
Lagrimas de Mariposa
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 5/10/2026
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El veneno del silencio
La brisa de la tarde soplaba con una suavidad engañosa, agitando las puntas púrpuras del cabello de Shinobu Kocho. El cielo se teñía de matices anaranjados y violetas, una paleta de colores que solía resultarle reconfortante, pero que en ese momento solo acentuaba el vacío que sentía en la boca del estómago.
A pocos metros de distancia, la escena que había desencadenado su inquietud llegaba a su fin. Mitsuri Kanroji, la Pilar del Amor, reía con esa energía efervescente que la caracterizaba, gesticulando con entusiasmo mientras le hablaba a Giyu Tomioka. El Pilar del Agua, como de costumbre, permanecía erguido, con su haori dividido ondeando levemente y su expresión grabada en piedra. Sin embargo, Shinobu lo conocía lo suficiente —o eso creía ella— para notar los matices. No era solo indiferencia. Había una relajación en sus hombros, una ausencia de esa tensión defensiva que siempre mostraba cuando ella intentaba abordarlo.
Y entonces ocurrió. Fue apenas un segundo, un destello fugaz, pero Shinobu lo vio: las comisuras de los labios de Giyu se elevaron casi imperceptiblemente. Una sonrisa. Una sombra de calidez dedicada exclusivamente a Mitsuri.
Shinobu sintió un pinchazo agudo en el pecho, como si una de sus propias agujas impregnadas de glicinas se hubiera clavado directamente en su corazón.
—¡Tomioka-san! —llamó Shinobu, forzando su voz a ese tono cantarín y despreocupado que era su marca registrada. Se acercó a ellos con pasos ligeros, su haori de mariposa aleteando tras ella—. Qué sorpresa verte tan animado. ¿Acaso el sol ha salido por el oeste hoy?
Giyu giró la cabeza hacia ella. La pequeña chispa de suavidad desapareció al instante, siendo reemplazada por su habitual mirada vacía de azul lapislázuli.
—Kocho —dijo él a modo de saludo, con su voz monocorde.
—¡Shinobu-chan! —exclamó Mitsuri, juntando sus manos con emoción—. Estaba contándole a Iguro-san... ¡ah, no, a Tomioka-san!, sobre un nuevo local de pan de melón que abrieron en el pueblo cercano. ¡Dicen que es delicioso!
—Ya veo, suena encantador —respondió Shinobu, manteniendo la sonrisa fija, aunque sentía que los músculos de su cara empezaban a doler—. Justo venía a decirte, Tomioka-san, que tenemos unos informes pendientes sobre la última misión en la montaña. ¿Podríamos revisarlos ahora?
Giyu guardó silencio un momento, mirando hacia el horizonte antes de volver a clavar sus ojos en Shinobu.
—Ahora no puedo —respondió con sencillez—. Iré con Kanroji al pueblo. Ella dice que el camino es peligroso de noche y quiere que la acompañe a probar ese local.
—¡Sí! ¡Será una expedición de comida! —añadió Mitsuri, agarrando con naturalidad el brazo de Giyu para tirar de él—. ¡Vamos, Tomioka-san, o se agotarán! ¡Adiós, Shinobu-chan!
Shinobu se quedó inmóvil, con la mano aún alzada en un gesto de saludo que ya no tenía destinatario. Observó cómo se alejaban; Mitsuri parloteando sin parar y Giyu dejándose llevar, sin protestar, sin apartarse. La imagen de la mano de Mitsuri sobre el brazo de él se quemó en su retina.
Se quedó allí, de pie en medio del patio de la sede, mirando hacia el camino vacío. El silencio la rodeó, un silencio que de pronto se sintió pesado y asfixiante.
—Llevas cinco minutos mirando a ese punto muerto sin moverte, Kocho. Das miedo.
La voz ronca y agresiva de Sanemi Shinazugawa rompió el trance. Shinobu no se sobresaltó; simplemente parpadeó y giró la cabeza con lentitud, recuperando su máscara de serenidad en un instante.
—Ara, ara, Shinazugawa-san —dijo ella, soltando una risita falsa—. No sabía que te dedicabas a observar a las damas en su tiempo libre. ¿Es ese un nuevo pasatiempo?
Sanemi se cruzó de brazos, frunciendo el ceño. Sus cicatrices parecían más marcadas bajo la luz del atardecer. Él no era un hombre de sutilezas, y mucho menos alguien a quien se pudiera engañar fácilmente con una fachada de cortesía. Había conocido a Kanae demasiado bien como para no ver a través de la hermana menor.
—Déjate de tonterías —gruñó Sanemi, dando un paso hacia ella—. Has estado rara últimamente. Cada vez que el idiota de Tomioka está cerca de Kanroji, te pones como si te hubieran dado una paliza emocional. ¿Qué te pasa?
Shinobu soltó otra risa, esta vez más aguda.
—No sé de qué hablas. Solo me preocupa que Tomioka-san incomode a la pobre Kanroji-san con su falta de habilidades sociales. Es un servicio público vigilarlo.
—Mientes —cortó Sanemi sin piedad—. Tus ojos no dicen lo mismo que tu boca.
Shinobu apretó los puños ocultos bajo las largas mangas de su haori. El odio que sentía hacia los demonios era un fuego constante que la mantenía en pie, pero este nuevo sentimiento... este dolor punzante y sordo, era algo que no sabía cómo clasificar ni cómo combatir.
—¿A dónde quieres llegar, Shinazugawa-san? —preguntó ella, y esta vez, el tono cantarín flaqueó ligeramente.
Sanemi guardó silencio un momento, evaluándola. Finalmente, soltó la pregunta que Shinobu más temía, una que sonó como un disparo en la quietud del patio.
—Kocho... ¿te gusta Tomioka?
El mundo pareció detenerse. Shinobu sintió un impulso inmediato de negar, de soltar un insulto ingenioso sobre lo aburrido y antisocial que era el Pilar del Agua, de decir que preferiría ingerir su propio veneno antes que sentir algo por alguien tan exasperante. Pero las palabras se atascaron en su garganta.
—¿Él? —logró decir finalmente, intentando recuperar el sarcasmo—. ¿Ese hombre que siempre está en las nubes? ¿Que no tiene amigos y que ni siquiera sabe hablar como una persona normal? No seas ridículo. No es mi tipo en absoluto. Es... es irritante. Es distante. Es...
Shinobu se detuvo. Sus hombros empezaron a temblar. La imagen de Giyu sonriéndole a Mitsuri volvió a su mente, y con ella, una oleada de una emoción tan cruda que no pudo contenerla más.
—Pero... —continuó en un susurro, y su voz se quebró—. Pero cuando dijo que se iba con ella... sentí que no podía respirar.
Sanemi, que esperaba una respuesta mordaz o una negación rotunda, se quedó helado al ver la expresión de Shinobu. La máscara se había roto por completo. Sus ojos, usualmente brillantes como gemas púrpuras, estaban nublados y húmedos. Sus mejillas estaban encendidas por una mezcla de vergüenza y angustia.
—Cada vez que los veo juntos —confesó ella, bajando la mirada al suelo, con los labios temblando—, siento una presión en el pecho que no me deja pensar. Mis ojos se nublan y... duele. Duele mucho, Shinazugawa-san.
Sanemi soltó un suspiro pesado, rascándose la nuca con frustración. No estaba equipado para lidiar con confesiones sentimentales, y mucho menos con la vulnerabilidad de una compañera que siempre se mostraba inquebrantable.
—Maldita sea... —masculló él—. Entonces sí que estás perdida por ese imbécil.
Shinobu alzó la vista hacia él. Una sola lágrima rodó por su mejilla, trazando un camino brillante sobre su piel pálida. Se veía pequeña, frágil, despojada de la armadura de hierro que se había construido tras la muerte de su hermana.
—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó ella, con una sinceridad que le desgarró el alma—. No entiendo esto. Se supone que mi vida es para la exterminación, para la venganza... No tengo espacio para... para sentir esto por alguien que ni siquiera parece notar que existo si no es para molestarle.
Sanemi abrió la boca para responder, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. ¿Qué podía decirle él? Él, que solo conocía la furia y el deber. Él, que también cargaba con sus propios fantasmas y arrepentimientos. Miró a Shinobu, viendo en ella el reflejo de una confusión que él mismo no sabía cómo resolver.
—Yo... no soy la persona adecuada para preguntarle eso, Kocho —dijo Sanemi, suavizando un poco el tono, aunque seguía sonando brusco—. Pero quedarse aquí parada llorando no va a cambiar nada.
—Lo sé —respondió ella, limpiándose la lágrima con un movimiento rápido y decidido, aunque su voz seguía siendo inestable—. Pero el dolor no se va. Es como un veneno para el que no he creado antídoto.
Shinobu miró hacia el camino por donde Giyu y Mitsuri se habían marchado. El sol casi había desaparecido, dejando paso a las sombras de la noche. Se preguntó si en ese momento Giyu estaría escuchando a Mitsuri con esa misma sonrisa tenue, si estaría disfrutando de una compañía que no intentaba constantemente pinchar su orgullo o recordarle sus defectos.
—Tal vez —susurró Shinobu para sí misma—, él simplemente prefiere la luz de Kanroji-san sobre la oscuridad que yo llevo dentro.
Sanemi no dijo nada. No había consuelo que pudiera ofrecerle que no sonara falso. Se limitó a quedarse allí, una presencia tosca pero firme, mientras la Pilar del Insecto intentaba recomponer los pedazos de su máscara rota bajo la luz de las primeras estrellas.
Shinobu respiró hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos. Odiaba los demonios, odiaba la debilidad y, en ese preciso momento, se odiaba a sí misma por permitir que Giyu Tomioka tuviera tanto poder sobre su corazón sin siquiera saberlo.
—Gracias, Shinazugawa-san —dijo ella, recuperando una sombra de su sonrisa habitual, aunque sus ojos seguían vacíos—. Por no burlarte.
—No tengo tiempo para burlarme de idioteces —respondió Sanemi, dándose la vuelta para marcharse—. Solo... no dejes que eso te distraiga en una misión. No quiero tener que recoger tus pedazos porque estabas pensando en el Pilar del Agua en lugar de en el cuello de un demonio.
—No lo haré —prometió ella.
Mientras Sanemi se alejaba, Shinobu se quedó sola una vez más. El viento nocturno trajo consigo el aroma de las flores silvestres, pero para ella, todo olía a glicinas y a una soledad que se volvía cada vez más insoportable.
Se llevó una mano al pecho, apretando la tela de su uniforme justo donde el corazón latía con una fuerza dolorosa. Sabía que al día siguiente volvería a ver a Giyu, volvería a sonreírle con sarcasmo y volvería a ocultar su tormento tras palabras afiladas. Porque era Shinobu Kocho, la Pilar del Insecto, y no podía permitirse ser otra cosa.
Pero esa noche, bajo el cielo indiferente, se permitió admitir la verdad que tanto la aterraba: estaba enamorada de un hombre que caminaba en un mundo de silencio, y ella no sabía cómo hacerse escuchar sin gritar de dolor.
—Tomioka-san... —susurró al viento, una confesión que se perdió en la oscuridad—. Eres realmente la persona más difícil de tratar que he conocido.
Cerró los ojos, dejando que el frío de la noche la envolviera, mientras el eco de la risa de Mitsuri y la visión de la sonrisa de Giyu seguían grabados en su mente, como una herida que se negaba a cerrar. El camino hacia la redención y la venganza siempre había sido solitario, pero nunca se había sentido tan vacío como en aquel atardecer, donde descubrió que el veneno más peligroso no era el que ella llevaba en su espada, sino el que corría por sus propias venas.
