
Consejero Amoroso
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 4/10/2026
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Entre exorcismos y corazones rotos
El cielo sobre Tokio estaba teñido de un gris plomizo, presagiando una tormenta que no terminaba de romper. Para Megumi Fushiguro, ese clima era el reflejo exacto de su estado mental. Sentado en los escalones de piedra del Colegio Técnico de Magia, Megumi observaba sus propias manos, las cuales estaban marcadas por cicatrices de batallas recientes. Siempre había tenido una visión clara de su camino: perfeccionar el Jardín de Sombras Quiméricas, domar a las diez sombras y, si el destino era lo suficientemente cruel o generoso, invocar a Mahoraga para alcanzar la cima de la hechicería.
Sin embargo, el destino tenía planes mucho más mundanos y agotadores para él.
— ¡Fushiguro! ¡Dile que su lógica no tiene sentido! —El grito de Nobara Kugisaki rompió el silencio del patio, espantando a un par de cuervos que descansaban en un árbol cercano.
Megumi cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo y pesado. No pasaron ni tres segundos antes de que los pasos pesados de Yuji Itadori y el taconeo firme de Nobara se detuvieran justo detrás de él. Podía sentir la energía caótica de ambos, una mezcla de afecto empalagoso y terquedad absoluta que se había convertido en su pan de cada día desde que esos dos decidieron que eran "almas gemelas".
— ¡No es falta de lógica, Nobara! —replicó Yuji, su voz cargada de esa honestidad brutal que lo caracterizaba—. ¡Solo digo que el helado de menta con chocolate es superior porque te refresca el aliento mientras comes dulce! ¡Es eficiencia!
— ¡Es como comer pasta de dientes con trozos de basura, Itadori! —rugió Nobara, agitando las manos en el aire—. ¡Fushiguro, por favor! Pon orden en la cabeza de este idiota. Tú tienes buen gusto, dile que el de fresa clásica es la única opción aceptable para una cita.
Megumi no se movió. Mantuvo la vista fija en el horizonte.
— Coman lo que quieran —respondió él con voz monótona—. No soy un crítico gastronómico.
— No seas así, Megumi —dijo Yuji, sentándose a su lado y pasando un brazo por sus hombros con esa confianza invasiva que solo él poseía—. Eres nuestro mejor amigo. Si no nos ayudas a decidir estas cosas, ¿quién lo hará? Además, Nobara dice que si no estamos de acuerdo en el postre, nuestra compatibilidad astral está en riesgo.
— ¡Exacto! —añadió ella, cruzándose de brazos—. Y tú eres el "Consejero Amoroso" oficial del grupo. Tus juicios son imparciales.
"Consejero Amoroso". El término le escocía a Megumi más que una herida de maldición de grado especial. Había pasado de ser el prodigio del clan Zenin a ser el mediador de una pareja de adolescentes hiperactivos. Durante las últimas semanas, había tenido que opinar sobre qué color de sudadera le quedaba mejor a Yuji para combinar con la falda de Nobara, qué película de terror era "demasiado aterradora para abrazarse" y, lo peor de todo, actuar como amortiguador cuando los momentos de cariño se volvían tan dulces que Megumi sentía que sus dientes iban a pudrirse solo por estar presente.
Había visto a Yuji intentar alimentar a Nobara con palillos en público, y a Nobara arreglarle el cabello a Yuji con una ternura que hacía que Megumi quisiera invocar a sus perros de jade solo para tener una excusa para mirar a otro lado. Pero lo que realmente lo agotaba no eran las muestras de afecto, sino las discusiones cíclicas.
— El otro día —comenzó Nobara, ignorando el evidente desinterés de Megumi—, este tonto intentó pagar la cena de nuevo. ¡Le dije que vamos a medias! ¡Es el siglo veintiuno!
— ¡Solo quería ser caballeroso! —se defendió Yuji, rascándose la nuca—. Mi abuelo decía que...
— ¡Tu abuelo no conocía a Nobara Kugisaki! —interrumpió ella.
Megumi se puso de pie bruscamente, haciendo que el brazo de Yuji cayera al vacío.
— Tengo un informe que entregar a Gojo-sensei —mintió, aunque sabía que Gojo probablemente estaba en algún lugar comprando dulces de edición limitada y no le importaría el informe hasta dentro de tres días—. Resuelvan sus problemas de pareja solos.
— ¡Espera, Fushiguro! —gritaron ambos al unísono, pero Megumi ya se alejaba a paso rápido.
Sin embargo, la paz no duró mucho. La verdadera tormenta estalló tres días después, tras una misión en un hospital abandonado en las afueras de Saitama.
La misión había sido un desastre logístico. La maldición, un grado uno con una técnica de expansión territorial incompleta, había resultado ser más errática de lo esperado. En un momento crítico, Yuji, fiel a su naturaleza altruista y a veces suicida, se había lanzado frente a un ataque de energía maldita que iba directo hacia Nobara. El impacto lo había lanzado contra una pared de concreto, rompiendo varias costillas y dejándolo inconsciente por unos minutos.
Aunque Nobara terminó exorcizando a la criatura con una lluvia de clavos cargados de una furia negra, el ambiente en el viaje de regreso fue eléctrico, y no de la buena manera.
Al llegar a los dormitorios del Colegio, la tensión finalmente explotó en el pasillo principal.
— ¡Eres un idiota integral, Yuji Itadori! —el grito de Nobara resonó en las paredes de madera, cargado de una mezcla de rabia y miedo mal disimulado.
Megumi, que intentaba entrar a su habitación para curar un raspón en su brazo, se detuvo en seco.
— ¡Solo intentaba protegerte! —respondió Yuji, cuya voz usualmente alegre estaba ahora teñida de frustración—. ¡Ese ataque te habría dado de lleno!
— ¡Puedo protegerme sola! —bramó ella, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Casi te matan! ¿Tienes idea de lo que se siente ver cómo te lanzan como a un muñeco de trapo? ¡No puedes ir por la vida arriesgándote así sin pensar en las personas que se quedan aquí!
— ¡Es mi deber como hechicero! —Yuji dio un paso al frente, su rostro inusualmente serio—. ¡Y más importante, es mi deber porque te quiero! ¡No voy a quedarme mirando cómo te lastiman!
— ¡Pues quererme mejor significa no hacerme pasar por el susto de perderte cada maldita semana! —Nobara tenía los ojos llorosos, aunque su postura seguía siendo desafiante—. ¡Fushiguro! ¡Dile! Dile que su complejo de héroe es una estupidez que nos va a terminar matando a todos de un infarto.
Megumi no respondió de inmediato. Mantuvo la mano en el pomo de su puerta, con la cabeza gacha. La fatiga acumulada de semanas de ser el paño de lágrimas, el árbitro y el espectador de una relación que oscilaba entre el azúcar y el azufre finalmente alcanzó su punto de ebullición.
Sintió una presión en el pecho, no de energía maldita, sino de pura y simple irritación humana.
— Fushiguro, ¿nos estás escuchando? —preguntó Yuji, acercándose un poco—. Nobara está exagerando, ¿verdad? Fue solo un golpe, estoy bien, Sukuna incluso ayudó a sanar lo peor...
— Cállense.
La voz de Megumi fue baja, casi un susurro, pero cargada de una amenaza que hizo que ambos se detuvieran.
— ¿Qué dijiste? —preguntó Nobara, parpadeando sorprendida.
Megumi soltó el pomo de la puerta y se giró lentamente. Sus ojos azul oscuro, usualmente tranquilos y analíticos, ahora ardían con una chispa de furia contenida.
— He dicho que se callen —repitió, esta vez elevando el tono—. ¡Los dos!
Yuji y Nobara retrocedieron un paso, desconcertados. Nunca habían visto a Megumi perder la compostura de esa manera. Él siempre era el pilar de la calma, el que mantenía la cabeza fría mientras el mundo se desmoronaba.
— ¡Estoy harto! —estalló Megumi, y esta vez fue un grito real, uno que salió desde lo más profundo de su garganta—. ¡Estoy harto de sus peleas por el helado, harto de sus discusiones sobre quién paga la cuenta y absolutamente harto de ser el mediador de cada drama que deciden inventar!
— Pero Fushiguro... —intentó decir Yuji, extendiendo una mano.
— ¡No! —Megumi lo cortó en seco—. ¡No soy su gurú del amor! ¡No soy su consejero matrimonial! ¡Soy un hechicero de jujutsu! Se supone que mi mayor preocupación debería ser cómo exorcizar maldiciones y no morir en el intento, no decidir si Itadori es demasiado protector o si Nobara es demasiado orgullosa.
Nobara abrió la boca para replicar, pero Megumi no le dio oportunidad.
— Son mis amigos, y los aprecio, pero esto es ridículo —continuó, gesticulando con frustración—. Se supone que somos un equipo. Pero cada vez que salen en una misión, en lugar de concentrarse en el trabajo, están pendientes de sus sentimientos heridos o de quién tiene la razón en una discusión trivial. ¡Yuji, casi te matan hoy porque tu concentración estaba dividida! ¡Nobara, estás tan enojada que ni siquiera te diste cuenta de que tú también cometiste errores en la formación!
El pasillo quedó en un silencio sepulcral. Solo se escuchaba la respiración agitada de Megumi.
— Si quieren estar juntos, ¡háganlo! —sentenció Megumi, señalándolos a ambos—. Pero compórtense como los adultos que se supone que somos en este mundo de mierda. Dejen de actuar como niños pequeños que necesitan que alguien les diga cómo jugar. Si no pueden resolver sus propios problemas sin arrastrarme a mí en cada paso del camino, entonces tal vez no deberían estar en una relación en primer lugar.
Yuji bajó la mirada, avergonzado. Nobara, por su parte, se cruzó de brazos, pero esta vez no había fuego en sus ojos, solo una sombra de arrepentimiento.
— No soy su niñera —concluyó Megumi, su voz volviendo a ser fría y cortante—. La próxima vez que tengan una pelea por una tontería o por lo que pasó en una misión, hablen entre ustedes. Mírense a la cara y soluciónenlo. Yo tengo mis propios demonios con los que lidiar, y les aseguro que Mahoraga es mucho menos agotador que escucharlos discutir por el color de una bufanda.
Sin decir una palabra más, Megumi entró en su habitación y cerró la puerta con un golpe seco que retumbó en todo el piso de los dormitorios.
Afuera, Yuji y Nobara se quedaron parados, mirando la madera oscura de la puerta cerrada. El silencio entre ellos era denso, pero por primera vez en mucho tiempo, no era un silencio cargado de reproches, sino de reflexión.
— Se enojó de verdad, ¿no? —susurró Yuji, rascándose la mejilla, sintiéndose genuinamente mal por haber presionado tanto a su amigo.
— Sí —respondió Nobara en voz baja, soltando un suspiro que pareció desinflar toda su rabia—. Creo que nos pasamos de la raya.
Se miraron el uno al otro. Yuji vio el rastro de las lágrimas en las mejillas de Nobara y el miedo que aún persistía en su mirada. Nobara vio los moratones que empezaban a oscurecerse en el cuello de Yuji y la sinceridad torpe de su afecto.
— Tenía razón en lo de la misión —dijo Yuji suavemente—. Me arriesgué demasiado. No quería asustarte, Nobara. Solo... no puedo evitarlo cuando se trata de ti.
Nobara suspiró y dio un paso hacia él, acortando la distancia.
— Lo sé, idiota. Y yo no debería haberte gritado así frente a él. Es solo que... me importas tanto que me aterra que un día no regreses.
Yuji sonrió, una sonrisa pequeña y auténtica, y tomó la mano de Nobara.
— Vamos a hablar de esto. Nosotros dos. Sin Fushiguro.
Nobara asintió, dejando que él la guiara hacia el jardín, lejos de la puerta de su amigo.
— Y Yuji...
— ¿Sí?
— El helado de menta sigue siendo asqueroso.
Yuji soltó una carcajada, pero esta vez no buscó a Megumi para que le diera la razón. Simplemente apretó la mano de Nobara y siguieron caminando.
Dentro de su habitación, Megumi se dejó caer sobre su cama, mirando el techo en la penumbra. Por fin, después de semanas, había silencio. No era el silencio de la soledad, sino el de la libertad. Sabía que sus amigos estarían bien; al fin y al cabo, eran fuertes, mucho más de lo que ellos mismos creían.
Cerró los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro hechicero de grado especial pudo dormir sin soñar con problemas de pareja ajenos. Mañana volvería a ser el hechicero serio y enfocado, pero por esta noche, simplemente era un joven que finalmente había recuperado su paz.
