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24 de Diciembre

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 3/10/2026

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Bajo el Manto de la Nieve y el Recuerdo

La azotea de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio siempre había sido un lugar de contrastes. En verano, el calor sofocante parecía derretir el asfalto; en invierno, el viento soplaba con una ferocidad que cortaba la piel. Sin embargo, esa noche de 24 de diciembre, el frío se sentía diferente. Era un frío limpio, casi purificador, que acompañaba la caída silenciosa de los primeros copos de nieve.

Abajo, en el patio principal, los gritos de júbilo de Itadori, las risas contenidas de Megumi y las quejas sarcásticas de Nobara resonaban como un eco de una vida que Satoru Gojo alguna vez pensó que no volvería a presenciar. Había comida, luces de colores y el aroma a pollo frito y pastel que invadía los pasillos. Era una estampa de normalidad por la que habían pagado un precio exorbitante.

Satoru estaba de pie, apoyado contra la barandilla metálica. Su figura, imponente incluso en el reposo, vestía su habitual uniforme oscuro, pero algo en su postura delataba el cansancio de mil años. Su venda habitual no estaba; en su lugar, una gasa fina cubría su ojo derecho, el que había sacrificado en el cenit de la batalla contra el Rey de las Maldiciones. Su ojo izquierdo, ese zafiro infinito que contenía el cielo mismo, miraba hacia la luna con una melancolía que rara vez permitía que otros vieran.

Había pasado un año desde que el mundo estuvo a punto de colapsar. Un año desde que Sukuna fue derrotado y el equilibrio se restableció a medias. Y dos años... dos años exactos desde que tuvo que ejecutar a la única persona que alguna vez llamó "mejor amigo".

—Sabía que te encontraría aquí —dijo una voz ronca, marcada por años de tabaco y falta de sueño.

Satoru no necesitó girarse para saber quién era. El sonido de los tacones crema golpeando el suelo de hormigón y ese aroma tan particular a desinfectante y cigarrillos Menthol eran inconfundibles.

—Shoko —murmuró él, permitiendo que una pequeña sonrisa, una de las de verdad, curvara sus labios—. Pensé que estarías abajo, asegurándote de que Utahime no se pasara con el sake o que Panda no terminara prendiéndose fuego con las decoraciones.

Shoko Ieiri se detuvo a su lado, exhalando un suspiro que se convirtió en una nube de vapor blanco en el aire gélido. Llevaba su bata blanca de laboratorio sobre el jersey azul, como si el frío no pudiera tocarla, o quizás como si ya estuviera demasiado entumecida para que le importara. Sus ojeras eran profundas, pero sus ojos castaños tenían un brillo suave.

—Demasiado ruido —respondió ella, apoyando los codos en la barandilla—. Y demasiada alegría forzada. Prefiero el silencio de los muertos o el tuyo, que a veces es lo mismo.

Satoru soltó una risa corta, una nota vibrante en la quietud de la noche.

—Qué cruel, Shoko. Y yo que pensaba que me habías extrañado.

—Te veo todos los días para tus chequeos de los Seis Ojos, Satoru. Es difícil extrañar a alguien que se queja tanto de que las inyecciones duelen —replicó ella, aunque no había veneno en sus palabras.

Se quedaron en silencio un momento, observando cómo la nieve empezaba a cuajar sobre los árboles del campus. El mundo se estaba volviendo blanco, borrando las manchas de sangre que, metafóricamente, aún cubrían el suelo de la academia.

—Están muy fuertes, ¿sabes? —dijo Satoru de repente, rompiendo la calma—. Los chicos. A veces los miro y me doy cuenta de que ya no me necesitan para ser el "techo" de este mundo. El límite de mi técnica... bueno, es una bendición disfrazada. Ahora puedo verlos crecer sin tener que estar siempre frente a ellos.

Shoko lo miró de reojo. El lunar bajo su ojo derecho parecía resaltar bajo la luz lunar.

—Yaga estaría orgulloso —comentó ella en voz baja—. Y Nanami... Nanami probablemente diría que te has vuelto un sentimental y que te pongas a trabajar.

Satoru soltó una carcajada más sonora esta vez, pero sus hombros cayeron un poco.

—Nanami siempre fue el adulto responsable. Y Yaga... bueno, Yaga nos dio todo lo que pudo.

El ambiente cambió. El peso de los que ya no estaban se instaló entre ellos, no como una carga insoportable, sino como una presencia familiar. Aquel año 2006 se sentía como una vida anterior, una existencia de cielos azules y uniformes impecables donde el mayor problema era decidir qué postre comprar después de una misión.

—Solo quedamos nosotros, ¿verdad? —preguntó Shoko. No era una pregunta con respuesta necesaria, era una constatación de la realidad. De aquel trío dinámico, de aquel círculo de amigos y mentores, ellos dos eran los últimos guardianes de una era que se desvanecía.

—Los últimos de la vieja guardia —coincidió Satoru. Se giró para mirarla de frente, dejando que la luz de la luna bañara su rostro. A pesar de las cicatrices y la pérdida de poder, seguía siendo el hombre más bello y aterrador que Shoko había conocido—. A veces me pregunto por qué sobrevivimos nosotros. Yo, que siempre busqué el límite, y tú, que siempre estuviste en la retaguardia curando los pedazos que dejábamos atrás.

—Alguien tenía que quedarse para contar la historia, Satoru —respondió ella con sencillez—. O para evitar que te mataras de una sobredosis de azúcar.

Satoru sonrió y se estiró, mirando hacia arriba, hacia el pequeño saliente del techo que protegía la entrada a la azotea. Sus ojos, o lo que quedaba de su percepción infinita, captaron algo pequeño y verde que colgaba de un hilo de pescar, probablemente una broma de los de segundo año o un detalle olvidado de las decoraciones de la tarde.

—Vaya —dijo él, señalando con el dedo índice—. Mira eso.

Shoko levantó la vista. Allí, justo sobre sus cabezas, un pequeño ramo de muerdago se mecía suavemente con la brisa.

—Qué cliché —comentó Shoko, aunque no se apartó—. Seguramente fue Itadori. O tal vez Gojo, para ver si alguien caía en la trampa.

—Yo no he sido, te lo juro por mi colección de dulces —dijo Satoru, dando un paso hacia ella, acortando la distancia que el espacio personal solía dictar—. Pero las reglas son las reglas, Shoko. Es Navidad. Y estamos bajo el muerdago.

Shoko soltó un bufido, pero no retrocedió. Sus ojos se encontraron con el azul eléctrico de Satoru. En ese momento, no vio al "Hechicero más Fuerte", ni al maestro excéntrico. Vio al chico que solía robarle los cigarrillos solo para molestarlos, al hombre que había cargado con el peso del mundo sobre sus hombros y que, milagrosamente, seguía en pie.

—Hemos pasado por el infierno, Satoru —dijo ella, su voz apenas un susurro—. Shibuya, Shinjuku... perdimos a Suguru dos veces. Perdimos a todos.

—Lo sé —respondió él, su tono volviéndose inusualmente serio—. Por eso mismo. Estamos aquí. Estamos vivos. Y por primera vez en mucho tiempo, no hay una profecía, ni una guerra, ni un dedo maldito que recuperar. Solo somos tú y yo.

Shoko sintió un nudo en la garganta que no esperaba. La indiferencia que solía usar como armadura se estaba agrietando. La soledad de ser la médico de los muertos era agotadora, y Satoru era el único que entendía el vacío que dejaban los que se iban.

—¿Estás sugiriendo que intentemos algo después de quince años de conocernos? —preguntó ella, con una ceja levantada, intentando recuperar su tono sarcástico.

—Bueno —Satoru se encogió de hombros, acercando su rostro al de ella, lo suficiente como para que Shoko pudiera ver las motas de luz en su iris azul—, dicen que nunca es tarde para las causas perdidas. Y nosotros somos expertos en eso, ¿no?

Shoko dejó escapar una risa suave, una que no era cínica, sino llena de una extraña esperanza.

—Eres un idiota, Satoru Gojo.

—Tu idiota favorito —corrigió él.

Con una lentitud deliberada, como si temieran que el momento se rompiera si se movían demasiado rápido, ambos eliminaron el espacio que los separaba. No fue un beso de película, cargado de pasión desenfrenada; fue algo mucho más profundo. Fue un sello de supervivencia, un reconocimiento de su historia compartida y una promesa silenciosa de que, a partir de ahora, no tendrían que caminar solos entre las tumbas de sus amigos.

Los labios de Shoko estaban fríos por el clima, pero su aliento era cálido. Satoru la rodeó con sus brazos largos, envolviéndola en su abrigo, protegiéndola del mundo exterior como si su Infinito pudiera, por una vez, crear un refugio para dos personas en lugar de una barrera para una.

Cuando se separaron, la nieve ya cubría sus hombros y el cabello blanco de Satoru parecía brillar con luz propia.

—Entonces —dijo Shoko, aclarándose la garganta y tratando de recuperar su compostura, aunque sus mejillas estaban inusualmente rosadas—, ¿esto significa que vas a dejar de intentar comer postres en mi sala de autopsias?

Satoru soltó una carcajada que resonó en toda la azotea, espantando a un par de cuervos que descansaban en las cornisas.

—¡Oh, no pidas milagros, Shoko! —dijo él, pasando un brazo sobre los hombros de ella y atrayéndola a su costado mientras comenzaban a caminar hacia la puerta—. Pero prometo compartir mis mochis contigo a partir de ahora.

—Qué generoso de tu parte —respondió ella, dejándose guiar, sintiendo el calor del cuerpo de Satoru contra el suyo.

Mientras bajaban las escaleras hacia el ruido, las luces y la vida que los esperaba abajo, Satoru echó una última mirada hacia atrás, hacia la luna. Por un instante, pudo jurar que vio dos siluetas borrosas junto a la barandilla: un hombre alto con una coleta y una sonrisa burlona, y un hombre robusto con gafas oscuras y brazos cruzados.

No se sentía como una despedida, sino como un visto bueno.

—¡Feliz Navidad, Shoko! —exclamó Satoru, irrumpiendo en el comedor con su habitual energía renovada, sobresaltando a Megumi que casi tira su té.

—Feliz Navidad, Satoru —respondió ella en voz baja, permitiéndose sonreír de verdad mientras se unían al caos de sus estudiantes.

Esa noche, el 24 de diciembre no fue un recordatorio de la pérdida, sino el primer capítulo de algo nuevo. Entre los restos de la tragedia y las cenizas de la guerra, dos personas que lo habían dado todo finalmente se permitieron recibir algo a cambio: la oportunidad de ser felices, simplemente, porque seguían ahí.

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