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Los que Pelean se Aman

Fandom: Kaguya Sama: Love is War

Creado: 3/10/2026

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La teoría del caos y la disonancia cognitiva de los corazones obstinados

El aire en la sala del consejo estudiantil era lo suficientemente pesado como para cortarlo con un cuchillo de cocina. No era una novedad; de hecho, el conflicto entre Yu Ishigami y Miko Iino era casi una constante física en la Academia Shuchi'in, tan predecible como la gravedad o el hecho de que el presidente Shirogane tuviera ojeras permanentes. Sin embargo, lo de hoy había cruzado una línea invisible.

—¡Es que es simplemente inaceptable, Ishigami! —exclamó Miko, golpeando la mesa con la palma de su mano pequeña pero firme—. ¡Como tesorero del consejo, tienes una imagen que mantener! No puedes ir por ahí dejando que las chicas se cuelguen de tu brazo en los pasillos. ¡Es una falta total a la moral pública!

Ishigami, que mantenía su mirada clavada en la pantalla de su consola portátil, dejó escapar un suspiro largo y cargado de una apatía existencial que solo él podía perfeccionar. Su flequillo negro ocultaba la mitad de su rostro, pero su ceño fruncido era evidente.

—Iino, ya te lo he dicho cinco veces —respondió él con voz monótona—. Shijo-senpai solo estaba... teniendo un momento difícil. Estaba llorando por lo de Kashiwagi y Tsubasa. De nuevo. Solo me usó como un poste para no caerse al suelo del drama. No es mi culpa que ella no tenga filtro personal.

—¡Eso no es excusa! —Miko dio un paso hacia él, sus coletas balanceándose con furia—. Si ella necesita consuelo, debería ir a la enfermería o hablar con una amiga. ¡Pero tú te quedaste ahí, permitiendo que se acercara demasiado! ¡Parecías un... un libertino!

Ishigami finalmente levantó la vista, sus ojos negros reflejando una mezcla de incredulidad y cansancio extremo.

—¿Un libertino? ¿Yo? Iino, apenas si puedo mantener contacto visual con el cajero del supermercado. Estás exagerando porque te encanta regañarme. Es tu pasatiempo favorito, ¿verdad? Buscar cualquier excusa para hacerme la vida imposible.

—¡No es una excusa! ¡Es mi deber! —gritó ella, aunque un leve rubor, quizás de pura rabia, tiñó sus mejillas.

En una esquina de la sala, Miyuki Shirogane y Kaguya Shinomiya intercambiaron una mirada rápida. Kaguya bebió un sorbo de té con elegancia, aunque sus ojos brillaban con una diversión analítica. Shirogane, por su parte, solo deseaba terminar el papeleo antes de que los gritos le provocaran una migraña.

Fue entonces cuando Chika Fujiwara, que había estado observando el intercambio con una sonrisa creciente y sospechosa, dio un salto y se interpuso entre los dos combatientes.

—¡Ya basta! ¡Paren, paren, paren! —exclamó Chika, agitando las manos en el aire—. ¡La tensión aquí es tan dulce que me va a dar una caries!

Miko parpadeó, confundida por la interrupción.

—¿Dulce? Fujiwara-senpai, Ishigami está corrompiendo el orden de la escuela.

—¡Oh, Miko-chan, eres tan ingenua! —Chika se llevó una mano a la mejilla, fingiendo emoción—. ¿No lo ven? Es de manual. Es el clásico tropo de los "enemigos a amantes". ¡Como en esos mangas shojo que tanto me gustan! "Los que se pelean se aman", ¿no es así?

El silencio que siguió fue absoluto. Ishigami sintió que su alma abandonaba su cuerpo por un segundo. Él, que secretamente consumía una cantidad industrial de contenido romántico para evadirse de su propia melancolía, conocía perfectamente el concepto. Pero escucharlo aplicado a él y a la dictadora en miniatura que tenía enfrente era... aterrador.

—¿Qué estás diciendo, Fujiwara-senpai? —preguntó Ishigami, su voz temblando ligeramente—. Eso no tiene sentido. Iino me odia. Yo... yo solo quiero que me deje jugar en paz.

—¡Exacto! —continuó Chika, ignorándolo por completo—. Miko-chan está celosa porque Ishigami-kun estaba con otra chica, y descarga su frustración pretendiendo que es por la "moral". E Ishigami-kun se hace el indiferente para proteger su corazón sensible. ¡Es tan romántico!

Miko se quedó petrificada, su rostro pasando de un rojo de ira a un carmesí de pura vergüenza.

—¡Eso es absurdo! —gritó Miko, volviéndose hacia el presidente—. ¡Presidente, dígale algo! ¡Dígale que lo que dice Fujiwara-senpai no tiene fundamento legal ni moral!

Shirogane dejó su bolígrafo sobre la mesa y se cruzó de brazos. Miró a Ishigami, luego a Miko, y finalmente soltó un suspiro que sonó extrañamente a resignación.

—Bueno... —comenzó Shirogane—, lo cierto es que pelean por cosas muy triviales todo el tiempo. A veces parece que solo buscan una razón para hablarse.

Miko retrocedió un paso, horrorizada.

—¿Vicepresidenta? —suplicó ella, buscando el último bastión de lógica en la habitación.

Kaguya dejó su taza de té con un "clic" metálico sobre el plato. Su expresión era serena, casi maternal, lo cual era mil veces más peligroso.

—Iino-san, el amor a menudo se disfraza de conflicto para sobrevivir al orgullo —sentenció Kaguya con una sabiduría que parecía sacada de una novela de época—. Lo que dice Fujiwara-san tiene... cierta lógica estructural.

Ishigami no esperó más. Recogió sus cosas con una velocidad sobrehumana, guardó su consola y se dirigió a la puerta.

—Me voy a casa. Esto es demasiado estúpido incluso para este consejo.

—¡Espera! ¡No he terminado contigo! —gritó Miko, saliendo detrás de él casi por instinto.

Caminaron por los pasillos de Shuchi'in en un silencio tenso. La tarde estaba cayendo, tiñendo las paredes de un naranja cálido y nostálgico. Ishigami caminaba con las manos en los bolsillos, mirando al suelo, mientras Miko lo seguía a medio paso de distancia, todavía con el rostro encendido.

—Es ridículo —murmuró Ishigami finalmente, cuando estuvieron cerca de la puerta principal—. Fujiwara-senpai ha perdido la cabeza. ¿Amantes? Si apenas podemos estar en la misma habitación sin que intentes confiscarme algo.

—Es una tontería absoluta —coincidió Miko, aunque su voz no tenía la fuerza habitual—. Ella solo quiere molestar. Siempre inventa cosas para crear drama.

—Sí —dijo Ishigami—. Como si yo pudiera gustarte a ti. Tú quieres a alguien perfecto, alguien que siga todas las reglas y que sea un ejemplo de rectitud. Yo soy... bueno, yo.

Miko se detuvo en seco. Ishigami dio un par de pasos más antes de darse cuenta y girarse. La luz del atardecer golpeaba a Miko de frente, haciendo que sus ojos marrones brillaran de una manera que Ishigami no pudo evitar encontrar... molesta. Molesta porque era bonita.

—¿Por qué siempre dices eso de ti mismo? —preguntó Miko en voz baja—. Eres un vago, eres cínico y juegas demasiados videojuegos, pero no eres... no eres una mala persona.

Ishigami arqueó una ceja.

—Vaya, eso es casi un cumplido viniendo de la mujer que quería expulsarme el año pasado.

—¡Cállate! —Miko cruzó los brazos sobre su pecho—. Solo digo que la idea de Fujiwara-senpai es estúpida porque... porque somos diferentes. Pero no porque seas un monstruo.

Ishigami suspiró y se rascó la nuca. El silencio volvió a reinar, pero esta vez no era tan pesado. Era un silencio expectante.

—Oye, Iino —dijo él, evitando su mirada—. ¿Por qué te enojaste tanto con lo de Maki-senpai? Quiero decir, de verdad. Ella estaba llorando. ¿Realmente crees que yo estaba haciendo algo malo?

Miko desvió la vista hacia un árbol de cerezo cercano. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su brazalete de moral pública.

—No es que pensara que estabas haciendo algo malo —confesó ella, tan bajo que Ishigami tuvo que inclinarse un poco para oírla—. Es solo que... te veías muy cómodo. Ella estaba apoyada en ti y tú no la apartaste. Conmigo siempre estás a la defensiva. Siempre estás esperando que te regañe.

Ishigami se quedó helado. Su cerebro de jugador de videojuegos empezó a procesar la información a una velocidad vertiginosa. "Los que se pelean se aman". "La disonancia cognitiva". La reacción exagerada de Miko no era por la regla número 42 del manual escolar. Era por... ¿celos?

—Iino —dijo él, y su voz sonó más suave de lo que pretendía—, ¿estás diciendo que te molestó que fuera amable con ella y no contigo?

—¡No he dicho eso! —Miko lo miró rápidamente, con los ojos muy abiertos—. ¡Solo digo que es una falta de consistencia en tu comportamiento! ¡Es confuso!

Ishigami dio un paso hacia ella. Miko no retrocedió, aunque sus hombros se tensaron.

—Si quieres que sea amable contigo, solo tienes que dejar de intentar confiscar mis auriculares cada cinco minutos —dijo él, con una pequeña y extraña sonrisa asomando en la comisura de sus labios.

—¡Los auriculares están prohibidos en las áreas comunes! —replicó ella, pero sin la convicción de antes.

—Lo ves, ahí vas de nuevo.

Se miraron durante unos segundos. La idea de Fujiwara, que al principio parecía una broma de mal gusto, empezó a cobrar una forma peligrosa en la mente de ambos. Ishigami pensó en todas las veces que Miko se había quedado hasta tarde trabajando y él, en secreto, le había dejado una caja de dulces o había limpiado su escritorio. Miko pensó en cómo, a pesar de sus quejas, Ishigami siempre terminaba ayudándola con los informes más difíciles cuando ella estaba al borde del colapso.

—Tal vez —susurró Ishigami— la idea no sea tan loca después de todo.

Miko sintió un vuelco en el corazón, una sensación que no podía clasificar en ninguna categoría de "moral pública".

—¿Qué quieres decir con eso, Ishigami?

—Quiero decir... —Ishigami se encogió de hombros, volviendo a su máscara de apatía, aunque sus orejas estaban rojas—. Que quizás peleamos tanto porque es la única forma en la que sabemos cómo prestarnos atención.

Miko guardó silencio. Procesó las palabras, las analizó con su mente estructurada y llegó a una conclusión que la aterraba y la fascinaba a partes iguales.

—Si eso es cierto —dijo Miko, dando un paso valiente hacia él—, entonces eres un idiota por no haber dicho algo más amable antes.

—Y tú eres una testaruda por no admitir que te gusta que te preste atención —respondió él.

Miko soltó una pequeña risa, una que Ishigami rara vez escuchaba. Era un sonido cristalino que rompió la última barrera de tensión entre ellos.

—Mañana voy a confiscar tu consola si la llevas a la sala del consejo —advirtió ella, pero esta vez extendió una mano y, con una timidez impropia de la implacable Miko Iino, tiró suavemente de la manga de la chaqueta de Ishigami.

—Y yo voy a quejarme con el presidente de que eres una tirana —contestó él, pero no apartó la mano. De hecho, dejó que sus dedos rozaran los de ella por un breve instante.

Caminaron hacia la salida de la escuela, uno al lado del otro. La pelea había terminado, pero algo mucho más complejo y confuso estaba empezando. Fujiwara, que los observaba desde la ventana del tercer piso con unos binoculares, chilló de alegría mientras Kaguya y Shirogane simplemente sonreían, sabiendo que el caos en el consejo estaba lejos de terminar, pero que al menos, por hoy, la guerra había dado paso a una tregua inesperadamente dulce.

—Ishigami —dijo Miko cuando llegaron a la puerta principal.

—¿Qué?

—Mañana... si no traes la consola... tal vez podamos almorzar juntos. Para hablar de... ya sabes, el presupuesto.

Ishigami ocultó su sonrisa detrás de su flequillo.

—Claro. El presupuesto. Me parece una razón muy válida y moral, Iino.

—Lo es —afirmó ella, recuperando su compostura—. Lo es totalmente.

Y así, el tesorero melancólico y la guardiana de la moral se marcharon, cada uno sumergido en sus propios pensamientos, dándose cuenta de que, a veces, el enemigo no es más que alguien a quien todavía no te has atrevido a querer.

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