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Tarado

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 3/10/2026

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Más allá de los puños y los clavos

El sonido de los impactos secos resonaba en el patio de entrenamiento del Colegio Técnico de Magia de Tokio. Era un ritmo constante, casi musical, si uno apreciaba la violencia coreografiada. Nobara Kugisaki, sin embargo, no estaba de humor para apreciar ninguna sinfonía. Sentada en las escaleras de madera del porche, con su martillo descansando a su lado y el uniforme impecable a pesar del calor, observaba la escena con los ojos entrecerrados y una mueca de disgusto que no lograba disimular.

Frente a ella, en el centro del área de entrenamiento, Yuji Itadori y Maki Zenin estaban enfrascados en un combate cuerpo a cuerpo de alta intensidad. No usaban energía maldita, solo fuerza bruta y técnica pura. Yuji esquivó un barrido de la lanza de Maki con un salto acrobático, aterrizando con una agilidad felina antes de lanzarse hacia adelante con un puñetazo que Maki bloqueó con el antebrazo.

—¡Vamos, Itadori! ¡Tu centro de gravedad sigue estando muy alto cuando retrocedes! —gritó Maki, con esa sonrisa feroz que solo aparecía cuando encontraba a alguien capaz de seguirle el ritmo físico.

—¡Lo sé, lo sé! —respondió Yuji, riendo mientras recuperaba el equilibrio—. ¡Es que eres demasiado rápida, Maki-san!

Nobara apretó los puños sobre sus rodillas. Sus ojos naranjas seguían cada movimiento de Yuji. Odiaba admitirlo, pero Itadori se veía... bien. El sudor hacía que su sudadera roja se pegara a su pecho musculoso, y esa expresión de determinación alegre era la misma que ponía cuando salvaba a alguien. Pero lo que realmente le hervía la sangre era la complicidad. Eran los "tanques de batalla", los monstruos físicos del primer y segundo año. Parecían hablar un idioma que ella, con sus técnicas de vudú y refinamiento estético, no terminaba de compartir en el campo de batalla.

—Es un tarado —susurró Nobara para sí misma, pateando una piedra inexistente—. Un completo y absoluto tarado.

Llevaba semanas, tal vez meses, intentando que él notara algo. Había comprado entradas para esa película de terror que él tanto quería ver, solo para que él invitara a Fushiguro en el último segundo porque "sería más divertido entre los tres". Se había puesto un perfume nuevo, uno caro que olía a rosas y cítricos, y lo único que Yuji dijo fue: "¿Hueles a ambientador de coche, Kugisaki?". Incluso había intentado ser "amable" según sus estándares, lo cual significaba no golpearlo durante todo un día, y él simplemente le preguntó si tenía fiebre.

Era frustrante. Era agotador. Y ver cómo se reía ahora con Maki, después de que ella casi le rompiera una costilla en el entrenamiento, fue la gota que colmó el vaso.

—¡Oye, Itadori! —gritó Nobara, levantándose de golpe. Su voz cortó el aire como un cuchillo.

Yuji y Maki se detuvieron. El pelirosa se giró, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano y dedicándole una de esas sonrisas brillantes y desdentadas que solían derretir el orgullo de Nobara, aunque ella nunca lo admitiría.

—¡Ah, Kugisaki! ¿Ya terminaste de descansar? ¿Quieres unirte? —preguntó Yuji con una inocencia que resultaba insultante.

Maki apoyó su arma sobre los hombros, observando a la joven de cabello naranja con una ceja levantada. Ella era lo suficientemente perspicaz para notar la tensión en el aire, una tensión que no tenía nada que ver con maldiciones de grado especial.

—Creo que yo ya he tenido suficiente por hoy —dijo Maki con una sonrisa de suficiencia—. Te dejo con ella, Itadori. Suerte.

Maki pasó al lado de Nobara, dándole una palmadita en el hombro que Nobara apenas sintió, pues toda su atención estaba clavada en el chico que ahora caminaba hacia ella, despreocupado y radiante.

—¿Pasa algo? —preguntó Yuji, deteniéndose a un par de metros—. Tienes una cara... no sé, como si hubieras mordido un limón. O como si Fushiguro te hubiera robado el postre.

Nobara sintió que algo se rompía dentro de ella. No era rabia ciega, era esa frustración punzante que nace de sentirse invisible para la persona que más quieres que te vea. Sus ojos comenzaron a arder, una humedad traicionera nublando su visión.

—Eres un tarado, Itadori —dijo ella, con la voz temblorosa.

Yuji parpadeó, confundido. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia.

—¿Qué? ¿Qué hice ahora? Si es por lo de la pizza de ayer, juré que te devolvería el trozo que me comí...

—¡No es la maldita pizza! —estalló Nobara. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, y ella se la quitó con furia—. Es todo. Eres tú. Eres tan increíblemente idiota que me duele.

Yuji se quedó congelado. Ver a Nobara Kugisaki llorar era algo casi inaudito. Ella era la chica de hierro, la que se enfrentaba a la muerte con una sonrisa burlona y clavos en la mano. Verla con los ojos empañados y los hombros caídos le provocó una punzada de angustia en el pecho que no pudo ignorar.

—Kugisaki... —dijo él, su tono bajando a uno mucho más suave y serio—. Hablo en serio, ¿qué pasa? Si te he molestado con algo, dímelo. No soy muy bueno adivinando cosas, ya lo sabes.

—¡Ese es el problema! —gritó ella, dando un paso agresivo hacia él, quedando a escasos centímetros de su pecho—. ¡Que no te das cuenta de nada! Te doy señales, intento pasar tiempo contigo, me pongo... me pongo bonita para ti, ¡y tú solo piensas en entrenar con Maki o en comer ramen con Fushiguro!

Yuji procesó las palabras lentamente. Sus ojos se abrieron de par en par mientras la realidad empezaba a filtrarse a través de su cráneo, a menudo demasiado duro para las sutilezas. Miró a Nobara: su cabello naranja ligeramente despeinado, sus mejillas encendidas por la rabia y el llanto, y esa honestidad brutal que siempre la había definido.

—¿Te pones... bonita para mí? —repitió él en un susurro.

—¡Sí, pedazo de animal! —exclamó Nobara, golpeándole el pecho con el puño cerrado, aunque sin fuerza—. Porque me gustas, ¿vale? Me gustas tanto que me da rabia. Y odio que seas tan amable con todo el mundo porque me hace sentir que no soy especial para ti. Eres un verdadero tarado, Yuji Itadori. El más grande de todos.

Nobara bajó la cabeza, ocultando su rostro tras su flequillo naranja, esperando cualquier reacción: una risa nerviosa, una disculpa torpe, o el silencio incómodo de alguien que no siente lo mismo.

Sin embargo, lo que sintió fue el calor.

Yuji dio el último paso que los separaba y rodeó sus hombros con sus brazos fuertes. Nobara se tensó al principio, pero el aroma de Yuji —una mezcla de jabón barato, sudor de entrenamiento y algo cálido que solo era suyo— la envolvió por completo.

—Lo siento —dijo Yuji cerca de su oído—. Tienes razón. Soy un tarado.

Nobara sollozó una vez, escondiendo su cara en la sudadera roja de él.

—Un tarado integral —murmuró ella.

—Sí, lo soy —admitió él, soltándola un poco para obligarla a mirarlo a los ojos. Yuji no estaba riendo. Sus ojos marrones eran profundos y estaban llenos de una claridad que Nobara rara vez veía—. Pero no es que no seas especial, Nobara. Es que... a veces tengo miedo de que, si me detengo a pensar en lo mucho que me importas, no podré concentrarme en lo que tengo que hacer. En este mundo, en este trabajo... da miedo querer a alguien así.

Nobara se quedó sin aliento. No esperaba esa honestidad por parte de él.

—Pero —continuó Yuji, con una pequeña sonrisa que esta vez no era de idiota, sino de alguien que acababa de tomar una decisión importante—, creo que ser un cobarde es peor que ser un tarado. Y no quiero ser ninguna de las dos cosas contigo.

Antes de que Nobara pudiera responder con alguno de sus comentarios mordaces, Yuji acortó la distancia final.

El beso fue al principio torpe, un choque de labios provocado por el nerviosismo, pero rápidamente se transformó en algo profundo y cálido. Nobara soltó un suspiro ahogado, cerrando los ojos y enredando sus dedos en el cabello rosado y corto de Yuji. Era un beso que sabía a alivio, a confesiones tardías y a una promesa silenciosa bajo el sol de la tarde de Tokio.

Cuando se separaron, solo unos centímetros, ambos estaban ligeramente sin aliento. Nobara tenía las mejillas más rojas que nunca, pero el rastro de las lágrimas había desaparecido, reemplazado por un brillo de triunfo en sus ojos.

—Vaya... —susurró Yuji, rascándose la nuca con timidez, volviendo a su estado habitual de modestia—. Eso fue... guau.

Nobara recuperó su compostura, aunque no se alejó de su abrazo. Se cruzó de brazos sobre el pecho de él y lo miró con una ceja levantada.

—No creas que con esto te libras de todo, Itadori. Todavía me debes una cena. Una de las caras. Y nada de invitar a Fushiguro.

Yuji soltó una carcajada limpia y sonora, esa risa que siempre lograba iluminar hasta los rincones más oscuros del colegio.

—Entendido. Solo nosotros dos. Sin Fushiguro, sin entrenamientos, y sin que yo me comporte como un tarado.

—Bueno —dijo Nobara, permitiéndose finalmente una sonrisa genuina y radiante—, lo de no ser un tarado va a ser difícil para ti, pero supongo que puedo vivir con ello.

—¿Ah, sí? —preguntó Yuji, acercándose de nuevo con picardía.

—Sí —respondió ella, agarrándolo por el cuello de la sudadera para atraerlo hacia otro beso—. Porque resulta que este tarado es mi tarado.

Desde las sombras del pasillo del edificio principal, Maki Zenin observaba la escena con los brazos cruzados, una sonrisa de satisfacción dibujada en su rostro.

—Ya era hora —murmuró para sí misma antes de darse la vuelta y dejar a los dos hechiceros de primer año a solas en su pequeño momento de paz.

En el mundo de la hechicería, donde los días estaban contados y las sombras acechaban en cada esquina, Nobara Kugisaki y Yuji Itadori habían encontrado algo que ninguna maldición podría arrebatarles: la certeza de que, pasara lo que pasara, ya no tendrían que caminar solos.

Nobara apoyó la cabeza en el pecho de Yuji, escuchando el latido rítmico de su corazón. Tal vez él no fuera el más brillante, tal vez fuera un despistado crónico, pero en ese momento, bajo el cielo naranja que combinaba con su propio cabello, Nobara decidió que no lo cambiaría por nada.

—Itadori —dijo ella en voz baja.

—¿Dime?

—Si vuelves a ignorar mis señales, te clavaré un clavo en el trasero.

Yuji tragó saliva, soltando una risita nerviosa.

—Mensaje recibido, jefa. Mensaje recibido.

Y así, entre amenazas cariñosas y promesas de cenas lujosas, el "tarado" y la chica de los clavos entendieron que, a veces, la magia más poderosa no requería energía maldita, sino simplemente el valor de decir lo que el corazón llevaba demasiado tiempo gritando.

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