfono, abrió el calendario y comenzó a contar semanas en su mente. Quería que fuera rápido, pero con el tiempo suficiente para no hacer una chapuza. Se detuvo en una fecha específica.
—En sesenta y siete días —sentenció Char—. Cae en sábado. Es perfecto. ¿Qué dices?
Nando soltó un grito ahogado de felicidad, se lanzó sobre el cuello de Char y lo derribó hacia atrás sobre la banca, llenándole la cara de besos.
—¡Sí! ¡Claro que sí, mi amor! ¡Sesenta y siete días!
Cuando ambos regresaron tomados de la mano al departamento, con los rostros iluminados y el anuncio en la punta de la lengua, Diego, Julieta y Papita estaban acomodados en la alfombra jugando a las cartas.
—Ya hicieron las paces, qué bonito —dijo Papita con la boca llena de pizza—. Ahora, por favor, no hagan ruido que estamos en medio de una partida seria.
—Nos vamos a casar —anunció Nando radiante, mostrando sus manos unidas.
Diego escupió su refresco de golpe. Julieta soltó las cartas, que cayeron desparramadas sobre la mesa, y Papita se atragantó con la masa antes de empezar a toser estrepitosamente.
—¡¿Qué hiciste qué?! —gritó Julieta levantándose de un salto.
—Nos casamos —repitió Char, con una sonrisa orgullosa que rara vez mostraba—. En exactamente sesenta y siete días.
—¡Están completamente locos! —exclamó Diego secándose la barbilla con el antebrazo—. ¡Una boda toma mínimo un año de planificación! ¡Sesenta y siete días no son nada!
—¡Pues tendrán que ayudarnos! —dijo Nando, poniendo su típica expresión angelical que nadie en esa habitación era capaz de rechazar—. Son nuestros mejores amigos. No podemos hacer esto sin ustedes.
Papita, aún tosiendo un poco, se puso de pie y se ajustó las mangas de la camisa como si estuviera a punto de entrar a una zona de guerra.
—A ver, par de desquiciados —dijo Papita con tono autoritario—. Sesenta y siete días son nueve semanas y media. Si queremos que esto salga bien y no parezca una fiesta infantil de bajo presupuesto, necesitamos una estrategia militar. Yo me encargo del banquete y la comida. Nadie en esta boda va a pasar hambre mientras yo respire.
—Yo me pido la música, el lugar y la logística de las bebidas —intervino Diego, contagiándose de la locura repentina—. Conozco al dueño de una hacienda a las afueras. Tal vez tenga una fecha libre si le lloro un poco.
—Y yo me encargo de los trajes, las flores, las invitaciones y de evitar que Char asesine a alguien durante los ataques de nervios que inevitablemente va a tener —sentenció Julieta, sacando una libreta de su bolso con una rapidez asombrosa—. Muy bien, tortolitos. El reloj ya está corriendo.
Así comenzaron los dos meses más caóticos, frenéticos y divertidos en la historia de su grupo de amigos.
El día 50 antes de la boda, tuvieron la prueba de comida. Papita se tomó su trabajo con una seriedad aterradora, obligando a Char y a Nando a probar ocho tipos diferentes de cortes de carne y seis variedades de pasteles. En un momento, el chef repostero fue demasiado amable al ofrecerle a Nando una fresa cubierta de chocolate, y Char casi le clava un tenedor en la mano al cocinero. Afortunadamente, Papita intervino desviando la atención hacia un soufflé de maracuyá antes de que ocurriera una tragedia.
El día 35, Diego logró asegurar la hacienda gracias a un chantaje emocional que nunca quiso detallar en público, pero tuvieron un problema enorme con el sistema de sonido. Diego y Char pasaron todo un fin de semana trepados en escaleras instalando luces vintage y probando bocinas mientras Nando les llevaba limonada fresca y les limpiaba el sudor de la frente con una toallita.
El día 20, la crisis fue por los trajes. Julieta los arrastró a cinco sastrerías diferentes. Char quería algo completamente negro y sobrio, mientras que Nando prefería tonos azul marino y detalles florales.
—Tienen que combinar, pedazos de tercos —regañaba Julieta mientras les medía los hombros con una cinta métrica—. No pueden parecer un agente secreto y el príncipe de Disney. Tenemos que encontrar un punto medio.
Al final, Julieta logró que ambos lucieran espectaculares: trajes a medida en un elegante azul medianoche con solapas de satén. Cuando Nando salió del probador y Char lo vio por primera vez con el traje puesto, se quedó tan impactado que simplemente no pudo hablar. Todo el mal humor característico de Char se disolvió en un suspiro enamorado.
—Estás... perfecto —alcanzó a decir Char, poniéndose rojo hasta las orejas.
Nando caminó hacia él, le arregló el cuello de la camisa con delicadeza infinita y le plantó un beso en la punta de la nariz.
—Tú estás más guapo, mi amor —susurró Nando.
—¡Basta de besos en el probador! —gritó Julieta desde afuera—. ¡Nos quedan diecinueve días y aún no confirman los centros de mesa!
Los días pasaron volando, entre listas de reproducción armadas a las tres de la mañana por Diego, llamadas de emergencia de Papita discutiendo con los proveedores de vajilla, y charlas nocturnas entre Char y Nando donde los celos y los miedos del pasado simplemente dejaron de existir, sustituidos por la ilusión de un futuro compartido.
Y así, finalmente, llegó el día 67.
El jardín de la hacienda lucía irreconocible. Había cientos de pequeñas luces suspendidas entre los árboles que creaban una atmósfera cálida y dorada. Las flores blancas y follajes verdes decoraban el arco de madera al final del pasillo.
Diego, impecablemente vestido con un traje gris, revisaba el micrófono con los ojos llorosos, aunque juraba que solo era una alergia al polen. A su lado, Julieta daba los últimos retoques al ramo de flores artificiales y Papita vigilaba la mesa de dulces como si fuera un guardia suizo, amenazando con una cuchara a cualquiera que intentara robarse una trufa antes de tiempo.
La música suave comenzó a sonar.
Char estaba de pie junto al arco, esperando. Se frotaba las manos, nervioso, con el corazón queriendo salírsele por la garganta. Por un segundo temió volver a caer en sus viejas dudas, pero cuando la melodía cambió y las puertas de madera del jardín se abrieron, todo el ruido del mundo desapareció.
Nando apareció en el pasillo, caminando del brazo de su madre. Llevaba su traje azul impecable, una flor blanca en el ojal y una sonrisa tan radiante y pura que iluminaba todo el lugar. No miraba a los invitados, ni los arreglos, ni las luces; solo miraba a Char.
Cuando Nando llegó al altar, tomó las manos de Char, que temblaban visiblemente.
—Tranquilo, mi amor —le susurró Nando con esa ternura suya capaz de curar cualquier herida—. Ya estoy aquí.
El oficiante comenzó la ceremonia, pero para Char los minutos pasaron como un suspiro. Solo existían las manos de Nando, sus ojos brillantes y la calidez de su voz cuando llegó el momento de los votos.
—Char —dijo Nando, con lágrimas resbalando suavemente por sus mejillas—. Sé que a veces el mundo te parece un lugar ruidoso y complicado. Sé que tienes miedo de que las cosas buenas se terminen. Pero hoy quiero prometerte, delante de las personas que más queremos, que mi amor por ti es incondicional. No hay nadie más en mi vida, nunca lo hubo y nunca lo habrá. Eres mi hogar.
Char tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba por la emoción. Apretó las manos de Nando, dejando atrás todos los fantasmas de sus inseguridades.
—Nando —respondió Char, con la voz quebrada pero firme—. A veces soy difícil, enojón y demasiado celoso. Pero tú me miras y haces que quiera ser la mejor versión de mí mismo. Me enseñaste que el amor no duele, que la bondad no es una debilidad y que puedo ser feliz sin tener miedo a perderte. Prometo confiar en ti, cuidarte y recordarte cada día lo profundamente enamorado que estoy de ti. Gracias por sesenta y siete días de locura y por toda una vida que nos queda por delante.
—Por el poder que me confieren —concluyó el oficiante con una enorme sonrisa—, los declaro unidos en matrimonio. Pueden besarse.
Char no esperó un segundo más. Tomó a Nando por la cintura, atrayéndolo hacia sí con fuerza, y lo besó apasionadamente mientras los aplausos estallaban a su alrededor.
En primera fila, Julieta se secaba las lágrimas con un pañuelo de papel, Diego aplaudía con euforia silbando con los dedos en la boca, y Papita gritaba a todo pulmón:
—¡Vivan los novios! ¡Y ahora que empiece el banquete, carajo!
La fiesta fue todo lo que habían soñado. La comida de Papita fue un éxito absoluto, la música de Diego mantuvo la pista llena toda la noche y la organización de Julieta funcionó como un reloj suizo.
Horas más tarde, en un rincón apartado del jardín iluminado por las estrellas, Char y Nando bailaban un tema lento, abrazados tan estrechamente que no cabía el aire entre ellos.
—¿Estás feliz, señor de la casa? —bromeó Nando, recostando la cabeza en el hombro de su esposo.
—Inmensamente feliz —respondió Char, besándole el cabello con dulzura—. Y lo mejor de todo es que no necesitamos sesenta y siete días más para nada. A partir de hoy, solo somos nosotros dos para siempre.
